miércoles, 7 de diciembre de 2011

TROTAR ENTRE OLIVOS



Ciertamente, me temo que hay cosas que hacemos los corredores que es probable que sólo puedan comprender otros corredores.
Hablo de algo muy esencial: perderse una buena mañana de fiesta, cuando el ajetreo está en la calle, los bares y en los grandes almacenes, y trotar entre olivos por caminos rotos por las torrenteras y el paso de tractores y otros vehículos pesados.
Subir pequeñas lomas y bajarlas; saltar un pequeño riachuelo seco; alzar los ojos sudorosos y sólo ver un inacabable mar de olivos.
Y saber que eso lo vas a seguir haciendo mientras las piernas, el corazón y los pulmones quieran.
Y sientes mucha satisfacción por elegir esa opción tan trivial y sencilla, tan al alcance de todo el mundo, que no sabes si contarlo o no. No es más que correr por la naturaleza, trotar entre olivos. Nada más.
Lógicamente, lo acabas contando -porque todo lo que te hace feliz tiene más sentido si lo compartes- pero no estás seguro de que te entiendan, a no ser de que a quien se lo cuentes también tenga tu misma opinión de ese tipo de cosas, tu misma inclinación; es decir, a un corredor.
Era el día de la Constitución y mientras la televisión expulsaba mentiras de políticos ruines que han hecho de la democracia su negocio, yo era el que corría entre esos olivos desmadejados y anárquicos.
Es decir, un acto trivial con espectadores mudos prestos ya a dar su fruto.

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