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25 agosto 2020

LOS ANIMALES, ASIGNATURA PENDIENTE (DIARIO IDEAL, 24 DE AGOSTO DE 2020)

 



No queda otro consuelo que considerar al perro vagabundo Timple como una especie de mártir que expíe la culpa de esta sociedad que abomina hasta de sus animales más cercanos. No creo que sea necesario recordar aquí cómo ha sido asesinado en Lanzarote este animal, que no es más que un triste titular anticipatorio de lo que ocurre con frecuencia en nuestro país con otros seres de su especie o de especies distintas, porque si vamos a hablar de derechos de los animales no podemos –ni debemos– excluir a ninguno, doméstico o salvaje. Y para hablar de derechos debemos de hablar de leyes, las cuales van entrando en el Código Penal español a través de un embudo estrechísimo, hasta el punto, las más de las veces, que se interrumpe el débil goteo y eso permite que dos individuos no solo hayan sacrificado sin motivo a este inocente animal, sino que lo hayan hecho, además, con premeditación, alevosía y usando una saña pocas veces vista, con grabación de imágenes incluida. Un martirio intolerable que tan solo podría servir para lo que decía más arriba: considerar a este perro vagabundo como una especie de mártir que al fin provoque un severo repaso legal de índole penal y un verdadero rechazo de la sociedad en general a este tipo de actos e individuos, que bien podríamos llamar monstruos sin temor a equivocarnos. El Código Penal español introduce el tipo penal en cuanto al maltrato de animales domésticos y amansados en el artículo 337, estableciendo un tipo básico y un tipo agravado. En mi opinión, la pena para ambos tipos, sobre todo para el agravado, es insuficiente. El agravado (artículo 337.3) prevé una pena de seis a dieciocho meses de prisión e inhabilitación especial de dos a cuatro años, pero hay que considerar que con esos periodos de pena tan mínimos, difícilmente, un maltratador va a ingresar en prisión, a no ser que se trate de un delincuente reincidente. Cuando se trata de maltrato a otros seres más débiles el legislador no puede ir tan atrás con respecto a lo que ocurre en la sociedad.

No puedo afirmar que, comparativamente, España sea un país especialmente violento con sus animales, pero sí que es uno de los pocos que disfruta torturándolos ya sea en una plaza redonda o en esas fiestas dantescas y medievales aderezadas con buenas dosis de ignorancia y de alcohol.  También puedo afirmar que, en general, y no solo en España, nos comportamos de manera violenta con las demás especies, siempre más indefensas y vulnerables. Y lo hacemos desde el plato. No recuerdo si fue Ghandi quien dijo que la violencia contra los animales comenzaba en el tenedor, porque también es violencia legalizada y consentida todo ese crimen diario sordo e invisible infligida a los millones de seres vivos que pasan por los mataderos industriales para calmar nuestros apetitos, que no es más que un eufemismo. Creo que fue el Nobel de Literatura Coetzee quien aludía a la necesidad de mataderos de cristal, que haría visible los horrores que dentro ocurren para comprender por qué algo troceado que se vende en los supermercados y carnicerías no es más que la parte de un todo que un día tuvo vida y si hay vida hay felicidad, tristeza y miedo.

Desde hace miles de años el ser humano decidió que el animal no estaba ahí para otra cosa que para ser utilizado en cualquiera de las manifestaciones que le fuera posible aprovechar. Lo ha utilizado para trabajar, para vestirse, para divertirse, para comer, para desplazarse...Sin embargo, pocas veces le atribuyó un rol distinto a ésos. Apenas ha cambiado nada desde entonces; es más, en ciertos sectores la violencia se ha incrementado. Consiguió, en parte, cambiar esos roles el perro, pero aún en nuestros días este fiel animal sigue siendo utilizado para todos esos quehaceres que enumero, sin excluirse el de alimentar, algo común en algunos países asiáticos, si bien esa cercanía no ha evitado que el resto de los animales sigan adscritos a esos roles nada agradables que se le asignaron, porque el ser humano suele tener mucha capacidad para dejar de ver lo que es evidente. Y la evidencia actual no es otra que la humanidad aún sigue ejerciendo la violencia contra los animales, algo mitigada por las leyes y actitudes individuales personales de, todavía, pocas personas que han podido ver la realidad que está más allá de la presencia del animal entre nosotros.

Soy de la opinión que una sociedad evoluciona en la medida que va dejando atrás fórmulas anacrónicas y tradiciones arcaicas y violentas, y sobre todo protegiendo a sus seres más débiles, más susceptibles de ser aniquilados por el propio hombre, pero siempre será un fracaso de la sociedad que asesinatos como el que ha sufrido Timple sigan ocurriendo. Una sociedad que suele mirar hacia otro lado o sencillamente no mirar ante el sufrimiento del animal, que se autoengaña pensando que su paso por esos campos de concentración modernos que son los mataderos industriales es un tránsito sin sufrimiento ni tortura o que ha nacido para morir en una plaza, o cualquier otro espectáculo público, o para ser herramienta de carga o para utilizar su piel para vestirnos, en definitiva, para aprovechar todo lo que sea posible de él, porque para todo eso ha nacido. Pensar así es negar la vida, negar a un ser vivo, que en absoluto ha nacido para nada de eso. Pensar así –insisto– es un rotundo fracaso de la sociedad. Y este fracaso es de todos, de quienes no quieren mirar y conocer la realidad, y de quienes no quieren educar y legislar.         


26 agosto 2017

IDEAL: DE QUÉ HABLA MURAKAMI CUANDO HABLA DE ESCRIBIR (24/8/2017)

No hay texto alternativo automático disponible.
No hace mucho llegó a las librerías un nuevo libro del escritor japonés Haruki Murakami. Sin embargo, no se trata de una novela, género al que nos tiene acostumbrados este original autor, cuestionado por el establishment literario, sobre todo, de su país. Su título vuelve a ser una frase, algo que es muy común en este escritor. “De qué hablo cuando hablo de escribir”, técnica titulada similar a la usada hace varios años para el libro “De qué hablo cuando hablo de correr”, en el que exponía cómo entendía su relación con el correr, actividad que no la ve tan lejana de la literatura porque, en verdad, son actividades que comparten más rasgos de los que, a priori, pudiera parecer. De hecho, en este último ensayo —una especie de memorias sobre su trayectoria como escritor y el proceso creativo— vuelve a relacionar ambas cosas en diversas ocasiones, hasta el punto de afirmar que necesita sentirse fuerte físicamente para encarar la ardua tarea de enfrentarse a una novela larga, que suele ser el género en el que se encuentra más a gusto nuestro autor. Y por eso, entre otros motivos, corre casi a diario (en eso yo no le podría discutir ni un ápice).
            Debe ser que la madurez del escritor —sumada a la independencia que otorga el éxito de millones de lectores en todo el mundo— provoca en el mismo una especie de virus de sinceridad, pero el caso es que su texto está repleto de afirmaciones crudas relacionadas con la persona y el creador, así como con la literatura, el sector editorial y la crítica, sobre todo en el ámbito de Japón, país donde —según sus propias palabras— no ha sido, en general, bien tratado. Calificado desde casi sus orígenes como escritor demasiado occidentalizado, nunca se vio con buenos ojos en el país del sol naciente que no haya sido demasiado empático con el mundillo literario japonés y sí con el de otros países occidentales.  Sin embargo, según se deduce de este ensayo, todo indica que se debe más al carácter individualista del escritor que a un rechazo sistemático en sí, como él mismo viene a repetir en varias ocasiones, sobre todo en un país como Japón en el que el sentimiento colectivo es mucho más acusado que en los países occidentales, razón por la que Murakami, al parecer, siempre se ha sentido más a gusto en éstos que en su propio país.
            Particularmente interesante es la descripción que hace de su proceso creativo, de la forma en que afronta la escritura de una nueva novela larga y la peculiar forma de crear personajes, para lo cual “extraigo de manera inconsciente fragmentos de información archivada en distintos compartimentos de mi cerebro y después los combino”, denominándole a esas acciones “otoma-kobito, es decir, algo así como “enanitos automáticos”.  De ahí que entienda que el escritor deba ser un observador atento de la realidad que lo rodea, porque es de esa observación de donde podrá sacar el material necesario para contar una historia o varias historias paralelas, como suele ser habitual en este escritor. No sabemos si es falsa humildad —pienso que no— o, tal vez, el desapego propio de un escritor consagrado que ya no ha de demostrar nada, pero lo cierto es que se considera un escritor con un mínimo talento inicial que forja una obra a base de perseverancia y soledad, además, de un cierto empecinamiento, que es propio de su carácter, como él mismo reconoce. Es en ese proceso cuando necesita sentirse fuerte físicamente y por lo que necesita una hora de ejercicio diario que, en su caso, suele ser correr, alejándose —reconoce él mismo también— de la imagen que se tiene en el subconsciente colectivo del escritor maldito, acodado en un antro de perdición, rodeado de humo y alcohol, que necesita trasnochar cada noche para poder escribir. Su caso, es todo lo contrario: él necesita acostarse pronto y madrugar para poder hacerlo.

            En otro capítulo, como si de un ajuste de cuentas con el mundo editorial y de la crítica de su país se tratara, Haruki Murakami nos revela su salida editorial al extranjero, sobre todo a Estados Unidos y Europa, lugares en los que, quizá, exentos de esa crítica fratricida llevada a cabo en su propio país, el autor es tratado con bastante más magnanimidad por parte de la crítica, a pesar de las dificultades de abrirse camino como escritor japonés en occidente; un escritor entre dos mundos muy distintos en cuanto a la concepción de la literatura. En todo caso, Murakami ha contado con el don preciado que anhela todo escritor: la fidelidad de sus lectores, ese muro infranqueable que ni el sector editorial ni el propio establishment podrán superar con independencia de épocas y lugares.      

                                                                                                           
                                                                                                   Por José Antonio Flores Vera 

23 junio 2017

IDEAL: SI HUELE MAL, PODRÍA ESTAR PODRIDO (21/6/2017)

SI  HUELE MAL, PODRÍA ESTAR PODRIDO

Por José Antonio Flores Vera

Hay quien afirma sin tapujos que el fútbol está podrido, en dura pugna con la podredumbre de la alta política. Y a pesar de ser algo que ya se intuía, dada la propia mecánica interna de los contratos millonarios y los personajes que entran en escena, poco o nada se podía aseverar que no fuera la mera sospecha o apreciación externa, dados los fastos que lo rodean. En ese sentido, las últimas actuaciones de la Agencia Tributaria y la Fiscalía, así como las diversas resoluciones de condena llevadas a cabo por algunos órganos judiciales, demuestran que eso que olía mal procedía de fuentes ciertas. La investigación seguida en este viaje corrupto está siendo muy similar al que se lleva a cabo en las tramas políticas y empresariales, que no es otra que la averiguación de pistas y movimientos económicos en paraísos fiscales, que seguimos preguntándonos por qué existen, cuando los grandes convenios internacionales suscritos por los países han sido capaces de erradicar aspectos complejos en materia de derecho penal económico cuando ha sido conveniente. Su desaparición pactada podría ser la solución a todos esos galimatías económicos y fiscales delictivos que traen de cabeza a un buen número de jueces de medio mundo.
            Por lo pronto, y mientras no se decida su eliminación, siguen siendo el refugio de las grandes fortunas corruptas del planeta, lugar de parada obligatoria de toda esa ingente cantidad de dinero de procedencia cierta o incierta que no es fácil ocultar bajo loseta alguna. Y, como no podía ser menos, a ese refugio económico se han arrimado las grandes fortunas de los ídolos futbolísticos que juegan en el fútbol patrio, porque no debemos olvidar que España sigue siendo un buen sitio para tejemanejes de este tipo, basta con emular los movimientos de políticos y empresarios con acreditada experiencia en este juego. Es más, es posible que hasta intercambien sus mismos agentes económicos, por llamarlos de una manera aséptica.

            Dicho esto, ¿está resultando sorpresivo que los jugadores más mediáticos de la liga española hayan sido condenados o estén a punto de serlo, así como algunos de sus dirigentes? En un plano intuitivo no debe serlo. Como decía, es algo que ya se barruntaba por muy lego que se esté en estas cosas. Quizá la sorpresa haya sido que los órganos judiciales y tributarios hayan decidido dar ese paso, en un país en el que el fútbol es alimento del pueblo y te la puedes ver con esa masa amorfa y enfervorecida que se indigna ante la persecución judicial de sus millonarios ídolos, pero no ante el estado general de corrupción que los alimenta y ampara. Y, claro, aquí ya entra en juego —lo sé, es una redundancia— una cuestión política de gran magnitud y expansivo calado, sobre todo cuando se trata de órganos administrativos que dependen directamente del gobierno, como es el caso de la Agencia Tributaria, que tan poco precisa estuvo con las cuentas de la hermana del Rey. Porque se plantea un serio dilema: si se fiscalizan y controlan las cuentas del fútbol y todo ese flujo de capital conocido o no, que acaba en las Islas Vírgenes u otros paraísos “terrenales”, podría llevar al efecto directo que la mejor liga del mundo —según los expertos— acabe adelgazando tanto que ya no sea posible reconocerla, tal y como ocurrió con la liga italiana en aquellos años de crisis, escándalos y fraudes. Y si eso llegara a ocurrir, el poder político deberá de estar preparado para reconducir toda esa furia masiva que, sin duda, se manifestará. Lo fácil siempre es dejar las cosas como están hasta que las tapas de las alcantarillas sean empujadas con fuerza por el lodo acumulado bajo ellas, algo que es propio de países más oscuros y, por supuesto, no asentados en una democracia real. Así que abierto ya el tarro de las esencias futboleras —de la misma manera que se ha abierto en parte el de la corrupción política—, no debería extrañarnos que el fútbol español de élite nos arroje en los próximos años más casos de corrupción de enorme trascendencia mediática. Así debe ser, sin lugar a duda. No solo para mayor credibilidad del país y sus instituciones sino por el propio bien del fútbol, deporte que surgió de materiales nobles y que en la actualidad está en entredicho por mor de las grandes y descontroladas sumas que se mueven en torno a él.          

05 junio 2017

IDEAL: GRANADA EN LA CALLE (4/6/2017)

Por José Antonio Flores Vera

Granada ha debido caer a lo más hondo de un pozo para que sus ciudadanos decidan alzar la bandera de la reivindicación. Lo que demuestra que la acción política profesional —si la hubiera— no es suficiente. Es más, es insuficiente. Serán los ciudadanos medios quienes al final deban exigir lo que los representantes votados en las urnas no han conseguido, bien por omisión o por una acción errónea, apática o inexistente. Por tanto, procede en este momento hacerse la siguiente pregunta: ¿para qué fueron elegidos? Es la pregunta que llevamos haciéndonos hace algún tiempo en esta provincia tras observar que muchas limítrofes o cercanas avanzan, pero ésta, cada vez más, cae en el olvido. Y esto lleva a otra pregunta incómoda: ¿habrán optado nuestros políticos a sillas en Madrid y Granada, tan solo para tomar asiento? Un asiento perpetuo en muchos de los casos, si observamos la miríada de empresas públicas, consorcios u otros entes seudoadministrativos ocupados por aquellos que fueron elegidos para luchar por esta diezmada provincia pero que, al parecer, se entretuvieron demasiado tiempo luchando por su asiento. Una especie de recompensa por los servicios prestados, quizá, a mi entender, por no hacer demasiado ruido en las sedes casi pastorales de los grandes partidos, porque siempre es incómoda la exigencia permanente en favor de la tierra que te ha catapultado políticamente, demostrando además una especie de coherencia desconocida en política que ignora la preocupación por no salir en la foto. No, eso no es de agrado en los partidos.
            Pero ahí están siempre los ciudadanos para intentar arreglar el desaguisado. Como siempre ha ocurrido. Desde la vieja Roma hasta nuestros días. Si la chusma en aquélla era una fiera, la chusma de nuestros días somos los ciudadanos que vemos como nos roban la tierra que pisamos para transportarla a lugares de más interés económico, político o social, que no lo sé con seguridad.
            En alguna red social le he leído algún comentario a uno de esos políticos —o esas políticas—, hoy día cómodamente instalado en una empresa pública, acerca de que era necesaria esta acción ciudadana y me he sonrojado. Él o ella no, pero yo sí. Y he comprendido una vez más que hay quien sirve para seguir en la brecha sin despeinarse y quién no. Así ha funcionado siempre el mundo.
            Porque hemos de decirlo con claridad: si el ciudadano de esta provincia ha salido a la calle, no ha sido porque sea especialmente conflictivo ni le guste ocupar la Gran Vía cada dos por tres, nada de eso, lo ha hecho porque ya no tenía más remedio que hacerlo, eso sí, empujado por personas como este tal Spirimán, que ha sabido hacer de su reivindicación sanitaria sobre los dos hospitales una especie de catalizador, que probablemente ya no tenga fin. Será hoy el robo sanitario, el ferroviario o el de las sedes judiciales, pero tal vez mañana, se tomará conciencia de otros robos pasados, presentes o futuros y será una sola voz la que salga a la calle. Por tanto, no nos serán tan necesarios los políticos profesionales y la democracia se reconvertirá en la voz del pueblo, que es lo que siempre debió ser.              

02 mayo 2017

IDEAL: EL LORO DE SCARPONI (2/5/2017)

EL LORO DE SCARPONI

Por José Antonio Flores Vera

              Uno agitaba sus hermosas y coloridas alas al viento y el otro volaba a lomos de una sofisticada bicicleta. Ambos eran amigos y entrenaban cada día por los alrededores de Ancona, su desconocido pueblo italiano. Y ahora un loro solitario dicen que espera y espera, sin que pueda comprender qué ha ocurrido para que ya no pueda volver a desafiar al viento junto a su amigo humano. Ha muerto otro ciclista. Otro más. Y con su muerte también fenece de alguna manera su compañero de entrenamiento, un loro que parecía ir marcando el ritmo de su compañero, como si de un dron de plumas se tratara, aunque en esa fatídica mañana poco pudo hacer por él. El ciclista se llamaba Michele  Scarponi y el loro se llamaba Frankie.
 
            No significaré aquí que Michele Scarponi era un campeón, ya que eso importa poco cuando la parca nos toca y nos iguala. Lo que sí significaré es que es demasiada la gente que muere montada en bicicleta y algo habrá que hacer. Esta tragedia que está demasiado presente en el día a día de los ciclistas -profesionales o no- no debería pertenecer a este mundo, supuestamente, civilizado. Demasiadas muertes, demasiadas imprudencias. Ocurre que la sociedad y la tecnología avanzan a distinta velocidad. Cada vez hay menos espacio —a pesar de que cada vez parecer haber más— para quien desea alejarse de los ruidosos y contaminantes motores y pasear o entrenar al ritmo redondo del pedaleo con el solo motor de sus pulmones y su corazón. La vía pública parece haberse hecho en exclusiva para esos artilugios mecánicos de todo tipo, que manejados por ciertos individuos se convierten en verdaderas armas letales. No discutiré aquí que existan ciclistas desaprensivos —pocos, he de decir—, pero sí, porque lo observo cada día, individuos que respetan demasiado poco esa línea divisoria y fronteriza que hay que dibujar cuando adelantamos a un ciclista, que es tan vulnerable como vulnerable es el cuerpo humano. Porque hay quienes sentados cómodamente en su sofisticado vehículo ven el exterior como un juego, sin que parezca que lleguen a apreciar que todo lo que hay a su alrededor (personas, animales, cosas) es vulnerable a su paso, sobre todo cuando se va a una velocidad inadecuada, que son las más de las veces. Lo veo cada día en las carreteras, cada fin de semana cuando voy en coche; igual que lo observo cuando voy en bici o corriendo. Observo que hay demasiado poco respeto por la vida de los demás. Es más, cuando en la carretera un domingo cualquier —que es el día en el que suele haber más acumulación de ciclistas— veo que muchos automovilistas, camioneros, conductores de autobús y demás conductores con vehículos a motor, cuando veo, decía, que pierden la paciencia cuando circulan detrás de un grupo de ciclistas y adelantan sin guardar la distancia mínima, siento ganas de convertirme en un Guardia Civil de Tráfico vengativo y sin escrúpulos y comenzar a incautar vehículos sin ton ni son. Por eso, cuando leo cada poco que un nuevo ciclista ha muerto me arrepiento de no haberme convertido en ese agente de la autoridad que deseo ser en esas ocasiones.
            Lo he dicho en muchas ocasiones —e incluso lo he escrito en este medio—, una de las mayores asignaturas pendientes que tienen los gobiernos de todo pelaje es una legislación mucho más rigurosa que la actual relacionada con la circulación de vehículos a motor. En el caso de Scarponi, se trató de una inadvertencia de una señal de tráfico por parte del conductor del vehículo mortal, pero muchos son los casos en los que la causa son la ingesta de alcohol o de drogas; de hecho, suelen ocurren muchos de ellos los domingos por la mañana que es cuando el deportista suele encontrarse con el anónimo autor de su fatídica muerte, que exprime su motor en retirada tras una noche excesiva. Por tanto, falla la norma y falla el control de la misma. Lo único que no falla y va en aumento es la muerte en la carretera de cada vez más ciclistas, esa perpetúa película de Juan Antonio Bardem cuyo título no deja de repetirse.      


       

24 abril 2017

ARTÍCULO IDEAL: 'EL NESTING' 23/4/2017

Las nuevas tendencias, las más de las veces, no son más que refritos de algo que siempre ha existido. Por ejemplo, el ‘nesting’, tendencia a la que se refería el otro día la versión digital de este periódico consistente en las virtudes que supone para la mente y el cuerpo quedarse en casa el fin de semana. Muchos ya lo sabíamos, pero no está nada mal que lo sepan también todos aquellos que ven en el fin de semana la excusa perfecta para huir del hogar, algo que es también loable si lo que se va a encontrar fuera de él es mejor y más placentero, pero no tanto si resulta al contrario. Ocurre que la mayoría de nuestras actividades que nos ofrecen paz interior y cultivan el espíritu y la mente se producen dentro del hogar. Por ejemplo, la lectura o ver una película clásica. Nada como las cuatro paredes del hogar propio y el rincón preferido para hincar las fauces hambrientas de letras a un libro o volver a emocionarse con ese siempre nos quedará París. Precisamente, leía esta noticia del ‘nesting’ mientras me encontraba en mi biblioteca rememorando los títulos leídos y no leídos, acusándome cada minuto de no haber leído tal o cual libro. Mientras tanto, advertía el contraste que me producía ver a través de la ventana una terraza de un bar repleta de gente, ajena a los placeres del hogar y de nada que tuviera que ver con el recogimiento. Parecían a gusto entre el ruido de los coches y los niños de un parque anexo y me dije que con ellos no iba esa nueva tendencia. Pero, claro, es cuestión de gustos. O de intereses.
            El ocio, las formas de vida de las ciudades modernas, el turismo y los espectáculos y la más que aceptable economía de la gran mayoría —a pesar de que las estadísticas y encuestas digan lo contrario—, las están haciendo casi inhabitables. Se están convirtiendo en parques temáticos con visitas masivas y proliferación de establecimientos hosteleros, lo cual hace casi imposible el disfrute de ellas, sobre todo para sus habitantes. Y es precisamente en los fines de semana y festivos cuando más se da esa masificación, que no suele mirarse con malos ojos por casi nadie, al contrario, es celebrada por políticos y empresarios del sector y hay bastante unanimidad por parte de vecinos en que es positivo que su ciudad esté masificada. La economía, la maldita economía. No obstante, me pregunto —y no quiero ser la voz de la discordia en absoluto—, si no habría que diseñar todo esto de otra manera y adoptar medidas que eviten esa pérdida de calidad de vida de algunas de las ciudades más mediáticas, por mor de esa proliferación de personas buscando emociones turísticas. Sin ir más lejos, hace unos días, también en este periódico, se anunciaba la retirada de mesas y sillas de distintas calles y plazas céntricas granadinas por parte del ayuntamiento ante la proliferación de terrazas de bares y restaurantes (pero no olvidemos los barrios, donde las terrazas también campan a sus anchas). Terrazas que invaden, taponan o roban el espacio público de los viandantes y crean diversos problemas que van más allá del espacio, como son la higiene y el ruido que imposibilita el descanso de los vecinos. Toda esta masificación, casi siempre derivada del boom mediático de algunas ciudades, como es el caso de Granada, necesita de nuevas medidas, toda vez que no es posible una autorregulación de corte ultraliberal. De ahí que movimientos como el “nesting” pudieran ser, si no una solución, sí una buena arma para paliar en parte esa masiva presencia en las calles en fines de semana o fiestas de guardar (o no).             

19 marzo 2017

IDEAL: SU LEAL AMIGO (19/3/2017)

SU LEAL AMIGO

                                                                       Por José Antonio Flores Vera

Resultado de imagen de PERROS Y VAGABUNDOSVoy por la calle y observo en las aceras a mendigos con sus perros.  Siempre he sentido debilidad por quienes no pudiendo apenas hacerse cargo de su vida, lo hacen de la de sus animales. El perro fiel que, aterido de frío, se enrosca en su dueño y duerme plácidamente como si no hubiera mañana. No distingue de la poca dicha y escasa fortuna de quien lo alimenta y sostiene. Y eso me parece hermoso. El perro fiel, puede ser feliz junto a su dueño de igual manera en una fría acera que en la mansión más fastuosa del mundo. No advertiría la diferencia, por lo que hemos de sostener que en ese aspecto nos sacan varios cuerpos de ventaja. No hay egoísmo ni interés material alguno. El mendigo, ahora transformado en rico, cómodamente asentado en su mansión obtendría todos los parabienes inimaginables de sus aduladores, pero estando en la acera tan solo está cerca de él su perro. Son escenas que vemos a diario, a las que estamos acostumbrados a ver, pero eso no significa que sean escenas vulgares, todo lo contrario.    
            Pero también me pregunto por la perspectiva de su dueño. ¿Tendrá en su perro fiel a su único y leal amigo? ¿Se agarrará a esa lealtad sin fisuras ante la negativa visión del mundo que le ha ofrecido el mundo y el hombre? Cabe la posibilidad de que sea así, porque es opinión unánime de quienes siempre han convivido con un perro que éste desconoce la deslealtad, atributo que en absoluto es aplicable al hombre.   

            Porque el sentido de las cosas no se agota en la percepción humana. Cosas abstractas como la amistad, la lealtad o la sinceridad, de alguna manera, también están presentes en la conciencia de muchos animales, sobre todo en la de los más cercanos a nosotros, porque no es justo que la conciencia sea exclusivo patrimonio de las personas, y sería admisible sostener que el animal como ser vivo sintiente está junto a nosotros para algo más que para que hagamos uso de su carne, su piel, ser objeto de nuestra diversión o aprovechar su fuerza para trabajar. Pienso en ello cuando observo a los mendigos y a sus perros. Y pienso también en toda esa distancia que hemos recorrido juntos a lo largo de los siglos para apenas avanzar nada. De ahí que esa imagen que observo en las aceras me parezca casi de otros tiempos; aquellos en los que el hombre y el animal vivían en mejor armonía, a pesar de las mayores dificultades. Tiempos en los que la tierra, el hombre y el animal eran una unidad, juntos en las dificultades y, también, en las escasas alegrías. Que ahora poseamos cuidadas mascotas no significa que hayamos avanzado demasiado en cuanto a una mayor conexión con el animal, tan solo el argumento que demuestra que es la única vía que nos impide desconectar casi por completo del reino animal. De hecho, pensemos en las posibilidades que tiene hoy día un niño de la ciudad -o incluso un adulto- de poder estar cerca de un animal que no sea su mascota, si es que la posee. Es algo que nos debería hacer reflexionar. 

15 febrero 2017

¿EDGAR ALLAN POE, AUTOR MALDITO? (IDEAL, 15/2/2017)

¿EDGAR ALLAN POE, AUTOR MALDITO?

Por José Antonio Flores Vera
                       

Hay escritores con fama de malditos. Y ya nada hará que cambié la opinión pública hacia ellos. Han crecido en la literatura con esa vitola, siendo su signo de identidad y su desgracia al mismo tiempo. Ha bastado con que un primer biógrafo les haya etiquetado como tales para que ya nadie desdiga ese atributo. Una etiqueta que les ha dado fama una vez muertos, pero que les perjudicó en vida. Que les ha posibilitado que se conozca universalmente su obra, a pesar de que jamás gozaron de las mieles del triunfo mientras vivieron. Ocurre no solo con escritores, también con músicos, pintores, escultores…Casi todas las ramas artísticas han contado con alguno o varios en sus filas.
            Entre éstos, circunscrito al plano literario, quizá el caso más singular haya sido el de Edgar Allan Poe (Bostón,1809-Baltimore,1849). Etiquetado, casi desde el principio con el sobrenombre de maldito, gran parte de su obra ha sido leída, juzgada y analizada bajo ese prisma, si bien podría tratarse más de un adjetivo histórico impuesto en algún momento concreto que de una realidad, sobre todo si leemos con atención la enorme, rigurosa y documentada biografía que fue escrita sobre él, en 1995, por el escritor francés Geoges Walter (Budapest, 1921-2014), el cual evita en todo momento – si no defiende- referirse a ese sobrenombre de maldito, sabedor que ya poco podría hacer, principalmente desde que un autor celebre, Baudelaire (etiquetado también como maldito) así lo calificara en su momento en otra peculiar y clásica biografía sobre Poe y su obra escrita en 1856.
            Ahora bien, para el autor de Las flores del mar, Poe tan solo contaba con la maldición de las letras y toda su vida fue una constante búsqueda porque se conociera y publicara su obra, casi siempre sin éxito. Y si leemos con atención la biografía de Walter no será posible encontrar en el autor de El cuervo a un creador herido por la maldición, sino a un incansable trabajador de la literatura y de la prensa que apenas lograba sobrevivir con su afanoso trabajo como redactor en varias revistas y periódicos y casi toda su vida consistió en la búsqueda de ese puesto fijo de inspector de aduanas, que jamás llegó. Quizá ésa sea la versión del escritor de Baltimore que menos se conozca o, tal vez, menos interese conocer porque el mundo editorial ha encontrado un buen filón gracias a su etiqueta de maldito. 
            Hechos más o menos contrastados o dudosos hicieron de Poe un maldito para sus contemporáneos y algunos biógrafos. Esas visitas nocturnas al cementerio (delirios de juventud) para ver la tumba de su platónica amada forma parte de ellos, pero también sus locuras etílicas, algo más dudosas, en palabras de algunos admiradores de su obra, así como su peculiar literatura alejada de la amabilidad y de las buenas formas, y su acerada crítica a muchos de sus colegas contemporáneos, bastaron para la construcción de la leyenda que hoy nos ha llegado sobre este autor. Lo que sí queda, más o menos claro para todos, incluso para sus detractores más furibundos, es su talento, sobre todo en la narrativa corta del cuento y el relato, así como para la poesía, faceta del autor norteamericano que es menos conocida, a pesar de que es casi más amplia que la narrativa.

            Y si la maldición tiene alguna aureola desde el nacimiento, sus detractores siempre dirán que murió (fue encontrado muerto en extrañas circunstancias en una calle de Baltimore) como vivió, envuelto en esa extraña maldición que queda muy bien para etiquetadores literarios, así como para quienes gustan de buscar una literatura gótica cuyo origen podría partir de su poema narrativo El cuervo, o tal vez, de su cuento El gato negro; o bien, auspiciadores de la literatura negra que bien podría tener su origen en Los crímenes de la calle Morgue. En todo caso -y es solo una opinión- nos encontramos ante un autor muy prolífico y con gran talento literario -insisto-, cuya hipotética maldición, de haber existido, lo hubiera postrado en la más absoluta inanidad creativa, cuando su vitalidad literaria está demostrada dada su ingente obra que incluye cuentos, relatos, poesía, novela e, incluso, ensayos tan peculiares como Eureka.             

20 diciembre 2016

ESPÍRITU NAVIDEÑO (IDEAL, 20/12/2016)

ESPÍRITU NAVIDEÑO    

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                                                                                                              Por José Antonio Flores Vera

El espíritu de la Navidad. Todo el mundo habla de él en estos días. Pareciera que solo trabaja en estas fechas, algo similar a esa ocupación temporal de los desaliñados Santa Claus, mitad vagabundos, mitad pendencieros, que vemos por doquier en las películas americanas de este género. ¿Pero qué es en realidad eso del espíritu navideño? Lógicamente, la respuesta será muy variada en función de a quién se le haga la pregunta. Un niño podría decir que es ilusión. Eso sí, si no ha entrado ya en la vorágine consumista de todo el año y confunda ilusión con consumo. ¿Pero qué dirá un adulto? Y ahí ya pinchamos en hueso. Su respuesta puede ser tan compleja y desigual como lo sea su vida. Porque la Navidad, a pesar de que el término ya casi sea un sinónimo de consumo, encierra otras cosas que están en la órbita de lo más íntimo del ser humano. Y no me estoy refiriendo ni por asomo a cuestiones religiosas, sino a una época en la que mucha gente parece hacer un repaso de su existencia. Y, claro, cuando el saldo de ese repaso es deudor -como suele ser habitual, ¡ay! - a pocos les gusta ver falsas sonrisas beatíficas en los rostros de sus semejantes, como si estuvieran representando una farsa indigerible. De ahí que muchas personas odien estas fechas. Algo así a advertir que los sentimientos -los buenos y los malos- están a flor de piel y se tema por un estallido emocional sin precedentes. De ahí que se suela decir esa frase casi hecha de “no me gusta la Navidad”, argumentando que es todo hipocresía, consumo, reuniones familiares forzadas en la que sus miembros apenas se ven en todo el año (no en todos los casos, ¡eh!), comidas de empresa en la que puedes coincidir con gente a la que ni que conoces, no tragas o con la que ni te has cruzado un saludo en tu vida (aquí, sí, en casi todos los casos).
                Me pregunto -siempre lo he hecho- si no será ese desaforado consumo una especie de alivio, una especie de elemento que actúa como barrera protectora ante tanto sentimiento encontrado. Obviamente, ese consumo no es nada nuevo y pareciera que estas fechas lo conllevara. Lo sabemos por la literatura, por el cine, por la música, por la pintura…Todas las artes que han aludido históricamente a la Navidad se han representado casi siempre como momentos de mayor goce culinario, entreno de prendas, más consumo en la calle y un sinfín de hábitos que poco a poco han ido forjando las señas de identidad de esta celebración, a la que pocas culturas y religiones ya son ajenas. Por tanto, podemos estar de acuerdo en que poco o nada ha cambiado, por más que se diga que antaño se vivía la Navidad con otro espíritu. Podría parecer que era así, pero no, quizá lo que ocurría es que se vivía con muchos menos recursos, y cuando éstos son escasos el pretendido espíritu navideño parece que se hace un mayor hueco entre la chimenea y la mesa repleta de viandas. Luego, habría que sostener que poco o nada ha cambiado el ser humano, si acaso, gozamos en la actualidad de mayores recursos a los que solemos denominar, con cierto cinismo, espíritu navideño.           

28 noviembre 2016

LA DEMOCRACIA TAMBIÉN ERA ESTO (IDEAL, 28/11/2016)

LA DEMOCRACIA TAMBIÉN ERA ESTO

                                                                       Por José Antonio Flores Vera

Para mucha gente, tres duros golpes han sido infligidos a la democracia en un poco margen de tiempo: la nueva victoria del PP en España, en su momento más álgido de causas judiciales abiertas relacionadas con la corrupción, el Brexit británico, en uno de los peores momentos de la Unión Europea, por mor de la lastrante crisis, la inmigración y los problemas de cohesión, y la victoria del ultraliberal Trump en Estados Unidos, en una época convulsa en el mundo en cuanto a relaciones geopolíticas. Duros golpes avalados por muchos millones de votos, a los que habría que sumar los obtenidos por los representantes más radicales de países democráticos de medio mundo, pero principalmente europeos. Se supone que la democracia también era esto.
            Y es por eso por lo que conviene hacerse las preguntas adecuadas. Sobre todo, para intentar comprender cómo millones de votos de países con democracias consolidadas avalan lo que parece denostado por otros tantos millones de ciudadanos, incluidos los que habitan en estos países, y medios de comunicación generalistas de medio mundo.
            La democracia es un salto al vacío, en ocasiones sin paracaídas. Porque de eso se trata, de que no haya andamiajes ni estructuras que impidan esa libertad de voto, para cumplir la máxima que siempre ha ido unida a este sistema político de un hombre, un voto, por muy contrario que pudiera parecer a los intereses generales esa decisión elegida libremente en las urnas. De lo contrario, pudiera convertirse en un sistema amañado, en el cual solo es posible que el voto válido sea el impuesto por una mayoría políticamente correcta, que en ocasiones es más acartonada de lo que estamos dispuestos a creer, si no manipulada o tergiversada.
            En democracia hay que admitir los resultados que provienen de las urnas, siempre y cuando el sistema electoral se compruebe limpio y acorde con la ley. De lo contrario, se violenta el principio más sagrado de este sistema político, que parece ser es al que aspiramos la mayoría de los ciudadanos del mundo. Otra cosa es despotricar sobre la deriva del mundo, la falta de valores, de cultura, de compromiso…Son otras cuestiones distintas que necesitarían una valoración diferente.
            Quizá, lo más honesto y sensato sería preguntarse por qué medio mundo vota de manera tan sorpresiva para el otro medio. Por qué una mayoría de españoles decide que siga gobernando un partido inmerso en casos de corrupción tan graves, o un gran número de británicos aboga por alejarse de la Unión Europea, o millones de estadounidenses eligen dar la espalda a políticas de más calado socialdemócrata y optan por políticas ultraliberales. Porque no siempre la respuesta está en el análisis demoscópico de la intención de voto, sino que también hay que buscarla en los motivos que han provocado dar la espalda a otras opciones políticas, en teoría, más comúnmente aceptadas o, tal vez, no tan denostadas. Es importante en este aspecto que las opciones perdedoras comiencen a hacerse planteamientos serios sobre sus fracasos políticos y electorales, incluso antes de despotricar sobre esos millones de votos alejados de sus intereses. Preguntarse por qué sus opciones políticas son menos atractivas que las que ofrecen otros actores políticos con aparentes intereses contrapuestos a la mayoría. 

            Porque, insisto, la democracia también era esto.      

15 noviembre 2016

¿JUSTICIA FISCAL O ÁNIMO RECAUDADOR? (IDEAL, 15/11/2016)

¿JUSTICIA FISCAL O ÁNIMO RECAUDADOR?

Por José Antonio Flores Vera

Cuando el ciudadano común -acostumbrado a ser víctima de todo el poder junto o aislado- se indigna ante el desfalco que sufre su bolsillo, de manera casi invariable piensa en el poder económico y corporativo de los grandes bancos, los cuales cuentan con el privilegio de ser protegidos (rescatados) por el poder político, que más veces de las que debieran se dan la mano, si no es que no van de la mano casi siempre como inseparables compañeros de viaje.
            Sin embargo, ese ciudadano indignado casi nunca piensa en la amenaza para su bolsillo que suponen las Administraciones Públicas. Sí en los políticos de turno, que se supone son quienes las dirigen, pero casi nunca en esos grandes leviatanes de múltiples cabezas que son las Administraciones. Pero resulta que esos grandes monstruos también nos desfalcan cuando lo precisan, que es casi siempre. Lo hacen por las vías ya consolidadas y a fuerza de mucha y diversa propaganda institucional, casi siempre respetada solemnemente por la ciudadanía, que ve en el tributo una formula antigua, consolidada y justa. Eso es así en un plano teórico, además de avalado por los estudios más sesudos en derecho tributario, pero nadie debe dar por sentado que todo lo que jurídicamente es aprobado deba ser justo. Ni por asomo jurídico es siempre igual a justo. Los justo o injusto, quizá, pertenece más a la esfera del sentido común, mientras que lo jurídico o no es más propio de un artificio, un consenso político, no lo olvidemos.
            La teórica justicia fiscal, que busca o dice buscar no otra cosa que una redistribución de la riqueza, en más ocasiones de las debidas no es más que la improvisación de unos pocos, unas meras cuentas hechas con el único fin de atender los gastos de un estado, una autonomía o un ayuntamiento. Y si el gasto es desmesurado y pródigo, el tributo se elevará en la misma proporción. No espere el ciudadano que las más de las veces el tributo consista en una proporción justa que sirva para esa redistribución. Nada de eso. Y si a eso unimos la facilidad con la que se implanta, se recauda y se embarga (sin necesidad de intervención del Poder Judicial), tendremos las claves perfectas para preguntarnos si existe en realidad una verdadera justicia fiscal -y social en última instancia- o tan solo un ánimo recaudador.
            Podría considerarse que el ciudadano medio ve saciada su inquietante sospecha cuando verifica que la Administración en la que deposita su dinero por la vía impositiva, hace un verdadero esfuerzo para administrar esos fondos tributarios; cuando observa que existe un verdadero interés redistributivo, proponiéndose esa Administración como ejemplo de austeridad y gestión eficaz. Aunque también podrá suceder, al contrario: ese ciudadano podrá aumentar su inquietante sospecha cuando no ve otra cosa que despilfarro, deficiente gestión, parasitismo, ejércitos de asesores y políticos retribuidos por encima de su capacidad. Es entonces cuando comenzará a dejar de creer en la naturaleza jurídica del tributo, en el argumento de la redistribución y en todos esos tecnicismos que parecen hechos para ocultar la verdadera razón del tributo, que probablemente haya perdido ya a estas alturas su verdadero fin y no sea otra cosa que el instrumento depredador que utilizan las Administraciones para sostener ese gasto infinito, casi siempre absurdo y las más de las veces injusto. De hecho, es fácil constatar que una mayor carga fiscal casi nunca lleva aparejada una mejora de los servicios públicos, los cuales necesitan de otro tipo de financiación para que sigan funcionando, llámesele copago, multas, tributos parafiscales u otro tipo de ajustes, casi siempre a cargo del ciudadano que los demanda.    

             

25 octubre 2016

ATRAPADOS EN LAS REDES (IDEAL, 25/10/2016)

                                                                      
                                                           ATRAPADOS EN LAS REDES

                                                                                   Por José Antonio Flores Vera

Vivimos en un mundo cambiante. Y el cambio ya no es cíclico. Es mucho más inmediato y cada vez más urgente. Un mundo cambiante, cuya explicación teórica siempre llega tarde. Y cuando llega, ya es el momento de volver a explicarlo porque han cambiado las reglas y los hábitos. Arduo trabajo para los sociólogos, que supongo no darán abasto.  
            En todo ese cambio está jugando un papel decisivo la irrupción de las redes sociales, las cuales cada vez ocupan más espacio en nuestras vidas hasta el punto de parecer estar atrapados por ellas.  No solo a niveles básicos de entretenimiento, sino también a niveles trascendentales. Quítenle a las nuevas generaciones (y a las no tan nuevas) las redes sociales y les estarás quitando parte de su existencia. La comunicación, la información, los hábitos de consumo, las relaciones personales…Casi todo se sustenta en ellas. El mundo se comprende mejor a través de ellas. Para muchos, sin su impronta, el mundo es mucho más incomprensible, porque basan su éxito en hacernos creer que están diseñadas a nuestra medida.
            Pero, ojo, que hay trampa. Al margen de teorías conspirativas, que se circunscriben en el ámbito del control que se quiere ejercer sobre la humanidad a través de las redes sociales, lo que sí parece claro es que la visualización del mundo real a través de éstas jamás podrá ser una solución. El mundo físico, ya sabemos todos que es complejo, cambiante, inabarcable, inexplicable casi siempre y no será el mundo cibernético de Internet y sus múltiples efectos el que logre explicarlo. Por lo pronto, un individuo normal como nosotros, a lo largo del día, tendrá ocasión de ver miles de imágenes a través de los diversos dispositivos con conexión a Internet. Imágenes que pretenden transmitir algo, ya sea ideológico, lúdico o testimonial. Una información que nuestra mente no podrá procesar en absoluto y que nos apartará de tareas que exigen concentración -aunque a priori no lo percibamos- como es la lectura, el estudio o una charla íntima con los amigos o la familia. Tal vez ése sea el efecto más pernicioso y perjudicial de todo ese mundo digital que nos atosiga, en el que todo el mundo tiene ocasión de plasmar sus ideas y sus gustos a través de palabras o imágenes. Toda esa vorágine diaria, probablemente, nos aparta de lo que, quizá, no debería jamás desprenderse el ser humano y que tantos siglos ha tardado en conquistar. Me refiero a la lectura. En mi opinión, una de las acciones humanas más trascendente. O, incluso, la contemplación de una obra de arte o la visualización de una magnífica película clásica, por poner algunos ejemplos. Sí, sin lugar a dudas, toda esta vorágine digital -que lejos de detenerse va en aumento- nos va apartando de esos actos esenciales para la formación del individuo como tal. De hecho, la propia literatura, el arte y el cine, por hablar de tres elementos fundamentales en nuestras vidas, cada vez se adaptan más a esa era digital, convirtiéndolas en otra cosa distinta a lo que eran. Una literatura de consumo efímero y digitalizado o una contemplación artística a través de los píxeles de la pantalla, son cosas distintas, habría que denominarlas de otra forma, pero no de manera similar a como se denomina la sensación que produce el tacto de un libro o la contemplación de una obra de arte original en una pinacoteca.    

              

12 octubre 2016

¡SEAN MUNÍCIPES, NO PARTIDISTAS! (IDEAL, 11/10/2016)

¡SEAN MUNÍCIPES, NO PARTIDISTAS!

                                       Por José Antonio Flores Vera

Formar parte de una sociedad en la que toda decisión política sea partidista no es tarea fácil. El ciudadano medio observa con sentido común que algo va mal en su ciudad e instintivamente piensa en el poder correspondiente, que suele ser el municipal. Y es posible que actúe en consecuencia y exija un arreglo o una solución al problema que le afecta, porque el ciudadano, por muy asqueado que esté de la situación política, por muy escarmentado que esté del partidismo político, siempre es menor de edad en cuanto a esperanza, ilusionado porque algo tenga, al final, solución. Pero no, se dará de bruces, siempre se dará de bruces.
            Y viene a cuento esta reflexión por lo que uno observa a diario en esta ciudad. Digamos, que hay tres o cuatro proyectos importantes que tienen que ver la mayoría de ellos con las infraestructuras y equipamientos públicos. No apuntaré con detalle cuáles son porque están a diario en las páginas de los medios de comunicación como éste y sería una tautología enumerarlos. Algunos de esos proyectos se deben a iniciativas estatales y otros a autonómicas; y sabemos que en pocas ocasiones ha habido coincidencia de partidos en ambos poderes territoriales. Por tanto, siendo eso así, la guerra está servida. Si el signo político del consistorio está en la línea del estatal, se defenderán los estatales y se criticarán los autonómicos; pero también puede ocurrir lo contrario. En Granada, en poco tiempo, ha sido muy visible ese partidismo al haberse sucedido un extraño cambio político en el ayuntamiento, inédito hasta ahora. Si hace unos cuantos meses, los proyectos que estaban en la agenda del consistorio granadino como prioritarios era el soterramiento y la estación del AVE, dirigiéndose las críticas hacia el PTS o el Metropolitano, ahora ocurre todo lo contrario. Todos estos proyectos están resultando desastrosos o inacabados, pero eso no parece importar a los munícipes granadinos. Lo importante no es otra cosa que la defensa de los proyectos que emanan de organismos dirigidos por su respectivo partido.
            Desde luego, todo esto no lo interpreta el ciudadano medio como algo serio. Es más, lo interpreta como un nuevo descrédito hacia la política. Sobre todo, porque se trata de algo que debería de estar por encima de opciones partidistas; se trata de la ciudad en la que vivimos, la que hemos construido entre todos. Los proyectos pueden ser buenos o malos, necesarios o no, pero jamás deberían ser partidistas. Un alcalde, un concejal, cuando opta a un cargo debería vestirse con la chaqueta institucional y no con la del partido, a pesar de que eso sea un riesgo para su permanencia y futuro en el mismo. La gravedad del cargo, la responsabilidad del mismo, debería ser más que suficiente para indicarle al partido que lo importante es mi ciudad. Ha habido casos así en España, casos destacados e históricos en los que el munícipe ha brindado con los ciudadanos los éxitos y los fracasos y no con el partido. He conocido y me he documentado sobre algunos casos concretos y he constatado que ese alcalde, unido al pueblo y no a su partido, ha obtenido más victorias y más amplias y mayores parabienes que el que ha optado por seguir los dictámenes de su partido. Porque, en realidad, quien pone y quita alcaldes no es el partido en sí, es el pueblo soberano, que deposita cada cuatro años su papeleta en la urna y que, a pesar de que no exista un sistema de listas abiertas en el ámbito municipal -ni en ningún otro-, el candidato a la alcaldía es siempre el visible e importante. La no observancia ciega de los dictámenes del partido siempre se premia en democracia.

            Lamentablemente, eso no está ocurriendo en Granada y podría ser una de las causas de lo complicado que es poner en marcha un proyecto serio en esta ciudad.         

NUEVA SELECCIÓN DE RELATOS

 Ante el panorama desolador de la cultura, de la que forman parte los libros, el antídoto es la creatividad ; y seguir publicando lo creado....