Sin duda, hay hambre por correr, por competir. Porque no de otra forma se puede explicar que llegaran a meta 597 corredores y corredoras, siendo 15 de julio y no estando ante una de las pruebas más asequibles. Una prueba que te arrastra por terrenos malencarados y que te regala una subida verdaderamente dura hasta el bonito pueblo de Dílar. Pero mucho es poco si se trata de practicar un deporte que tiene mucho de adicción y que cuenta con la virtud de dejar el disco duro del sufrimiento a cero, una vez acabada la prueba. Es más, es probable que esa adicción se deba al sufrimiento y que los corredores acabemos aullando por las esquinas cuando no tenemos una prueba de este estilo que echarnos a la boca. Es todo un misterio: las endorfinas, la constancia física, la preparación psicológica...muchos ingredientes necesarios para saber que para la gran mayoría, tras madrugar un domingo, acabarás subiendo cuestas de caballo bajo un sol africano y que para colmo nada ganarás, tan sólo -si hay suerte- una camiseta técnica y algún refrigerio. Pero no es eso lo nos mueve, luego ¿que es lo que nos mueve?
Pero ¿que pasó en lo personal? Una cosa que pudo ser decisiva: haciendo una ruta rutinaria -valga la casi cacofonía-, el pasado viernes, el gemelo derecho se contrajo como suele hacer cuando está a punto de anunciar una pequeña microrotura fibrilar. Eso me asustó, y casi aconsejó, no intentar heroicidades. Pero había un problema: quería hacer esta prueba; y quería hacerla en estas fechas que, para mí, son buenas para correr, a pesar del fuerte calor.
El gemelo, finalmente, no dolió corriendo, aunque sí la tarde anterior cuando andaba. Misterios de la fisiología. Pero aunque no doliera, está claro que eso condiciona. Y lo hizo durante los primeros cuatro kilómetros, que fueron tranquilos y lentos, en la cola del pelotón, mirando de reojo el coche escoba o la ambulancia por si tenía que servirme de él o de ella, más atento al gemelo que a la carrera. Por suerte, nada de eso sucedió.
Pero, ¿qué sucedió? Un poco lo que nos sucedió a todos: sufrimiento, principalmente, en la fuerte subida a Dílar. Un sufrimiento que, en mi caso, no fue excesivo he de decir, probablemente, fortalecido por esos cuatro primeros kilómetros sosegados. Pero hay que decir que sí vi a mucha gente sufrir en exceso y andar por la zona de subida, porque, lógicamente, este mes no nos coge a todos en la misma forma. Hay gente que por estas fechas se relaja aprovechando las vacaciones y las piernas y los pulmones se tornan vagos. Ya digo, no es una prueba propia para estas fechas, aunque sí lo será para quien afronte en menos de tres semanas la subida al Veleta, prueba a la que decidí apuntarme el año anterior justo tras finalizar esta prueba, si bien este año, los objetivos son muy otros.
En cuanto a la logística de la prueba, hay que decirlo alto: mal en organización en lineas generales, como es habitual cuando sale o pasa por Otura. Está claro que este municipio no tiene mucha fe en este deporte. Sigue persistiendo la afluencia de coches por las zonas de paso, a pesar del buen hacer de Guardia Civil de Tráfico y Protección Civil. No vi excesiva Policía Local. Seguramente que los recortes en muchos ayuntamientos está haciendo estragos.
El avituallamiento fue pobre y con pocos voluntarios -no es culpa de ellos, claro está- y el agua parecía no haber visto un frigorífico en su vida. Desconozco si faltó como en alguna otra ocasión; al menos no, cuando me tocó pasar por éstos. No obstante, hay que celebrar que la camiseta haya sido técnica. Bastante repetida ya, pero técnica al fin y al cabo.
¿POR CIERTO, QUIÉN ES ESTE INDIVIDUO DE VERDE, QUE APROXIMÁNDOSE COMO UN TORO MIURA PARECE DISPUESTO A ENMPITONARME LLEGANDO A META?
Foto debida a Paqui |
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