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30 noviembre 2017

ARTÍCULO: GRANADA, UNA CIUDAD QUE LLORA

Granada es una ciudad que llora. A veces llora de manera justificada y otras no tanto. Hay lágrimas de cocodrilo y lágrimas reales. Éstas apenas son visibles. Se conducen con discreción, como no queriendo ser descubiertas por las esquinas, por las calles, por las plazas; sin embargo, las primeras son histriónicas, desean llamar la atención. Que nadie piense que un cocodrilo llora de veras. 
En Granada hay aciertos y fracasos y cuenta con políticos con poca visión de ciudad, algo muy común en casi todas partes. Lo primero es algo normal, a veces transitorio, pero normal; lo segundo, no es más que el Principio de Peter aplicado a la política. Y si los partidos no quieren buenos políticos, gente que sepa interpretar la ciudad y le quepa en la cabeza, nada se puede hacer. Si los partidos están más pendientes del poder y de las lealtades soeces, nada que hacer. No votarles, sí, pero gracias al sistema electoral tan perverso que regula nuestra participación como ciudadanos, siempre habrá representación en nombre de la democracia por pocos votos que se emitan (cuántas barbaridades se hacen en nombre de la democracia). 
Pero yo no quería hablar de los políticos, sino de la ciudad y sus cosas. Y decía que llora con dos tipos de lágrimas. Las hay farsas y las hay reales, decía. Sin embargo, lo que siempre echo de menos en esta ciudad es la falta de loa de las pocas cosas que funcionan y están bien planificadas. De acuerdo, son pocas, pero las hay. Por ejemplo, la última innovación en materia de transporte público: el metropolitano. Gran invento, sí señor. Gran ocurrencia ésta, que no es novedosa y es posible que hasta renacida de las cenizas de aquel antiguo tranvía que surcaba la capital y una buena parte de pueblos adyacentes, lo que ahora viene a denominarse área metropolitana. Pero tampoco es único en España, ni mucho menos en Europa, lo que ocurre es que estaba por ver si Granada subía de categoría cuando ese atractivo artilugio eléctrico con forma de supositorio iba a suponer un antes y un después en cuanto a los caóticos desplazamientos a distintas partes de la ciudad y a los pueblos adyacentes más cercanos y poblados. Comprobar si con ese transporte rápido, ligero, sostenible, no contaminante y no demasiado ruidoso se podría solucionar el caótico tráfico de la ciudad y la circunvalación. Esto último, lo del tráfico, aún está por ver, ya digo, pero si está ya confirmado y demostrado que la ciudad y los pueblos a los que llega -solo a tres aún- han subido de categoría y la posibilidad de desplazarse sensatamente y sin agobios a distintos lugares de la ciudad ha mejorado exponencialmente. Lo pensaba el otro día mientras hacia un trayecto largo y mis asombrados ojos creían estar viendo pasar las calles, plazas y edificios que suelo ver cuando he viajado por Europa. Eso fue emocionante. Pero lo fue mucho más comprobar que llegaba fácil y rápidamente a lugares a los que ni siquiera me planteaba ir en autobús y mucho menos con coche particular.

Y todo esto lo digo aquí, porque como somos una ciudad que llora, no he localizado apenas loas a esta magnífica idea, que no ha hecho más que comenzar y que con sus desaciertos y errores va a ir mejorando la calidad en los desplazamientos de miles de ciudadanos y es posible que hasta transformar la forma de viajar tan torticera que tenemos en esta ciudad. Dicho queda.

26 noviembre 2013

LA MELANCOLÍA DEL OTOÑO

Esta tarde-noche, mientras paseaba por el centro de Granada, me he acordado de la melancolía portuguesa. Siempre consideré que una buena forma de morir en la nostalgia es pasear por una calle de Lisboa en otoño y a una hora tardía. Nada hay más melancólico que eso. 
Y si, durante tu andar solitario, consigues ver pasar un decrépito tranvía vacío que refleje su luz mortecina de pobre neón en la acera, ya conseguirás tener el plano perfecto para que la melancolía rebase tu piel y se extienda como una hiedra por tu cuerpo hasta que consiga acabar contigo súbitamente. Sin duda, es una buena forma de dejar este mundo. Al menos, es una buena forma poética.
Pero no ocurre de ese modo en el sur de España, aunque el otoño es melancólico en cualquier lugar del mundo. De hecho, las hojas caídas que alfombran las calles y  plazas muestran un tapiz de por sí melancólico y deja una leve sensación de sueños pretéritos. Pero en absoluto es Granada una ciudad melancólica. Todo lo contrario: es una ciudad de luz, la cual rebosa, incluso en las noches oscuras. Pero el frío, los escaparates clausurados, los bares semivacios y los pasos lentos hacen que cualquier ciudad lo sea.
Por eso me ha venido Lisboa al pensamiento. Una ciudad seria y de impronta británica, en la que todo es silencio, tanto como el sordo rumor de sus tranvías y en la que la luz del Tajo es insuficiente para eliminar su melancolía. Es más, una de las pocas ciudades en la que llegó a quebrar  un Macdonal. 
Como lo es Évora, la capital del Alentejo y ciudad más importante de la antigua Lusitania romana y en la que descubrí, no sin estupor de los sentidos, que una primorosa primavera puede ser un triste otoño. 
Pero, insisto, Granada no es así. La luz se quedó para siempre desde que fuera iluminada por esforzadas antorchas de su pasado nazarí. Una ciudad que no necesita un gran río que la ilumine. Basta con el blanco lumínico de la Sierra.
Pero la melancolía es un atributo del otoño y por eso me ha venido Lisboa a la mente esta tarde, mientras paseaba -paseábamos- por una hermosa Granada.

17 octubre 2013

GRANADA, EN SU ESENCIA.

Era muy temprano, en esa hora en la que las ciudades parecen estar dibujándose,  y me sentía bien paseando por enésima vez por la parte de Granada que más me emociona: la Carrera del Darro, también llamado Dauro. Un afluente del Genil que se desliza a través de la ladera de la fortaleza roja, adentrándose en la ciudad ya de forma subterránea. Pero en esta zona -que es en la que se esconde- se percibe descubierto, siempre con agua; y si el peatón decide ir subiendo por la Carrera sin despegar la vista del río irá poco a poco entrando en un mundo onírico y mágico. Llegará hasta el Paseo de los Tristes y la anchura y la luz le cegarán, pero a los pocos segundos alzará la vista y verá las torres nazaríes a su derecha emergiendo de forma imponente y poética al mismo tiempo; y mirando a la Alhambra de frente, el Albaicín. No existe sensibilidad humanan por muy oscura que sea que no se revuelva  ante vistas son tan hermosas, en las que el genio del hombre y la gracia de la naturaleza y el entorno se han dado la mano para la eternidad. 

20 enero 2013

CIUDAD BASURA

Foto de Ideal
Como ya sabe toda España, la ciudad de Granada va camino de completar su segunda semana de huelga del personal de INAGRA, que es la empresa que lleva a cabo la recogida de basura, por mandato de su único cliente, el Ayuntamiento de Granada.
Lógicamente, a estas alturas el debate no solo está en los altos despachos municipales, sino en la calle, en el mismo lugar en el que la basura ocupa cada vez más espacio en calles y plazas ante la mirada atónita de propios y extraños. 
No voy aquí a analizar las causas que han provocado que una de las ciudades más bellas de España sea hoy un estercolero, entre otras cosas porque no las conozco y son complejas. Pero hay algunos elementos que sí deberían de tenerse en cuenta para interpretar el por qué y el cómo de esta situación, que no será la última a nivel nacional. Al tiempo. 
Y no será la última porque con la crisis y el cambio de gestión municipal que ésta está propiciando, este tipo de concesiones cada vez darán más problemas a los munícipes y a la ciudadanía. El asunto no es ya que sean concesiones caras, que lo son, sino que el control sobre estas concesiones no las tienen los ayuntamientos. Es más, las empresas concesionarias poco o muy poco pueden hacer ante un colectivo que es muy permeable sindicalmente y que está remunerado por encima de la media en cuanto a trabajo no especializado.
El servicio de recogida de basuras siempre ha sido para los ayuntamientos un asunto desagradable. No sólo por su carestía -que difícilmente se financia con las tasas que pagan los ciudadanos- sino por el contenido del servicio en sí y el horario en que se lleva a cabo. De ahí que los los ayuntamientos, desde los primeros años de la democracia optaran por pagar lo que fuere por quitarse de encima algo tan indeseable y a la vez tan problemático. Lógicamente, las empresas concesionarias comenzaron a ver en estas cesiones un filón, a la vez que la fecunda presencia sindical en este sector hacía que los sindicatos vencedores de las elecciones internas cogieran el control, lo que redundó en generosos convenios y subidas salariales por encima de la media. 
No hubo problema mientras los ayuntamientos pudieran ir pagando el servicio, lógicamente a costa de subir bestialmente las tasas a los ciudadanos de manera encubierta en ocasiones y descaradamente en otras. De hecho, esta tasa suele pagarse conjuntamente con la del agua, que es una manera de vincular dos cosas que no tienen nada que ver en su naturaleza.
Pero ha llegado el tiempo en el que los ayuntamientos no cuentan con los recursos con los que contaban, están faltos de financiación y, para colmo, el Estado ha reducido las aportaciones a los municipios para cumplir con el plan de austeridad que ha diseñado para sortear el rescate. Por tanto, el dinero previsto para las concesionarias de basura ha disminuido, sin que lo haya hecho la masa salarial de los empleados, que es muy alta, altísima. 
Al mismo tiempo, las grandes concesionarias de basura, suelen ser empresas grandes, muchas de ellas sociedades anónimas que se deben a su junta de accionistas. Y, claro, éstos quieren beneficios sin control. Por su parte, la presencia sindical, como decía, es muy fuerte y el servicio muy sensible. Podrá no percibirse que los oficinistas de un ayuntamiento no vayan a trabajar dos semanas, pero si es muy perceptible, nocivo y antisanitario que las basuras estén dos semanas o más en las calles. 
Por tanto, preveo que a plazo corto y medio, muchas cosas han de cambiar en estas concesiones. Algunas de ellas las rescatarán los ayuntamientos, y otras se liquidarán, pero antes de eso habrá más huelgas y conflictos. 
La solución no es fácil, pero ha de llegar el día en el que se adopte un sistema que funciona bien en Europa, es decir, una recogida selectiva de basura y no diaria, lo que contribuirá a abaratar el servicio, bajar las nóminas y buscar mayor eficacia y eficiencia. Sin embargo, nada de eso será posible si antes no se rescata el servicio para que pueda volver a ser prestado por los ayuntamentos, que es del lugar del que nunca debió salir.

07 enero 2013

LIBROS: CASO CERRADO, DE CÉSAR GIRÓN

En estos días navideños pasados, donde el tiempo se dilata, he acabado varias lecturas iniciadas en el mes anterior. Una de ellas ha sido "Caso Cerrado", la novela del granadino César Girón, último premio Internacional de Novela Negra 'Ciudad de Carmona', y a cuya presentación acudí a mediados de octubre. Avalada como estaba por Jesús Lens, miembro del jurado que otorgó el premio, le hinqué el diente casi en cuanto me hice de ella; y ciertamente, estamos ante una enorme novela de género negro, una 'Granada de Trhiller', como bien escribió César en mi ejemplar cuando le pedí la dedicatoria del libro. 
Una novela de estructura compleja y muy imaginativa. Partiendo de un suceso real acaecido en la Granada franquísta de 1969, un homicidio -es probable que asesinato- perpetrado en las proximidades de Río Darro -lugar en el que apareció el cadáver-, en las faldas de la Alhambra y muy cerca del Paseo de los Tristes, ha servido como argumento para que el escritor granadino desarrolle una novela de 400 páginas, muy copiosa en datos jurídicos -se observa bien la profesión del autor- y lugares imprescindibles de la geografía de la ciudad de Granada, campo en el que el autor es experto y autor de varios libros sobre calles, monumentos, lugares históricos y la propia historia de esta ciudad milenaria. 
El ejercicio llevado a cabo por César Girón conlleva un esfuerzo literario titánico, tanto por el buen número de personajes como por los minuciosos datos y estructura milimétrica que la novela soporta. Además, como buena novela negra, nada es lo que parece y cada página es una nueva oportunidad para sorprenderse de los vericuetos y la complejidad que esconde el alma humana. 
Seres dispares que pululan por la ciudad de la Alhambra henchidos de secretos y pasiones. Y de fondo una Granada imbuida en pleno franquísmo, en el que la justicia no aflora de forma automática y donde la ley, la moral y esa misma justicia casi nunca van van de la mano. 
Pero como también ocurre en toda buena novela negra, existen seres idealistas, personas inasequibles al desaliento que intentan no detenerse ante nada ni ante nadie si creen que de esa forma se consiguen algunos gramos de dignidad, sensatez y justicia. 
Y todo lo encontraremos bien repartido y estructurado en esta novela de copiosa documentación y enormes y bien trabajados diálogos, contada en primera persona la mayor parte de ella por su principal personaje, el abogado Celso Costa. 
Por tanto, si andáis buscando algo emocionante para leer y que además sea de género negro, no tenéis elección. Os la aconsejo.