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14 junio 2021

«ESO ES MUY MALO SUDANDO»

-¡Eso es muy malo sudando!
Yo dejaba caer el agua de la fuente sobre mi cabeza, mientras escuchaba esa frase de advertencia. Siempre lo hago con temperaturas altas. Nada hay más placentero que estar en la mitad de una ruta de entrenamiento y poder sentir cómo el agua fresca recorre tu cabeza y se desliza a través del cuello apagando el fuego de la alta temperatura. Ese agua se va fundiendo con el sudor y los primeros metros tras reanudar la ruta son también deliciosos al percibir el frescor del agua. 


Estaba en algún punto de la vega y me faltaban unos tres kilómetros para acabar mi entrenamiento y llevaba ya recorridos casi el triple de esa cifra. Eran más de las doce del mediodía y el termómetro en plena ola de calor debía estar en los treinta y cuatro grados, sino más. Por tanto, tenía sentido lo que me decía ese hombre de campo, de edad avanzada y con una sabiduría popular muy certera. Le expliqué que lo era, pero no si se hacía bien: refrescando los centros de refrigeración del cuerpo: nuca, frente y muñecas, y bebiendo poca agua y a pequeños sorbos. Se tranquilizó. «Una vez vi a un corredor que bebió agua y se mareó», me dijo a modo de título de  la explicación. Posteriormente se detuvo y fue más detalloso: iba el hombre por un camino y vio cómo un corredor iba perdiendo el conocimiento, y con esa pérdida el equilibrio, tras beber agua en abundancia en una fuente. La bonhomía del hombre hizo que se acordara de aquel suceso y me quiso advertir. Podía haber hecho caso omiso, seguir su ruta sin más, pero decidió prevenirme. E hizo bien, porque cuando un corredor es novato, cuando hemos sido novatos, cometemos esas imprudencias y, quizá por eso, dejamos de cometerlas cuando somos veteranos. Y así se lo expliqué, asintiendo el hombre con la tranquilidad de a quien se le ha aclarado muy bien alguna duda que albergaba. 
Correr tiene este tipo de cosas; correr cuenta con estas anécdotas humanas y especiales. Es una de las facetas que siempre más he admirado cuando me han ocurrido y es por ello, tal vez, por lo que me empujé a escribir mi libro Corriendo entre líneas, el cual está plagado de ellas, y así las conté (la mayoría de ellas) en este blog con anterioridad a plasmarlas en el libro.
¿Y me preguntáis por qué me gusta correr? Entre otras muchas cosas, por las grandezas que se viven en ruta.

04 julio 2018

CORRIENDO SOBRE LA HISTORIA

En ocasiones corro sobre la historia. Es decir, que mis pasos pisan lugares históricos. Es inevitable y gustoso, sobre todo cuando habitas en una zona con muchos kilates de historia en su zurrón. Es más identificable si corres, por ejemplo, por la Alhambra o por el Albaicín, en el caso de Granada, igual que lo sería correr por la zona de El Escorial en el caso de Madrid o cerca de la Mezquita de Córdoba, los ejemplos son múltiples, pero es menos identificable si corres a través del campo o por el campo a través, que es más correcto decir cuando se trata de correr. Y es lo que he averiguado, no ahora, hace ya tiempo, aunque es la primera vez que lo escribo. Cuento. 
Suelo devorar kilómetros por una zona de vega entre Granada y los pueblos más cercanos a la ciudad, como es el caso de Albolote, Maracena, Atarfe o Pinos Puente, todos ellos con grandes momentos históricos a sus espaldas. En particular, en mis últimos entrenos estoy corriendo por este sitio: 



Y si observáis bien podréis leer: ACEQUIA GORDA, que es el lugar en donde acaba una de mis rutas y desde donde me vuelvo porque el camino se acaba. Pues bien, esto es lo que pasó en este lugar (no exactamente en este lugar porque la Acequia Gorda de Granada es más extensa, pero sí en el angosto perímetro de esta zona tal y como está documentado): 

  'En plena reconquista (1486), en la Vega de Granada y luchando a las órdenes del Duque del Infantado junto con su padre D. Fernando de Arce, murió D. Martín Vázquez de Arce -Doncel de Sigüenza-  luchando en la Acequia Gorda con 25 años de edad. Según el cronista Alonso de Palencia murieron unos 20 de las mesnadas del Duque, pero la matanza inferida a los musulmanes en aquella angostura de Pinos-Puente fue enorme.'

El Doncel de Sigüenza está enterrado en la catedral de este histórico pueblo de la Alcarria de Guadalajara y allí pude tomar esta foto policromada, que es su sepulcro con un valor artístico muy destacado.   



Fue en la conocida batalla de La Higueruela, un hecho histórico fundamental para la posterior toma de Granada por los Reyes Católicos, seis años después, entregada por el último Rey Musulmán, el Nazarí Boabdil llamado 'El Chico'.     

Es curioso. Y creo que interesante, porque ya conocéis los más fieles a este blog y a mis libros mi afición de concebir el correr como algo mucho más amplio que el mero ejercicio; la afición de conectarlo con la historia, la geografía, la literatura, la música...y un largo etcétera como ya hice en mi libro 'Corriendo entre Líneas'.  

28 agosto 2014

OJOS QUE BRILLAN EN LA NOCHE

Esto del correr y sus recursos es una fuente inagotable. Podrás llevar años pateando caminos, carreteras, calles y veredas y toda esas experiencias acumuladas siempre dejará margen para otras nuevas. Nuevos dispositivos, nuevas rutas, nuevas formas de correr, nuevos retos... Quizá esa sea la razón de que este deporte cada día gane más adeptos, aunque siempre será minoría, si entendemos el correr como una actividad de dedicación constante, como algo tan integrado en tu vida que, en un sentido hipotético, si algún te dijeran que ya no vas a poder practicarla  más, aquélla perdería algo de sentido.
Y es que la experiencia de hoy ha sido única y nueva: por primera vez he corrido en campo a través por la noche.
Lógicamente, lo había hecho por la ciudad, con luz artificial de las farolas y los escaparates, pero jamás lo había hecho con esto: 


Exacto, se trata de un frontal. Sabía de su existencia por ojeadas de páginas web o revistas especializas en trail running pero jamás pensaba que acabaría teniendo uno. 
La historia surge a raíz de inscribirme en la prueba de montaña de treinta kilómetros que, si nada se tercia, correré el próximo sábado en la localidad de Colomera. 
Leí que la organización aconsejaba llevarlo y sabiendo como sé que no soy un especialista en este tipo de pruebas y que mi crono ser irá más allá de las tres horas, y resultando que la prueba sale a las seis de la tarde y que a las nueve en estas fechas ya está el sol puesto, no sería extraño que, incluso yendo todo bien, se me haga de noche en los últimos cinco o seis kilómetros. 
Y no me gustaría aparecer en la prensa al día siguiente como el corredor que se perdió en la noche cerrada en algún lugar de los Montes Orientales. Sí, eso daría para una buena entrada y es posible que para un artículo en prensa, pero prefiero apartar de mí ese cáliz.
Así que me compré este modelo de entrada, si bien avalado por una marca líder en el sector como es  la francesa Petzl. 
Y como suelo ser meticuloso a la hora de poner en práctica los artilugios que adquiero, esta tarde de miércoles he esperado a que llegara la puesta de sol y he comenzado a correr por un conocido camino de la Vega de Pinos Puente pasadas las nueve de la noche. La idea no era otra que cayera el manto negro de la noche en mitad de la ruta y poner en práctica la luz del aparato. En definitiva, probar cómo se corre por la noche con un aparato como éste en la frente. 

OJOS QUE BRILLAN EN LA NOCHE 

Con varios individuos de dos especies me he cruzado, los cuales tienen un elemento en común que desconocía: les brillan los ojos en la noche cerrada. Se trata de los siempre presentes perros y de las aves de la noche. Al principio me inquieté un poco, pero enseguida me acostumbré a ese brillo algo inquietante.
Todos sabemos que la noche tiene criaturas que no tiene el día; o bien, las mismas, pero que mutan de alguna manera. Los pájaros durante el día pasan bastante desapercibidos, por la noche no. Por su parte, a los perros abandonados, que lamentablemente hay muchos en la Vega, se les ve muy ufanos andando en grupo por las veredas y no parece que necesiten el artilugio que yo portaba en la frente. Por suerte, ambas especies han respetado el extraño paso de un individuo adosado a una luz entre azul y blanquecina. 

UNA FAMILIAR SOMBRA INQUIETANTE 

Junto a los numerosos maizales mi propia sombra, negruzca y alargada, me ha acompañado durante casi todo el trayecto. No por ser familiar deja de ser menos inquietante. Porque todo lo que se percibe en la soledad nocturna tiene algo de gótico.
Como algo de gótica es la presencia de los murciélagos. Atraídos por luz del foco se acercan o se cruzan, pero inmediatamente cuando detectan movimiento viran su trayectoria de manera dramática e increíble. Mientras devoraba kilómetros en la noche, con las únicas referencias de que sabía por donde iba por conocer de antemano la ruta, me vinieron a la mente recuerdos de las noches de verano de mi infancia, en las que atrapábamos a estos bichos con el sólo objeto de maravillarnos de su cara, que no era de pájaro sino de roedor. 

¿ME HABRÉ PERDIDO? 

Hubo un momento en que lo pensé. Tenía mis referencias claras porque conozco muy bien la zona. Pero el día es el día y la noche es la noche y son muchos los caminos que en la Vega salen a izquierda y derecha. 
Así que hubo un momento en que me asaltó la duda. Tenía la referencia de las luces de los pueblos de alrededor (Zujaira, Casanueva, Pinos Puente, Valderrubio), pero aún así la perdía, merced a unos altos álamos. Miré el GPS y calculé los kilómetros y sopesé que ya debería de estar en un punto en el que aún no estaba. Nada se veía a mi alrededor, a no ser los treinta metros aproximados que ilumina el frontal. Al poco, cuando salí de la influencia de los árboles atisbé el puente iluminado del paso de la vía del ferrocarril a la salida de Casanueva y eso me tranquilizó, a pesar de que no me había turbado en absoluto por esa hipotética desorientación. Y eso era porque me encontraba muy a gusto y feliz corriendo en la noche cerrada.

EN LA NOCHE LOS KILÓMETROS SON MUY OTROS 

Son los mismos que haces durante el día, pero al mismo tiempo muy otros. Se perciben de otra manera. Sin referencias. Algo muy similar -con las obvias diferencias- a cuando conduces de día o de noche. De día percibes en su verdadera magnitud paisajes y poblaciones; de noche el paisaje te lo tienes que imaginar y las poblaciones son contornos que construyen su iluminación artificial. 
Así, cuando corres de noche los kilómetros van pasando de otra manera, sin referencias. Es como si ignoraras por completo lo que llevas corrido y lo que queda por correr. Y si la noche es silenciosa, fresca, tranquila y tu te encuentras físicamente bien corriendo, la experiencia es única y en exclusiva vivencial. 
Cuando acabé bien pasadas las diez, aún en el coche me encontraba con la venturosa noche sobre mi cabeza. Comer la fruta que siempre como, estirar, cambiarme de ropa, beber isotónico, todo esos ritos se convierten en algo muy distinto al ejecutarlos de noche bajo el impresionante decorado de las estrellas, que en campo abierto adquieren otra dimensión.   
Algo muy parecido a cuando comienzas a correr y percibes que tu cuerpo y tu mente han llegado a ese punto en que todo es armonía. 
               


01 julio 2014

COMO UN NOVATO

VEGA
El sábado pasado salí a entrenar por la tarde. Ya eran las siete y media de la tarde, pero el calor en la Vega a esas horas aún era desmesurado. Suelo salir más tarde en verano, pero las circunstancias impidieron que pudiera hacerlo: habíamos quedado con unos amigos. 
Y me deshidraté. No esperaba que ocurriera, pero era probable porque se daban todas las circunstancias. Tracé un itinerario de doce kilómetros y no había ninguna fuente en el mismo. Par acceder a alguna había que extender el kilometraje y no tenía tiempo para ello. Tampoco llevé correa de hidratación porque consideré que si bebía suficiente agua antes de salir, sería suficiente. Para colmo la ruta apenas tenía sombras, apenas vegetación alta.
O sea, que actúe como un novato. 
Comencé a sentir los síntomas pronto, sobre el kilómetro seis, pero pensé que sería una pájara pasajera. Sin embargo, ésta fue en aumento y me forzó a detenerme en varios puntos de la ruta, entre otras cosas para reflexionar sobre qué me estaba pasando. Además, iba demasiado rápido. Fue un mal presagio que se atravesara un lagarto de veinte centímetros en mi camino, pero no quería reconocer que había cometido un error. Estaba en la mitad de la nada, y el único agua a la que podía acceder era la de las acequias, pero no quería arriesgarme a cambiar la deshidratación por una gastroenteritis. Así que cuando llegué al kilómetro ocho de la ruta, opté por una ruta en la que pudiera encontrarme algún cortijo y deseché la ruta cercana a las obras de AVE, tal como había previsto, toda vez que es una ruta totalmente desierta. Me detendría en alguno de los varios cortijos de esa zona que lleva a Torreabeca y pediría un poco de agua. Entonces fue cuando vi un coche que venía en mi dirección y le pedí que se detuviera. Todo un riesgo para los tiempos que corren y que no suelo hacer jamás, pero mi estado era lamentable y el escenario no era peligroso: un tipo corriendo que te pide que te detengas no parece ser que sea un asesino en serie. Se trataba de una pareja que había rebasado la mediana edad y no parecieron sorprenderse. Cuando el hombre detuvo el coche y bajó la ventanilla, inmediatamente, sin dilación, le pedí por favor si llevaba un poco de agua. Es habitual que así sea en la Vega. La mujer, presta, confió que aún pudiera estar la botella que llevaba en el coche desde hacía un par de días. Yo creo que va a estar muy caliente, dijo algo preocupada. No se preocupe por eso, le dije. Buscó en el asiento de atrás y sacó una botella de plástico medio llena e me invitaron a que me quedará con ella. Bebí y les dije que me vendrá mal llevármela porque es una molestia para correr (intenté ser amable, pero no sé si lo conseguí). Por mantener alguna conversación de agradecimiento les dije: me he deshidratado. Llevo nueve kilómetros pero aún me quedan tres, por tanto, me han salvado la vida. Sonrieron satisfechos. Muchas gracias. No hay de qué, pero aún estás a tiempo de llevarte la botella, dijo el hombre a modo de despedida. Negué con la mano cuando comencé a correr.
Ese agua, en realidad, me salvo, tal vez no la vida, pero sí que pudiera concluir los tres kilómetros que me quedaban. El calor era infernal. Además, al tratarse de agua con gas, las sales minerales me vinieron de maravilla. 

Pero lo más curioso de este entrenamiento no sólo fue la deshidratación. Lo sé, se trata de algo que un corredor veterano como yo debería evitar, pero jamás aprendemos. Lo más curioso decía es que tenía muchas ganas de correr. Lo hacía con facilidad y aun ritmo que me costaba fuera superior a los cinco minutos el mil, por mucho que intentara frenanrme. Lo normal, pensé, es que en ese estado hubiera ido arrastrando las piernas, pero no. Por tanto, había una total disociación entre la mente y el resto del organismo. Aquélla quería correr y se encontraba muy bien con esas buenas sensaciones, pero a éste la faltaba una materia prima básica: el agua.    
Pero aún me sorprendió mal que la media de los doce kilómetros no hubiera superado los cinco minutos el mil. Son días extraños que a veces se cruzan. 

14 junio 2014

MIS AMIGOS, LOS INSECTOS (O COSAS QUE OCURREN CUANDO CORRES)

Picadura `de lo que sea' en el gemelo
izquierdo.

 Estas imágenes que veis en pantalla, desagradables a la vista, se deben a mis amigos los insectos. Esos que me acompañan o se tropiezan conmigo en algún momento de mis campestres recorridos. 

Picadura 'de sabe dios qué será' en la zona
del tobillo, con ostensible hinchazón.
Voy corriendo y durante el recorrido siento picotazos, por lo general en las zonas del cuerpo más descubiertas: piernas, brazos, cuello..., pero eso no me impide correr. Lo sigo haciendo sin alteración alguna. Como mucho me rasco en la zona de picor y poco más. Nunca me he tenido que detener en mitad de una ruta por ese motivo. Sí lo he hecho si se me ha cruzado un perro agresivo, algún reptil, una rata o una ganso, como ya he contado en ocasiones. 
Pero el veneno, al principio no molesto. de estos insectos sigue su insondable trayecto a través de la sangre y hace su trabajo. El insecto ha hecho su trabajo y ya está. 
En ocasiones a esos insectos los he sorprendido andando por mi cuerpo, quizá atraídos por el sudor o la sangre recién oxigenada. Ellos sabrán lo que ven. El caso es que llevo algún tiempo con problemas más allá del mero picor, tal y como se descubre en estas fotografías. Hinchazón, picor, pus, y sobre todo, muchas molestias, pero eso no me retira de los caminos. De hecho en el entrenamiento de hoy estaba seguro que al atravesar una vereda prácticamente cerrada y seca en un camino perdido iba a encontrarme con algún reptil desagradable. Era el lugar propicio para ello. Eran casi las doce de la mañana y el termómetro ya marcaba los treinta y cinco grados -sufrimos una ola de calor por aquí por el sur-, pero aún así era más fuerte la voluntad e ilusión de seguir corriendo y asumía las consecuencias, las que fueran. Escuchaba ruidos en las orillas, pero finalmente hubo armisticio.  
En mis entrenos veraniegos soy picoteado, mordisqueado y 'envenenado' por insectos múltiples y los efectos son mayúsculos cuando, con detenimiento, veo en casa las zonas afectadas, pero aún así lo considero a beneficio de inventario. Así tendrá que ser, me digo, los insectos han de llevar a cabo su función encomendada y yo la mía y hay que aceptar que en ocasiones nos encontremos en los caminos.  
Lo que me pregunto es que clase de insectos son los que han hecho esos estragos que se ven en las fotografías. Juraría que son arañas.           

28 mayo 2014

EL ROL DE LOS PERROS (O COSAS QUE OCURREN CUANDO CORRES)

'Perro semihundido'
(Pinturas negras de Goya)
En el mundo animal también existen jerarquías y roles. Y, dentro de este mundo, en el canino -quizá por ser uno de los más cercanos al ser humano- aún más. Quizá, porque adquieren por instinto hábitos de sus dueños -dicen que el perro acaba pareciéndose a su dueño con el paso del tiempo- o porque la cercanía hace a estos animales cada vez más humanos y menos caninos. Fuere por lo que fuere, interesado como estoy en el mundo del perro y por el especial cuidado que he de poner, dada la mala sintonía que existe entre este animal y los que solemos correr habitualmente por caminos, veredas y carreteras, por los motivos que fueren, decía, he aprendido a observar que en el mundo canino existe un comportamiento especial que seguramente no pasó desapercibido para el desaparecido etólogo y Nobel Konrad Lorenz. 
Quienes corremos tenemos asumido que no gustamos demasiado a estos animales. Seguramente, porque supone para ellos una amenaza ver a una persona corriendo, síntoma que su instinto probablemente traduzca como señal de alarma o peligro. Por tanto, esa acción de correr les pone agresivos e inquietos. De ahí, que todos los que corremos habitualmente hayamos tenido, en mayor o menor grado, alguna mala experiencia con alguno de ellos cuando hemos atravesado caminos, veredas y carreteras. 
            Particularmente, en alguna ocasión, la he tenido, sin que -por suerte- ninguna haya destacado por violenta o accidentada, pero a punto ha estado. Recuerdo aquel perro de apariencia inofensiva que en algún lugar de la Vega de Pinos Puente logró romper de un mordisco el calcetín de mi amigo Paco mientras corríamos (el mío intentó romperlo también pero ya no le dio abasto) o aquel pequeño y amenazante líder de una manada de perros abandonados en la población de Caparacena, que logró que hiciera mi mejor serie de quinientos metros, sin proponérmelo. 
Pero de entre todos, hay un caso muy curioso que experimento siempre que corro por un lugar muy próximo a la antigua arquería -hoy cortijo- árabe de Alitaje, en el término municipal de Pinos Puente, cuando me dirijo en dirección al término de Fuente Vaqueros, en un lugar conocido como Cortijo de Las Cruces. Es un cortijo habitado y está aislado en la mitad de la Vega, a mitad de camino entre ambos municipios. Por tanto, como modernos Cerberos, existen canes que  protegen de eventuales cacos, Suelen ladrar de manera amplificada y con corazón pero, por suerte, están atados. De lo contrario, sería imposible pasar por allí. Así que siempre que lo hago, confío en que sus dueños no se hayan descuidado en las ataduras.
En el canino grupo, casi siempre, hay uno suelto. Y lo está porque sus amos saben que no haría daño ni a una mosca, a pesar de que ladra de manera más apasionada que los atados y más fieros -por eso lo hace-. No sé exactamente de qué raza es, pero se trata de un perro minúsculo. Su altura apenas supera la altura de mis zapatillas y su, más que dudosa, capacidad de morder, si es que alguna vez lo consiguiera, apenas provocaría otra cosa que un pequeño rasguño, o incluso, ni tan siquiera eso, saliendo él mismo mucho más perjudicado dada su poca solidez dental. De ahí que sus dueños, con buen criterio, no teman que muerda a nadie, entre otras cosas, porque no le es posible funcionalmente.

 Pero el caso es que este can -podría ser un caniche o algo así- es avispado y asume bien su rol, que es lo que venía a exponer al principio. Se envalentona cuando los fieros ladran, mientras se retuercen para deshacerse de sus ataduras, y me persigue a lo largo de unos cincuenta metros hasta casi topar con mis zapatillas. Es tal su pasión por defender la propiedad y, de camino, exhibirse ante sus amigos mayores, que cuando me persigue alcanza tal velocidad que casi flota en el aire, ya que sus cuatro cortas patas no dan para más. Muy excitado, lleva a cabo esa acción unos pocos segundos e inmediatamente, exhausto, abandona la persecución en la misma proporción que cesa el ladrido de sus agresivos compañeros. Al principio, no me fiaba demasiado, a pesar de su pequeñez y nula fiereza, pero después de repetirse por enésima vez la misma escena y comprensivo sobre la ejecución de su rol y buen nombre de cara a sus mayores, sigo corriendo sin molestarlo a la espera de que se canse y dé media vuelta. Siempre ocurre lo mismo. De hecho, casi tenemos un pacto tácito: yo sigo mi camino sin azoramiento ni inquietud y él se retira ufano con la cabeza alta, convencido de haber quedado como un héroe ante sus congéneres, más fieros y peligrosos. 

02 octubre 2012

LOS PERROS: NUESTROS AMIGOS, NUESTROS ENEMIGOS.

Un 'bulldog francés' idéntico al 'pesao' del camino y del que me hice también amigo en Albarracín...pero eso ya es otra historia...,

 Los corredores y los perros. Mucho me temo que no tenemos mucha química entre nosotros. Probablemente interpreten que somos una amenaza para ellos porque, seguramente, en su instinto consideren que correr siempre es sinónimo de huir de algún peligro. No sabemos el motivo y, mucho me temo, que jamás llegaremos a conocerlo, a no ser que nosotros nos volvamos caninos o bien que ellos se conviertan en humanos ¿Es más probable lo segundo que lo primero? A saber. 
El caso es que todos los que corremos de manera habitual, de una manera o de otra hemos tenido algún tipo de mala experiencia con la especie canina e, incluso, con su cejudo dueño, que en ocasiones es peor partido que el perro mismo. 
En ese sentido recuerdo algunas. Aquella vez que iba corriendo con Mario por una zona agreste del Llano de la Perdíz y un perro grande y amenazante nos cortó el camino. Iba con su dueño y se lo reprendimos, contestando éste que aquello era campo, ¡que aquello era campo! dijo el 'cromagnon'. Es decir, que por ser campo se derogaban todas las normas que obligaban a llevarlo con bozal. Lógicamente, ante magna respuesta sesuda, optamos por no entrar al trapo. 
O aquella otra en la que un can, en apariencia apacible, irrumpió en el camino por el que corríamos y  le rompió un calcetín de un mordisco a Paco. O cuando me creí perdido cuando un 'bulldog' francés me cortó el paso en un vereda estrecha sin apenas salida, con toda esa fiera apariencia y aspecto de estar permanentemente enfadado. Pero en esto, como casi todo en la vida, lo aparente casi nunca es lo esencial, y aquel perro de aspecto bravo, aquella máquina de matar, se hizo amigo mío sin que yo se lo pidiera y se puso hasta un poco pesado corriendo a mi lado durante un buen rato. Pero al poco, pasó justo al revés: un perro con aspecto apacible, de esos que imaginas en las rodillas de una viejecita junto a una deliciosa chimenea, se me abalanzó de mala manera y si no consiguió morderme fue debido más a mi pericia, o tal vez a mi miedo, que no a su motivación clara y diáfana. 
Pero de entre todas las anécdotas hay una que me ocurre con mucha asiduidad con un perro pequeño cuando paso por una ruta concreta y que tiene especial relevancia para mí, más que nada por la interpretación que yo hago de la situación y que yo relaciono con el rol que ese can cumple en la manada, pero la dejaré para otra ocasión para exponerla de manera más abierta y detallada.

16 julio 2012

MÁS DATOS SOBRE EL ENIGMA MIURA

Me preguntaba inquieto en la anterior entrada acerca del enigma de ese "miura" que parecía dispuesto a empitonarme, como si de un encierro de un día de S. Fermín se tratara, tal y como acertó a comentar mi amigo Paco. Pero el enigma se resolvió a media mañana porque el verbo se hizo carne y apareció el susodicho, que no era otro que nuestro buen amigo Rafa Bootello, al que adelanté casi cadáver en la subida a Dílar pero, como una suerte de "Ave Fénix" resurgió de sus cenizas y se lanzó a tumba abierta por esa larga y calurosa carretera que nos conduciría a Otura, mientras que yo -con fuerzas he de reconocer-, no gustándome en demasía las bajadas y teniendo tendencia a frenarme en ellas, me dediqué a disfrutar de las buenas sensaciones de la subida y a contemplar las amapolas ya casi secas del arcén de la carretera, totalmente ajeno a lo que se estaba fraguando detrás de mí; ausente a ese resoplido tauromaquio que surgía de un excelente y abnegado corredor, el cual me pasó -como ya adelantaba en la entrada anterior- unos metros antes de la meta como alma que huye del diablo, como una especie de ciclón humano que sólo había contemplado en algunas películas de cómics de superhéroes; como una especie de minero asturiano ante la oposición de las fuerzas antidisturbios; como una fiera salvaje que pareciera acabará de abrírsele su jaula y no quisiera ni perder un segundo para recuperar su libertad. 
Rafa Bootello. Un gran tipo, siempre dispuesto a entablar una conversación amena de cualquier asunto o crítica con el poder establecido. Granadino  de raza del Zaidín, granadinista hasta la médula, en proporción similar a su vocación de corredor. Presente en todas las pruebas de fondo y ajado en maratones y subidas al Veleta. Estoy convencido que si a algún aficionado a esto del correr hubiera que darle el título de la profesionalidad y la dedicación, el candidato principal sería Rafa Bootello. 
Pero volviendo a su grandiosa entrada en la meta de Otura. Pruebas gráficas hay del estupor que causó su puesta en escena en meta, su energía, su decisión, su sprint final, algo que ya se barruntaba en las fotos anteriores, gentilmente hechas por Paqui. Pero qué mejor unas imágenes que mil palabras. Vean, vean: 

Rafa Bootello, acaba de rebasarme unos metros antes de llegar a meta. Obsérvese el estupor del corredor de la izquierda y mi asombro propio, tratando de interpretar qué ha sido eso que me ha superado como un rayo. Al final, en el margen derecho del marcador, si se observa con atención, se aprecia, igualmente el estupor de dos espectadores, atentos a la evolución de ese fenómeno sobrenatural que está sucediéndose en la meta.   



Pasados esos segundos de estupor, temor y duda ante el fenómeno acaecido, logro recomponerme y  al comprender de que se trata de Rafa Bootello  no puedo más que sonreír y admirar su últimos kilómetros de esta dura y correosa prueba ¿De dónde habrá sacado las fuerzas?, creo recordar que me pregunté.  


  

26 septiembre 2011

NO HAY TIEMPO PARA EL DEPORTE


Cuando llega el momento de los reconocimientos médicos en mi centro de trabajo, a veces llega el pánico o la decepción o la frustración. En esos días todo el mundo sale algo tocado e, invariablemente, los médicos aconsejan ejercicio, dieta sana y vida sana en general. No estoy rodeado de obesos o dilapidadores de salud pero, sí, en muchos casos la salud deja mucho que desear. Y es, entonces, cuando llegan las inquietudes y las propuestas e intenciones de hacer más ejercicio y vida sana, aunque, lamentablemente ese impulso no dura más de una semana. Y, claro, al año siguiente vuelven las malas noticias, aderezadas además de más alarmismo porque se tiene un año más.
A la semana de iniciar un plan sano, casi todo el mundo vuelve a su rutina diaria y si se andó durante unos días o se nadó e, incluso, -en el menor de los casos- corrió, todo eso pasa pronto al olvido, justificando todo el mundo no tener tiempo para hacer deporte.
Es decir, ¡que no se dispone de media hora diaria y una hora los fines de semana! Esa es una frase preconcebida que cada día me creo menos. Todo el mundo dispone de tiempo para hacer deporte si su motivación es alta y su hábito estable, pero ocurre que siempre se posterga ese rato dedicado al deporte porque se da prioridad hasta a lo más ínfimo, entre lo que se incluye estar haciendo zapping durante más de media hora o lo que es peor, deteniéndose un rato en Tele5.
Se piensa o al menos a mi me lo dicen que los que corremos lo hacemos porque estamos dedicado a ello. Pero no es verdad. Ni estamos dedicados a esto por obligación o profesión alguna, ni nadie nos obliga. Nos obligamos nosotros mismos.
Es más, en ocasiones, -suelo decir- para poder sacar una hora para correr tengo que salir a horas intempestivas o no habituales y renunciar a otras cosas importantes. De hecho, sin ir más lejos, el pasado domingo, sabedor de la complicación de la agenda, corrí durante once kilómetros a las tres de la tarde, no bajando el termómetro de los treinta grados. Pero lo más curioso es que corriera esa distancia en apenas cincuenta minutos, a pesar del fuerte calor. Si yo puedo, todo el mundo puede hacerlo o al menos intentarlo, aunque me temo que eso es mucho pedir.

11 septiembre 2011

RITMO EXCESIVO O PROBABLE "PIQUE"


La misma tarde de la anécdota de los gansos, en los últimos dos kilómetros, cuando rodaba plácidamente por la Vega, disfrutando del rumor de las acequias escuché tras de mí que se aproximaban fuertes pisadas que, en principio, supuso se trataban de caballos. Pero no, cuando miré atrás observé que venían a ritmo muy fuerte cuatro corredores, que de tan exhaustos, al adelantarme, ni siquiera me saludaron, excepto uno que hizo un gesto con la mano. Yo les dije hola en voz alta y tranquila.
Observé que iban tensos por el fuerte ritmo, así que con curiosidad -que no herido en mi orgullo- y con el fin de probar cómo me encontraba decidí salir tras ellos, que en segundos les alcancé.
Uno de ellos, se fue quedando y pronto le adelanté y pronto también me puse a la altura de los dos más fuertes a los que no sólo aguanté el fuerte ritmo sino que opté por encabezar durante pocos segundos ese endiablado grupo. Supuse que ellos iban en dirección a Fuente Vaqueros porque en alguna ocasión me había cruzado con ellos por esa población, mientras que yo en pocos metros doblaría hacía la derecha en dirección a Pinos Puente. Por tanto, mi fuerte ritmo no iba a durar más de cuatrocientos o quinientos metros.
Al ver que me ponía en cabeza ellos intensificaron aún más la marcha y descolgaron a otro corredor de los cuatro que inicialmente iban. Uno de ellos, el cabeza del grupo era el que repartía el bacalao.
Con sorpresa descubría cuando les dejé tras decirles hasta luego que el ritmo que se llevaba estaba en torno a los 3'35'' el mil por lo que supuse que esta gente estaba picada entre ella.
Recordé la cara de algunos de ellos, con los que intercambié algunas palabras en la fuente de Fuente Vaqueros hace algunos meses, indicándome que venían de Atarfe. Pero en aquella ocasión los vi correr a un ritmo normal, por lo que deduje que en esta ocasión iban picados y mal encarados.
Observé su vestimenta y su aspecto y para nada eran indicativos de ser corredores que adoptaran la estética habitual de corredor de fondo -unos iban sin camiseta y otros no llevaban la ropa técnica adecuada-. Desconozco hasta que punto mantuvieron ese ritmo, muy por debajo de los cuatro minutos el mil, pero llegué a la conclusión que se estaban equivocando de estrategia a pesar de que se sintieran fuertes y jóvenes. Allá ellos.

08 septiembre 2011

SOPA DE GANSO



En la tarde del lunes, 5 de septiembre, a eso de las 18,30 hacia la ruta que acabo de bautizar como "ruta de los gansos". Son muchas las rutas que hago por la Vega -todas son diferentes-, la zona del Pantano, Caparacena, Búcor, Tiena, etc., etc., y a todas las bautizo con algún nombre o hecho. A veces se trata de algo que destaca o bien alguna anécdota acaecida, que es lo que contaré en esta entrada.
Hace unos días acababa de leer "El viaje a la Alcarria", de C.J. Cela y de entre todas las cosas que contaba el escritor me quedó grabada una muy surrealista.
Visitaba el escritor gallego Paredes, uno de los pueblos más pequeños de la ruta cuando al entrar en una fonda o pensión un ganso se le abalanzó y sin dudarlo le dio un fuerte mordisco en el culo. Cuando leí esa escena pensé que seguramente se debía a la imaginación del escritor, siempre dado a citar anécdotas escatológicas. Además, me parecía inverosimil que un tranquilo ganso pudiera tener esa actitud tan agresiva. Pero sí, efectivamente, la dueña del establecimiento le advirtió al escritor de la mala uva que gastan estas, aparentemente, plácidas aves.
Uno tiende a pensar que un ganso es inofensivo, probablemente influenciado por la puesta en escena de otras aves parecidas tales como la gallina y el gallo o, incluso, el pato, siempre tan escurridizo y tan pacífico. Pero no, no es exactamente igual un ganso que un pato, y mucho menos que una gallina o un gallo, según me he informado en Internet.
Resulta que cuando un corre con mucha frecuencia es habitual que le ocurran anécdotas, al menos como mero cumplimiento de la ley de probabilidades.
Hasta el momento había sido perseguido por canes -acuérdense los más antiguas del lugar del caniche que casi devora mi talón de Aquiles o de la rata que, involuntariamente, corrió despavorida y asustada durante mucho tiempo conmigo-, pero jamás había sido increpado por ave alguna. Hasta esta tarde. La tarde del lunes 5 de septiembre.
Llevaba casi cuatro kilómetros de ruta entre algún punto de Pinos Puente y el cruce de Fuente Vaqueros, cerca del cruce de Sierra Elvira, cuando al pasar por uno de los muchos cortijos que te encuentras a lo largo del camino de tierra, a lo lejos observo que en mitad del camino dos grandes aves se pavoneaban a lo largo y ancho -poco ancho- del camino. Aprovechaban el fresco de éste, recién regado por el dueño del cortijo y se resistían a salir del mismo. Imaginé que al pasar yo estas aves se echarían a un lado como he contemplado que ha ocurrido cientos de veces con gallinas, gallos, ovejas, cabras e incluso perros. Pero no, estas aves -enormes he de decir, casi un metro de altura calculé- se mantuvieron firmes y encaradas, siendo yo el que tuve que echarme a un lado cuando pasé junto a ellas. No soy un experto en aves, pero no se trataba de gallos, gallinas ni incluso patos. Así que por la osadía que mostraban debían de tratarse de ganso, como he podido comprobar posteriormente. Además he visto cientos de patos en mi vida y éstos alzan pocos centímetros del suelo y es más común verlos en agua. Sin embargo estas aves -como decía, casi tenían un metro de altura y andaban de forma palmípeda, sí, pero al mismo tiempo con buena disposición y dominio del terreno.
Eran dos exactamente iguales, pero una de ellas no sólo no se apartó sino que me hizo cara. Se dirigió hacía mi con actitud agresiva y no pude remediar evocar la imagen que me sugirió la anécdota que contaba Cela en su viaje a la Alcarria. A él le llegó a morder en el culo y a mí también estuvo a punto de hacerlo y sólo el improvisado sprint hizo que el feroz ave desistiera.
Cuando miré hacía atrás el ganso aún me miraba desafiante, disfrutando de su victoria y de su terreno conquistado.
Cuando me alejaba del agresivo animal no puede evitar la película "Sopa de Ganso", de los Hermanos Marx.

02 agosto 2011

SOY NEUTRO


Ser neutro no es igual que no estar alineado en el ámbito político. Pero sí, en el terreno físico, mi pisada es neutra y mis tobillos están perfectamente alineados. Lo soy en la pisada, en las demás circunstancias de la vida en casi en nada.
Me lo confirmaban esta tarde en Bikila a la que acudí para adquirir una correa portageles, unos calcetines técnicos antiampollas y unos cuantos geles. Allí disponen de una máquina que analiza tu pisada, que es algo que deberíamos hacer todos los corredores para evitar comprar zapas que no se correspondan con nuestro pisada y provocar, por tanto, lesiones innecesarias.
No sé por qué, pero me alegré de conocer que era neutro. Consideraba que al abrir mucho mi pie derecho al correr eso me convertía en pronador o supinador, pero al parecer nada tiene que ver. De hecho, el vendedor -también corredor- puso el ejemplo de Grebre (¡vaya ejemplo!), que siendo quién es, también suele abrir uno de sus pies. Y -me comentaba también- yo he observado a muchos keniatas correr y te podrías quedar sorprendido de la forma de correr que tienen. Bien -dije yo- pero esta gente con esos genes se lo pueden permitir.
Pues nada, que saber que soy neutro amplía aún más los modelos de zapas que me puedo enfundar ya que hay muchos más modelos para corredores neutros que para pronadores; y no digamos que para supinadores.
Corremos de acuerdo a nuestra constitución de nacimiento, acabó por pronunciar el vendedor. Por tanto -dije yo-, nuestros padres son en última instancia los responsables. Sí -sentenció-.

04 septiembre 2010

ANOTACIONES

"Me he encontrado en una forma excelente. Correr fácil, soportando ritmos -sin proponérmelo- en la segunda mitad muy fáciles muy por debajo de los 5'. Excelentes sensaciones. Uno de esos días en los que acabas y te enorgulleces de tu afición".
Esas eran las palabras que anotaba esta mañana en la bitácora del Sport Track tras hacer 10.5 kms., suaves y sencillos a las 9,30 horas de la mañana, una hora en mí inusual pero bastante cercana a mis entrenamientos matinales de los fines de semana -en otoño, invierno y primavera- toda vez que la temperatura ya se va moderando en el sur del país.
Con ese lenguaje coloquial con el que me gusta hacer las observaciones en el Sport Track expresaba muy a las claras la grandeza de sentirse bien tras una sesión de entrenamiento, algo que he de reconocer me sorprendió tras los diecisiete kilómetros del miércoles y los casi cuarenta kilómetros pedaleando de ayer viernes (y hubiera ido a la prueba de 10 kms en Santa Fé, donde, incluso, me atrevería a emular mi mejor marca de hace unos años, pero, sorry, estoy de viaje vacacional).
Y es que esas observaciones -que todos hacemos en nuestras respectivas bitácoras sean físicas o electrónicas- son un buen termómetro para sacar conclusiones en una expectativa temporal concreta. Yo las hago siempre, con independencia del estado en que me encuentre. Es más, si estoy mal intento ser más preciso en las sensaciones: si he corrido con mala digestión; si esa mala digestión está provocada por un alimento que no va bien para correr; si la zapatilla no ha ido bien en un camino determinado; si el pantalón me ha rozado en la entrepierna; si la nueva camiseta tenía más vocación de globo que de camiseta; si los calcetines han provocado un fatídico roce en algún dedo del pie; si ha sido imprudente tomar la tercera cerveza con los compañeros de trabajo; si he comenzado como una tortuga y he terminado como un impala; si he comenzado como un impala y he terminado como una tortuga; si la nueva zapatilla me ha rozado a la altura del espolón; si un camino se embarra con facilidad aunque caigan cuatro gotas; si una carretera local está demasiada confluida de tráfico a una determinada hora; si una nueva ruta no ha respondido a mis expectativas; si me he sentido pesado y torpe como un burro ...No sé, hay miles de argumentos para anotar, tantos como sesiones de entrenamiento se contienen en un año.
Y vosotros-as ¿Qué soléis anotar tras vuestro entrenamiento -si es que anotáis algo-?


27 agosto 2010

EL OFICIO DE CORREDOR O COSAS QUE OCURREN CUANDO ERES UN CORREDOR HABITUAL


Correr, correr, correr... Qué gama más amplia de matices y secuencias ocurren cuando corremos.
Nuestro cuerpo y nuestra mente van perfectamente compenetrados. No hay apenas sufrimiento. La respiración va como la seda. Las piernas frescas y fuertes. La mente relajada. Vas tragando kilómetros. Por caminos. Por veredas. Por carreteras locales. Vas observando a tu alrededor todo lo que se mueve. Y lo que no se mueve. Corres al compás y al mismo ritmo que el transitar suave del agua de las acequias en la Vega. O corres cerca de los impertérritos olivos en el secano. O pasas junto a cortijos y casas de campo en carreteras locales casi despobladas. Lo ves todo como un cinematográfico antiguo. Y muy de vez en cuando te cruzas con personas. Que andan. Que también corren. Que van en bicicleta. Que van en coche. Que sencillamente están trabajando en el campo o viven por allí. Y todo pasa ante tus ojos que, relajados, van captando todas esas imágenes.
Ocurre que todas estas cosas que narro ocurren en la mente y el sentimiento del corredor ya avanzado. Aquel que no tiene que estar demasiado pendiente de su correr, de sus movimientos, de su esfuerzo. Es algo que nos ocurrirá más tarde o más temprano a los corredores (aquí sería el momento de mandar el mensaje a los corredores -como Miguel- que ahora empiezan para que comprendan que poco a poco su cuerpo y su mente serán como un reloj que nada necesitará para que funcione).
Y en el correr diario ocurren anécdotas, pasan cosas. Aunque sólo fuera por el índice de probabilidades, las situaciones en las que nos vemos los corredores son tan diversas como los días en los que sales a correr.
Podrá ocurrir que vayan acumulándose las sesiones de entrenamiento y nunca parezca que pase nada, pero de golpe y de manera inopinada, sin que ni siquiera lo adviertas salta la anécdota o la situación agradable o no agradable, que de todo hay: el perro que se lanza hacia tí no se sabe con qué intenciones, el trabajador en el campo que te dice: ¡eso tiene que ser trabajoso!, el bromista que te anima diciéndote que vas el primero -y el último, le replicas tú-, el conocido que te anima diciéndote que llevas buen ritmo, la persona que ante la lluvia o la nieve, te dice que hay que tener valor, la rata que asustada corre a tu par unos metros, la serpiente que se cruza en tu camino, el coche que pasa a una velocidad desmesurada, el camión que casi te echa a la cuneta, el chori-moto que aumenta la velocidad cuando pasa a tu lado por un camino de tierra, la señora mayor que está regando en su puerta y te ofrece agua, el anciano que ante una nevada y un frío siberiano te insiste en que te montes en su coche, la noche que cae sobre tí y aún te quedan tres kilómetros para llegar a tu destino, la detención en terreno de nadie por mor de un desgarro fibrilar en el gemelo, la avispa que te pica en un brazo, las ramas que te arañan las espinillas, la pájara que te da en el kilómetro siete cuando aún te faltan ocho para terminar la ruta, el perro de apariencia pacifica que resulta ser un león, el perro con apariencia de león que resulta ser pacífico, la gigantesca segadora que te obliga a saltar una acequia porque necesita todo el camino, las ganas de defecar en mitad del campo, sin un papel mínimo que te asista, la mente que no va, el flato que no te deja respirar, perder la verticalidad unas cuantas veces, el rebaño de ovejas que casi te detiene en seco, peinarte con unas graciosas ramas de un díscolo árbol del camino, el terreno inundado que te obliga a dar la vuelta y de camino echar por tierra la ruta planeada...
Podría estar días escribiendo sobre anécdotas y cosas (todas reales) que ocurren cuando eres corredor habitual. Seguramente que con algunas os identificaréis y, con toda probabilidad, vosotros, apreciados amigos-as podéis aportar otras cuántas...¡ Venga, haced memoria!

15 agosto 2010

EXTRAÑA RELACIÓN


Mi relación con el correr -al menos durante este verano- está siendo extraña, muy extraña. Pareciera que ambos -el correr y yo- fuéramos dos grandes desconocidos que acaban haciendo buenas migas tras unos cuantos kilómetros.
En realidad, esa extraña relación comenzó a fraguarse desde la última lesión, que ni por asomo fue la más grave de los últimos años. Sin embargo, llegó, tal vez, en el momento menos adecuado, cuando más estaba disfrutando de este deporte y cuando mejores sensaciones experimentaba.
Y quizá por ese parón inesperado, en estos últimos meses, corro con la sensación de provisionalidad, con cierto desconcierto, casi preguntándome por qué corro o, quizá, atemorizado ante una nueva recaída. Aunque la realidad es que no estoy relajando los rodajes y rara es la semana que termino con menos de treinta kilómetros repartidos en tres o cuatro sesiones semanales que, en ocasiones, alterno con la bicicleta, llegando en ocasiones casi a los cuarenta.
Sin embargo, esa relación sigue fría y la confianza no aflora, a pesar de que me empeño en seguir corriendo por los mismos lugares para que esa confianza aflore.
Y lo más curioso es que la ilusión por seguir corriendo casi a diario sigue intacta y el placer de rodar por rodar no ha perdido un ápice de frescura, principalmente desde la inyección de moral que supuso subir al Torreón de Albolote hace una semana. Por lo tanto, no hay más remedio que seguir porfiando porque, en ocasiones, este tipo de "crisis" casi siempre desemboca en un mayor crecimiento.

09 agosto 2010

OCHO DE AGOSTO



Que esta entrada lleve por título "ocho de agosto" tiene una razón de ser: ese fue el fatídico día de 2009 en el que me lesioné de manera importante en la bajada de Tiena a Pinos Puente, cuando las cigarras y los grillos componían sus agudos cánticos celebrando el proceloso calor del estío.
Desde ese día tuve miedo ante la posibilidad de tener que dejar de correr de manera definitiva, pero tras varios rodajes en bicicleta, el trabajo del fisio y la paciencia pude volver a rodar en el mes de octubre, sin molestia alguna en el gemelo izquierdo.
Es probable que llegue un momento en la vida del correr en el que se observe con familiaridad la decadencia; un momento en el que solamente los sueños y los recuerdos podrán volver a hacer esas duras rutas de antaño, aderezado el recuerdo tan sólo por fotografías o, tal vez, con relecturas de entradas de un blog como éste que guarde los archivos convenientemente.
Tan sólo hace un año de aquella lesión -que por imprudencia agravé saliendo a correr a la semana siguiente- y asentado en esa decadencia pareciera que hayan pasado lustros.
El corredor absorbido por esa decadencia y mirando con nostalgia ese tiempo pasado sigue corriendo, pero sabe que ya habrá rutas que sólo podrá hacer en los sueños, y ya se sabe que los sueños, desde que lo dijo Calderón, "sueños son".
Probablemente ese corredor observará en la lejanía esas alturas a las que subía y no encontrará la forma ni el momento de volver a repetir esas "gestas". Mirará con mirada acuosa -como dicen que miraba Azaña a sus colaboradores cuando comprendía que se perdía la República- y sólo contará con la imaginación y, ya digo, con los sueños.
Esos momentos decadentes deben ser terribles, pero en la misma magnitud, pero diametralmente al contrario, esos momentos deben de ser dulces y victoriosos si ese corredor, como el Ave Fénix, resurge de sus cenizas, auspiciado por la fuerza de la ilusión y la voluntad.
Lo que cuento es mitad ficción, pero también mitad realidad.
La noche del sábado pensaba en correr el domingo por la mañana. Como últimamente hago, me inclinaría por un circuito de no más de doce o trece kilómetros aprovechando que el calor aún no sería acuciante. Elegiría probablemente la Vega o, tal vez, la zona de Caparacena. Sin problemas. Pero por un momento desde mi terraza, cuando ya había consensuado conmigo mismo ese circuito alcé los ojos del libro que estaba leyendo y los posé en la figura diminuta e iluminada del Torreón árabe de Albolote que puedo observar en la lejanía, perdido en la negrura misteriosa de la noche. Y lo vi claro. Me dije que, mañana domingo sería ocho de agosto, y que por principios morales debería de "conmemorar" esa lesión de hace justo un año con una ruta épica. Sabía que no estaba en condiciones de subir a Tiena y bajar, recorriendo 21 kilómetros, pero sí podía intentar una subida al Torreón tal y como había hecho hace más de un año -justo el 1 de julio de 2009-, tal y como reseñé en aquella entrada fotográfica.
Así que sin apenas darme cuenta ya había tomado la decisión: el ocho de agosto de 2010, de forma conmemorativa y brindando porque aquella lesión de hacía un año no me retirara de correr, subiría al Torreón, a pesar de que no tenía la confianza suficiente para superar esas dantescas rampas.
Mientras escribo esta entrada, he de reconocer que rezumo satisfacción. No voy a contar esa subida, tan sólo diré que la he completado con éxito sorprendente y con menor esfuerzo del que suponía, algo que se corroboraba perfectamente en las pulsaciones del pulsómetro.
Lógicamente, he escrito mis apellidos junto al Torreón en el suelo polvoriento -que ya estarán borrados- y posteriormente he brindado con una merecida "verde", contemplando de nuevo el Torreón desde mi terraza.

30 julio 2010

UN LARGO PERIPLO


Efectivamente, como bien enfatizaba Alfredo soy un lechón perdido. Pero no, no me he echado a la mala vida verde -que es una vida saludable bañada de zumo de cebada-. Y es que tras un largo periplo, siempre vengo herido de la última estación: Madrid. Me explico.
Madrid, me atrapó cuando allí hice la mili. La saboreé literariamente gracias a mis grandes amigos literarios (y a ese destino cómodo y plácido que me ofrecieron gracias a una prueba de aptitud).



Quevedo me enseñó el Madrid de los Austrias, que lo configuró en bohemio, Max Estella, el personaje autodestruido de Valle Inclán, que no era más que su "Alter Ego" literario. Pero además tuve la suerte de encontrar una guía de Madrid como pocas en la trilogía "Memorias de Madrid" de Paco Umbral, que probablemente por mucha vanidad adquirida acabó convirtiéndose en un sospechoso columnista, cuando se trataba de una de las mejores plumas del país.


Como digo, todo eso me dejó herido de Madrid. Y cuando estás mal herido, si no mueres en el intento, siempre acabas por volver a esos lugares literarios que tanto te han aportado como dicen que el asesino vuelve al lugar del crimen, algo que es así desde "Crimen y Castigo.
Madrid es enorme. No ya por su magnitud física, sino por su significado. De ahí que el viajero que busca un Madrid literario e histórico no debe devorar todo de golpe sino episódicamente.
Porque se ha de ser consciente de que no existe sólo el Madrid literario sino que siempre nos vamos a encontrar con un Madrid mediático, muy mediático. De hecho, ayer me sorprendía encontrarme junto a la estatua de Valle Inclán, en los aledaños de la calle Génova -famosa por encontrarse en sus aledaños ni más ni menos que la Audiencia Nacional, el Tribunal Supremo y el Consejo General del Poder Judicial y la sede del PP (Populares, reza la inscripción de la fachada), con aquel Dominguez, famoso policía implicado en el caso GAL.
También existe un Madrid político. El actual no me interesa apenas, pero sí los iconos que están unidos a la II República española, época que al margen de connotaciones políticas, siempre me ha parecido apasionante. De hecho, las memorias de Azaña, que salieron en un libro de recomendable lectura denominado "Los cuadernos robados", nos trasladan a lugares muy presentes en la actualidad.

Pero como venía a dejar traslucir al principio de esta entrada, jamás dejo de visitar el Madrid de los Austrias "de la mano de Francisco de Quevedo y Villegas". De hecho, "La Posada de la Villa", hoy transformada en una coqueta taberna es uno de los iconos de "El buscón", que me cautivó cuando casualmente la descubrí hace ya bastantes años. Igual que descubrí hace muy poco, la taberna del "Capitán Alatriste", que es la continuación moderna de ese Madrid histórico, gracias a la hábil mano de Pérez Reverte y su famoso "capitán", soldado abnegado y de honor de los Tercios de Flandes.


En cada ocasión introduzco nuevos iconos a descubrir. De hecho, hasta este año no había descubierto la Residencia de Estudiantes, aquel lugar de encuentro que acabó generando toda una generación: la del 27. Una generación en la que confluye la literatura, la pintura, el cine...había que descubrirla y encontrarla en su lugar primitivo, un vasto espacio bucólico en el corazón de Madrid que cuenta con la virtud de lo edénico y recogido. Un excelente trabajo de conservación que habrá que agradecer en el futuro. Gracias a la última novela de Muñoz Molina "La noche de los tiempos", he vuelto a recordar que tenía pendiente esa visita, que al fin se ha cumplido.
Mucho más habría que escribir sobre ese Madrid mítico, ese Madrid mediático, como la visita hecha al Madrid más post moderno, las torres "skyline", esas que pretenden emular a Manhatan en la capital de España. Había que visitarlas porque ya me fascinó su presencia cuando, aún en construcción, pasamos juntos a ellas en la Maratón de Madrid de 2007. Su ubicación está en la antigua ciudad deportiva del Real Madrid.


Misión más difícil era subir a la terraza de alguna de las cuatro y contemplar "todo Madrid". Y para tal fin, nada mejor que la sinceridad de expresar ese deseo en el fastuoso hotel "Eurostar Tower" de cinco estrellas que ocupa las treinta y una plantas de una de las torres. Gracias a un joven, Jose Miguel, una especie de personal de seguridad de traje y corbata y de exquisito trato y amplia formación, pudimos contemplar la magnificencia de las vistas que ofrecían de todo Madrid desde ese irreal Spa y sala VIP. José Miguel, sin embargo, nos hablaba de preparar oposiciones y nos pedía consejos, diciendo en un par de ocasiones: "no sé que hago aquí con dos carreras y un master". Son las grandes contradicciones de ese Madrid hiperrrico y al mismo tiempo hiperpobre, una ciudad en la que cualquier joven hiperformado, consciente de su destino -que está haciendo añicos la sirvenguenzería política de este país- te hace participe de ese gran poder que radica en su ciudad, pero que él jamás podrá ni tocar, aunque sí cuenta con el poder de guiar a dos desconocidos educados y sinceros por un lugar que poco tiene que ver con nuestro concepto platónico del mundo. Yo pasé en 2007 por allí corriendo y me dije que algún día tendría que estar en lo alto de alguna de esas torres. José Miguel, un madrileño de pro, que nació en "La Paz", que estaba a nuestros pies, me lo facilitó.

Pero amigos, en ese largo periplo intermitente y algo anárquico de salidas y llegadas, he corrido. Y he corrido bien, sorprendiéndome en ocasiones con ritmos satisfactorios y siempre con las endorfinas a flor de piel. Pero eso es otra historia de la habrá que hablar en los próximos días.
Bienvenidos de nuevo y gracias por vuestras siempre ilusionantes visitas, que en época de sequía de entradas también han sido generosas. Como siempre.

14 julio 2010

PACIENCIA





Amigos-as, la paciencia es una virtud. Lo dijo Shakespeare y creo que puede ser aplicable a todos los aspectos de la vida, pero en esta entrada no voy a filosofar, no, sino que voy referirme a la paciencia en el correr. Y esa reflexión viene a cuento de lo que experimentaba ayer tarde en mi sesión de diez kilómetros por la Vega entre Pinos Puente y Fuente Vaqueros.
Ya conté que la semana pasada hice trece kilómetros y me sobraron tres, así que comprendí que mis mejores sensaciones, el mejor entreno, ese que no te deja vacío y exhausto, por ahora, no debe pasar de diez kilómetros. En esa distancia me siento cómodo, a un ritmo medio nunca inferior a 5'15'' el mil. Corro sin ataduras de reloj y sólo aspiro a acumular kilómetros. Si me encuentro cansado bajo el ritmo y si me encuentro más entero lo afino algo más.
Y es ahí donde entra en juego la paciencia. Correr me gusta y con esas premisas estoy más que satisfecho.
Y, más o menos, en eso pensaba ayer cuando pasadas las 8,30 de la tarde iniciaba mi ruta. Percibía que comenzaba lento, en torno a los 5'25'', y percibía también que sin esfuerzo, alrededor del kilómetro 4, se me ocurría mirar el Forer y leía un ritmo de 4'52''. Sin proponérmelo. En ese momento ya había dejado el camino de la Vega y corría por el margen izquierdo de la carretera local que une Fuente Vaqueros con Sierra Elvira, cerca ya de la entrada al Camino de las Cruces que me volvía de nuevo a conectar con la Vega. Verdaderamente las sensaciones eran excelentes y la impresión de que mi forma se iba ajustando muy certera. Sentía que había encontrado la razón de ese lento cambio: la paciencia.
Percibía igualmente que las pulsaciones eran mucho más bajas que las marcadas el domingo por la mañana en idéntico recorrido. Y más impresionante fue comprobar cómo tras subir la pequeña rampa del ferrocarril las piernas, fresquísimas, alargaban la zancada y en los últimos seiscientos metros me ponía sin esfuerzo en 4'19''. Algo increíble para mi forma actual.
Curiosamente, cuando la noche ya se había desperezado y el frescor en Granada ganaba el terreno al tórrido sol, leía en el libro "El correr Chí", que un corredor debe de correr la distancia necesaria que le permita correr los kilómetros plenamente, sin caer en esfuerzos excesivos por el mero hecho de hacer distancias largas. En definitiva, el autor venía a decir que las distancias no son lo importante, sino el sentir que los kilómetros que se hagan sean totalmente plenos y adaptados a nuestra forma actual. Es el mejor antídoto contra las lesiones y el sobrentrenamiento.
Sin saberlo, sin haber leído aquello, fue lo que hice esa misma tarde, lo que vengo haciendo desde que sé mejor escuchar al cuerpo.
Mi distancia-forma, por tanto, está ahora en los 10 kilómetros. No significa que no pueda hacer más, pero es en los diez en los que encuentro el organismo pletórico y sin proponérmelo puedo ir a ritmos adecuados. De ahí que siga instalando durante algún tiempo en esa distancia aproximada, sin tocar los doce o trece kilómetros hasta que transcurran, al menos, un par de semanas.