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10 agosto 2015

CIRCUITO PINOS PUENTE- OLIVARES- PINOS PUENTE, COMENTARIO DE UN ENTRENAMIENTO FALLIDO.

Cuando tengo previsto hacer un entreno duro y largo, lo suelo planificar el día anterior. Veo los pros y los contras del terreno, la temperatura que se puede alcanzar, la hora de salida (en verano, básicamente para evitar las horas de temperatura más alta; en invierno, primavera u otoño me da más o menos igual), las zapas más adecuadas para el terreno, la ropa técnica, llevar o no llevar correa de hidratación, ingerir más hidratos o menos, pero aún así, no las tengo todas conmigo. Principalmente por dos motivos: Uno. Porque algunos aspectos planificados se caen del programa. Dos. Porque a pesar de la rigidez con la que planifico la ruta, siempre es posible hacer algunos cambios, en función de cómo me vaya encontrando.
Y algo de eso pasó en el pasado entrenamiento del sábado, ocho de agosto. Cayeron cosas del programa y opté por hacer una ruta, que debí haber acortado dadas las circunstancias. Explico. 
De todo lo planificado, cayeron varias cosas. En primer lugar, la hora de salida y el cálculo incorrecto sobre la temperatura. Lo de la hora lo suponía, porque a las tres y media de la madrugada tenía aún los ojos bien abiertos engolfado en capítulos de la fascinante y adictiva serie francesa Braquo; sin embargo, erré con lo de la temperatura llevado por ese viernes vespertino medio tormentoso y caída hipotética de las mismas. De hecho, el sol no me acompañó apenas a lo largo de los 21 kilómetros de circuito pero estaba ahí, tras las nubes, provocando una calina casi irrespirable en muchos tramos. Esa fue una de mis tumbas y el por qué le llamo a este entrenamiento fallido. A ello hay que sumar lo inoportuno de haber optado por la ruta menos adecuada. 
Cuando comienzas una ruta casi nunca sabes cómo vas a estar unos kilómetros más adelante. En ese aspecto hay muchas sorpresas y me las he llevado todas. Desde salir como una tortuga de ochenta años y llegar como una liebre joven; o bien, salir como una liebre joven y llegar como una tortuga de ochenta años. Así que en ese aspecto no suelo detenerme demasiado. No obstante, a los ocho, diez o doce kilómetros de ruta ya sí es posible vaticinar con bastante exactitud cómo vas, que es justo el momento en el que debes de tomar la decisión de acortar o alargar el circuito. 
Cogí el camino mozárabe, el cual discurre más arriba de la zona de los cementerios de Pinos Puente y a pesar de las dificultades de éste -principalmente en los primeros cinco kilómetros y medio-, me encontraba moderadamente bien. No había ausencia de fuerzas ni piernas cansadas. Así que me dije, que cuando llegara al punto en el que debía de tomar la decisión de volver por el mismo camino o alargar hasta Olivares, siguiendo la carretera que une esta población con Colomera, tomaría la decisión adecuada. Ese punto kilómetro es el ocho y medio. Pero en vistas de lo que ocurrió posteriormente, no tome la adecuada. Decidí seguir hasta Olivares sin valorar en profundidad varias cosas importantes a saber: Una. Malas sensaciones en esa dura recta empinada final hasta llegar a la carretera, que fue como un aviso de falta de fuerzas. Dos. No prever en su justa medida que aunque apenas había sol la calina del nublado era más mortífera que el propio sol cayendo en picado, provocando una sensación de humedad parecida a cuando correr en lugares de costa. Tres. Haber cometido dos errores alimenticios: ingesta de hidratos demasiadas horas antes de la ruta (hidratos, además, de mala calidad, por cierto -pizza-) el día anterior y mal calculo del líquido portado a pesar de haber pasado por dos fuentes públicas. 
El resultado final no podía ser otro que catastrófico: me quedé sin fuerzas antes de llegar al Cortijo de Enmedio, faltando aún cinco kilómetros y medio para llegar a Pinos Puente. 
Subí con relativa solvencia la cuesta que une Olivares con el Cruce con Tiena, pero a partir de ahí, el liquido se fue acabando y el poco que había no estaba ya en condiciones de ser ingerido, a pesar de que había dormido en el congelador toda la noche. Así que los últimos cinco kilómetros fueron un arrastrarse por la carretera, debiendo alternar andar con correr. Exactamente eso me ocurrió en la última Media Maratón de Motril, casi por las mismas circunstancias.
Por suerte, el tramo que une Olivares con Pinos Puente, salvando algunas zonas, es benigno. Existe una continua leve bajada hasta el Cortijo de Enmedio y a partir de ahí el terreno no es demasiado complicado. Aún así, procuraba andar en las bajadas y correr en las subidas para no perder tono muscular, pero eso cada vez era más complicado. 
Normalmente este tipo de malas sensaciones, días antes de una prueba dura, no es demasiado ventajoso para la psicología de un corredor. Ahora bien, en mi caso, no suelo hacer un drama donde no lo hay. Entrenamientos nefastos como éste los he tenido a montones, lo importante es siempre racionalizar las causas, porque si estás entrenando bien y sumando kilómetros, siempre ha de haber un por qué de estos días fallidos. Lo importante es conocer ese por qué y erradicar esas causas, a pesar de que no todo se puede controlar en esto de correr. Sencillamente, hay días en los que el organismo no responde y otros en los que sí. Todo corredor que se precie debe contar con eso. 
Quería contarlo aquí, porque servirá para otros y también para mi mismo, ya que con el paso del tiempo estos artículos suelen ser esclarecedores por su utilidad didáctica.  

Pongo aquí algunas fotos tomadas en esta misma una ruta hecha anteriormente en bicicleta: 


Plaza de Olivares, con su fuente de agua fresquísima. Foto de J.A. Flores.

Bajada de Olivares hacia Pinos Puente, antes de llegar al Cortijo de Enmedio -aún en término de Moclín-. Al fondo ya se aprecia el Piorno y los picos de Sierra Elvira. Foto de J.A. Flores.

Cuesta de Olivares anterior al Cruce de Tiena. Al fondo Olivares y su Barrio Alto. Foto de J.A. Flores.

Búcor (ya en término de Pinos Puente) Foto de J.A. Flores.

23 noviembre 2014

III MEDIA MARATÓN 'CIUDAD DE ANTEQUERA' (23/11/2014)

Hay muchas cosas que se pueden hacer y ver -sobre todo ver- en Antequera y no sólo correr. 

Calle típica de Antequera con la Alcazaba al fondo. (Foto de J.A. Flores) 
Yo antes iba con bastante frecuencia a Antequera para ver su patrimonio histórico, conocer su historia y comer su porra -antequerana-. Pero jamás había ido a correr.
Hasta el año pasado. Un poco frustado por no haber podido correr la Media Maratón de Córdoba, busqué en el calendario alguna que tuviera un recorrido orográfico similar y que me permitiera ir y venir en poco tiempo y fue así como hallé la que iba a ser la segunda edición de la Media Maratón de Antequera. Así que me apunté, auspiciado por su recorrido, por su cercanía y porque cada vez me atraen más las pruebas que no pasan de mil corredores (y si son menos, mejor, como es el caso). 
Me gustó la prueba y me salió bien, mucho mejor de lo que tenía previsto. A años luz de la de este año, que es algo que sí tenía previsto. Mi diferencia de forma entre el año anterior y éste es, si no abismal, muy distinta. El año pasado competí bastante y no tuve lesión alguna hasta el mes de diciembre, por lo que pude rendir a buen nivel casi todo el año, tanto a nivel de competición como de entrenamientos. Incluso hacia series con regularidad y ese entreno se apreciaba en competición.
Sin embargo, este año ha sido otra historia. No levanté cabeza desde la lesión de diciembre y para colmo en marzo pasé por el quirófano de vascular; así que entre la lesión, la operación y la posterior recuperación no comencé a entrenar hasta Semana Santa, pero no a competir. A pesar de eso fui osado y me presenté en la linea de salida de una muy exigente carrera de montaña a finales de agosto, como ya conté en su día. 
Posteriormente vinieron mejores entrenamientos. Todo el verano entrené bien, pero competí poco. Sólo lo hice tras el verano en una corta pero meritoria carrera urbana de pocos kilómetros previa a la Media de Granada y la Media Maratón de Motril, que resultó un fracaso.
Esta última prueba es la culpable de que volviera a competir en Antequera, no por despecho ni para sacar la espina del fracaso de Motril sino para ver cómo iba en medias maratones una vez intensificado el entrenamiento, que tampoco está siendo especifico para correr distancias largas. Acaba el año y quería probar. Así que nada mejor que competir en esta media maratón que por características y fechas me parecía la más estratégica. 
El año pasado rodé a 4'22'' el mil. Este año a 4'44'' el mil. Como se puede observar una diferencia notable, pero aún así estoy satisfecho del rodaje de este año una vez analizadas las circunstancias pasadas. Un rodaje, que a pesar de ser mucho más lento que el del año pasado, me ha hecho sufrir mucho más. Los últimos kilómetros de la Media de Antequera de este año, me han recordado en parte a los últimos de Motril. En la costa granadina la humedad y el calor a finales de octubre fue bestial y finalmente claudiqué. En Antequera no  ha habido humedad -nunca la hay en estas latitudes de interior- y ha hecho una excelente temperatura para correr, casi calor; es más, la lluvia que caía en los últimos kilómetros fue casi una bendición de los dioses, pero las dificultades entre los kilómetros dieciséis y diecinueve me han deteriorado físicamente, mermando de manera exponencial la media de rodaje que llevaba hasta el quince. 
Las pequeñas pero molestas rampas de entrada a la ciudad y en las mismas calles del casco antiguo de la ciudad han supuesto un suplicio, y a pesar de que el último kilómetros es en bajada no he logrado recuperarme, llegando a meta muy tocado.
Hasta el kilómetro diez rodé a 4'35'' el mil; e incluso, en el quince el rodaje no iba más allá de 4'39'', pero los últimos seis kilómetros fueron para mi casi indigeribles. Por las molestas rampas, como decía y porque -somos lo que entrenamos- no estoy haciendo entrenos demasiado largos.
Aún así, el resultado final ha sido mucho mejor de lo esperado y por eso considero que he cumplido el fin que me había propuesto. 
¿Y qué decir de esta joven media maratón? Prácticamente todo positivo. En particular a mi me viene de perlas porque me coge a tan sólo a una hora en coche. Además, es una prueba muy cómoda a nivel organizativo. Todo está a pedir de boca: facilidad de aparcamiento, impresionantes instalaciones para vestuarios, duchas y ropero, que es el lugar de llegada (en el interior) y de salida (en el la explanada exterior). Se trata del Centro de Tecnificación de Atletismo 6º Centenario, una instalación formidable, centrada en exclusiva en el atletismo.  
La señalización y el control de los pasos y cruces es perfecta, contando con la presencia de voluntarios, Protección Civil, Policía Local de Antequera y Guardia Civil. La señalización kilométrica es excelente y los avituallamientos también.
El recorrido, hay que decir, no es demasiado atractivo. Largas rectas entre naves industriales e insultas carreteras comarcales. Pero es algo que no se puede considerar como una crítica, toda vez que trazar veintiún kilómetros en una ciudad media no es nada fácil y, finalmente, hay que correr por los alrededores. En algunos lugares, estos alrededores son atractivos, pero no en Antequera. 
La prueba gana en atractivo en los últimos seis kilómetros, que coinciden con la entrada a la ciudad, pero ocurre -nada es perfecto- que son los que menos se disfrutan, toda vez que la mente ya está en otras cosas. El paso por el casco antiguo es atractivo, como es el casco en sí y la llegada a meta, en las tripas mismas del Centro de Tecnificación es de las más atractivas de las medias maratones que he corrido en mi vida deportiva. 
A destacar también la bolsa del corredor, que ha sido mucho mejor este año que el anterior. Se ha compuesto de: mochila, camiseta técnica Brooks amarilla y azul de manga corta (una de las más bonitas que me han dado hasta ahora, como se puede apreciar en la fotografía), dos molletes y un mantecado antequerano -como no podía ser menos- lata pequeña de aceitunas, bolsita de pan 'tipo colin' y un dulce. Nada mal, si consideramos que las bolsas del corredor han caído enteros desde la crisis o poniendo la crisis como excusa.
En definitiva, si nada ocurre en las ediciones futuras y siguen la trayectoria actual, se convertirá con el tiempo en una de las más importantes de Andalucía. Entonces se masificará, pero eso ya es otra historia.              

01 septiembre 2014

III TRAVESÍA 'LA HUELLA DEL BÚHO' -TRAIL RUNNING DE 30 KILÓMETROS- (COLOMERA-TÓZAR-MOCLÍN-OLIVARES-COLOMERA, 30/8/2014)

LOS PROLEGÓMENOS 

Correr este trail con nombre tan prosaico y atractivo (La huella del búho) fue una idea que penetró de manera directa en mi cabeza. Y si eso ocurre, pocas cosas puedo hacer ya. Me ocurrió con la Subida al Veleta y con el primer maratón que corrí, el de Madrid.
Porque así funciono a la hora de inscribirme a una prueba extraordinaria. Meditarlo en exceso podría provocar que la razón se imponga al impulso y acabar por no inscribirme; por tanto, no lo medito demasiado. Todo lo más, miro el perfil de la prueba y la dificultad. Y a partir de ahí, la suerte está echada y tan sólo me impedirá no acudir a la cita algo ajeno a mi voluntad, entre otras cosas, una temida lesión.
Así que no tardé demasiado en inscribirme a esta prueba que tiene su punto de salida y de llegada en Colomera, localidad con la que me unen fuertes lazos afectivos. No encontré referencias en Internet y se las pedí por correo electrónico a la organización. Inmediatamente me contestó uno de sus mentores, Julio.
Julio, en un correo muy amplio me hizo un resumen de la prueba y, sobre todo, de sus dificultades y a partir de ahí comencé a coger referencias, también gracias a las indicaciones que me hizo un compañero de trabajo, senderista y corredor, Luis Alberto. 
Posteriormente comencé a ver vídeos de esta ruta, básicamente de gente que los había grabado en MTB o haciendo el sendero y descubrí que las zonas más duras también eran las más espectaculares y bellas. 
Iba a ser mi primer trail propiamente dicho (Fonelas no es un trail en estado puro) y por eso me dije que aquí lo importante era disfrutar de la prueba y acabarla, nada de planteamientos de marcas ni nada por el estilo. Entre otras cosas porque vengo del running y el trail no es mi especialidad. Mientras hacía el recorrido comprendí que aparte de no ser mi especialidad, se trataba de otro tipo de deporte, emparentado con el running pero distinto. De hecho, muchos de los practicantes del mismo vienen de los deportes de montaña, aunque cada vez más llegan desde el running. 
También sabía que no había elegido el mejor año para correr esta prueba. Sin apenas rodaje -comencé a rodar de manera gradual en Semana Santa- ni competición, ya había dado muestras de debilidad en la prueba que se celebró dos semanas antes, el 17 de agosto, en Fonelas. Además, ni se me ocurrió subir monte alguno para ir practicando. Aún así, la suerte ya estaba echada y de poco servía hacer entrenamientos demasiados específicos. Todo lo más, algún que otro test para calibrar la resistencia a lo largo de 30 kilómetros y muchos abdominales, flexibilidad, Compex y ejercicios isométricos de endurecimiento general. En ese sentido, le dí mucha importancia a los abductores, los cuales se me cargaban muy rápidamente en los entrenamientos largos y en las cuestas. Gracias a ese trabajo de flexibilidad y endurecimiento de esa zona, no tuve ningún problema durante la prueba, aunque sí muchos en ambos cuádriceps, básicamente en el izquierdo.      
Así que con bastante mentalización, pero también con cierta ingenuidad me presenté en línea de salida, el sábado, 30 de agosto a las 18 horas, estando el termómetro en ese momento en torno a los 34 grados de temperatura. 

LA PRUEBA


Debo decir que la prueba me pareció mucho más dura de lo que había presupuesto, aunque en realidad, toda preposición no podía ser más que fallida toda vez que jamás había hecho una prueba de estas características. Lo normal es que me hubiera iniciado con una prueba de no más de 15 kilómetros, pero comencé la casa por el tejado, aunque no me arrepiento de ello, a pesar que mientras escribo estas líneas los cuádriceps se siguen rebelando e intento calmar lo máximo posible con crioterapia. 
Como decía, cuando estaba en plena prueba entendí que el trail podría pasar por considerarse otro deporte distinto al running, una especialidad que deriva de éste pero que tiene sus propios contornos, a pesar de que en esta prueba hubo bastante terreno para correr, si bien, con poca continuidad y sensación de ritmo, si bien mis piernas ya no tenían capacidad para apreciar ese detalle. 

Algunos gramos de locura

En una prueba de trail no viene nada mal que las dificultades principales se encuentren en los primeros diez kilómetros. En 'La Huella del Búho', la cota más alta se encuentra en el seis, aproximádamente, pero en absoluto es la más complicada. Efectivamente, se sube hasta los 1168 metros -según mi GPS- , pero no hay que olvidar que Colomera se encuentra a 877. A través de un amplio camino se va subiendo hasta llegar a un especie de roquedal en el que se va asciendo como se puede -a paso rápido siempre es más llevadero al ser una zona demasiado técnica-, buscando la dirección de Tózar, localidad a la que se accede a través de un mar de olivos. La breve subida a Tózar también se complica, básicamente por el fuerte calor. A la entrada de la localidad hay un amplio avituallamiento en el que el líquido asume la mayor parte de lo ingerido para recuperar lo perdido en esos primeros diez kilómetros. Advierto que allí está también la Cruz Roja y les pido dos apósitos al comprobar que ambos dedos pulgares del píe ya comenzaban a mostrar síntomas de ampollas. No disponen de ellos y eso me frustra ya que tendré que sufrirlas en los próximos veinte kilómetros. La frustración, más que nada, viene motivada por mi poca prudencia al haber envuelto mis uñas color obsidiana con dos tiras de esparadrapo, el cual me está provocando esas ampollas. Una imprudencia total que ya es tarde para remediar. Cuando enfilo el amplio camino de tierra, que llegará kilómetros más tarde al río Velillos, advierto que no tengo apenas 'puch', algo parecido a lo que ya percibí en Fonelas. Pero advertir eso cuando faltan aún veinte kilómetros, muchos de ellos de los de mayor mucha dureza, no era más que flagelar innecesariamente el ánimo. Así que me centré como pude en correr intentando dejar la mente en blanco.  
Desde Tózar hasta el Castillo de Moclín la prueba cambia de cariz, tanto en belleza como en dificultad, básicamente a partir de la Fuente de la Corcuera, lugar paradisíaco donde los haya, una vez superado el magnífico entorno del desfiladero que a través de un puente colgante y un camino artificial de madera adherido al mismo atraviesa el río Velillos -también conocido como Colomera y Frailes a medida que pasa por otras localidades-. En la Fuente de la Corcuera está situado otro avituallamiento bien surtido.
Subir desde la Fuente de la Corcuera hasta el Castillo de Moclín es un fuerte correctivo para las piernas -lo fueron para mis cuádriceps- porque se asciende con sensación de verticalidad por una senda en cuya derecha, hasta el mirador, se ha construido una pequeña barrera, que en realidad es una cuerda para que, a quienes les falle las piernas, puedan ayudarse a subir. Eso da una imagen de lo que supone esta subida. Lógicamente, en ese lugar correr es casi imposible -lo fue al menos para mí- y las piernas me irán comunicando progresivamente que también lo será en terrenos de cuestas menos duros que encontraremos a continuación. La dureza de esa subida la preveía de manera nítida, ya que el bonito descenso desde Tózar al río Velillos, con la vista de frente al otro lado del río de las enormes rocas que albergan las pinturas rupestres de la zona, no significaba otra cosa que el ascenso desde el río hasta el Castillo a lo largo de dos kilómetros iba a ser terrible ya que en tan corta distancia -unos dos kilómetros- hay una altimetría de más de trescientos metros.
De todas formas, vuelvo a significar que la belleza de esta zona está a la par que su dureza, o viceversa. Porque llegar al entorno de Castillo de Moclín, que supone haber hecho algo más de la mitad del recorrido, es toda una experiencia. 
Por las primeras calles de Moclín, aledañas al Castillo, ya se puede correr, básicamente porque se desciende. No obstante, que nadie piense que correr incluso bajando es fácil en ese momento. Duelen todas las articulaciones debido al fuerte test al que se ha expuesto la musculatura inferior en la subida. Esos mismos cuádriceps y las rodillas, fundidos en la subida, ahora deben de dar todo lo que puedan en la bajada, pero activando a la vez otros grupos musculares dormidos. En esos momentos, uno quisiera seguir andando, por lo que al llegar a la coqueta plaza de Moclín, uno encuentra la escusa perfecta al encontrarse en la misma un pequeño avituallamiento. Un animoso grupo de británicos, residentes en la localidad, anima desde la terraza del bar de la plaza. Se agradece ver algo de humanidad, porque uno viene desde bastante rato sin verla, a excepción de los corredores que de manera muy aislada nos vamos encontrando por las veredas. En ese punto me agrupo con un viejo conocido de este blog, Alejandro -al cual ya había saludado en el avituallamiento de la Fuente de la Corcuera- , y con sus animosos amigos. La filosofía de este grupo para este tipo de pruebas, de las que ya tienen experiencia, me vino de perlas para asumir los últimos aproximados 13 kilómetros de la ruta.
La bajada a la localidad de Olivares, desde mi opinión, tampoco es sencilla debido a su fuerte inclinación. A estas alturas de la prueba y con tanto desgaste en las piernas, tanto subir como bajar significa dolor, incluso llanear, algo que yo no suponía aunque me lo advirtieron. Esta bajada es bonita y está muy bien cuidada. Bajar a trote con una buena conversación y con la puesta de sol inminente redime todo el sufrimiento anterior, si bien el único pensamiento que tengo en la mente es llegar a meta. 
En la plaza del centro de Olivares ya quedan minutos para la total puesta de sol. Hay otro avituallamiento. Será el penúltimo. Allí nos detenemos y tomamos isotónico, agua, naranja y plátanos. Todo lo absorbimos y devoramos con fruición. En ese momento no sabía bien hacía donde nos desviarían. Consideré como probable la carretera que une con el Cortijo del Berbe Alto, en dirección a Colomera, pero la organización opta por dirigirnos hacía las empinadas calles de Olivares hasta el denominado Barrio Alto. Sin duda se trata una ruta acertada en la que destila la naturaleza que disfrutan los moradores de las últimas casas. Ya ha caído la noche y todo es paz y silencio. Tan sólo se escuchan nuestros pasos y nuestra conversación así como las silenciosa presencia de algunos vecinos en las puertas de sus viviendas. 
Acabada la última vivienda penetramos en un carril entre olivos desde el que se aprecia con nitidez las luces de Pinos Puente, Granada y los pueblos cercanos a la capital. En medio, se impone como una enigmática sombra el picacho del Piorno que parece vigilar la localidad pinera. Conectamos los frontales y se van agrupando corredores que van por delante y por detrás. Algunos no llevan frontal y les viene bien la luz de los que sí los llevamos. Las balizas de señalización de la ruta, que durante toda la ruta hemos ido descubriendo adosadas a las ramas de árboles y ramas, ahora sólo visibles gracias a las fuerte tiras flourescentes que cuelgan de los olivos y que destilan un fuerte color rojo o verde, que en la oscuridad de la noche son muy perceptibles.  
Al final del sinuoso carril de olivos, perdido en el manto oscuro de la noche se encuentra el último avituallamiento en el que nos detenemos con tranquilidad para beber agua y absorber el zumo de los trozos de naranja porque las fuerzas ya son escasas. Llego a la conclusión definitiva que los geles de hidratos no van con mi estómago, el cuál comienza a revolverse. La pequeña carretera que está justo en ese punto ya nos llevará directamente a Colomera. Nos dicen que quedan menos de cinco kilómetros. 
Pero tampoco éstos son fáciles a estas alturas. Las 'cuestecillas' que nos dicen los voluntarios del avituallamiento con las piernas desechas -y en mi caso, como decía, también con el estómago revuelto de tan mezcla de gel, naranja, plátano y líquido, algo de lo que me deshice en la localidad de la manera más directa y regurgitante - se convierten en verdaderos puertos. En estos momentos, quienes ya llevan más de un trail a sus espaldas aconsejan mucha prudencia para evitar que las dificultades del terreno impidan llegar a meta. Por suerte les hago caso porque ya en el carril previo había percibido que el cuádriceps izquierdo se me había engarrotado de manera bestial. El lactato acumulado evitaba un correcto riego sanguíneo. 
Por tanto, hacemos esos cinco kilómetros como podemos, comprobando cómo se producen situaciones curiosas: en las subidas de las rampas unos andan y son adelantados por otros que corren, pero a los pocos metros ocurre a la inversa. El racimo de corredores que vamos por esa oscura carretera bien podría confundirse con una procesión trágica.  Todas las medidas son pocas para evitar el desgaste que provocan las cuestas por mínimas que sean. Hago caso de mis acompañantes y opto por subir la mayoría de las rampas a paso rápido, algo que me sorprende, porque a mí siempre me ha gustado subir corriendo las cuestas. Pero esta prueba es otra historia y es lo que hay que hacer si no es posible hacer otra cosa mucho más imprudente. En esos momentos, ya cada cual es soberano responsable de la administración de sus escasas fuerzas y el cuidador máximo de los deteriorados músculos. 
Por suerte, los últimos dos kilómetros hasta Colomera son más suaves, incluso en descenso en el último kilómetro. Así que nos lanzamos al trote más propio del running hasta llegar a las primeras casas de la localidad. En ese empeño el grupo inicial con el que vengo desde Moclín se desintegra un poco -alguno avanza, otros se quedan- y me acompaña en ese afán final un viejo conocido de mi antiguo club de atletismo, el incombustible Fernando Medina, el cuál me dice: 'Hay que llegar corriendo bien Jose'. 'Fernando va a ser así porque no hay cuesta...', le respondo. Con él llego a meta y cumplo el objetivo que me había planteado: acabar lo mejor posible mi primer trail en estado puro.   
Por tanto, hechi mi primer trail de importancia, con una marca más que discreta, aunque eso no era importante para mí en esta prueba.       
¿Arrepentido? En absoluto. ¿Repetirlo? Ahora toca descansar y recuperarse. Nada más. ¿Aconsejo hacer la prueba? No suelo aconsejar cuando se trata de pruebas de este tipo. Depende de la forma de cada uno. También se puede hacer como senderista, ya que no hay hora establecida de finalización. Luego, leí que los senderistas más rezagados llegaron a Colomera pasadas las 1 de la madrugada. 

(REVISADA)

DATOS BÁSICOS: 


Acceso a Colomera: carretera en mal estado en algunos tramos pero correcta. Carretera de monte, con abundantes curvas a partir del acceso al Centro Penitenciario. A 25 minutos en coche desde Granada
Aparcamiento: al no ser una prueba mayoritaria, sin problemas.   
Kilómetros oficiales de la prueba: 30 kms. Reales: 28.5 aprox.  
Dificultad técnica: Muy alta. Extraordinarios parajes.
Numero de participantes: 247 llegados entre corredores y senderistas, de los -al parecer- 300 inscritos.  
Tipo de corredor: Especialistas en trail, corredores de running avanzados. 
Organización:  Muy Buena. Muy pendientes de los participantes en todo momento.
Avituallamiento: Excelente. Compuesto de agua, isotónico, cola, plátano, naranja, almendras, dulces, mini sandwich. 
Señalización y balización: Básica, pero muy efectiva. 
Predisposición de los voluntarios: Excelente. Buen número de éstos, tanto en salida y meta como en los avituallamientos. 
Fuerzas de seguridad y civil: No demasiada presencia al no transcurrir por carreteras con tráfico. Se advierte Guardia Civil, Policía Local, Protección Civil y Cruz Roja. Suficiente.
Bolsa del corredor: Camiseta técnica. Acertados logotipos y grabados tanto en pecho como en espalda. Bolsa algo corta.
Atención al corredor en meta tras la prueba: Bocadillo y cerveza. Duchas en polideportivo municipal.

Como colofón a esta crónica, inserto un vídeo de la prueba alojado en YouTube que me parece fantástico. Resume con acierto en poco más de dos minutos lo épico de la prueba. El texto de la narración en off también es fantástico. Su autor, Álvaro Ballesteros. 




   

                            
       

16 septiembre 2012

XVII PRUEBA DE FONDO DE GUADIX (V MEDIA MARATÓN DEL MELOCOTÓN) 16/3/2012

Dicen que la cara es la imagen del alma. Sí, en este caso, es cierto.
Al poco de acabar, casi dramáticamente, la edición de 2012 de la Media Maratón del Melocotón, escuché una voz a mis espaldas 'no puedes ni con la bolsa'.  Era Francis Tovar, que razón no le faltaba. No podía ni con la bolsa. Ni, apenas, podía hablar, como pudo comprobar mi buen amigo Rafa Bootello, al que apenas le pude contestar cuando me saludó (disculpas, Rafa). La razón: un eventual corte de digestión muy malvado allá por el kilómetro 14 de carrera, que me dejó totalmente sin energía. Definitivamente: no es compatible el lechazo de Aranda de Duero y la Media de Guadix, si al menos no se deja un par de días de por medio. Y eso le vine a decir a mi Alter, cuando le rebasaba a duras penas sobre el kilómetro 11 de la prueba, a la altura de Purullena. 
Lo que sigo sin comprender es cómo he podido hacer siete kilómetros (los más duros de la prueba, en mi opinión) en estas condiciones. Debe ser el oficio, la voluntad, constancia, o una mezcla de todo. 
La decisión sabia, como bien dijo Francis, hubiera sido no correr esta prueba en estas condiciones, sin entrenar durante bastantes días y dejando el cuerpo y el alma al socaire del ocio que todas los viajes de placer conllevan. 
Pero era necesario correr porque este año no me he incorporado por lesión hasta la prueba de Alhama. Y el propósito es hacer las diez pruebas de rigor, como nos aconseja el club y la conciencia. Lo negativo es que esta prueba siempre coincida en los mismos argumentos, año tras año: vuelta de vacaciones y a los pocos días -sino al siguiente- la prueba. 
Porque la prueba de Guadix, la Media Maratón del Melocotón, es dura como pocas. Por lo general, los trazados de una Media Maratón en ruta suelen ser más benignos, pero ocurre que en Guadix se hace esta prueba como herencia de la antigua prueba de fondo, y el recorrido viene a ser el mismo. Un recorrido muy roto porque el terreno es así en esta zona de Granada. Además, ha hecho calor. Mucha calor, quizá, para las fechas en las que estamos. Hasta en pleno agosto hubo, probablemente, días más benignos. 
Por tanto, toda esa conjunción de circunstancias han convertido en lo personal a esta Media Maratón en, tal vez, la que mayor sufrimiento me ha insuflado, a excepción de la primera, aquella Media de Granada que hice en octubre de 2006, pero era otra historia. 

No obstante, la pretensión era correrla, acabarla, sin ningún tipo de consulta al cronómetro, que era lo de menos. Correrla en torno a los 5' el kilómetro, por lo que el objetivo está conseguido, que es lo que importa. Ya habrá tiempo, a partir de ahora, de preparar el cuerpo y la mente para las pruebas que nos esperan, porque el último trimestre del año siempre viene cargado de ellas, principalmente, los meses de octubre y noviembre. 
Un consejo -al que no soy dado a dar-: no hagáis esta prueba si pocos días antes antes habéis comido lechazo de Aranda o habéis descuidado durante una temporada el cuerpo y el alma (de corredor). 

15 septiembre 2010

CRÓNICA DE UN ENTRENAMIENTO




Muchos, antes de dormir, cuentas ovejitas. Pero el corredor -que suscribe- suele relajarse visualizando el entrenamiento que ha hecho ese día o si no lo ha hecho, el circuito que hará el próximo día. Así que la noche anterior buscaba el sueño visualizando el circuito que haría a la mañana siguiente. Pero no tenía claro qué circuito haría. Había hecho uno por la Vega hacía dos días y le apetecía cambiar de recorrido. Podría subir desde Pinos Puente al Pantano Cubillas y luego volver, pero eso le supondría hace casi diecisiete duros kilómetros y no estaba seguro de querer hacerlos (el corredor aún no sabía que la realidad luego se impondría), así que una opción excelente podría ser volver a un circuito últimamente muy olvidado aunque duro: el que conduce a Tiena. Dejaría el coche junto a la tapia principal del campo de Fútbol de Pinos Puente e iría calentando motores por el camino de asfalto, que tras pasar por los dos cementerios -el viejo y el nuevo- de la localidad enlazaría con el camino asfaltado que junto a las instalaciones de tenis del club privado de la localidad, (al cual fue invitado a pertenecer, pero el tenis nunca ha sido su obsesión) desemboca en la carretera comarcal que conduce a Búcor, en primer lugar y posteriormente al Cortijo de Enmedio, Tiena, Olivares -e incluso hasta Moclín y Colomera-.
Nada más penetrar en esa maltrecha carretera el corredor observa que está en obras. Y ahora recuerda que la última vez que pasó por allí fue en bicicleta y las obras ya estaban comenzadas pero mucho más allá, más cerca de Tiena que de Pinos Puente. Por fin alguien ha tenido la genial idea de reformar esa vieja carretera.
Las obras para nada debían ser un obstáculo para el corredor, todo lo contrario: si se evita el tránsito de coches él podría correr a sus anchas, por medio de la carretera que es lo que siempre le ha gustado, pero que casi nunca ha podido hacer. Sin embargo, algunos coches entran sin que el corredor se explique cómo, lo que hace que desista de ir demasiado tiempo por mitad de la carretera.
El día es claro y se presume que será soleado y caluroso, así que más vale no permanecer hasta más de la once por esas secas carreteras. Todo dependerá del número de kilómetros que desee hacer esa mañana.
En principio no lo sabe. Lo único que sabe es que volverá por el mismo lugar, por lo que bastará con multiplicar por dos los kilómetros que haga en la ida.
Cerro de los Infantes

Nada más comenzar la ruta en la carretera -apenas kilómetro y medio desde que saliera junto al campo de fútbol- el correr tiene ante su vista uno de sus lugares favoritos: el Cerro de los Infantes, así denominado porque en él fueron abatidos dos importantes infantes: el Infante Juan de Castilla, hijo de Alfonso X el Sabio y el infante Pedro de Castilla, hijo de Sancho IV, el Bravo, cuando ambos comandaban las tropas castellano-leonesas en su incursión por estas tierras, por entonces, bajo el dominio del Sultán Ismail I, de Granada. Corría el año (del Señor) 1319 -en concreto el día 25 de junio de ese año-. Si bien, ese hito histórico documentado fue importante, no se puede negar que esa zona es mucho más conocida por haber dado abrigo a una ciudad íbero-romana denominada Ilurco, según los expertos con los que el corredor pudo hablar en sus tiempos de Concejal de Cultura y cuyas inscripciones decoran la sala de entrada del Museo Arqueológico de Granada y a cuyo lugar he de llevar (al Cerro de los Infantes, no al museo) algún día -porque se lo tiene prometido- al escritor granadino José Luis Serrano cuando éste se lo pidió al corredor.

Media luna de <span class=

Contemplar esa zona -ahora a la izquierda del corredor- junto al río Velillos mientras se corre hace que transcurran los kilómetros sin apenas percibirlo hasta llegar a otro lugar no menos bello: la Media Luna de Búcor, obra civil árabe que aún sigue conservándose a pesar de los pesares.
En la curva que hace la carretera junto a este monumento arquitectónico el corredor se encuentra ya las primeras máquinas que están levantando la carretera hasta convertirla en un polvoriento camino. El corredor agradece que desaparezca el asfalto aunque sea por unos metros, pero no sabe qué se encontrará más adelante aunque ya ve mucho movimiento al fondo. Un poco más adelante le tranquiliza ver que un coche viene en dirección contraria.
Sobre el kilómetro tercero, la carretera serpentea y se convierte en una especie de tobogán, volviendo a romperse de nuevo por mor de las obras a la altura del bucólico cortijo de las "Dos Hermanas", en cuyo lugar -dicen- se celebran las mejores nochebuenas de la zona y a las que siempre ha estado invitado y nunca ha ido. Ahora sabe que ya nunca irá porque no le interesa en absoluto celebrar las nochebuenas -ni casi nada- fuera de su hogar. Sin embargo, la visión de ese cortijo, encerrado entre olivos y plantas ornamentales le es siempre grata.
Al final de la cuesta -no demasiado pronunciada- de ese cortijo, como suele ser habitual, comienza un descenso desde el que ya se atisba el cortijo de Búcor, que en su momento fue una pequeña población y que ahora no lo habita nadie de forma permanente. El corredor mira su Forer y comprueba que ya está cerca del kilómetro 4 y que las obras están a esta altura en su punto más álgido.

Sierra de <span class=

No sospecha de hasta qué altura hasta que no enfila la larga recta que conectará un par de kilómetros más adelante con el Cortijo de Enmedio, ya en la frontera con el municipio de Moclín. El ruido y el ajetreo de máquinas y obreros le avisan que ese lugar será de difícil tránsito cuando comprueba que un gran tajo rompe por completo la carretera.

- Se puede pasar- pregunta el corredor a un obrero.
- Sí, los turismos están pasando por los olivos- responde el hombre con amabilidad.

Así que tras correr unos veinte metros en falso, confundiéndose de carril, acaba por lanzarse por un pequeño balate para conectar con el carril que se adentra entre los olivos, siguiendo las huellas de los coches que ya han pasado por allí.
El camino entre los olivos no tiene mal piso pero es completamente asimétrico e inclinado hacia la izquierda -en la vuelta se compensa-, pero impide que el corredor tenga que dar la vuelta, algo que no le apetecía en absoluto porque aún no llevaba ni cinco kilómetros.
Vuelve a la carretera porque a partir de ahí se acaba la obra y comienza una nueva carretera recién arreglada pero mucho más dura en su orografía. Ahora, la opción será si llegar hasta el cruce de Tiena -y de Olivares- y volver; o bien, seguir hasta Tiena -u Olivares-. Todo dependería de qué kilometraje se marque hasta dicho cruce.
Un poco antes de llegar al cruce el corredor ve un coche aparcado a la sombra de un árbol y dentro un operario de las obras de la carretera enfundado en un mono amarillo, seguramente indicado para trabajar de noche si fuese necesario. El corredor llega hasta el cruce y comprueba que el Forer acabar de marcar el kilómetro ocho en un tiempo de 41 minutos y con unas pulsaciones de 144 latidos por minuto. Por tanto, se ve bien para continuar y el calor aún no acecha todavía. Son las diez y diez minutos de la mañana.
Pero acechará en breve, así que bajo un árbol orina y comprueba que ese par de minutos bajo la sombra demuestran que el sol ya está atacando fuerte. Abajo, al fondo ve las primeras casas de Olivares, población que está a apenas dos kilómetros perteneciente al municipio de Moclín al igual que Tiena, pero decide visitarla en otro lugar. Así que se da la vuelta consciente que le darían más de la once en ruta.
El corredor no tiene sed, pero comprueba que el trabajador del mono amarillo continúa aún allí y hacia él se dirige:

-Hola, ¿tienes agua? -le pregunta tuteándole el corredor, porque es joven.
-Si, pero está helada- contesta el joven.

Efectivamente, la botella apenas tiene agua porque es casi una pieza de hielo. Se nota que el joven la mete en el congelador toda la noche para que se mantenga fresca el resto del día.

-Mejor -dice el corredor y toma un trago-.
-Ésta es nuestra gasolina -continúa diciendo el corredor para dar un poco de conversación-, además me quedan aún ocho kilómetros.
-Y porque aún no hace demasiada calor -dice el joven, quedándose indiferente cuando escucha lo de los ocho kilómetros. Se ve que no ha corrido nunca.
-Adiós y gracias.
-Adiós. De nada.

Con esa gasolina en el estomago el corredor sigue su curso que ahora es favorable ya que hay una ligera bajada, lo suficiente para ir cogiendo fuerzas que, aunque aún no perdidas, irán desapareciendo poco a poco.
El corredor vuelve de nuevo a la zona de obras y dobla hacia el camino de olivos. A los pocos metros, superada las obras y las máquinas, vuelve a salir a la carretera, pero comprueba que ese desvío le ha cansado las piernas más de lo esperado. Así que decide bajar un poco el ritmo hasta subir la cuesta que hay nada más pasar Búcor. Inmediatamente comienza otra pequeña bajada, pero ya se ve con fuerzas suficientes para subir algo el ritmo y correr durante varios kilómetros entre 4'45'' y 4'55'', manteniendo las pulsaciones en torno a las 150 ppm.
El corredor va tranquilo y no demasiado cansado, así que va pensando en sus cosas. Mira el Forer y comprueba que ya lleva casi 14 kilómetros, es decir, que está a dos kilómetros de la llegada. No siente ansiedad por llegar porque va cómodo, pero sabe que la entrada a Pinos Puente es a través de una cuesta algo dura y que el calor va acechando. No en vano ya son más de las 10,30.
Sube la cuesta y ya ve ambos cementerios en un hondonada y a continuación las tapias más septentrionales del campo de fútbol. Ya sólo le queda hacer lo que hace siempre: apretar para llegar a su destino a un ritmo inferior a 4'30''.

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