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06 enero 2013

DÍAS DE FASTOS

Cerveza, vino, pacharán, güisqui, sidra, cava, comidas copiosas....todo eso, en pequeñas dosis, circula o ha circulado por las venas y arterias de este pecador cuerpo, pero ya que la Navidad de 2012 y el Año Nuevo han pasado a la historia hay que hacer balance y comparar el estado de forma anterior y el actual. Lógicamente, no puede ser mucha la diferencia, pero en mi primera salida del año, a los seis días de comenzado éste, la oxidación en la musculatura y en los pulmones era evidente, a pesar de que entre medias hubo una ruta en MBT que algo ayudó a no prolongar esa oxidación. Porque tengo que admitir que este modesto corredor no ha sido tan pacato en cuanto a vida disoluta en estas fechas como en las de años anteriores. Mucho más flexible a salida, a invitaciones, a comidas, a bebidas....sí, algo más disoluto. Esto no supondría ningún contratiempo en una persona que habitualmente no haga deporte, pero sí en quienes nos dedicamos a correr o a algún deporte de forma constante. Sabemos muy bien que la vida disoluta y alegre poco encaja con la austera y ermitaña vida del deportista, por muy aficionado que sea. 
Así que esta tarde -a eso de las tres- cuando el sol se señoreaba en los campos de la Vega y las Avefrías blancas y negras gozaban de los restos de los escasos sembrados, mis piernas, corazón y pulmones intentaban componer una mínima sinfonía de este trío de instrumentos y me deslizaba con más voluntad que acierto por esos caminos solitarios y bellísimos de la Vega invernal, pero bajo un sol casi de primavera. 
Fueron doce kilómetros sufridos a 5'09'' el mil, en los que la oxidación muscular y la sensación de torpes pasos intentaban recordar que no muchas semanas atrás pude hacer mi mejor marca personal en media maratón, pero todo indicaba que en aquel reciente mes de noviembre era otro corredor; y éste que ahora torpemente casi se arrastraba por los caminos, otro muy distinto, acompañado en todo momento con una clara sensación de más peso y menor movilidad.
Sin embargo, cosa extraña sucedió en el kilómetros 10, faltando tan sólo dos para acabar la ruta. Percibí, que de pronto las piernas comenzaron a elevarse con más osadía y menor esfuerzo y que la sombra que me acompañaba por los caminos ya no parecía que se arrastrara. Fueron dos kilómetros deliciosos, que vaticinaron que todo parecía volver a su cauce, a pesar de las molestias en el abductor mayor de la pierna izquierda, dolencia que se produjo los últimos metros del último rodaje del año recién despedido, que espero que no sea muy importante y no trunque nada como sí ocurrió en estas fechas el año pasado. Prudencia, por tanto, y rodajes suaves en estos días posteriores a los fastos.

18 septiembre 2012

SOBRE CARRERA, LECHAZOS Y OTRAS VELEIDADES

A muchos les habrá parecido exagerado, pero no exagero -al margen de licencias literarias- cuando digo que el lechazo iba aún en mis tripas en la Media Maratón del Melocotón. El lechazo de Aranda de Duero (¿qué comerá Juan Carlos Higuero, siendo de aquel pueblo?), el medallón de solomillo de ternera de  Hondarribia en el restaurante de la propia sede del PNV o la excelente carrillada de ternera del Asador Arriaga, en el casco viejo de Bilbao, por poner tan sólo tres ejemplos. Y es que, como bien comentaba Javi, todo eso es mal combustible para el corredor. Pero es que uno es corredor por afición y no por profesión, y como he escrito en muchas ocasiones eso tiene un montón de ventajas.  
Lo que ocurre es que este tipo de veleidades gastronómicas han de tener su tiempo y como ocurre con el agua y el aceite, mezclarlas con la actividad de correr tienen sus inconvenientes. Y sus riesgos. Que menos que después del pecado gastronómico, le demos al cuerpo días de "desintoxicación" y unas cuantas sesiones de reencuentro. Pero no lo hice.  
Y no lo hice porque no hubo tiempo. Llegar de saborear todos esos platos del norte y calzar las zapas para patear por las calles de Guadix ¿Nula planificación? Sí, sin duda, pero no se le puede pedir más a un simple aficionado al running. 
Como creo que hacemos la mayoría, en la vida ordinaria suelo contenerme mucho en materia gastronómica. Es más, casi soy un ser vegetariano -aunque en absoluto lo soy- cuando ando en la vida diaria. Resulta que la dinámica del día y la necesidad de salir a entrenar día sí, día no, hace que todos nos contengamos con las comidas y las bebidas espirituosas. No por nada, sino porque con ese abigarrado combustible no hay manera de poder hacer una sesión de entrenamiento digna al día siguiente. 
Zarajos de Cuenca.
Al menos, en mi caso. Por tanto, ¿que es lo que hago para sucumbir a estos banquetes gastronómicas? Aprovechar los viajes, porque soy de la opinión que no hay que dejar de probar nada que sea típico de la zona que visitas, ya sean esas tripas asadas que en Cuenca llaman 'zarajos' o el susodicho lechazo de Aranda, pasando por todas las especialidades espirituosas o reposteras. Unas cosas te gustarán más y otras menos, pero hay que probar y dar fe de la cultura gastronómica. Si no se hace así, da la sensación que uno no ha visitado esos lugares.
Otra cosa muy distinta y es tomarle excesiva afición a esa práctica gastronómica en el día a día, porque esa práctica conllevaría con toda seguridad la lapidación como sufrido corredor. 

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