Mostrando entradas con la etiqueta ARTICULOS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ARTICULOS. Mostrar todas las entradas

13 agosto 2021

¡VAMOS A LA PLAYA!


Sí, estar unos días en la playa está muy bien. Tiene su encanto. Sobre todo poder mirar al mar de noche y descubrir su misterio. Pero todo eso lo afea la masificación. La abundante gente con sus ruidos, su suciedad, sus soeces varias, su vulgaridad. No todo el mundo tiene esos atributos, pero sí demasiada y todos a la vez en gran cantidad. Además, existe un esnobismo social de acudir a la playa que se palpa en lugares de interior, como si quisieran decir los esnob que quien no lo consigue aunque sea durmiendo en una pensión de media muerte o hacinado y por la cara en un piso de un pariente, que se convierte en patera en estas fechas, se trata inmediatamente en un apestado social. Luego llegó el boom de la segunda residencia y todo el mundo quiso tener su pisito o apartamento en la playa porque pasar julio y agosto en la ciudad, en el piso en el que resides todo el año no es más que pertenecer a esa clase desclasada de ciudadanos que no ha sabido sacar unos euros aunque sea arruinándose en una nueva hipoteca para poder comprar un trozo de habitáculo que permita escapar de la calina que emite el alquitrán de las ciudades que no disponen de mar. ¡Ay, las apariencias de riqueza y burguesía! Hay que huir como de la peste de estas ciudades, que tan solo son útiles para vivir el resto del año. Lo glamuroso, lo realmente chulo es irte a tu apartamento de la costa y contar tan solo lo bueno de ello (que lo hay, por supuesto) pero no lo negativo, lo desagradable: las enormes colas en tiendas y restaurantes, normalmente concebidos para una población más normalizada y no masificada, la imposibilidad de plantar la sombrilla en primera línea de playa a no ser que reserves el lugar a las siete de la madrugada y, digo yo, si estás de vacaciones para levantarte a las siete de la mañana qué tipo de vacaciones son estas, suponiendo que el fin de uno sea tostarse en la playa, que es el caso (eso sí, me gusta leer en la playa a partir de las ocho de la tarde, cuando esta se suele quedar quieta y exenta de masificación, que no siempre es así ni a esas horas vespertinas. Además, hay otros muchos inconvenientes que pocos nos cuentan como pueda ser, por ejemplo, las fiestas en pisos aledaños al tuyo, que has pagado no ya con los ahorros sino con otra hipoteca, en ocasiones coetánea a la principal del piso en el que resides. Y si no hay fiestas, que las habrá porque para eso estamos de vacaciones (dicen muchos) y cada vez se respeta menos al prójimo, encontrarás que te pisa en el piso de arriba familias muy numerosas y alborotadoras y las que vienen a visitar parientes descarados cargados también con familias inmensas y alboratadoras, por lo que ese adorado apartamento que te compraste con tus esforzados ahorros se convierte en un verdadero suplicio y que ni tan siquiera está en primera línea de playa porque los que están en primera línea de playa se construyeron en los años setenta y los nuevos ya van por la quinta línea y nos ves ni un centímetro de mar. Comprarte un piso en la playa y no ver un centímetro de mar es, quizá, lo más dramático de todo.
Sí, claro que me gusta el mar, nada es tan estimulante para la mirada y la imaginación, pero está ocupada, sí, totalmente ocupada por la zafiedad y el mal gusto. No quedan apenas paraísos porque los han ocupado las hordas.
Al hilo de lo que decía sobre la opinión que se suele tener de los que nos solemos quedar en las ciudades en julio y agosto, esgrimiré en mi defensa, que pocas cosas más agradables de ver que una ciudad totalmente vacía, sobre todo en la mayoría de los días de agosto. Una ciudad para ti en la que las terrazas de los bares no invaden ni hacen ruido porque, en muchos casos, son inexistentes, donde no hay apenas ruido de niños chillones ni de gente vulgar que da voces o ensucia, donde no hay ruido apenas de vehículos porque, sencillamente,  casi son inexistentes. Sí, podría decir que es el aspecto que más me gusta de la playa, que se pueble de gente para que los pringados, esos que no acuden a la playa por decisión propia casi siempre puedan disfrutar de la ciudad como no es posible hacerlo el resto del año. 



29 julio 2021

MATADEROS DE CRISTAL



                                                  Por José Antonio Flores Vera


Hasta hace bien poco no solían programar en televisión imágenes de animales agónicos en mataderos y granjas industriales. Era, y sigue siendo en gran parte, un mundo cerrado en el que las prácticas abusivas y terribles a animales, que luego serán comida para las personas, son muy frecuentes, sino inherentes a la actividad. En la intimidad y nocturnidad (literalmente) más absoluta se perpetran horribles atrocidades propias de un campo de concentración a aves, cerdos, terneras, becerros, bueyes, toros (cuando no sirven para la lidia), conejos, corderos, chotos…la lista es tan amplia que da verdadera congoja, tan solo enumerando a los mamíferos vertebrados porque hay un sinfín de prácticas similares o más perniciosas a otras especies (por ejemplo a las cigalas y otro tipo de crustáceos se sumergen vivos en agua hirviendo o son asados aún con vida en planchas y barbacoas para poder ser servidos como alimento ante la vista de los comensales en muchos casos). Millones de estos animales y otros (porque hay culturas que también sacrifican otras especies que no suelen sacrificar otras, como el caso de los perros y gatos en algunos países orientales, práctica que ya va cesando) son sacrificados cada día en todo el mundo. Pero no se trata tan solo de que sean sacrificados, sino que son maltratados desde que nacen, en su inmensa mayoría, humillados, haciéndolos entrar por su propio pie en el matadero (es tan cínica la legislación, que si no entran por su propio pie en el matadero no son válidos para consumo humano), y lo hacen a empujones, sino agredidos, punzados, apaleados, para después, en muchos casos, ser encerrados en mínimas jaulas o chiqueras donde enferman muchos de ellos de estrés o de ansiedad, de miedo en definitiva, como la imagen que pude ver en televisión hace muy poco de un cerdo que casi desfallecía de ansiedad y de miedo dentro de una ínfima jaula e intentaba llamar la atención con una de sus patas al cámara que lo grababa. Todo eso lo sabemos porque algunos empleados con alma lo han confesado y porque muchos investigadores lo han podido grabar de manera furtiva con sus cámaras. Admiro mucho a esos investigadores porque se trata de gente adscrita a movimientos animalistas, gente que dedica parte de su vida a la defensa de los derechos de los animales y tragan sus nauseas, su rabia, su compasión y sus lágrimas para que el mundo pueda ver lo que ocurre tras esos gruesos y tristes muros. Gracias a esa labor mucha gente está abriendo los ojos y habrá gente, por supuesto, que no los abrirá jamás porque la humanidad es muy diversa en cuanto a sentimientos y pensamientos. Hay gente que piensa que estos animales nacen para nuestro consumo, pero no es cierto en absoluto. 

Ha dicho el escritor sudafricano John Maxwell Coetzze, premio Nobel de Literatura en 2003 lo siguiente:  «Si hubiera un matadero de cristal en medio de la ciudad, un matadero al que la gente pudiera acercarse a escuchar a los animales chillar, a ver cómo son masacrados sin piedad, quizá cambiarían de idea» (Conferencia del 30 de junio de 2016 en el Centro de Arte Reina Sofía, de Madrid). Es una frase tremenda y sobrecogedora que ha repetido en sus conferencias por medio mundo; una frase que no muestra barroquismo alguno y nos da a entender que determinadas ramas industriales (la cárnica en este caso, pero tal vez más de las que pensamos) no mostrarán jamás qué ocurre puertas adentro porque en ese anonimato, en esa opacidad se encuentra la razón de ser de su negocio, a pesar de que existen inspecciones, rutinarias las más de las veces. 

Lo que dice el escritor Nobel es algo que todo el mundo supone pero que le cuesta ver porque la imaginación o el pensamiento jamás tendrán la acción testimonial de la visión y como eso es conocido por quienes llevan a cabo esas prácticas, bien porque es su trabajo o bien porque es su negocio, la manera más directa de evitar que el mundo conozca nada de lo que ocurre es dejar que sigan imaginando sin llegar a ver. Sin embargo, como decía al principio, las cámaras de televisión y la irrupción de las redes sociales (que algo positivo han de tener) cada vez penetran con  más facilidad en estos lugares y denuncian con imágenes lo que no basta denunciar con palabras. Y eso está generando cambios legislativos en muchos países (sobre todo los más avanzados), así como la forma de alimentarnos, sobre todo las generaciones más jóvenes, porque no está justificado ni es moral ni ético, muchos menos compasivo, que la gente no conozca, en realidad, qué ocurre cuando un filete llega a su mesa. 

Y, por supuesto, aquí no estamos hablando del efecto invernadero que provoca la ganadería industrial intensiva, ni de sus perversos efectos para el medio ambiente, ni de su escasa sostenibilidad, nada de eso, porque eso habría que dejarlo para los especialistas, sino de algo tan elemental y común como es la humanidad y la compasión hacia otros seres vivos que por el mero hecho de que no hablen o no piensen (o al menos eso creemos) no merecen el castigo que se les infligen para poder servir de consumo humano, pudiendo (como podemos) comer otros alimentos más éticos y sostenibles como la ciencia nutricional más avanzada o la ONU o la FAO no cesan de aconsejar.



02 junio 2021

UNA SOCIEDAD CADA VEZ MÁS HEDONISTA

 Cuando el virus se cebaba con todo el planeta o eso nos dijeron, llegué a considerar en serio que la humanidad iba a dar un importante vuelco hacia la sensatez, pero me asomo a mi terraza y veo la del bar de enfrente y concluyo que no, que nada ha servido para que el humano hiciera autocrítica. Veo a hordas de gente vociferante ansiosos de consumir, pugnando por encontrar una mesa y sentarse en mitad de la vulgar acera intentando imaginar paraísos que solo tiene en su imaginación. No hay más.


sería injusto si considerara que lo que veo desde mi terraza es el resumen del comportamiento de la humanidad. No en absoluto, porque de ser así estaríamos más que perdidos, aunque es un ejemplo bastante representativo, que se extiende a lo largo y ancho de cualquier punto geográfico, confirmándose que el hedonismo mal entendido ha cogido las riendas de la existencia de muchas personas. Por el contrario, hay gente muy decente que ha sabido tomar nota de la situación del planeta; que ha comprendido que el planeta, como órgano vivo necesita lo que le dimos en los primeros meses del confinamiento. La mala noticia es que esa clase de gente es poca en comparación con la que ha decidido hacer de este mundo una especie de uso tangible, sin importarles el medio ambiente, los animales o, sencillamente, el respeto a los demás.

Los vociferantes de la terraza de enfrente se complementan con los gritos de sus hijos a los cuales les han colocado unos parques infantiles la mar de cómodos junto a la terraza del bar. Y aquí habría que considerar también la ineficacia municipal, el no saber considerar que existen otras personas ajenas con derecho, sencillamente, al descanso o, simplemente, a no estar contaminado de ruído. Ayuntamientos que facilitan el caos.

Y es que la sociedad está a una letra de denominarse suciedad. Una suciedad que creamos los humanos por pensar que somos lo únicos dueños de la creación. Pero para crear hay que tener valores y reflexionar. No es posible ser responsable de nada sin valores y sin reflexión. Ese es uno de nuestros principales déficits. 

Creer que el ser humano, por serlo ya es garante del orden y la preservación del planeta es el principal error (inducido, en mi opinión) que históricamente ha cometido la humanidad. Tras la pandemia o aún saliendo de ella, yo ya tengo claro que la humanidad ha dado un paso atrás, se ha vuelto aún más egoísta e inconsistente, ha interpretado que es posible que el futuro no exista y ha decidido arrojar a la alcantarilla lo poco que vislumbra de él. Lo creo firmemente por lo que observo a mi alrededor. Cada vez interesa menos la reflexión, la lectura, el arte, el silencio o sencillamente una vida consecuente con lo que nos rodea, principalmente, el medio ambiente y los animales. Sí, lo creo firmemente porque lo veo cada día. Pocas personas escapan a ese aciago futuro.



30 mayo 2021

AGOTAMIENTO (DIARIO IDEAL, 30/5/2021)


Hay agotamiento. Los ciudadanos dan muestras de agotamiento en su comportamiento. También las Administraciones Públicas ofrecen lecturas nada disimuladas de agotamiento y se arrojan los trastos a la cabeza las unas a las otras. Las Comunidades Autónomas recriminan al Gobierno central que haya eliminado el toque de queda, dejándolas inermes; y los municipios critican a las Comunidades Autónomas por los cierres perimetrales, que consideran caprichosos. Todo el mundo ya está agotado y la poca luz que se ve al final del túnel provoca que el agotamiento se convierta en ansiedad.
Lo ves en las calles, en las terrazas, en las playas; lo deduces de los discursos de los políticos cuando un día afirman lo contrario de lo que afirmaron el anterior. Todo el mundo está agotado.
Y con ese agotamiento en el cuerpo y en el alma la gente se agarra a lo que puede, ya sea la vacunación o el alcohol. Porque los políticos están preocupados por el excesivo consumo de alcohol que beben los jóvenes, que beben y beben como si no hubiera un mañana. Porque eso es también síntoma de agotamiento. Y de desesperanza. No es nada nuevo, ya se decía en la antigua Roma.
Desesperanza en el futuro, que ya era oscuro antes del virus. Y eso también forma parte del agotamiento. Y si una sociedad da muestras de agotamiento no dispondrá de energía suficiente para afrontar el futuro.
Aunque es posible que el futuro, tal y como lo concebimos, ya no sea más que un producto de la imaginación. Eso ya lo advirtió Henry David Thoreau en su obra Walden al decir que «cuando un hombre reduzca un hecho de la imaginación a un hecho de su entendimiento, preveo que todos los hombres establecerán su vida sobre esa base».
Y es que la clave está en entender cómo saldrá de todo esto la sociedad, es decir, en qué situación quedará el mundo tras una pandemia universal; la primera pandemia universal moderna. Entender si seremos mejores seres humanos o, por el contrario, agotados y desesperados, mucho peores.
Cuando en los primeros compases del confinamiento se alzaron voces sobre lo necesario que era que el mundo se detuviera por un tiempo, mucha gente comenzó a albergar esperanza. No eran voces mesiánicas, sino contrastadas. De gente con discursos serios, con empleos serios, con libros escritos serios, con estudios serios. Gente solvente. Asimismo, los amigos del medio ambiente y de los animales se felicitaban por la vitalidad que estaba adquiriendo el planeta. Incluso las grandes agencias espaciales publicaron fotos con las pruebas de esa vitalidad de la tierra, que parecía sonreírnos desde esas fotos y decirnos: «seguid así, chicos, lo estáis haciendo bien». Animales salvajes se acercaban a los núcleos urbanos y a las costas, y especies que se presumían no existían comenzaron a pasear cerca de los humanos. Fue entonces cuando rebrotó la esperanza. Pero la esperanza no es más que un producto de la imaginación y no del entendimiento. De ahí que durara tan poco.
Porque el sistema no puede detenerse, dijeron los más interesados en que el sistema no se detuviera. No es el mejor sistema, pero es nuestro sistema, justificaron. Y la vorágine de los días, y el confinamiento que no terminaba y las restricciones que aumentaron y las mascarillas que afloraron y la desesperanza en general hicieron el resto.
Creo y creemos muchos que se perdió una gran oportunidad al no saber convertir la imaginación en entendimiento. 
El medio ambiente se ha vuelto más gris y los animales salvajes ya no pasean entre nosotros. 



22 marzo 2021

EL FRÍO GRIS DE LAS BALDOSAS (ARTÍCULO PUBLICADO EN EL DIARIO IDEAL DE GRANADA EL 22/3/2021)

El frío gris de las baldosas, es un artículo de reflexión de vocación poética publicado en el diario Ideal de Granada el 22 de marzo de 2021. Espero que te parezca interesante. 






22 diciembre 2020

EL HÉROE DE LA NAVIDAD: UNA REFLEXIÓN AMENA SOBRE LA NAVIDAD DE LA PANDEMIA

EL HÉROE DE LA NAVIDAD 


Uno tiene sus filias cinematográficas, a veces de vocación inconfesable, pero en esta ocasión he de confesarlo porque es el momento: me gusta el cine de género navideño; no es sinónimo de que me guste la Navidad o, al menos la que hemos montado entre todos a base de chequera (sería más contemporáneo decir tarjeta) y consumismo. 

Llevo tiempo sospechando que me gusta este tipo de cine porque, quizá, encuentre en él otro tipo de Navidad, en el que el verdadero héroe (quítenle al cine de Hollywood el héroe y se queda en nada) no es el triunfador de Wall Strett ni el chico guapo y deportista del instituto, sino el que reivindica el espíritu navideño y lo va contagiando a los demás, a pesar de las dificultades, de la poca predisposición de los demás, del cenizo que no hace más que susurrarte al oído que para qué tanto esfuerzo, si al final todo va a salir mal; pese a la incomprensión de todo el universo. Sí, ese es el verdadero héroe de este tipo de cine, aseveración que confirmaría el mismísimo Christopher Vogler. Y es que hasta ahora lo hemos tenido fácil: llegaba la víspera de la Navidad, luego esta, y bastaba con salir a ver las luces de la ciudad, comprar, comer en un restaurante, adquirir un par de regalos para los más queridos, consumir en definitiva, y ya está. Claro, nadie se esperaba que un virus que comenzó a dar topetazos allá por marzo haya decidido quedarse el resto del año. No, nadie lo esperaba. Y como lo que no se espera está exento de planificación, nada hemos planificado. Por tanto, no queda otra que convertirnos en héroes, tanto quienes consumismo como quienes proveen para que lo hagamos. Todos tenemos que ser héroes. Como en esas películas navideñas, donde el protagonista, de la nada, sin planificarlo, sin pensar en ello ni tan siquiera, decide emprender un viaje (o las circunstancias hacen que lo emprenda) y le da un giro copernicano a su vida, dejando atrás todo aquello de lo que le parecía imposible prescindir: un buen trabajo, un sueldo con muchos ceros, un gran apartamento, un gran coche, varios viajes exóticos al año, una vida social rica de fiesta en fiesta… para acabar sus días de nuevo en la casa de sus padres, en aquel recóndito pueblecillo casi siempre nevado de donde salió por piernas porque aquello no era vida ni futuro para una persona tan joven y con hambre de mundo.

Pero vuelve al lugar que un día abandonó, precisamente, porque las circunstancias han cambiado o ha cambiado él y lo que le parecía cutre y poca cosa, ahora se convierte en lo más importante de todo; y lo que le parecía muy importante y sofisticado, ahora se convierte en algo liliputiense y exento de interés. Porque quizá sea tiempo de introspección, de disfrutar de un buen paseo al aire libre, de alejarse de grandes multitudes, de no hacer cola en la paquetería; tiempo de volver a lo ancestral, a aquella época en la que bastaba con un polvorón y una copa de anís junto a una chimenea cuyo rumor crepitante de los maderos quemados era la mejor canción. Tal vez, un momento para resetear, y como aquel héroe de la Navidad regresar de nuevo a aquello de lo que huimos, sin sospechar que huíamos de nosotros mismos.  



08 noviembre 2020

ARTÍCULO PUBLICADO EN DIARIO IDEAL DE GRANADA: NADA NOS PERTENECE (6/11/2020)

NADA NOS PERTENECE


                                                                                                        Por José Antonio Flores Vera



En momentos como los que ahora vivimos, las cosas más cotidianas y espontáneas se convierten en raras y complicadas. Comprar una barra de pan, comprar un diario o tomarse una cerveza en un bar, actos simples que ya formaban parte de nuestra idiosincrasia, casi de nuestros genes, son ahora asuntos más complicados. Acostumbrados como estábamos a creer que éramos dueños de nuestro destino o, al menos, de esos pequeños gestos cotidianos inherentes a nuestra libertad personal, no habíamos caído en la cuenta de que nada de eso nos pertenece, que todo es una especie de otorgamiento graciable de uso y disfrute y que nosotros no somos más que los usufructuarios con un derecho a goce, pero nada más. Un derecho a goce que puede ser arrebatado en el momento en el que el verdadero propietario disponga de la propiedad o bien ésta sea destruida o, sencillamente, desaparezca.

Todo de lo que no se es propietario nos puede ser arrebatado, pero incluso de lo que se es propietario. Tan solo variará la intensidad o las circunstancias. Es entonces cuando comprendemos que, en realidad, vivimos en una burbuja siempre presta a estallar, que todo pende de un hilo. Son necesarios tiempos difíciles para poder comprenderlo, porque se necesita la perspectiva suficiente. Y no ignorar que las burbujas siempre acaban estallando, esa es su verdadera vocación.

Por ejemplo, escuchaba decir a alguien hace unos días que no era posible que nos usurparan la Navidad. Me sorprendió escuchar eso porque tamaña aseveración solo puede llevar a equívocos. Podría interpretarse como que no era posible que nos prohibieran consumir y celebrar comidas navideñas, que es lo que entiende la mayoría por Navidad, pero eso no es más que una entelequia. Nada de eso es, en sí, un derecho propio, ni mucho menos personal. Nada es permanente ni estable. Y la prueba está en lo que está ocurriendo en el mundo desde marzo. Lo que habíamos entendido hasta el momento como derechos propios o personales no son más que ficciones, simulaciones de una supuesta realidad, que es posible que no exista más que en nuestra imaginación. Poder acudir a un concierto, a un restaurante, a un evento deportivo, celebrar la Navidad, la Semana Santa, poder viajar, pasar un día de playa o, sencillamente, poder pasear sin estar pendientes de límites municipales u otras limitaciones legales, no es más estable que un castillo de naipes, cosas que hacemos habitualmente porque unas reglas lo han permitido, pero que queda supeditado a otras más severas y trascendentes, que es lo que tiene vivir en sociedad. 

Porque es posible que de todo lo sorprendente y novedoso que nos está ofreciendo esta pandemia la revelación de que nada nos pertenece, en realidad, sea lo más inquietante. 


25 agosto 2020

LOS ANIMALES, ASIGNATURA PENDIENTE (DIARIO IDEAL, 24 DE AGOSTO DE 2020)

 



No queda otro consuelo que considerar al perro vagabundo Timple como una especie de mártir que expíe la culpa de esta sociedad que abomina hasta de sus animales más cercanos. No creo que sea necesario recordar aquí cómo ha sido asesinado en Lanzarote este animal, que no es más que un triste titular anticipatorio de lo que ocurre con frecuencia en nuestro país con otros seres de su especie o de especies distintas, porque si vamos a hablar de derechos de los animales no podemos –ni debemos– excluir a ninguno, doméstico o salvaje. Y para hablar de derechos debemos de hablar de leyes, las cuales van entrando en el Código Penal español a través de un embudo estrechísimo, hasta el punto, las más de las veces, que se interrumpe el débil goteo y eso permite que dos individuos no solo hayan sacrificado sin motivo a este inocente animal, sino que lo hayan hecho, además, con premeditación, alevosía y usando una saña pocas veces vista, con grabación de imágenes incluida. Un martirio intolerable que tan solo podría servir para lo que decía más arriba: considerar a este perro vagabundo como una especie de mártir que al fin provoque un severo repaso legal de índole penal y un verdadero rechazo de la sociedad en general a este tipo de actos e individuos, que bien podríamos llamar monstruos sin temor a equivocarnos. El Código Penal español introduce el tipo penal en cuanto al maltrato de animales domésticos y amansados en el artículo 337, estableciendo un tipo básico y un tipo agravado. En mi opinión, la pena para ambos tipos, sobre todo para el agravado, es insuficiente. El agravado (artículo 337.3) prevé una pena de seis a dieciocho meses de prisión e inhabilitación especial de dos a cuatro años, pero hay que considerar que con esos periodos de pena tan mínimos, difícilmente, un maltratador va a ingresar en prisión, a no ser que se trate de un delincuente reincidente. Cuando se trata de maltrato a otros seres más débiles el legislador no puede ir tan atrás con respecto a lo que ocurre en la sociedad.

No puedo afirmar que, comparativamente, España sea un país especialmente violento con sus animales, pero sí que es uno de los pocos que disfruta torturándolos ya sea en una plaza redonda o en esas fiestas dantescas y medievales aderezadas con buenas dosis de ignorancia y de alcohol.  También puedo afirmar que, en general, y no solo en España, nos comportamos de manera violenta con las demás especies, siempre más indefensas y vulnerables. Y lo hacemos desde el plato. No recuerdo si fue Ghandi quien dijo que la violencia contra los animales comenzaba en el tenedor, porque también es violencia legalizada y consentida todo ese crimen diario sordo e invisible infligida a los millones de seres vivos que pasan por los mataderos industriales para calmar nuestros apetitos, que no es más que un eufemismo. Creo que fue el Nobel de Literatura Coetzee quien aludía a la necesidad de mataderos de cristal, que haría visible los horrores que dentro ocurren para comprender por qué algo troceado que se vende en los supermercados y carnicerías no es más que la parte de un todo que un día tuvo vida y si hay vida hay felicidad, tristeza y miedo.

Desde hace miles de años el ser humano decidió que el animal no estaba ahí para otra cosa que para ser utilizado en cualquiera de las manifestaciones que le fuera posible aprovechar. Lo ha utilizado para trabajar, para vestirse, para divertirse, para comer, para desplazarse...Sin embargo, pocas veces le atribuyó un rol distinto a ésos. Apenas ha cambiado nada desde entonces; es más, en ciertos sectores la violencia se ha incrementado. Consiguió, en parte, cambiar esos roles el perro, pero aún en nuestros días este fiel animal sigue siendo utilizado para todos esos quehaceres que enumero, sin excluirse el de alimentar, algo común en algunos países asiáticos, si bien esa cercanía no ha evitado que el resto de los animales sigan adscritos a esos roles nada agradables que se le asignaron, porque el ser humano suele tener mucha capacidad para dejar de ver lo que es evidente. Y la evidencia actual no es otra que la humanidad aún sigue ejerciendo la violencia contra los animales, algo mitigada por las leyes y actitudes individuales personales de, todavía, pocas personas que han podido ver la realidad que está más allá de la presencia del animal entre nosotros.

Soy de la opinión que una sociedad evoluciona en la medida que va dejando atrás fórmulas anacrónicas y tradiciones arcaicas y violentas, y sobre todo protegiendo a sus seres más débiles, más susceptibles de ser aniquilados por el propio hombre, pero siempre será un fracaso de la sociedad que asesinatos como el que ha sufrido Timple sigan ocurriendo. Una sociedad que suele mirar hacia otro lado o sencillamente no mirar ante el sufrimiento del animal, que se autoengaña pensando que su paso por esos campos de concentración modernos que son los mataderos industriales es un tránsito sin sufrimiento ni tortura o que ha nacido para morir en una plaza, o cualquier otro espectáculo público, o para ser herramienta de carga o para utilizar su piel para vestirnos, en definitiva, para aprovechar todo lo que sea posible de él, porque para todo eso ha nacido. Pensar así es negar la vida, negar a un ser vivo, que en absoluto ha nacido para nada de eso. Pensar así –insisto– es un rotundo fracaso de la sociedad. Y este fracaso es de todos, de quienes no quieren mirar y conocer la realidad, y de quienes no quieren educar y legislar.         


23 septiembre 2018

PERCEPCIÓN DEL FRACASO

Con ocasión de una reflexión en mi muro de Facebook de Antoine de Flové sobre el fracaso, consideré que es un asunto que da para un buen puñado de palabras, qué digo puñado, una novela río si hiciera falta, porque ¿qué no ha movido al mundo con más dinamismo que el fracaso? O al menos la percepción de él.
Pero, ¿qué es el fracaso? Me pregunto. De Flové dice que debe ser tu amigo, como la muerte. O sea, si es posible, el amigo con el que te vas de cañas y con el que te ríes de cualquier musaraña que pasa cerca, que es lo que hacen los buenos amigos cuando no tienen nada serio de qué hablar. Dicho así no suena tan terrible, pero puede serlo. No obstante, con el tiempo he llegado a considerar muy seriamente que el fracaso no existe sino la idea o percepción que tengamos de él, porque ¿qué es en realidad fracasar? No, no es fácil definir el concepto. 
Es posible que existan tantos conceptos de fracaso como de personas en el mundo. Para una persona que desee atesorar una fortuna antes de morir, fracasar será no atesorarla sino tener tan solo  lo suficiente para vivir, pero para una persona que desee tener lo suficiente para vivir, el fracaso se le representará como no tener lo suficiente. Más ejemplos: 
Resultado de imagen de FRACASO
Para un maratoniano de élite, fracasar será no correr la final olímpica de la especialidad, mientras que para un corredor aficionado, fracasar será no haber corrido jamás un maratón popular. Podríamos escribir aquí sobre millones de ejemplos, pero no creo que sea necesario. Sin embargo, este tipo de fracaso o percepción del mismo es más del tipo exterior, es decir, de algo que queramos conseguir de puertas afuera. Pero hay otro fracaso interior, el que puede llegar a sentir cualquier persona que considere que no ha hecho con su vida lo que deseaba hacer, sin necesidad de atesorar una fortuna o correr un maratón. Ese tipo de fracaso, al ser más interior, es mucho más difícil de captar, sobre todo porque se vive en el fuero interno, si bien podría proyectarse hacia el exterior fácilmente. Y ahí entra otro elemento fundamental: la percepción que tengamos de las cosas, incluso, la percepción que tengamos del fracaso mismo. Triunfar o no hacerlo en lo que sea que se emprenda puede considerarse fracaso o no, todo depende del nivel de autoexigencia que tengamos y de la idea que tengamos del triunfo en sí. 
Dicho todo esto, lo fundamental es cómo interpretemos esa percepción. Una percepción integral de algo, con toda seguridad, nos llevará a sentirnos fracasados. Me explico. Una persona que desee que su libro, su coche, su forma de ser, su físico o lo que sea, guste a todo el mundo, con toda seguridad se sentirá fracasada o parcialmente fracasada si alguien manifiesta que no le gusta; por contra, alguien que considere que es imposible que sus cosas gusten a todo el mundo, jamás se sentirá fracasada, sencillamente, interpretará como es debido, sin que una opinión o varias le hagan sentir fracasado. Si lo pensamos bien, en esta última frase está la clave de todo: en la percepción de las cosas que puedan considerarse fracaso o no. De hecho, yo no me sentiré fracasado si esta entrada no gusta a todo el mundo, diré, tan solo, que a alguien no le ha gustado. Tampoco consideraré que sea un éxito si le ha gustado a alguien. Ahí debe radicar el equilibro. Creo yo.      

10 abril 2018

¿Y TENIENDO YO MÁS VIDA, TENGO MENOS LIBERTAD?

Resultado de imagen de INDIVIDUO MANIPULADO
¿Y teniendo yo más vida, tengo menos libertad?, se pregunta Segismundo en soliloquio de La vida es sueño de Calderón. Me vino esta frase a la cabeza porque, a pesar de estar escrita en 1636 parece repetirse en nuestras democracias occidentales. Esa 'más vida', debería ser la pauta, el elemento clave de nuestra libertad, pero todo parece conspirar para que tengamos menos libertad. 
La supuesta libertad de nuestras modernas democracias parece serla en esencia y cualquier observador la podría atisbar sin apenas esfuerzo -sobre todo si se tratara de un observador que ha vivido alguna dictadura-, sin embargo es una libertad bastante acartonada, como ese atrezzo invisible en el que vivía Truman en aquella inolvidable película, en la que todo el mundo actuaba, menos él. En esta ocasión, todos podríamos ser ese Truman, ese individuo que cree vivir en una libertad infinita, pero un día comprueba que un foco cae de algún lugar del cielo y que la lluvia no es uniforme.
Cada vez más se aprecia en nuestras vidas el control que se ejerce sobre los ciudadanos. En ocasiones, basándose en la seguridad o bien ejerciendo una presión fiscal brutal e injustificada. O bien, dejando al individuo sin amparo alguno, en una organización social que ya no se basa apenas en el reducto de la familia en el sentido que le dio Roma y otras civilizaciones a través de la denominada gens. Hoy día, el individuo queda solo, apartado en un rincón y el Estado tan solo estará interesado en guardar las formas, las apariencias y, en ocasiones, ni siquiera en eso. 
Desde el modelo, cada vez más en desuso, del Estado de Bienestar europeo hasta las economías liberales practicadas por cada vez más países y que tienen el espejo en Estados Unidos, el individuo ya apenas cuenta. Vivíamos en ese reducto de nuestras sociedades acomodadas, olvidando que tarde o temprano otras personas más desfavorecidas se asomarían al jardín de nuestra casa y, al poco, acabarían aporreando nuestra puerta. Se ha vivido de una manera estanca sin considerar que todo eso ocurriría, de manera que ante la avalancha globalizadora de un mundo superpoblado el individuo ha pasado de ser alguien a ser tan solo un número perdido en el universo y, a veces, ni tan siquiera eso. 
Por su parte, los Estados han seguido yendo a lo suyo, que no es otra cosa que ponerse al servicio de las grandes corporaciones, las verdaderas dueñas de todo, y dando la espalda cada vez más al individuo del que le interesa tan solo sus posibilidades estadísticas, demográficas y fiscales. Pocas veces se ha visto como ahora la soez distinción entre élites y pueblo, entre pueblo y chusma, entre chusma y escoria, todos viviendo bajo un mismo techo en una sociedad cada vez más caótica e insegura, en la que las Redes Sociales e Internet interpretan el mundo a su manera, pareciéndose cada vez menos al real. Un mundo virtual plagado de falsificación, noticias falsas y fakes en el que se fabrican y destruyen líderes con un solo movimiento de un mando a distancia o un ratón de ordenador. Si el avance de la civilización era esto, en algo hemos debido equivocarnos

06 octubre 2017

ESTADO, NACIONALISMO Y “MARCA ESPAÑA”

ESTADO, NACIONALISMO Y “MARCA ESPAÑA”


                                                                                        

Resultado de imagen de MARCA ESPAÑAA actor Dani Rovira le ha caído encima toda la rabia carpetovetónica de este desigual país por decir que “pertenecer a un país donde se celebra la tauromaquia da vergüenza”, opinión que, desde luego, comparto. Ni siquiera ha comentado que le avergüenza ser español, sino uno de los múltiples aspectos de este país, tan lleno de contrastes. No lo sé, probablemente se deba a todo ese sentimiento españolista que se está dando como reacción a la pretendida independencia de Cataluña, pero lo cierto es que se aprecia —sobre todo en las redes sociales y en determinados tertulianos— un ambiente reaccionario, casi como queriendo volver a lo que fue este país antes de los Tercios de Flandes. Es decir, todo lo que suene a antiespañol, sin que necesariamente lo sea, provoca una profunda ira en un determinado sector de la población, que entiende que este tipo de opiniones atentan contra el Estado, confundido la parte con el todo. Sin embargo, no es conveniente confundir una opinión con la afrenta a un sentimiento concreto y mucho menos a una construcción teórica o doctrinal. La definición de lo que significa un estado no es nada fácil, mucho menos lo que significa nacionalismo. Para ejemplo, las dificultades que encuentra la propia Real Academia Española (RAE) cuando intenta concretar el concepto estado. De hecho, hace uso nada menos que de cuatro acepciones. En la quinta establece: “País soberano, reconocido como tal en el orden internacional, asentado en un territorio determinado y dotado de órganos de gobierno propios.” Incluso admite en su octava acepción que: “En ciertos países organizados como federación, cada uno de los territorios autónomos que la componen”.  Y no menos dificultades encuentra cuando intenta enunciar el concepto nacionalismo, a pesar de que para este término tan solo utilice dos acepciones. En la primera concreta que es un “Sentimiento fervoroso de pertenencia a una nación y de identificación con su realidad y con su historia”. Por su parte en la segunda concluye que se trata de una “Ideología de un pueblo que, afirmando su naturaleza de nación, aspira a constituirse como Estado”.  Como vemos, tan solo dos acepciones, pero harto complejas, mucho más si las ponemos en relación con las dadas para el concepto estado. Es decir, que estamos ante asuntos muy complejos, usados con demasiada frivolidad y ligereza en la mayoría de los casos. Una frivolidad y ligereza que conducen a la incomprensión y animadversión hacia comentarios como los del actor malagueño. Porque si hablamos de estado y nacionalismo, nos estamos refiriendo a construcciones teóricas, a contenidos políticos y jurídicos, los cuales están sujetos a crítica y susceptibles de ser opinados. Decir que a uno le avergüenza de su país una u otra cosa no es más que mostrar una opinión legítima, ya se trate de la tauromaquia o de la corrupción, y nada tendrá que ver eso con un sentimiento de querencia hacia el país en el que se nace o se reside, del cual se valorarán otras virtudes y cosas. Y, por supuesto, mucho menos tendrá que ver con sentirse más o menos español. Pero ocurre que existen determinados conceptos que van muy unidos a la, digamos, “Marca España”, y uno de ellos es la tauromaquia, algo que a estas alturas nadie debería de considerar serio. España es un país muy diverso y dinámico, en el que tienen cabida múltiples manifestaciones y sentimientos, sin que sea acertado adscribir nada en concreto a su pretendida “marca”, que no es más que una construcción política (e, incluso, comercial) interesada, en mi opinión. Porque si fuera válida la tauromaquia como “marca” de España, también deberíamos de admitir la corrupción, por poner tan solo un ejemplo. 
            En ese sentido hay un caso que siempre me llama la atención, como es la vinculación entre el flamenco y tauromaquia, que no es más que otra conexión un tanto maltrecha e interesada, hasta que un buen día aparecen flamencos y cantaores jóvenes como el conocido como “El niño de Elche”, que es un enorme cantaor en opinión de los críticos, con premios en su haber, y al mismo tiempo es totalmente contrario a la tauromaquia y al maltrato animal. Por tanto, cuando nos referimos a arquetipos todo debe de estar en entredicho, concepto que, volviendo de nuevo a la RAE, necesita de cinco acepciones, cada cual más compleja y difícil de interpretar.      


26 agosto 2017

IDEAL: DE QUÉ HABLA MURAKAMI CUANDO HABLA DE ESCRIBIR (24/8/2017)

No hay texto alternativo automático disponible.
No hace mucho llegó a las librerías un nuevo libro del escritor japonés Haruki Murakami. Sin embargo, no se trata de una novela, género al que nos tiene acostumbrados este original autor, cuestionado por el establishment literario, sobre todo, de su país. Su título vuelve a ser una frase, algo que es muy común en este escritor. “De qué hablo cuando hablo de escribir”, técnica titulada similar a la usada hace varios años para el libro “De qué hablo cuando hablo de correr”, en el que exponía cómo entendía su relación con el correr, actividad que no la ve tan lejana de la literatura porque, en verdad, son actividades que comparten más rasgos de los que, a priori, pudiera parecer. De hecho, en este último ensayo —una especie de memorias sobre su trayectoria como escritor y el proceso creativo— vuelve a relacionar ambas cosas en diversas ocasiones, hasta el punto de afirmar que necesita sentirse fuerte físicamente para encarar la ardua tarea de enfrentarse a una novela larga, que suele ser el género en el que se encuentra más a gusto nuestro autor. Y por eso, entre otros motivos, corre casi a diario (en eso yo no le podría discutir ni un ápice).
            Debe ser que la madurez del escritor —sumada a la independencia que otorga el éxito de millones de lectores en todo el mundo— provoca en el mismo una especie de virus de sinceridad, pero el caso es que su texto está repleto de afirmaciones crudas relacionadas con la persona y el creador, así como con la literatura, el sector editorial y la crítica, sobre todo en el ámbito de Japón, país donde —según sus propias palabras— no ha sido, en general, bien tratado. Calificado desde casi sus orígenes como escritor demasiado occidentalizado, nunca se vio con buenos ojos en el país del sol naciente que no haya sido demasiado empático con el mundillo literario japonés y sí con el de otros países occidentales.  Sin embargo, según se deduce de este ensayo, todo indica que se debe más al carácter individualista del escritor que a un rechazo sistemático en sí, como él mismo viene a repetir en varias ocasiones, sobre todo en un país como Japón en el que el sentimiento colectivo es mucho más acusado que en los países occidentales, razón por la que Murakami, al parecer, siempre se ha sentido más a gusto en éstos que en su propio país.
            Particularmente interesante es la descripción que hace de su proceso creativo, de la forma en que afronta la escritura de una nueva novela larga y la peculiar forma de crear personajes, para lo cual “extraigo de manera inconsciente fragmentos de información archivada en distintos compartimentos de mi cerebro y después los combino”, denominándole a esas acciones “otoma-kobito, es decir, algo así como “enanitos automáticos”.  De ahí que entienda que el escritor deba ser un observador atento de la realidad que lo rodea, porque es de esa observación de donde podrá sacar el material necesario para contar una historia o varias historias paralelas, como suele ser habitual en este escritor. No sabemos si es falsa humildad —pienso que no— o, tal vez, el desapego propio de un escritor consagrado que ya no ha de demostrar nada, pero lo cierto es que se considera un escritor con un mínimo talento inicial que forja una obra a base de perseverancia y soledad, además, de un cierto empecinamiento, que es propio de su carácter, como él mismo reconoce. Es en ese proceso cuando necesita sentirse fuerte físicamente y por lo que necesita una hora de ejercicio diario que, en su caso, suele ser correr, alejándose —reconoce él mismo también— de la imagen que se tiene en el subconsciente colectivo del escritor maldito, acodado en un antro de perdición, rodeado de humo y alcohol, que necesita trasnochar cada noche para poder escribir. Su caso, es todo lo contrario: él necesita acostarse pronto y madrugar para poder hacerlo.

            En otro capítulo, como si de un ajuste de cuentas con el mundo editorial y de la crítica de su país se tratara, Haruki Murakami nos revela su salida editorial al extranjero, sobre todo a Estados Unidos y Europa, lugares en los que, quizá, exentos de esa crítica fratricida llevada a cabo en su propio país, el autor es tratado con bastante más magnanimidad por parte de la crítica, a pesar de las dificultades de abrirse camino como escritor japonés en occidente; un escritor entre dos mundos muy distintos en cuanto a la concepción de la literatura. En todo caso, Murakami ha contado con el don preciado que anhela todo escritor: la fidelidad de sus lectores, ese muro infranqueable que ni el sector editorial ni el propio establishment podrán superar con independencia de épocas y lugares.      

                                                                                                           
                                                                                                   Por José Antonio Flores Vera 

23 junio 2017

IDEAL: SI HUELE MAL, PODRÍA ESTAR PODRIDO (21/6/2017)

SI  HUELE MAL, PODRÍA ESTAR PODRIDO

Por José Antonio Flores Vera

Hay quien afirma sin tapujos que el fútbol está podrido, en dura pugna con la podredumbre de la alta política. Y a pesar de ser algo que ya se intuía, dada la propia mecánica interna de los contratos millonarios y los personajes que entran en escena, poco o nada se podía aseverar que no fuera la mera sospecha o apreciación externa, dados los fastos que lo rodean. En ese sentido, las últimas actuaciones de la Agencia Tributaria y la Fiscalía, así como las diversas resoluciones de condena llevadas a cabo por algunos órganos judiciales, demuestran que eso que olía mal procedía de fuentes ciertas. La investigación seguida en este viaje corrupto está siendo muy similar al que se lleva a cabo en las tramas políticas y empresariales, que no es otra que la averiguación de pistas y movimientos económicos en paraísos fiscales, que seguimos preguntándonos por qué existen, cuando los grandes convenios internacionales suscritos por los países han sido capaces de erradicar aspectos complejos en materia de derecho penal económico cuando ha sido conveniente. Su desaparición pactada podría ser la solución a todos esos galimatías económicos y fiscales delictivos que traen de cabeza a un buen número de jueces de medio mundo.
            Por lo pronto, y mientras no se decida su eliminación, siguen siendo el refugio de las grandes fortunas corruptas del planeta, lugar de parada obligatoria de toda esa ingente cantidad de dinero de procedencia cierta o incierta que no es fácil ocultar bajo loseta alguna. Y, como no podía ser menos, a ese refugio económico se han arrimado las grandes fortunas de los ídolos futbolísticos que juegan en el fútbol patrio, porque no debemos olvidar que España sigue siendo un buen sitio para tejemanejes de este tipo, basta con emular los movimientos de políticos y empresarios con acreditada experiencia en este juego. Es más, es posible que hasta intercambien sus mismos agentes económicos, por llamarlos de una manera aséptica.

            Dicho esto, ¿está resultando sorpresivo que los jugadores más mediáticos de la liga española hayan sido condenados o estén a punto de serlo, así como algunos de sus dirigentes? En un plano intuitivo no debe serlo. Como decía, es algo que ya se barruntaba por muy lego que se esté en estas cosas. Quizá la sorpresa haya sido que los órganos judiciales y tributarios hayan decidido dar ese paso, en un país en el que el fútbol es alimento del pueblo y te la puedes ver con esa masa amorfa y enfervorecida que se indigna ante la persecución judicial de sus millonarios ídolos, pero no ante el estado general de corrupción que los alimenta y ampara. Y, claro, aquí ya entra en juego —lo sé, es una redundancia— una cuestión política de gran magnitud y expansivo calado, sobre todo cuando se trata de órganos administrativos que dependen directamente del gobierno, como es el caso de la Agencia Tributaria, que tan poco precisa estuvo con las cuentas de la hermana del Rey. Porque se plantea un serio dilema: si se fiscalizan y controlan las cuentas del fútbol y todo ese flujo de capital conocido o no, que acaba en las Islas Vírgenes u otros paraísos “terrenales”, podría llevar al efecto directo que la mejor liga del mundo —según los expertos— acabe adelgazando tanto que ya no sea posible reconocerla, tal y como ocurrió con la liga italiana en aquellos años de crisis, escándalos y fraudes. Y si eso llegara a ocurrir, el poder político deberá de estar preparado para reconducir toda esa furia masiva que, sin duda, se manifestará. Lo fácil siempre es dejar las cosas como están hasta que las tapas de las alcantarillas sean empujadas con fuerza por el lodo acumulado bajo ellas, algo que es propio de países más oscuros y, por supuesto, no asentados en una democracia real. Así que abierto ya el tarro de las esencias futboleras —de la misma manera que se ha abierto en parte el de la corrupción política—, no debería extrañarnos que el fútbol español de élite nos arroje en los próximos años más casos de corrupción de enorme trascendencia mediática. Así debe ser, sin lugar a duda. No solo para mayor credibilidad del país y sus instituciones sino por el propio bien del fútbol, deporte que surgió de materiales nobles y que en la actualidad está en entredicho por mor de las grandes y descontroladas sumas que se mueven en torno a él.          

02 mayo 2017

IDEAL: EL LORO DE SCARPONI (2/5/2017)

EL LORO DE SCARPONI

Por José Antonio Flores Vera

              Uno agitaba sus hermosas y coloridas alas al viento y el otro volaba a lomos de una sofisticada bicicleta. Ambos eran amigos y entrenaban cada día por los alrededores de Ancona, su desconocido pueblo italiano. Y ahora un loro solitario dicen que espera y espera, sin que pueda comprender qué ha ocurrido para que ya no pueda volver a desafiar al viento junto a su amigo humano. Ha muerto otro ciclista. Otro más. Y con su muerte también fenece de alguna manera su compañero de entrenamiento, un loro que parecía ir marcando el ritmo de su compañero, como si de un dron de plumas se tratara, aunque en esa fatídica mañana poco pudo hacer por él. El ciclista se llamaba Michele  Scarponi y el loro se llamaba Frankie.
 
            No significaré aquí que Michele Scarponi era un campeón, ya que eso importa poco cuando la parca nos toca y nos iguala. Lo que sí significaré es que es demasiada la gente que muere montada en bicicleta y algo habrá que hacer. Esta tragedia que está demasiado presente en el día a día de los ciclistas -profesionales o no- no debería pertenecer a este mundo, supuestamente, civilizado. Demasiadas muertes, demasiadas imprudencias. Ocurre que la sociedad y la tecnología avanzan a distinta velocidad. Cada vez hay menos espacio —a pesar de que cada vez parecer haber más— para quien desea alejarse de los ruidosos y contaminantes motores y pasear o entrenar al ritmo redondo del pedaleo con el solo motor de sus pulmones y su corazón. La vía pública parece haberse hecho en exclusiva para esos artilugios mecánicos de todo tipo, que manejados por ciertos individuos se convierten en verdaderas armas letales. No discutiré aquí que existan ciclistas desaprensivos —pocos, he de decir—, pero sí, porque lo observo cada día, individuos que respetan demasiado poco esa línea divisoria y fronteriza que hay que dibujar cuando adelantamos a un ciclista, que es tan vulnerable como vulnerable es el cuerpo humano. Porque hay quienes sentados cómodamente en su sofisticado vehículo ven el exterior como un juego, sin que parezca que lleguen a apreciar que todo lo que hay a su alrededor (personas, animales, cosas) es vulnerable a su paso, sobre todo cuando se va a una velocidad inadecuada, que son las más de las veces. Lo veo cada día en las carreteras, cada fin de semana cuando voy en coche; igual que lo observo cuando voy en bici o corriendo. Observo que hay demasiado poco respeto por la vida de los demás. Es más, cuando en la carretera un domingo cualquier —que es el día en el que suele haber más acumulación de ciclistas— veo que muchos automovilistas, camioneros, conductores de autobús y demás conductores con vehículos a motor, cuando veo, decía, que pierden la paciencia cuando circulan detrás de un grupo de ciclistas y adelantan sin guardar la distancia mínima, siento ganas de convertirme en un Guardia Civil de Tráfico vengativo y sin escrúpulos y comenzar a incautar vehículos sin ton ni son. Por eso, cuando leo cada poco que un nuevo ciclista ha muerto me arrepiento de no haberme convertido en ese agente de la autoridad que deseo ser en esas ocasiones.
            Lo he dicho en muchas ocasiones —e incluso lo he escrito en este medio—, una de las mayores asignaturas pendientes que tienen los gobiernos de todo pelaje es una legislación mucho más rigurosa que la actual relacionada con la circulación de vehículos a motor. En el caso de Scarponi, se trató de una inadvertencia de una señal de tráfico por parte del conductor del vehículo mortal, pero muchos son los casos en los que la causa son la ingesta de alcohol o de drogas; de hecho, suelen ocurren muchos de ellos los domingos por la mañana que es cuando el deportista suele encontrarse con el anónimo autor de su fatídica muerte, que exprime su motor en retirada tras una noche excesiva. Por tanto, falla la norma y falla el control de la misma. Lo único que no falla y va en aumento es la muerte en la carretera de cada vez más ciclistas, esa perpetúa película de Juan Antonio Bardem cuyo título no deja de repetirse.      


       

24 abril 2017

ARTÍCULO IDEAL: 'EL NESTING' 23/4/2017

Las nuevas tendencias, las más de las veces, no son más que refritos de algo que siempre ha existido. Por ejemplo, el ‘nesting’, tendencia a la que se refería el otro día la versión digital de este periódico consistente en las virtudes que supone para la mente y el cuerpo quedarse en casa el fin de semana. Muchos ya lo sabíamos, pero no está nada mal que lo sepan también todos aquellos que ven en el fin de semana la excusa perfecta para huir del hogar, algo que es también loable si lo que se va a encontrar fuera de él es mejor y más placentero, pero no tanto si resulta al contrario. Ocurre que la mayoría de nuestras actividades que nos ofrecen paz interior y cultivan el espíritu y la mente se producen dentro del hogar. Por ejemplo, la lectura o ver una película clásica. Nada como las cuatro paredes del hogar propio y el rincón preferido para hincar las fauces hambrientas de letras a un libro o volver a emocionarse con ese siempre nos quedará París. Precisamente, leía esta noticia del ‘nesting’ mientras me encontraba en mi biblioteca rememorando los títulos leídos y no leídos, acusándome cada minuto de no haber leído tal o cual libro. Mientras tanto, advertía el contraste que me producía ver a través de la ventana una terraza de un bar repleta de gente, ajena a los placeres del hogar y de nada que tuviera que ver con el recogimiento. Parecían a gusto entre el ruido de los coches y los niños de un parque anexo y me dije que con ellos no iba esa nueva tendencia. Pero, claro, es cuestión de gustos. O de intereses.
            El ocio, las formas de vida de las ciudades modernas, el turismo y los espectáculos y la más que aceptable economía de la gran mayoría —a pesar de que las estadísticas y encuestas digan lo contrario—, las están haciendo casi inhabitables. Se están convirtiendo en parques temáticos con visitas masivas y proliferación de establecimientos hosteleros, lo cual hace casi imposible el disfrute de ellas, sobre todo para sus habitantes. Y es precisamente en los fines de semana y festivos cuando más se da esa masificación, que no suele mirarse con malos ojos por casi nadie, al contrario, es celebrada por políticos y empresarios del sector y hay bastante unanimidad por parte de vecinos en que es positivo que su ciudad esté masificada. La economía, la maldita economía. No obstante, me pregunto —y no quiero ser la voz de la discordia en absoluto—, si no habría que diseñar todo esto de otra manera y adoptar medidas que eviten esa pérdida de calidad de vida de algunas de las ciudades más mediáticas, por mor de esa proliferación de personas buscando emociones turísticas. Sin ir más lejos, hace unos días, también en este periódico, se anunciaba la retirada de mesas y sillas de distintas calles y plazas céntricas granadinas por parte del ayuntamiento ante la proliferación de terrazas de bares y restaurantes (pero no olvidemos los barrios, donde las terrazas también campan a sus anchas). Terrazas que invaden, taponan o roban el espacio público de los viandantes y crean diversos problemas que van más allá del espacio, como son la higiene y el ruido que imposibilita el descanso de los vecinos. Toda esta masificación, casi siempre derivada del boom mediático de algunas ciudades, como es el caso de Granada, necesita de nuevas medidas, toda vez que no es posible una autorregulación de corte ultraliberal. De ahí que movimientos como el “nesting” pudieran ser, si no una solución, sí una buena arma para paliar en parte esa masiva presencia en las calles en fines de semana o fiestas de guardar (o no).             

19 marzo 2017

IDEAL: SU LEAL AMIGO (19/3/2017)

SU LEAL AMIGO

                                                                       Por José Antonio Flores Vera

Resultado de imagen de PERROS Y VAGABUNDOSVoy por la calle y observo en las aceras a mendigos con sus perros.  Siempre he sentido debilidad por quienes no pudiendo apenas hacerse cargo de su vida, lo hacen de la de sus animales. El perro fiel que, aterido de frío, se enrosca en su dueño y duerme plácidamente como si no hubiera mañana. No distingue de la poca dicha y escasa fortuna de quien lo alimenta y sostiene. Y eso me parece hermoso. El perro fiel, puede ser feliz junto a su dueño de igual manera en una fría acera que en la mansión más fastuosa del mundo. No advertiría la diferencia, por lo que hemos de sostener que en ese aspecto nos sacan varios cuerpos de ventaja. No hay egoísmo ni interés material alguno. El mendigo, ahora transformado en rico, cómodamente asentado en su mansión obtendría todos los parabienes inimaginables de sus aduladores, pero estando en la acera tan solo está cerca de él su perro. Son escenas que vemos a diario, a las que estamos acostumbrados a ver, pero eso no significa que sean escenas vulgares, todo lo contrario.    
            Pero también me pregunto por la perspectiva de su dueño. ¿Tendrá en su perro fiel a su único y leal amigo? ¿Se agarrará a esa lealtad sin fisuras ante la negativa visión del mundo que le ha ofrecido el mundo y el hombre? Cabe la posibilidad de que sea así, porque es opinión unánime de quienes siempre han convivido con un perro que éste desconoce la deslealtad, atributo que en absoluto es aplicable al hombre.   

            Porque el sentido de las cosas no se agota en la percepción humana. Cosas abstractas como la amistad, la lealtad o la sinceridad, de alguna manera, también están presentes en la conciencia de muchos animales, sobre todo en la de los más cercanos a nosotros, porque no es justo que la conciencia sea exclusivo patrimonio de las personas, y sería admisible sostener que el animal como ser vivo sintiente está junto a nosotros para algo más que para que hagamos uso de su carne, su piel, ser objeto de nuestra diversión o aprovechar su fuerza para trabajar. Pienso en ello cuando observo a los mendigos y a sus perros. Y pienso también en toda esa distancia que hemos recorrido juntos a lo largo de los siglos para apenas avanzar nada. De ahí que esa imagen que observo en las aceras me parezca casi de otros tiempos; aquellos en los que el hombre y el animal vivían en mejor armonía, a pesar de las mayores dificultades. Tiempos en los que la tierra, el hombre y el animal eran una unidad, juntos en las dificultades y, también, en las escasas alegrías. Que ahora poseamos cuidadas mascotas no significa que hayamos avanzado demasiado en cuanto a una mayor conexión con el animal, tan solo el argumento que demuestra que es la única vía que nos impide desconectar casi por completo del reino animal. De hecho, pensemos en las posibilidades que tiene hoy día un niño de la ciudad -o incluso un adulto- de poder estar cerca de un animal que no sea su mascota, si es que la posee. Es algo que nos debería hacer reflexionar. 

AQUÍ UNO QUE DECIDE ABANDONAR LAS REDES SOCIALES

  Yo siempre he entendido que las redes sociales son Facebook, Twitter e Instagram, por citar las más conocidas y usadas por todo el mundo, ...