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04 septiembre 2014

REFLEXIONES POS 'HUELLA DEL BÚHO'.

Bien mirado, pensar en tan sólo participar en la 'Huella del Búho', el Trail Running de Colomera a través de varias localidades de dos municipios de la comarca de Los Montes Orientales, es un descoco. Principalmente para un corredor que viene del running puro, ese que hace deslizar los pies por asfalto, caminos, calles y todo lo más alguna vereda empedrada. Con cuestas, sí, pero cuestas integradas dentro de las rutas habituales de las ciudades, de los caminos...Unas más duras, otras menos, pero siempre al alcance del corredor, que con tan sólo ir adecuando el ritmo a la pendiente va superando sin problemas.
Pero nos gustan los retos. 
Pero, ¿qué hay detrás del reto? Eso dependerá de cada uno. Me aventuraría a sostener que, a excepción de quien participa en estas pruebas para ganar, para abrirse camino en este deporte, el que entrena más de cinco horas diarias para hacer la mejor marca posible o acceder a otro tipo de pruebas más duras y en las que se exige una marca mínima; a excepción de ésos, decía, los que allí estábamos a las seis de la tarde en Colomera, nos movían otro tipo de pasiones y motivaciones. 
Tal vez, la más común a todos fuera el sentirse haciendo algo distinto. Eres corredor -o senderista- y te gusta la montaña. Disfrutas andando o corriendo por veredas recónditas, lugares salvajes en los que apenas se aprecia un atisbo de civilización. Todo naturaleza. Ese móvil y saberte que eres capaz de aguantar treinta kilómetros es más que suficiente para inscribirte en este prueba que, además, al ser en agosto y acabar -para la mayoría- en noche cerrada, le confiere un plus épico. 
Para otros podrá haber otras motivaciones, otras pasiones. 
Dicho esto, he de decir que mi caso no es exactamente ninguno de los descritos. Y digo exactamente porque algo de esos también ahí, aunque sea en pequeñas dosis. Soy corredor y me gustan las grande distancias. Es más, ya he participado en pruebas largas y duras y sé que estoy entrenado para esas distancias y puedo resistir. Sin embargo, aunque me gusta la montaña, no soy el clásico tipo que pierde las mañanas del domingo andando por rutas de montaña. Es más, ni tan siquiera sentí la necesidad de entrenar por ese terreno cuando ya había tomado la decisión de correr en Colomera. Todo lo más, había planificado entrenamientos entre carriles de olivos, la parte más benigna de la prueba de la 'Huella del Búho', precisamente. 
Luego, ¿qué me movió a correr por estas latitudes? Haciendo abstracción que -como decía en la entrada de la crónica- me unen con Colomera lazos afectivos y que la zona de Los Montes Orientales es por mi conocida al ser fronteriza con mi municipio de nacimiento, que es de Vega (algo del municipio tiene elementos comunes con los de los Montes), lugares por los que, incluso, he entrenado, haciendo abstracción de todo eso, decía, había como una especie de llamada en mi interior. Una parte de mi mente decía que no debía hacerla y otra que sí. La que decía que no, razonaba con sensatez: no es tu terreno, no conoces el trail, no se te ha ocurrido entrenar por ningún monte, no sabes subir, no sabes bajar, no tienes unas zapas adecuadas (ahí se equivocó algo la parte de la mente que decía que no: las Brooks Cascadia cumplieron sobradamente, si bien no son las mas adecuadas del todo). La que decía sí no razonaba tanto. De hecho, no razonaba nada. Más que pensar se dejaba atrapar por el impulso, por la ilusión infundada de hacer la prueba. Sin contemplaciones ni consecuencias futuras.
Y como siempre ocurre, ganó la parte mala, la que decía sí.
Pero hube de darle las gracias al final. No me gusta darle las gracias a los malos, pero en esta ocasión tuve que hacerlo. Porque de no haberme guiado por sus cínicos consejos no habría experimentado la sensación que sigo experimentado a cuatro días ya de terminada la prueba. Es más, le estoy dando tanto la razón a la parte de la mente que decía sí que ya casi he decidido participar el año que viene, ¿Qué locura, no? Obviamente, tendré que escuchar aunque sea tan sólo una vez a la parte buena, la que dice no. 
En otras condiciones, en las pruebas de running en las que me prodigo, estaría dándole vueltas a la más que discreta marca que hice, pensando por qué no tiré más en determinada zona o porque fuí tan conservador en otra, pero no ha sido así en este caso. Es más, cuando ya había agotado todas las expectativas de terminar en el tiempo en que terminé (ahora me sonrío ante mi ingenuidad, al haber calculado los tiempos de manera muy similar a cuando los calculo en, por ejemplo, un maratón), es cuando realmente comencé a disfrutar de verás de la prueba. De cada uno de sus tramos e, incluso, de sus avituallamientos en los que no miraba el reloj mientras ingería y comía. Eso fue más o menos a la altura de Moclín. Me encontré con un animoso grupo de corredores conocedores de esta disciplina, pero con una visión de la misma la mar de positiva y gracias a ellos comprendí que si no vas a ganar, lo ideal es disfrutar lo máximo de este tipo de prueba, de sus paisajes, de sus gentes, de todo lo que la rodea. Además, en honor a la verdad, estaba completamente destrozado: los cuádriceps a punto de estallar, las ampollas de ambos pulgares de los pies pugnando en tamaño con los dedos mismos, el estómago con una movimiento similar a un volcán en inminente erupción...Así que lo inteligente en tales condiciones y sabiendo que estaba en un terreno que no era el mío era disfrutar. Y así lo hice.
Me han preguntado familiares, amigos, conocidos y compañeros de trabajo que qué tal. Se han admirado de la 'locura y valentía' de correr en esta prueba, es más, algunos más cercanos han mostrado preocupación (sobre todo mi pareja cuando me vio aparecer por casa con la cara lívida), pero todo eso me ha ratificado aún más en que hice lo correcto, lo que me ilusionaba hacer, lo que decía la parte de la mente que decía sí.
Porque seamos francos, a este tipo de pruebas no te inscribes por gloria, fama, ni para que te admiren más, claro que no, nada de eso es importante. 
Lo que es importante es saber que tu lado de la mente insensata ha ganado a la sensata y que gracias a eso has conseguido rebelarte contra lo razonable y establecido, aunque tan sólo haya sido durante una calurosa tarde de agosto.     

01 septiembre 2014

III TRAVESÍA 'LA HUELLA DEL BÚHO' -TRAIL RUNNING DE 30 KILÓMETROS- (COLOMERA-TÓZAR-MOCLÍN-OLIVARES-COLOMERA, 30/8/2014)

LOS PROLEGÓMENOS 

Correr este trail con nombre tan prosaico y atractivo (La huella del búho) fue una idea que penetró de manera directa en mi cabeza. Y si eso ocurre, pocas cosas puedo hacer ya. Me ocurrió con la Subida al Veleta y con el primer maratón que corrí, el de Madrid.
Porque así funciono a la hora de inscribirme a una prueba extraordinaria. Meditarlo en exceso podría provocar que la razón se imponga al impulso y acabar por no inscribirme; por tanto, no lo medito demasiado. Todo lo más, miro el perfil de la prueba y la dificultad. Y a partir de ahí, la suerte está echada y tan sólo me impedirá no acudir a la cita algo ajeno a mi voluntad, entre otras cosas, una temida lesión.
Así que no tardé demasiado en inscribirme a esta prueba que tiene su punto de salida y de llegada en Colomera, localidad con la que me unen fuertes lazos afectivos. No encontré referencias en Internet y se las pedí por correo electrónico a la organización. Inmediatamente me contestó uno de sus mentores, Julio.
Julio, en un correo muy amplio me hizo un resumen de la prueba y, sobre todo, de sus dificultades y a partir de ahí comencé a coger referencias, también gracias a las indicaciones que me hizo un compañero de trabajo, senderista y corredor, Luis Alberto. 
Posteriormente comencé a ver vídeos de esta ruta, básicamente de gente que los había grabado en MTB o haciendo el sendero y descubrí que las zonas más duras también eran las más espectaculares y bellas. 
Iba a ser mi primer trail propiamente dicho (Fonelas no es un trail en estado puro) y por eso me dije que aquí lo importante era disfrutar de la prueba y acabarla, nada de planteamientos de marcas ni nada por el estilo. Entre otras cosas porque vengo del running y el trail no es mi especialidad. Mientras hacía el recorrido comprendí que aparte de no ser mi especialidad, se trataba de otro tipo de deporte, emparentado con el running pero distinto. De hecho, muchos de los practicantes del mismo vienen de los deportes de montaña, aunque cada vez más llegan desde el running. 
También sabía que no había elegido el mejor año para correr esta prueba. Sin apenas rodaje -comencé a rodar de manera gradual en Semana Santa- ni competición, ya había dado muestras de debilidad en la prueba que se celebró dos semanas antes, el 17 de agosto, en Fonelas. Además, ni se me ocurrió subir monte alguno para ir practicando. Aún así, la suerte ya estaba echada y de poco servía hacer entrenamientos demasiados específicos. Todo lo más, algún que otro test para calibrar la resistencia a lo largo de 30 kilómetros y muchos abdominales, flexibilidad, Compex y ejercicios isométricos de endurecimiento general. En ese sentido, le dí mucha importancia a los abductores, los cuales se me cargaban muy rápidamente en los entrenamientos largos y en las cuestas. Gracias a ese trabajo de flexibilidad y endurecimiento de esa zona, no tuve ningún problema durante la prueba, aunque sí muchos en ambos cuádriceps, básicamente en el izquierdo.      
Así que con bastante mentalización, pero también con cierta ingenuidad me presenté en línea de salida, el sábado, 30 de agosto a las 18 horas, estando el termómetro en ese momento en torno a los 34 grados de temperatura. 

LA PRUEBA


Debo decir que la prueba me pareció mucho más dura de lo que había presupuesto, aunque en realidad, toda preposición no podía ser más que fallida toda vez que jamás había hecho una prueba de estas características. Lo normal es que me hubiera iniciado con una prueba de no más de 15 kilómetros, pero comencé la casa por el tejado, aunque no me arrepiento de ello, a pesar que mientras escribo estas líneas los cuádriceps se siguen rebelando e intento calmar lo máximo posible con crioterapia. 
Como decía, cuando estaba en plena prueba entendí que el trail podría pasar por considerarse otro deporte distinto al running, una especialidad que deriva de éste pero que tiene sus propios contornos, a pesar de que en esta prueba hubo bastante terreno para correr, si bien, con poca continuidad y sensación de ritmo, si bien mis piernas ya no tenían capacidad para apreciar ese detalle. 

Algunos gramos de locura

En una prueba de trail no viene nada mal que las dificultades principales se encuentren en los primeros diez kilómetros. En 'La Huella del Búho', la cota más alta se encuentra en el seis, aproximádamente, pero en absoluto es la más complicada. Efectivamente, se sube hasta los 1168 metros -según mi GPS- , pero no hay que olvidar que Colomera se encuentra a 877. A través de un amplio camino se va subiendo hasta llegar a un especie de roquedal en el que se va asciendo como se puede -a paso rápido siempre es más llevadero al ser una zona demasiado técnica-, buscando la dirección de Tózar, localidad a la que se accede a través de un mar de olivos. La breve subida a Tózar también se complica, básicamente por el fuerte calor. A la entrada de la localidad hay un amplio avituallamiento en el que el líquido asume la mayor parte de lo ingerido para recuperar lo perdido en esos primeros diez kilómetros. Advierto que allí está también la Cruz Roja y les pido dos apósitos al comprobar que ambos dedos pulgares del píe ya comenzaban a mostrar síntomas de ampollas. No disponen de ellos y eso me frustra ya que tendré que sufrirlas en los próximos veinte kilómetros. La frustración, más que nada, viene motivada por mi poca prudencia al haber envuelto mis uñas color obsidiana con dos tiras de esparadrapo, el cual me está provocando esas ampollas. Una imprudencia total que ya es tarde para remediar. Cuando enfilo el amplio camino de tierra, que llegará kilómetros más tarde al río Velillos, advierto que no tengo apenas 'puch', algo parecido a lo que ya percibí en Fonelas. Pero advertir eso cuando faltan aún veinte kilómetros, muchos de ellos de los de mayor mucha dureza, no era más que flagelar innecesariamente el ánimo. Así que me centré como pude en correr intentando dejar la mente en blanco.  
Desde Tózar hasta el Castillo de Moclín la prueba cambia de cariz, tanto en belleza como en dificultad, básicamente a partir de la Fuente de la Corcuera, lugar paradisíaco donde los haya, una vez superado el magnífico entorno del desfiladero que a través de un puente colgante y un camino artificial de madera adherido al mismo atraviesa el río Velillos -también conocido como Colomera y Frailes a medida que pasa por otras localidades-. En la Fuente de la Corcuera está situado otro avituallamiento bien surtido.
Subir desde la Fuente de la Corcuera hasta el Castillo de Moclín es un fuerte correctivo para las piernas -lo fueron para mis cuádriceps- porque se asciende con sensación de verticalidad por una senda en cuya derecha, hasta el mirador, se ha construido una pequeña barrera, que en realidad es una cuerda para que, a quienes les falle las piernas, puedan ayudarse a subir. Eso da una imagen de lo que supone esta subida. Lógicamente, en ese lugar correr es casi imposible -lo fue al menos para mí- y las piernas me irán comunicando progresivamente que también lo será en terrenos de cuestas menos duros que encontraremos a continuación. La dureza de esa subida la preveía de manera nítida, ya que el bonito descenso desde Tózar al río Velillos, con la vista de frente al otro lado del río de las enormes rocas que albergan las pinturas rupestres de la zona, no significaba otra cosa que el ascenso desde el río hasta el Castillo a lo largo de dos kilómetros iba a ser terrible ya que en tan corta distancia -unos dos kilómetros- hay una altimetría de más de trescientos metros.
De todas formas, vuelvo a significar que la belleza de esta zona está a la par que su dureza, o viceversa. Porque llegar al entorno de Castillo de Moclín, que supone haber hecho algo más de la mitad del recorrido, es toda una experiencia. 
Por las primeras calles de Moclín, aledañas al Castillo, ya se puede correr, básicamente porque se desciende. No obstante, que nadie piense que correr incluso bajando es fácil en ese momento. Duelen todas las articulaciones debido al fuerte test al que se ha expuesto la musculatura inferior en la subida. Esos mismos cuádriceps y las rodillas, fundidos en la subida, ahora deben de dar todo lo que puedan en la bajada, pero activando a la vez otros grupos musculares dormidos. En esos momentos, uno quisiera seguir andando, por lo que al llegar a la coqueta plaza de Moclín, uno encuentra la escusa perfecta al encontrarse en la misma un pequeño avituallamiento. Un animoso grupo de británicos, residentes en la localidad, anima desde la terraza del bar de la plaza. Se agradece ver algo de humanidad, porque uno viene desde bastante rato sin verla, a excepción de los corredores que de manera muy aislada nos vamos encontrando por las veredas. En ese punto me agrupo con un viejo conocido de este blog, Alejandro -al cual ya había saludado en el avituallamiento de la Fuente de la Corcuera- , y con sus animosos amigos. La filosofía de este grupo para este tipo de pruebas, de las que ya tienen experiencia, me vino de perlas para asumir los últimos aproximados 13 kilómetros de la ruta.
La bajada a la localidad de Olivares, desde mi opinión, tampoco es sencilla debido a su fuerte inclinación. A estas alturas de la prueba y con tanto desgaste en las piernas, tanto subir como bajar significa dolor, incluso llanear, algo que yo no suponía aunque me lo advirtieron. Esta bajada es bonita y está muy bien cuidada. Bajar a trote con una buena conversación y con la puesta de sol inminente redime todo el sufrimiento anterior, si bien el único pensamiento que tengo en la mente es llegar a meta. 
En la plaza del centro de Olivares ya quedan minutos para la total puesta de sol. Hay otro avituallamiento. Será el penúltimo. Allí nos detenemos y tomamos isotónico, agua, naranja y plátanos. Todo lo absorbimos y devoramos con fruición. En ese momento no sabía bien hacía donde nos desviarían. Consideré como probable la carretera que une con el Cortijo del Berbe Alto, en dirección a Colomera, pero la organización opta por dirigirnos hacía las empinadas calles de Olivares hasta el denominado Barrio Alto. Sin duda se trata una ruta acertada en la que destila la naturaleza que disfrutan los moradores de las últimas casas. Ya ha caído la noche y todo es paz y silencio. Tan sólo se escuchan nuestros pasos y nuestra conversación así como las silenciosa presencia de algunos vecinos en las puertas de sus viviendas. 
Acabada la última vivienda penetramos en un carril entre olivos desde el que se aprecia con nitidez las luces de Pinos Puente, Granada y los pueblos cercanos a la capital. En medio, se impone como una enigmática sombra el picacho del Piorno que parece vigilar la localidad pinera. Conectamos los frontales y se van agrupando corredores que van por delante y por detrás. Algunos no llevan frontal y les viene bien la luz de los que sí los llevamos. Las balizas de señalización de la ruta, que durante toda la ruta hemos ido descubriendo adosadas a las ramas de árboles y ramas, ahora sólo visibles gracias a las fuerte tiras flourescentes que cuelgan de los olivos y que destilan un fuerte color rojo o verde, que en la oscuridad de la noche son muy perceptibles.  
Al final del sinuoso carril de olivos, perdido en el manto oscuro de la noche se encuentra el último avituallamiento en el que nos detenemos con tranquilidad para beber agua y absorber el zumo de los trozos de naranja porque las fuerzas ya son escasas. Llego a la conclusión definitiva que los geles de hidratos no van con mi estómago, el cuál comienza a revolverse. La pequeña carretera que está justo en ese punto ya nos llevará directamente a Colomera. Nos dicen que quedan menos de cinco kilómetros. 
Pero tampoco éstos son fáciles a estas alturas. Las 'cuestecillas' que nos dicen los voluntarios del avituallamiento con las piernas desechas -y en mi caso, como decía, también con el estómago revuelto de tan mezcla de gel, naranja, plátano y líquido, algo de lo que me deshice en la localidad de la manera más directa y regurgitante - se convierten en verdaderos puertos. En estos momentos, quienes ya llevan más de un trail a sus espaldas aconsejan mucha prudencia para evitar que las dificultades del terreno impidan llegar a meta. Por suerte les hago caso porque ya en el carril previo había percibido que el cuádriceps izquierdo se me había engarrotado de manera bestial. El lactato acumulado evitaba un correcto riego sanguíneo. 
Por tanto, hacemos esos cinco kilómetros como podemos, comprobando cómo se producen situaciones curiosas: en las subidas de las rampas unos andan y son adelantados por otros que corren, pero a los pocos metros ocurre a la inversa. El racimo de corredores que vamos por esa oscura carretera bien podría confundirse con una procesión trágica.  Todas las medidas son pocas para evitar el desgaste que provocan las cuestas por mínimas que sean. Hago caso de mis acompañantes y opto por subir la mayoría de las rampas a paso rápido, algo que me sorprende, porque a mí siempre me ha gustado subir corriendo las cuestas. Pero esta prueba es otra historia y es lo que hay que hacer si no es posible hacer otra cosa mucho más imprudente. En esos momentos, ya cada cual es soberano responsable de la administración de sus escasas fuerzas y el cuidador máximo de los deteriorados músculos. 
Por suerte, los últimos dos kilómetros hasta Colomera son más suaves, incluso en descenso en el último kilómetro. Así que nos lanzamos al trote más propio del running hasta llegar a las primeras casas de la localidad. En ese empeño el grupo inicial con el que vengo desde Moclín se desintegra un poco -alguno avanza, otros se quedan- y me acompaña en ese afán final un viejo conocido de mi antiguo club de atletismo, el incombustible Fernando Medina, el cuál me dice: 'Hay que llegar corriendo bien Jose'. 'Fernando va a ser así porque no hay cuesta...', le respondo. Con él llego a meta y cumplo el objetivo que me había planteado: acabar lo mejor posible mi primer trail en estado puro.   
Por tanto, hechi mi primer trail de importancia, con una marca más que discreta, aunque eso no era importante para mí en esta prueba.       
¿Arrepentido? En absoluto. ¿Repetirlo? Ahora toca descansar y recuperarse. Nada más. ¿Aconsejo hacer la prueba? No suelo aconsejar cuando se trata de pruebas de este tipo. Depende de la forma de cada uno. También se puede hacer como senderista, ya que no hay hora establecida de finalización. Luego, leí que los senderistas más rezagados llegaron a Colomera pasadas las 1 de la madrugada. 

(REVISADA)

DATOS BÁSICOS: 


Acceso a Colomera: carretera en mal estado en algunos tramos pero correcta. Carretera de monte, con abundantes curvas a partir del acceso al Centro Penitenciario. A 25 minutos en coche desde Granada
Aparcamiento: al no ser una prueba mayoritaria, sin problemas.   
Kilómetros oficiales de la prueba: 30 kms. Reales: 28.5 aprox.  
Dificultad técnica: Muy alta. Extraordinarios parajes.
Numero de participantes: 247 llegados entre corredores y senderistas, de los -al parecer- 300 inscritos.  
Tipo de corredor: Especialistas en trail, corredores de running avanzados. 
Organización:  Muy Buena. Muy pendientes de los participantes en todo momento.
Avituallamiento: Excelente. Compuesto de agua, isotónico, cola, plátano, naranja, almendras, dulces, mini sandwich. 
Señalización y balización: Básica, pero muy efectiva. 
Predisposición de los voluntarios: Excelente. Buen número de éstos, tanto en salida y meta como en los avituallamientos. 
Fuerzas de seguridad y civil: No demasiada presencia al no transcurrir por carreteras con tráfico. Se advierte Guardia Civil, Policía Local, Protección Civil y Cruz Roja. Suficiente.
Bolsa del corredor: Camiseta técnica. Acertados logotipos y grabados tanto en pecho como en espalda. Bolsa algo corta.
Atención al corredor en meta tras la prueba: Bocadillo y cerveza. Duchas en polideportivo municipal.

Como colofón a esta crónica, inserto un vídeo de la prueba alojado en YouTube que me parece fantástico. Resume con acierto en poco más de dos minutos lo épico de la prueba. El texto de la narración en off también es fantástico. Su autor, Álvaro Ballesteros. 




   

                            
       

LIBRO: CONVERSACIÓN EN LA TABERNA Y 41 RELATOS

En este vídeo comento brevemente sobre este libro de relatos. El primero que publiqué en papel.