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12 octubre 2021

RELATO CORTO: UN DISTINGUIDO VIAJERO





“Luego la Reina mandó que fuese un alguacil de corte, por la posta, tras Cristóbal Colón, y de parte de su Alteza le dijese cómo lo mandaba tornar y lo trajese; el cual halló a dos leguas de Granada, a la puente que se dice de Pinos.” (CRÓNICA OFICIAL DE LAS CAPITULACIONES DE SANTA FÉ)


En principio, se podría sostener que el jinete que asoma a lo   lejos   de   entre   las   simétricas   filas   de   las   ateridas y abundantes alamedas, que bordean el angosto camino de la Vega en la brumosa mañana, atesora un aire calmado; y si no fuera por su porte distinguido y las caras ropas que  viste podría confundirse con uno de los muchos campesinos que atraviesan a diario esos parajes fértiles en los que abundan las alquerías que con tanta devoción levantaron los primeros pobladores musulmanes.

La mañana, a pesar de destilar humedad, la cual levita vaporosa de los campos recién regados, es luminosa y presagia un sol primaveral que seguramente inundará el resto del día y posibilitará que las labores agrícolas se puedan llevar a cabo sin dilación. El viajero viaja asentado cómodamente en su corcel, al que guía suave gracias a la soltura con que maneja las bridas, mientras dirige con indisimulado interés su vista hacia la derecha en dirección al fuerte promontorio marmóreo, que presidiendo la llana vega pareciera aún más alto. Por su cuidada instrucción y cultura sabe perfectamente en qué lugar se halla y no puede evitar desviarse unos cientos de metros para subir una suave cuesta presidida a ambos lados por arbustos, y de esa manera llegar a un otero desde el que se divisan abundantes vestigios de edificios ruinosos que formaron parte de lo que siglos atrás fue la Madinat Ilbira musulmana, capital de la Küra de Ilbira, la mítica ciudad que, tras  un  pasado  glorioso,  un  buen  día  fue  abandonada   y desplazadas sus instituciones y habitantes a la emergente Madinat Garnata, antigua capital del fastuoso Reino de Granada, último enclave musulmán que gobierna con mano blanda el que, propios y extraños, apodan como Rey Chico, último monarca nazarí; el mismo que está a punto de capitular ante la presión de sus adversarios, Isabel y Fernando, Reyes de Castilla y Aragón, acampados con sus huestes a pocas leguas de allí, en la llamada alquería de Atqa, lugar al que vienen en denominar desde entonces como Santafé.

Justo de aquel amplio lugar viene, siguiendo el curso de las rumorosas acequias, que muestran aún sus inacabados ramales, buscando una dirección que a simple vista podría ser equívoca pero que a todas luces, si no hay desventura de por medio, le llevará hasta un lugar denominado Pinos.

Viene calmado pero cabizbajo, intentando encajar el duro golpe que le ha supuesto la negativa de la Reina Católica de sufragar sus visionarios viajes a un nuevo mundo que, está seguro, permanece perdido en el tiempo, sin vestigios de civilización alguna. Sin embargo, las frescas alamedas, el rumor de las acequias y la amplia libertad que siente cabalgando por esos luminosos caminos de esa vega límpida, le ofrecen un optimismo que no sentía horas atrás cuando se alejaba del enorme campamento a pocos leguas de la capital del reino nazarí.   Advierte que ese optimismo se convierte en una paz dichosa y pronto se tornará en una sensación muy similar a la felicidad.

Espoleado por esos sentimientos puros, se detiene a descansar junto a una antigua alquería de sólida construcción, ubicada a menos de media legua de su destino. En una pequeña poza hace abrevar a su corcel, al tiempo que un gentil labrador moro, que se afana en las tareas del campo, le ofrece complaciente dulces manzanas, que abundan en esa zona. En momentos como ésos pone en tela de juicio su misión, su sueño, tan oneroso para su ánimo. Observando aquel vergel y aquella luz, en otras circunstancias, no dudaría en quedarse allí para siempre. Pero su destino es otro.

Enfrascado en esos pensamientos no advierte que muy cerca ya se aprecian algunas construcciones dispersas y, por la frondosidad de los árboles, todo parece indicar que un río de amplio cauce desparrama sus abundantes y claras aguas con generosidad. No obstante, pregunta al labrador moro que le ha ofrecido las viandas y éste le confirma lo que ya presagiaba: pronto llegará al puente que aparece indicado en su mapa.

Y así es. Al poco, atraviesa el sólido puente sobre el río Cubillas, según dicen, de origen romano, y busca la dirección más septentrional, no sin antes detenerse en la denominada Posada de la Puente que, según su cuaderno de bitácora, es la más cercana al río, que en esos momentos muestra sus aguas plácidas y claras en la cegadora mañana. La posada ocupa la totalidad de un amplio y vetusto edificio encalado, asentado firmemente en la parte izquierda de una pequeña pero ascendente cuesta empedrada. Es parada obligada, porque de continuar el recto y polvoriento camino, a cuyos lados se arremolinan unas pocas casas diseminadas con amplios patios, con toda probabilidad no encontraría otra posada o venta hasta pasadas unas cuantas leguas y el camino de pronto se tornaría serpenteante y complicado a la altura del Velillos, el otro río que circunda la pequeña población de Pinos, en cuyo margen derecho se detendrá el viajero, al pie del denominado Cerro de los Infantes, con el fin de contemplar las ruinas míticas del que fue denominado Castillo de Velillos, el cual mandaron construir, en inusual sociedad, el rey zirí de Sevilla, Al- Mu'tamid, y el rey cristiano de Castilla Alfonso VI, en los albores del Siglo XI, con el fin de arrebatar territorio al último rey zirí de Granada, Abd Alläh. A partir de ese lugar, el sendero será cada vez más ascendente y sinuoso, en dirección a la bulliciosa y milenaria ciudad de Córdoba.

Se apea de su corcel y lo amarra a una de las argollas incrustadas en la desconchada fachada principal de la posada, sin que ello venga a significar, en principio, que el viajero tenga previsto pernoctar en la misma. Sin embargo, contra todo pronóstico, pide una habitación tranquila para    pernoctar dos noches, una cuadra, paja y agua fresca para el descanso y alimento de su caballo, que de tanta utilidad le ha de ser en el largo viaje que presume realizará.

—Mi nombre es Cristóbal Colón —le dice al mozo de barba lampiña que le atiende— y en los próximos días podría ser requerido por un alguacil enviado por Isabel, la preclara reina de Castilla, que junto a su esposo, Fernando, rey de Aragón, pernocta con sus huestes en los alrededores, en un amplio campamento a pocas leguas de la ciudad de Granada, al que vienen denominando Santafé.

Su tono de voz oscila entre afable y castrense, por lo que el mozo asume que el huésped que acaba de llegar a la posada es una persona singular. Y, sabedor de la poca presencia de viajeros tan distinguidos por aquellos lares, se deshace en gestos zalameros y complacientes. Sin embargo, el viajero de aire tan distinguido y ropas caras, al contrario de lo que piensa el mozo, no se siente en ese momento una persona singular; todo lo contrario, se siente el ser más mísero sobre la tierra al comprobar cómo su proyecto, su sueño de toda una vida se hacía añicos con la negativa de la reina Isabel de sufragar los gastos para emprender esa odisea que, está seguro, le podría llevar a descubrir un mundo desconocido y de cuya existencia está convencido tras haber estudiado una y otra vez, de forma minuciosa, la elaborada cartografía que atesora.

Tumbado en aquel catre ajado que le habían asignado, intenta recrear en su mente las palabras que la misma Reina en persona le había dicho unas horas antes y, entre ellas, cree advertir un atisbo de esperanza a pesar de la rotunda negativa a capitular por parte de la soberana. No está seguro, pero diría que en la mirada de la soberana pudo observar un refulgente rayo de luz. Y a ese recuerdo queda asido.

Intenta, también, en ese momento aciago y de desánimo recordar con precisión las palabras que atribuladamente él mismo articula ante las desesperanzadas palabras de la Reina:

«Señora, me hallaré a dos leguas de aquí, en un lugar denominado Pinos. En la posada que hay junto al vetusto puente del río Cubillas pernoctaré durante dos noches a la espera de que su graciosa Majestad reconsidere su soberana decisión y sea conforme en capitular». Pero ni tan siquiera esos pensamientos le ofrecen sosiego al viajero. Un hombre solo, tumbado en un viejo catre de una modesta posada de una aldea perdida en algún lugar de la frondosa Vega del Reino de Granada. Un hombre atado a un sueño, que en ese momento se convierte en demasiada carga para su escaso ánimo. Un hombre que aún ignora que un emisario real le visitará al día siguiente, comunicándole que la Reina reclama su presencia al haber reconsiderado su inicial decisión, a pesar de los graves asuntos que la retienen junto a su esposo a las puertas de la ciudad —aún musulmana— de Granada, ya a punto de claudicar. En definitiva, un hombre que en ese momento no puede saber que su proyecto, su sueño de toda una vida, que pende de un espacio temporal breve, cambiará el destino de las Españas y del mundo.


Relato incluido en el libro Conversación en la taberna y 41 relatos disponible en Amazon


25 noviembre 2020

CUENTO NAVIDEÑO: UN ENCUENTRO MISTERIOSO (AMAZON, 2019)

 



Más de setecientas descargas ha obtenido este cuento navideño en Amazon (que lamentablemente no siempre está gratuito, eso depende de la plataforma) a lo largo de once meses, desde que se publicó a finales de noviembre del año pasado. España, por supuesto, es el país donde más se ha descargado; en segundo lugar, en México, con un buen número de descargas, así como en Estados Unidos. También se ha descargado en otros países como Italia, Canadá o Alemania y algún otro que no recuerdo. Su mes fuerte es diciembre, es lógico. La primera versión contaba con un final que no me satisfacía (y a otra gente que opinó, tampoco) y en la segunda, que es la actual, el final fue muy otro. A qué esperas para descargarlo. Antes, asegúrate de que está gratuito si no quieres pagar 0,99 € por un cuento, cosa que no te aconsejo. A quien le guste leer en papel más que en digital, anunciaros que está incluido en mi próximo libro de relatos Pérdida y olvido, que será publicado en los primeros diez días de diciembre.

14 noviembre 2018

EL CUENTO DE NAVIDAD

Cuento de Navidad en Cadiz, Casa Palacio Aramburu: Horario y Entradas
 Desde que aquel británico de nombre Charles y apellido Dickens nos deleitara con su Canción de Navidad, muchos autores han querido seguir sus pasos y adscribirse a este género -porque es un género en sí- del cuento de Navidad, una época muy propicia para alegrar y entristecer con las palabras, porque ambas cosas hay en este género universal de la literatura.
El cuento de Navidad, como tal, está circunscrito a un periodo concreto. Descansa durante once meses y se levanta de su letargo el último mes del año. No diré que no haya lectores que gusten de leer en época no navideña, que los habrá, pero lo dudo. Lo que sí parece más claro es que quienes lo escriben parecen sentirse más inspirados en esta época. Es mi humilde caso. Los que he escrito, casi siempre -sino siempre-  en fechas cercanas o inmerso ya en periodo navideño. El motivo está claro: es cuando el espíritu se siente más conmovido e inspirado.
De hecho, este año también me he sentado al ordenador a escribir uno -es posible que salgan dos-, pero no es siempre así. Hay años en los que no encuentro inspiración o temas que abordar en un relato que, por lo general, no suele superar las dos mil palabras.
Es posible que no existe un mapa concreto para escribir un cuento o relato navideño, pero sí deben estar presentes motivos navideños para que pueda considerarse como tal. Y motivos navideños hay muchos. Están los materiales: la nieve, los adornos, las comidas familiares, los árboles de Navidad, los belenes... Pero también los hay internos, tal vez, muchos más. Unos están relacionados, como decía al principio, con la alegría y otros con la tristeza. Además, está la soledad, la nostalgia, la melancolía.. Sentimientos que parecen estar ocultos el resto del año -en ocasiones no tan ocultos- y que afloran en esta época. Por tanto, sigamos adorando este género, que perdurará mientras nosotros queramos que perdure.

27 enero 2014

RELATO: UN MENSAJE DESCONOCIDO (INICIO)

      Cuando ya se había rebasado la medianoche del día de Nochebuena, comenzaron a entrar en mi móvil mensajes de felicitación. Amigos y gente conocida, por lo general. Pero, de entre todos los mensajes recibidos, uno me silba aún la cabeza a pesar de que han transcurrido ya cinco días y ya estamos a punto de comenzar el nuevo año.
            Venía escrito en una letra extraña, distinta a la de los demás y el número que lo enviaba, a pesar de que era convencional, no se encontraba en mi agenda. Sencillamente es un número de alguien conocido que no tengo en la agenda, me dije. Y con esa frase dejé de dedicarle más tiempo al supuesto enigma. Pero no lo olvidé.
            'Hola muy apreciado amigo, donde quiera que estés, te deseo muchas felicidades para el nuevo año 1914, de todo corazón. Ojalá nos podamos ver más en el nuevo año.'. Sin lugar a dudas, un error. Un mensaje escrito rápido en mitad de una celebración y con un teléfono de teclado diminuto. Pero un error extraño, eso sí. Hubiera sido mucho más lógico haberse equivocado en la última cifra e, incluso, en la penúltima, pero ¿en las dos primeras cifras? Es decir, un error que retrotraía cien años el cómputo temporal.
            No sabía con seguridad si lo que realmente me intrigaba era la procedencia desconocida del mensaje o ese error en las dos  primeras cifras, aunque me inclino más por esta segunda opción. Posteriormente, cuando trascurrieron los días el asunto fue creciendo en mi mente hasta convertirse en una obsesión.
            No hacía más que leerlo una y otra vez, buscar en mi agenda por si estuviera el número por algún lugar, hurgar en los mensajes recibidos que aún conservaba el teléfono e, incluso, iniciar una meticulosa consulta en la agenda del teléfono móvil que tuve con anterioridad y que aún conservaba. Pero nada. Todo intento fue infructuoso.
            Finalmente hice lo que solemos hacer cuando tenemos una llamada perdida o un mensaje innominado: llamar a ese teléfono. En el primer intento no hubo respuesta, a pesar de que dio señal de llamada; en el segundo intento, saltó un contestador automático de la operadora, en el que, por supuesto, no dejé mensaje alguno; en la tercera llamada, la misma voz de la operadora me indicaba que no había ninguna línea en el servicio con esa numeración. El intervalo temporal entre la primera y la tercera llamada, tan sólo fue de cinco minutos. Jamás había asistido a circunstancias tan diferentes cuando llamaba a un número en tan poco margen de tiempo.
            Al cabo de dos horas, volví a llamar de nuevo y en esta ocasión me atendió una voz femenina:
          -Hola -dije a modo de saludo-, me llamo Miguel Ángel Gonzálbez y tengo un mensaje de este teléfono...
            -Con quién quiere hablar -me dijo la voz femenina, interrumpiéndome sin miramiento alguno-.
            -Es eso lo que pretendo averiguar..¿Con quién estoy hablando?
            -Está hablando con la funeraria Salmoral.
            Esa respuesta me inquietó mucho, pero aún así, pedí disculpas y colgué.
            ¿La funeraria Salmoral?
            No me era familiar en absoluto. O, al menos, no constaba que hubiera ninguna que respondiera a ese nombre en la ciudad. Busqué en Google.
            En el buscador no aparecía ninguna funeraria de la ciudad que respondiera a ese nombre, pero sí había una con ese nombre en un perdido pueblo de Toledo.
            ¿Qué relación había entre se mensaje recibido en mi móvil y ese perdido pueblo de Toledo?
            Lejos de que ese último dato me tranquilizara, me perturbó aún más. Ya sólo vivía para aquel asunto. Iba a trabajar como cada mañana, pero a los pocos minutos de comenzar el trabajo ya estaba planificando en el bloc de notas que siempre llevaba conmigo la siguiente tarea para intentar averiguar este enigma; me enganchaba a ver alguna de mis series norteamericanas favoritas y a los pocos minutos perdía el hilo de la historia porque la mente se llenaba de preguntas e interrogantes sobre la procedencia del mensaje. Así que decidí llamar de nuevo a la funeraria. Pero en esta ocasión no contestó nadie. Lo volveré a intentar más tarde, me dije.
            Y así lo hice. En esta nueva ocasión -la enésima ya- sí contestaron.
            -¿Funeraria Salmoral? -pregunté con decisión-
            -No. Se ha equivocado de número.
            -Disculpe, pero no es posible. Llamé hace unos días y.....
        -¿Cree usted que no sé qué sitio es éste al que usted llama? -preguntó con tono molesto pero muy educado la voz masculina al otro lado del teléfono-
            -No quería decir eso. Es que....verá. Este número que he marcado correspondía hace unos días a la Funeraria Salmoral de Orgaz, en la provincia de Toledo. ¿Estoy llamando también a un teléfono de esta localidad?
            -En efecto.
            -Por tanto, supongo que el abonado habrá cambiado de número hace pocos días y le han podido adjudicar su número a usted -esgrimí como teoría muy probable-
            -No es posible eso que usted me está diciendo. Yo llevo con este número más de quince años.
            -De acuerdo. ¿Me permite que le enumere la cifra para comprobar si he podido equivocarme?
            -Sí, de acuerdo. Adelante.
            Le enumeré la cifra, tal y como habíamos acordado.
           -Sí, el teléfono que usted ha enumerado es el mío. No se ha equivocado -contestó con exquisita amabilidad mi interlocutor-
            -Pues no lo entiendo. En todo caso, disculpe las molestias.
            -No importa, son cosas que pasan. Adiós.
       Cuando colgué el teléfono todo daba vueltas a mi alrededor. Me sentía como embriagado y mi estómago comenzó a tensarse como un arco. ¿Qué estaba ocurriendo? Me sentí bloqueado y sin capacidad alguna de acción. Sencillamente no sabía qué pasos seguir dando. Llamar de nuevo era absurdo. Es más, podría complicarse aún más el asunto. Podría pasar que ese número correspondiera a otra nueva persona. Las opciones que me quedaban eran pocas y tampoco quería contárselo a mis más allegados porque seguramente lo atribuirían a mi calenturienta imaginación, que es lo que siempre solían decir cuando les planteaba algún asunto que se salía de lo normal.

            Pero es que este asunto sí que se sale de lo normal, pero ¿cómo explicarlo?...

Así comienza un relato que comencé a cuento de un mensaje real que recibí en mi móvil la misma noche de Nochebuena.
Y lo que parecía iba a dar para un relato breve, poco a poco se está convirtiendo en un relato corto, y es posible que vaya camino de una novela corta....  



12 noviembre 2013

RELATO: TU PUEBLO ESTÁ EN TU MENTE

        Te detienes  a la salida del pueblo, en algún lugar perdido entre olivos. Quieres tomar aliento para poder continuar corriendo y completar la ruta de diez kilómetros diseñada. Es uno de esos momentos de euforia en el que dejas que tus ojos se paseen entre el verdor de los olivos y se relajen mirando en lontananza. Una especie de premio por los cinco kilómetros conseguidos al tiempo que la antesala de los cinco por conseguir.
            Los ojos, con voluntad propia, se detienen en un punto: las últimas calles del pueblo, de tu pueblo; familiares y extrañas al mismo tiempo. Pero distintas. Cada vez más distintas, más lejanas en tú pensamiento.
            Te sientes aturdido de pronto. Los sentimientos de euforia de un minuto antes ahora son de aturdimiento, de desposesión. Es tu pueblo, pero no lo reconoces. Podrías admitir sin problemas que tus años de ausencia en él lo han transformado. Obras, nuevos diseños de mobiliario urbano, nuevas construcciones de edificios, relevo generacional....Pero no es eso lo que tú aprecias, no es eso lo que sientes. Son otras calles, otras gentes. Es otro pueblo. Y si es otro pueblo ¿quién eres tú? ¿Dónde están guardados todos esos años allí vividos? ¿Dónde los recuerdos? ¿Los amigos? ¿La familia? Si el pueblo es otro, entonces, el pasado se ha revertido. ¿Otra dimensión? ¿Otra secuencia?
           Desistes de seguir corriendo. No puedes hacerlo. Alejarte no es ahora lo adecuado. Acercarte sí. Y te adentras en las calles, en las plazas, entre la gente. Pero el resultado es aún más desolador.
           Sabemos cuando se nos mira como a desconocidos. Vas a un lugar nuevo y hay algo en los ojos de los demás que te dicen que no te conocen, que nunca te han visto por allí. Que eres un extraño.
            Un extraño.
            Entre la gente.
            En las calles y en las plazas.
         En los bares te atienden de manera distante. Lo percibes al momento. Quisieras sentir la cercanía en el trato que sienten los lugareños. Pides un café y te lo sirven. Pero ese café es neutro. Casi inhumano. Sin calor.
           Sin calor.
           Sin esencia.
           Un extraño.
          Te aproximas a un rostro que crees reconocer, pero ese rostro no reconoce el tuyo. Llamas a ese rostro por su nombre. Estás seguro de saber quién es. Es uno de tus amigos de la infancia. Con él jugaste durante muchos años. Lo agarras por los hombros y lo miras. Le dices: ¡soy yo! Pero el individuo se zafa de tí como puede. Cree que eres un loco. Y de pronto te sientes como debió sentirse George Bailey. Nada ha existido. Porque no has nacido.
            Un extraño.
            Sin pasado.
            Sin futuro.

          Alguien pasa a tu lado y te mira con expresión cercana. Atisbas un  gramo de esperanza. Es un hombre mayor que se conduce a duras penas apoyado en su callado. Le preguntas qué está pasando. Te mira con entendimiento y te habla con un tono de voz hueco que no has escuchado jamás. Te dice: 'Tu pueblo está en tu mente'.   

30 octubre 2013

UN CUENTO GÓTICO:LA APUESTA (II)

(Continuación. Pincha aquí si aún no has leído la primera parte) Así, que siendo ya casi la medianoche y en la más absoluta oscuridad del pueblo, enfilaron una larga y embarrada calle, que al poco se convertía en un estrecho camino cuando se superaban las últimas casas del pueblo. Atravesaron varios campos y cruzaron varias acequias, que en ese momento mostraban un caudal inusual a causa de la lluvia de los últimos días, y al final de una de las últimas cuerdas de olivos, ya se podía vislumbrar recortada bajo la tenue luz de la luna la silueta de la negra puerta de hierro del cementerio, coronada en lo alto por una ajada cruz de hierro enmohecido. Tendrían que llegar hasta esa misma puerta y rodear la tapia más septentrional para poder acceder al recinto por una de las más bajas del mismo que se alzaba irregularmente en un vado.
               Entre bromas y algún que otro aullido jocoso, los cuatro amigos despidieron al quinto, mientras que éste con movimientos lentos e inseguros trepaba a la fácil tapia y de un salto que sonó seco y lejano, entró en el interior del cementerio. Todavía se le podía ver volviendo sus asustados ojos hacia sus amigos mientras se adentraba por las estrechos pasillos que dejaban las tumbas entre sí. En una mano llevaba un madero carbonizado para escribir la palabra convenida en los maderos del ataúd y en la otra un hierro puntiagudo, que con ayuda de una piedra clavaría junto a la tumba elegida, según el contenido propuesto de la apuesta. La oscuridad, el lugar, la noche cerrada y la capa volando al viento del infeliz, que se adentraba a pasos inseguros en aquel siniestro lugar, ofrecían a los amigos un espectáculo sin igual. Pero cuando el amigo ya no se percibía, tragado por la oscuridad del sagrado lugar, en dirección al rincón más escondido del mismo para encontrar la tumba propuesta, los amigos, divertidos y satisfechos, se dieron media vuelta y se dirigieron a sus respectivas casas.
               La apuesta concluía con la visita al cementerio a primera hora de la mañana para comprobar que todo se había hecho de acuerdo con lo convenido; que encontrarían la palabra escrita en los vetustos maderos del ataúd y el hierro clavado junto a la tumba.
               A la mañana siguiente, a la hora convenida, el grupo se había citado al rayar el día en la plaza del pueblo para, desde allí, dirigirse al cementerio. Pero el ejecutante de la apuesta no se presentó. Uno de los amigos aludió a que era probable que se hubiera quedado dormido; otro a que el miedo que habría pasado le impedía salir de su casa, de manera que divertidos los cuatro allí citados se dirigieron al cementerio. Saltaron por la misma tapia por la que la noche anterior había saltado su amigo; recorrieron los estrechos pasillos que dejaban entre si las tumbas y tras unos minutos llegaron a la zona de 'los ahorcados'. El lugar en sí, ya era siniestro a plena luz del día, por lo que no podían ni imaginar cómo sería en la noche cerrada. Se dirigieron, no sin temor, a la tumba del Conde de Cubillas y cuando aún no habían llegado, pudieron ver la imagen más horrible que jamás habían visto y que, probablemente, jamás verían.
               Asustados y perplejos a partes iguales encontraron a su amigo en posición fetal con el cuerpo aterido de frío y humedad. Sus desencajados ojos mostraban la misma imagen del terror y sus manos estaban semienterradas en la húmeda tierra, observando con horror que sus dedos habían perdidos sus uñas, las cuáles, ensangrentadas, se mostraban clavadas en la tierra. Su amigo estaba muerto y ahora una pregunta tediosa iba tomando forma en la mente de cada uno de ellos. Horrorizados y con la mirada ausente, miraron a la tumba abierta del Conde de Cubillas, en cuyo extremo afloraban dos maderos viejos y sucios. En uno de ellos estaba escrita con carbón negruzco la palabra 'maldito', que había sido la propuesta, y junto al cuerpo de su amigo pudieron ver el hierro clavado en la tierra.
               Pero volvamos a la película de los hechos, al momento de la noche anterior, en el que los cuatro amigos veían al desafortunado penetrar entre los estrechos pasillos del cementerio, perdiéndolo poco a poco de vista, porque ninguna explicación oficial u oficiosa podrá ser tan esclarecedora sobre lo que realmente ocurrió en aquella soledad tan ominosa y terrible que la propia narración de los hechos.

               Cuando el amigo volvió la cabeza ya no pudo contemplar a sus cuatro amigos. Por tanto, comprendió que ya no había vuelta atrás. Se sintió el ser más solitario del mundo. Así que sabedor que tenía una misión que cumplir y que quería cumplirla cuanto antes, se dirigió hacia la zona de las tumba de 'los ahorcados'. La imagen que penetró por sus asustados ojos era terrible: una miríada de viejas y decrépitas tumbas desperdigadas a lo largo y ancho de un terreno irregular, protegidas cada una de ellas por una irregular valla de puntiagudos y oxidados hierros, que actuaban a modo de penitencia de quienes habían dispuesto de su vida sin permiso del Altísimo. Cuando los ojos se acostumbraron a la oscuridad, pudo ver en un extremo  la tumba del Conde de Cubillas a la que se dirigió raudo y decidido. Era una tumba imponente, propia de alguien adinerado e importante, a pesar de que se encontraba en un estado desastroso, creando ese aspecto aún más desasosiego. Entró en ella por el amplio espacio que dejaban los hierros abiertos y rotos de la valla y, a través de un amplio espacio abierto en la propia lápida, penetró en el hoyo en cuyo interior se esparcían las decrépitas maderas del ataúd. Intentó no fijar la vista en aquella espeluznante  oscuridad, pero no pudo evitar contemplar las deshilachadas y amarillentas sábanas de la mortaja. Tal y como estaba previsto, escribió la palabra 'maldito' en uno de los maderos con el carbón que llevaba en la mano izquierda y, sin demora, salió al exterior para disponerse a clavar el hierro en la parte más blanda de la tierra que rodeaba la tumba. Cogió un trozo de lápida y comenzó a golpear el hierro, el cual no encontró apenas resistencia en la tierra. Los golpes del trozo de mármol de la lápida contra el hierro en aquel lugar silencioso y a esa hora de la noche sonaban a crimen secreto y eso le inquietó aún más, pero intentó quitarse de encima esos pensamientos y acabar cuanto antes. Así que cuando se aseguró que el hierro estaba totalmente clavado en la tierra, se incorporó para salir de allí lo más pronto posible con la sensación de haber cumplido su deber pero aún temblando de miedo, el cual no había desaparecido ni un segundo desde que entró en el recinto. Todo lo contrario.
               Entonces fue cuando ocurrió lo más inesperado. Comprobó como el impulsó que había tomado para incorporarse fue baldío porque algo o alguien le asía la capa y no le dejaba avanzar ni un centímetro. Su mente se le nubló y sus piernas se quedaron sin fuerzas. Gritó todo lo que pudo y suplicó que le soltaran, pero sus súplicas no obtuvieron respuesta favorable. Sin tener valor suficiente para volver la vista y comprobar qué estaba ocurriendo, intentó deshacerse de la capa, pero atribulado como estaba, tan sólo conseguía asegurar aún el más nudo adosado al cuello hasta el punto de casi ahogarle. Sabía que no tenía apenas otros recursos que seguir suplicando. Sollozó hasta quedarse apenas sin voz, mientras que notaba que sus mejillas se bañaban del suave tacto templado de sus propias lágrimas. Igual sensación sintió en la entrepierna; y humillado y derrotado se dio por vencido. Se arrojó al suelo vencido y en posición fetal percibió la humedad de la tierra en su vientre y cómo la ya de por sí cerrada oscuridad fue apagándose aún más, hasta perder el conocimiento por completo. Aún pudo sentir su corazón latir endiablado, pero los párpados cayeron ya de forma estrepitosa y la conciencia, tan turbada unos minutos antes, dio paso a la inconsciencia.
              
                 'Junto al cuerpo de su amigo pudieron ver el hierro clavado en la tierra'. En ese lugar habíamos dejado el horrible descubrimiento de sus amigos para pasar a narrar los hechos que verdaderamente ocurrieron. Así que esos perplejos amigos, tan atribulados como estaban, no podían imaginar que aún les quedaba por ver algo que les situó en el terreno de la incomprensión o, tal vez, de la culpa.
               Probablemente, a cada uno de ellos, a pesar de que jamás lo manifestaron durante el resto de sus vidas, les hubiera gustado haber explicado que lo que le ocurrió a su amigo fue un suceso paranormal, algo inexplicable, pero que pudiera estar relacionado con el castigo infringido por la violación indebida de aquel lugar, tal y como prohibían la iglesia y el ayuntamiento. Sin embargo, lo que les inundó de torrenciales sentimientos de culpabilidad durante todas sus vidas fue comprobar cómo su desgraciado amigo, actuando con la razón perdida por el miedo a aquel lugar y el de aparecer como un cobarde  a los ojos de sus amigos, no se percató de que el puntiagudo hierro que, con tanta facilidad había penetrado en la húmeda tierra, también estaba atrapando y enterrando de manera irreversible un trozo de su propia capa, cuya negra textura iba mezclándose con la del lodo de manera implacable.      

28 octubre 2013

UN CUENTO GÓTICO: LA APUESTA (I)




Lo prometido es siempre deuda. Había dos cuentos góticos programados. El primero fue publicado hace unos días; por tanto, ahora publico el segundo. Pero éste es mas largo. Por tanto, lo dividiremos en dos entradas consecutivas.


LA APUESTA (I)


Consideremos como hipótesis inicial, antes que nada, que a aquella pequeña población no había llegado aún el devenir de la modernidad. Por tanto, no existían las múltiples opciones ociosas con los que cuenta la civilización actual. Pero no pensemos tampoco que nos encontramos perdidos en un lugar de la historia demasiado remoto. Tan sólo que la industria del ocio, la televisión, Internet, los juegos electrónicos y las múltiples opciones que hacen que los individuos programen sus veladas, aún estaban por venir. Es más, tampoco existía el sistema tan consabido hoy día del transporte motorizado, por lo que las callejuelas de los pueblos como aquél eran estrechas y deshechas por las inclemencias del tiempo invernal. La frontera entre la calzada y las aceras era inexistente y las primeras luces eléctricas públicas tan sólo se veían muy de cuando en cuando en las capitales de provincia. Por tanto, si a lo ya descrito añadimos que las mínimas luces de las faroles públicas no eran más que una mínima llama de luz alimentada por gas que la niebla tragaba en los días de invierno,  ya tendremos el escenario adecuado para imaginar con más precisión la historia que narramos a continuación.
               Como se decía al principio, el escenario no es otro que una pequeña población de interior, alejada de la capital y rodeada básicamente de olivos. Ese esquema podría responder muy bien a alguno de los pueblos andaluces. Por tanto, podríamos admitir como factible que nos encontramos en un pueblo andaluz en una época ni lejana ni cercana.
               Si existiera la posibilidad y pudiéramos contemplar a aquella población a vista de pájaro en el momento exacto de la historia que pasamos a narrar, encontraríamos un pueblo oscuro en plena estación invernal; no llueve en ese momento, pero ha llovido, por lo que la lluvia recién caída y el frío hacen que la mayoría de la humilde gente que vive en esa población esté ahora en su modesta morada, arracimados en torno a una pequeña mesa camilla, en cuyo interior laten las brasas de un brasero de carbón de encina recién hecho. O, incluso, es posible que algunos vecinos ya se encuentre en la cama a la espera que les visite, traidor como siempre, Morfeo.
               No obstante, no todos los vecinos son de esa opinión. De hecho, en la parte central de esa población vista hipotéticamente a vista de pájaro se aprecian una ventana algo más iluminadas que las demás. Se trata de la taberna del pueblo. La única taberna del pueblo. Y en este momento, siendo ya noche cerrada, se encuentra en su interior  un nutrido grupo de  amigos. Como es fácil deducir, se trata de hombres jóvenes que aún no consideran como atractiva la opción de encerrarse en sus casas. Así que hablan y ríen en torno a una mesa iluminada por una consumida vela, mientras consumen entre todos una generosa jarra de vino. No parecen aburrirse, pero de todos es sabido que necesitan nuevos estímulos para que la noche siga siendo amena ya que dependen tan sólo de su propia inventiva, de la ocurrencia de las palabras, de los gestos, de los chistes bien contados, de las anécdotas interesantes.., no hay muchas más opciones de diversión. Por tanto, uno de ellos, el que parece que lleva la voz cantante en el grupo, propone una apuesta. Los demás, se preguntan ansiosos sobre qué tipo de apuesta se le habrá ocurrido en esta ocasión a quien siempre las propone.
               -Quiero apostarme con vosotros una visita al cementerio esta misma noche -dice ante el estupor de los demás-.
               Todos en su fuero interior desaprueban la apuesta, pero nadie se atreve a decirlo públicamente. Son jóvenes y osados y les gustan los retos, así que todos aceptan.
               -La apuesta consistirá en una especie de competición. Cada noche, uno de nosotros se dirigirá al cementerio y tendrá que llevar a cabo varias acciones -dice con indisimulado entusiasmo-. La perderá el que no la lleve a cabo de acuerdo con las reglas propuestas.
               Nadie articula ningún comentario ni hace aún pregunta alguna, así que el especialista en apuestas sigue hablando ante la concentrada atención de todos ellos, que muestran seriedad en sus rostros.
               -Habrá que dirigirse hacia la zona de los ahorcados que, como sabéis, está repleta de antiguas tumbas valladas, muchas de las cuales están abiertas debido a su antigüedad y la erosión producida por las fuertes lluvias y vientos, así como por la falta de mantenimiento -dice de corrido como si el plan ya estuviera en su mente desde hacía días-. Ya sabéis que a los ojos de todos los vecinos del pueblo son tumbas malditas.  
               -Pero ya sabes que la iglesia y el ayuntamiento prohíben que se visite esa zona, por tratarse de personas que han ofendido a Dios, disponiendo de su propia vida.
               -Sí, y eso es lo realmente emocionante. Además, propongo, que se visite la tumba del Conde de Cubillas...-dijo desafiante-
               Cuando pronunció ese nombre, los rostros de sus amigos, apenas iluminado por la tenue vela, se tornaron lívidos e inquietos. Se miraron entre ellos.
               -No podemos hacer eso. Ya sabes que esa tumba está...-dijo con ansiedad uno de ellos, sin que llegara a acabar la frase-.
               Hubo un silencio incómodo en el grupo y en ese momento una ráfaga de viento golpeó la ventana a la que mirando todos con ojos asustados.
               -No podemos negarnos a una apuesta -dijo otro de los amigos-. Eso sería como traicionarnos a nosotros mismos. Jamás hemos dejado de cumplir una apuesta.
               Esa aseveración contundente no obtuvo réplica alguna, por lo que de forma tácita todos ya estaban admitiendo internamente que la apuesta iba a culminarse.
               -De acuerdo -dijo el especialista en apuestas-. Tan sólo queda designar quién irá esta misma noche.
               Le pidieron al tabernero que cogiera cinco mondadientes -porque ese era el número de amigos que allí se congregaban- y que a continuación le recortará a cada uno un trozo, procurando que ninguno de ellos tuvieran la misma longitud, para a continuación igualarlos al mismo nivel por la parte visible, guardando la parte recortada de estos en el puño de su mano derecha, de manera que nadie pudiera adivinar cuál de ellos era el más largo o el más corto. La mala suerte haría que uno de ellos escogiera el mondadientes más corto. Ese sería el que tendría que ir la primera noche al cementerio, penetrar en la tumba abierta del Conde de Cubillas, cuyos restos llevaban allí enterrados treinta años, escribir una palabra convenida en las decrépitas tablas del ataúd y, finalmente, clavar un hierro junto a la tumba como pruebas fehacientes que el apostante había estado allí. Los demás, le acompañarían hasta las mismas tapias del cementerio para asegurar que el elegido entraba en el interior del mismo y una vez asegurados que así era, dejarían a éste sólo con su siniestra misión.
               Y así se hizo, tal y como estaba programado. El destino quiso que el mondadientes más corto lo sacara el más joven de los amigos del que todos sabían -aunque no decían- que era el más renqueante y menos osado del grupo, tal y como ya había mostrado en otras estrafalarias apuestas que el especialista proponía. Eso produjo más que una broma pesada por parte de los demás miembros del grupo, pero así eran las apuestas: osadas y sin vuelta atrás. (Continuará...Pinchad aquí para leer la segunda parte)
              

21 octubre 2013

UN CUENTO GÓTICO: UNA VISITA A MEDIANOCHE.

Como perjuraba en la entrada de la semana pasada, aquí llega el primero de los  dos cuentos góticos previstos:


UNA VISITA A MEDIANOCHE


    En teoría, se no trataba de otra cosa que de un funeral más. Una persona había muerto. Padre y esposo muy apreciado en la localidad, en la que había vivido toda su vida. Ese dato había sido decisivo para que el velatorio pudiera considerarse como muy concurrido y el entierro multitudinario en esa pequeña localidad en la que todo el mundo se conocía. 
En una época en la que la muerte era aún más extraña y misteriosa que ahora y no existía apenas divertimento alguno y la electricidad apenas llegaba a las humildes casas, la única compañía en aquella noche de dolor para la familia del finado no era otra que la que se ofrecían unos a otros, así como la de algunos allegados y vecinos, que era costumbre acompañaran a los dolidos en esa velada de dolor.
      La noche era lluviosa y muy oscura, no en vano era invierno cerrado. Febrero para más señas. Y las calles, además de oscuras y vacías, estaban embarradas por la pertinaz y constante agua que había caído durante todo el día, así que el silencio de las humildes casas en la noche cerrada tan sólo era interrumpido por el ruido de los ajados canalones que no cesaban de depositar agua a la calzada.
      El entierro de aquel padre y esposo querídisimo, tras dos días y una noche completa de velatorio, había estado pasado por agua. Los hombres que portaban sobre sus hombros el ataúd desde la iglesia al cementerio iban completamente empapados y el mismo hoyo en el que recibiría cristiana sepultura el finado se había llenado hasta su mitad de agua y haría falta achicarlo cuando se procediera a depositar el féretro. Pero eso no era problema aquella tarde cerrada de oscuras nubes, toda vez que por aquellos años no era costumbre enterrar a los fallecidos en ese preciso instante. Los operarios municipales encargados del cementerio abrían el hoyo en cuanto se les notificaba el fallecimiento y en uno de sus lados se amontonaba la tierra sacada, al tiempo que se cruzaban de lado a lado unas resistentes tablas sobre la superficie del hoyo. Sobre estas tablas se depositaba el ataúd, el cual permanecía a la intemperie toda la noche a la espera que los enterradores acudieran por la mañana temprano a enterrarlo. Esa costumbre que parecía estar basada en la tradición, en realidad, tenía una razón médico-científica, toda vez que las autoridades médicas no confiaban demasiado de que la certificación oficial de la muerte fuera totalmente infalible. Así que la prudencia médica se convirtió en tradición y toda familia exigía que su finado permaneciera a la intemperie toda la noche, además, de los dos días y una noche completa de velatorio previas. Todas las medidas eran pocas ante la abundancia de casos en los que, pasado el tiempo legal, se habrían tumbas para que contuviesen cadáveres y en ocasiones se apreciaba cómo el supuesto fallecido había cambiado de postura y sus uñas se encontraban incrustadas en los podridos trozos de madera del ataúd.
     Mientras tanto, la noche cerrada transcurría lenta, dolorosa y pesada en aquella humilde morada de la que horas antes había salido para siempre el cuerpo del buen padre fallecido a los ojos de todos. Un pequeño grupo se arremolinaba en torno a la mesa camilla ubicada en mitad de un pequeño cuarto tristemente iluminado: la viuda, las dos hijas y el hijo del matrimonio. Además, les acompañaban dos familiares cercanos: la hermana menor del fallecido y la hermana mayor de la viuda. Algunas vecinas habían estado dando compañía a los dolientes pero era ya tarde y se habían ido a casa. Nadie hablaba en el grupo. Con las cabezas cabizbajas se podían escuchar suspiros apagados y de vez en cuando  algunas de las hijas se interesaba por el apetito de la madre, la cual desautorizaba toda iniciativa de traer alimentos. El silencio era absoluto tanto en la casa como en la calle, toda vez que aún no habían llegado a aquella humilde localidad los vehículos a motor. Todo lo más, el ruido seco y farragoso que provocaban las ruedas de madera de algún carro, que se dirigiera a su cuadra arrastrado por mulas, al aplastar los guijarros de la calle o los torpes pasos de algún vecino noctámbulo que tras pasar la velada en la taberna se dirigiera zigzageante a su domicilio.
      Entonces alguien toco en la puerta. Los allí reunidos en torno a la mesa camilla alzaron sus cabizbajas cabezas y comenzaron a mirarse entre ellos. Las últimas vecinas ya se habían despedido definitivamente y aquella forma de aporrear la puerta no se correspondía con la forma de aporrear que tenía ninguna de ellas. Además, ya se acercaba la medianoche y la hija mayor ya había propuesto que se retiraran todos a dormir. Pero volvieron a aporrear la puerta. Esta vez de manera más contundente. Las miradas cruzadas entre los miembros de la familia ya no eran de sorpresa sino de inquietud. E incluso de nerviosismo. Nadie quería decirlo pero todos lo pensaban: esa forma de aporrear con contundencia era propia del amado padre y esposo: dos toques rápidos, duros y secos. Hasta que finalmente, eso que todos pensaban lo acabó por decir el hijo: 'Es la misma forma de tocar que tenía padre'. 'No digas tonterías hijo mío', dijo la viuda, a pesar de que todos estaban de acuerdo con lo que el hijo había dicho. Incluso la propia viuda.
       Escucharon aporrear la puerta por tercera vez. Ya no había escusa posible para dilatar la apertura de la puerta. Sin embargo, no parecía que hubiera ánimo en ninguno de los reunidos en torno a la mesa de camilla para levantarse, andar los escasos metros de pasillo y abrir la puerta. Finalmente, el hijo se ofreció a hacerlo, tal vez, por ser el más osado al decir alto y claro que aquella forma de tocar era propia de su padre recién fallecido.
         Se levantó fatigosamente y se dirigió hacia la puerta preguntando quién era, pero al otro lado de la puerta nadie contestaba. Así que el joven sumido en un mar de dudas optó por abrir. Las mujeres, aún sentadas en torno a la mesa camilla, escucharon el ruido seco de las viejas bisagras de la puerta de madera y a continuación un golpe seco confundido con un pequeño alarido. Cuando se levantaron y acudieron hacia la puerta alarmadas por aquel extraño alarido se toparon con una escena dantesca que jamás pudieron borrar de su mente mientras vivieron.
         En teoría, abrió la puerta alguien que estaba vivo y encontró al otro lado a alguien que en teoría estaba muerto. Pero cambiaron las tornas porque lo que encontraron las mujeres de la familia fue justo al contrario: el vivo estaba ahora muerto y el muerto estaba ahora vivo.
     Las autoridades emitieron un informe oficial explicando lo sucedido y esa explicación, al parecer, dejó dormir y vivir en paz al pueblo y a la familia: 'Cuando el hijo menor de la familia abrió la puerta se encontró con la figura de su padre vestido con la ropa de su mortaja y al no poder soportar la sorpresa o el terror, falleció de un ataque cardíaco. El padre, por su parte, supuesto fallecido, había recobrado el conocimiento tras haber permanecido en coma varios días y descubrió que se encontraba dentro de un ataúd.           Cuando abrió los ojos sólo encontró a su alrededor negrura y silencio y la lógica confusión no le permitió saber en ese momento dónde se encontraba. Por fortuna el féretro se encontraba abierto y a la intemperie y pudo salir sin apenas dificultad de él. En su tribulación no reparó en lo inoportuno de presentarse directamente en su domicilio, cuando lo que hubiera procedido es haber acudido al puesto de la Guardia Civil de la localidad para comunicar su nueva situación'. 
     Tampoco estaban al tanto de esa nueva situación los dos enterradores que, al rayar el alba, acudieron según estaba previsto a enterrar el cadáver y tampoco podrán olvidar ya jamás el haber encontrado el ataúd vacío y con la tapa casi partida por la mitad. Hay quien cuenta que ninguno de los dos pudieron ya dedicarse más a esa profesión y que jamás aceptaron como racional la teoría que esgrimió el informe de las autoridades.          

16 octubre 2013

LA TRADICIÓN ORAL (O EL ARTE DE CONTAR HISTORIAS)

La tradición oral es anterior a la escritura. El hombre aprendió a hablar antes que a escribir, por lo que la literatura no es más que la plasmación de la tradición oral, de la buena tradición oral; esa que tiene como esencia el arte de contar historias, que es un arte bello como otro cualquiera y que en su día fue uno de los pocos conocidos junto a la pintura. Porque el hombre también aprendió a pintar antes que a escribir y la prueba está en las diversas pinturas encontradas en las cavernas rupestres a lo largo y ancho de todo el mundo. 
Particularmente, siempre me ha interesado la tradición oral, el arte de contar historias, el cual se ha ido perdiendo de generación en generación por culpa de la irrupción de las nuevas formas de comunicación.  
La televisión tomó el relevo de la radio e Internet y los medios de difusión digital e informática han ido desplazando a la televisión progresivamente, a pesar de que aún coexisten en una difícil convivencia radio, televisión, Internet  y las últimas tecnologías que están irrumpiendo con fuerza. Pero a excepción de la radio, ninguno favorece la tradición oral. La televisión, en sus orígenes, es posible que sí la favoreciera, pero los contenidos se han ido vulgarizando de tal forma que ya no es posible que sirva para tal fin, excepto en honradas ocasiones. 
Sin embargo, la literatura sí que es heredera directa de la tradición oral. Podríamos considerarla como la plasmación de ésta. De hecho, grandes obras de la literatura mundial han tenido su antesala en la tradición oral y de todos es sabido que en la antigua Grecia había filósofos, como es el caso de Platón, que jamás escribieron una línea y sus enseñanzas eran totalmente orales. 
Viene toda esta reflexión a cuento de la publicación en este blog de dos cuentos -valga la repetición-. Dos cuentos que insertaré la próxima semana y que tienen su origen en la tradición oral. 
Mi abuela paterna, persona muy inteligente que aprendió a leer y escribir por su cuenta, era una persona que dominaba la tradición oral. Era una excelente contadora de historias y sucesos que ella había vivido o había escuchado. Fueron muchas las horas en las que yo me deleitaba oyéndola contar historias. Y, entre éstas, aunque ella no lo supiera, había muchas historias góticas y de terror. En particular, dos se me quedaron en la memoria; dos historias góticas pero que, según contaba ella, habían sucedido en el pueblo en el que ella nació. Dos historias reales.
Esas dos historias serán dos cuentos breves que publicaré la semana que viene. Obviamente serán enriquecidas con detalles y palabras, así como novedosas descripciones, pero conservarán su esencia. Dos historias de terror que sucedieron en un lugar concreto y un día concreto y que pudieron ser explicadas como ocurre con la mayoría de las historias de terror que a priori no parecen tener explicación. La primera historia que publicaré se denomina: 'Una visita a medianoche'; y la segunda:  'La apuesta'       

15 octubre 2013

RELATO: EL PASTOR ALEMÁN

Aquella aciaga tarde, L., iba corriendo por la ruta que hacía, al menos, una vez a la semana. Normalmente corría por allí en soledad. Le gustaba esa soledad mítica del corredor. Escuchar su propia respiración y el crepitar de las hojas secas que tras caer de los árboles, alfombraban el camino. Era otoño y los pinares iban adquiriendo un color rojizo que acentuaba aún más el débil sol otoñal. Pero aquella tarde no iba sólo. Le acompañaba V., que siempre había querido hacer esa ruta de la que tanto le había hablado L. 
Era un entrenamiento normal. Un ritmo medio bajo; una distancia corta. No más de 10 kilómetros. Un entrenamiento lúdico. Se trataba de ir disfrutando de aquella naturaleza tan especial mientras corrían. Atravesar el ajado puente del sempiterno río y adentrarse en el camino que pasa cerca del cortijo en el que siempre está alerta un perro. El perro del cortijo como ya lo conocía L., e, incluso, V., por habérselo escuchado tanto a aquél. 
El perro ladraba cuando pasaba L. corriendo, pero cada vez fue ahogando más su ladrido, hasta el punto que un buen día dejó de ladrar a su paso. Lo veía venir en lontananza y se acercaba a la verja, pero cuando parecía que iba a comenzar a ladrar, en vez de ello, tan sólo se limitaba a mirarlo fijamente. 
A L. aquella mirada le parecía, últimamente, triste. Es más, le pareció que movía el rabo de forma imperceptible. Se extrañó de esa nueva actitud de aquel bravo 'Pastor Alemán', una raza que, por lo general, no se amedranta ante nada. Pero consideró como probable que el fiero animal ya se había acostumbrado a su presencia y su olfato le decía que aquel individuo que pasaba por allí corriendo bajo el sol, la lluvia o la nieve, no mostraba ningún peligro. Instinto animal, supuso. 
Y es eso lo que más o menos le venía explicando a su amigo V. cuando faltaban pocos metros para pasar junto al cortijo. Por eso le sorprendió escuchar los ladridos del perro desde mucho antes que se acercaran a la verja. Consideró que su cambio de actitud podría deberse a que no iba sólo. Así que, distraídos como iban ambos corredores con aquellas cuitas no repararon en que aquel día, por la razón que fuere, la verja estaba entreabierta y cuando quisieron reparar en esa circunstancia el Pastor Alemán ya se encontraba delante de ellos, cerrándoles el camino. L. dijo a V. que no temiera, que el perro le conocía y que probablemente no fuera más que una pose. Aminoraron la velocidad (a los perros lo que más les inquieta es ver a una persona corriendo) pero el perro no parecía tranquilizarse. Comenzó a ladrar con mucho nerviosismo y alargando el rabo adoptó una posición que parecía de ataque, tensando la cerviz. Entonces ocurrió lo que nadie deseaba ni esperaba: el Pastor Alemán se abalanzó primero sobre V. al cual derribó al suelo. L., se quedó petrificado sin saber qué hacer. Sabía que en breve el perro, cuando considerara que ya había abatido y herido a su amigo, se abalanzaría sobre él. Correr en ese momento no era lo más adecuado. Además, eso supondría dejar cobardemente a su amigo expuesto a los continuos ataques del perro. Observó con horror cómo su amigo V., ya con la cara cubierta de sangre, manoteaba y gritaba sin que pudiera zafarse del animal, mientras que petrificado como estaba y con los ojos cerrados, L., contaba los segundos que le quedaban para encontrarse en la misma situación que su amigo. Algo tenía que hacer. Así que sacó fuerzas de flaqueza y rabia de dónde no había nada y golpeó al Pastor Alemán en el lomo al tiempo que comenzó a gritarle. Sin saber por qué -en esos momentos la mente muestra un comportamiento extraño- pronunció el nombre del cachorro de Pastor Alemán -de raza  idéntica a la de aquel macho maduro- que le regaló un amigo. Se sorprendió de aquella reacción porque aquel perro ya llevaba desaparecido siete años y desde entonces no lo había vuelto a ver. Pero para su sorpresa, el Pastor Alemán al escuchar el nombre detuvo por completo su ataque y se dirigió de forma sumisa con el rabo entre las piernas hacia L. Éste no daba crédito a lo que veía. Aquel perro era otro. Si segundos antes se mostraba ante sus ojos como un perro predador, ahora parecía el más pacífico e inofensivo de los canes. Su amigo V., desde el suelo, al comprobar que el perro se dirigía a L., gritó a éste que huyera, pero nada indicaba que aquel perro tuviera en su mente atacar de nuevo. 
El Pastor Alemán a cada paso que daba en dirección a L, más se arrastraba por el suelo, hasta el punto que cuando llegó a su posición, ya parecía el perro más servir del mundo, expuesto a soportar el castigo que se le quisiera infringir. De esa forma sumisa, metió la cabeza entre las temblorosas piernas de L., y éste por instinto lo acarició en la cabeza al tiempo que observaba lo familiar que le era la chapa sujeta al collar del perro. Con el corazón casi saltándole emboscado en confusos sentimientos, leyó la inscripción de la ajada chapa: 'Mi nombre es Dinky y si me has encontrado, por favor, llama a mi dueño L. al teléfono 655 555 555'. 

08 octubre 2013

RELATO BREVE: LA DESPEDIDA

Cuando Roberto miró para atrás comprendió que no tenía que haberlo hecho. Fueron tantos los recuerdos que se agolparon de pronto en su mente que tendría que haber evitado que afloraran. Pero no pudo evitarlo. Se dijo que tan sólo lo haría una vez: echaría un pequeño vistazo y, luego, no volvería a mirar de nuevo. 
Pero bastó con esa sola mirada breve para que el torrente salvaje de los recuerdos se le agolpara de pronto en las sienes y las hicieran casi estallar. En ese momento no quiso mostrar ningún tipo de debilidad porque siempre había odiado mostrar sus sentimientos en público. No por el hecho de haber nacido hombre, nada de eso. Tan sólo se trataba de una simple convicción estética. Cuando era pequeño había visto a mucha gente exponer ridículamente sus emociones en público y siempre había visto todo eso con desagrado. Principalmente, siempre le había parecido poco estético mostrar esos sentimientos en los cementerios. Era comprensible llorar a lo que se marcha, a lo que se marchita, a lo que ya jamás se va a volver a ver, a no ser que se haga en el lenguaje onírico, pero de ahí a montar un espectáculo delante de conocidos y desconocidos había un abismo. Y él, precisamente, se encontraba en ese momento en un cementerio; y fue en ese lugar, cuando ya salía hacia el exterior, en el que había osado mirar atrás no pudiendo evitar soltar alguna lágrima. Habían sido tantas las horas juntos. Tantas las aventuras y las desventuras. Tantos los viajes realizados en su compañía. Tantas las visitas al taller...,para acabar siendo desguazado en aquel triste cementerio de coches a la salida de la ciudad. 

22 septiembre 2013

RELATO: EL INDIVIDUO DEL CEMENTERIO

Soy corredor y una de mis inquietudes como tal es buscar rutas nuevas, alternativas, distintas. Así que de tanto buscar y calibrar, tengo toda una colección de trayectos de todo tipo: en llano, en cuesta, terrenos serpenteantes, rompepiernas..., pero nunca había hecho la ruta que decidí hacer la otra tarde; o al menos, no idéntica ruta.  
Las tardes cada vez son más cortas, así que decidí comenzar el entrenamiento en una zona cercana a casa. Haría nueve o diez kilómetros, la distancia justa para que la luz del día diera paso a la arrebatadora luz de la noche. El sitio elegido fue a la salida del pueblo de Albolote, cerca de Granada. Dejaría el coche justo en la puerta del cementerio de la localidad que, curiosamente, se encuentra al final de la calle principal de la población y desde allí iniciaría mi ruta. El cementerio es el último inmueble -por llamarle de alguna forma- de la calle y de la población y tiene vecindad directa con las últimas casas del pueblo. Inmediatamente me adentraría en la carretera que conduce al Torreón y en un momento concreto, cuando el GPS reflejara una distancia aproximada de cuatro kilómetros y medio, me daría la vuelta. Sí, haría nueve en total.
El calculo fue correcto y el final de la ruta, como preveía, me sorprende casi anocheciendo en el puente anterior al cementerio, desde cuya posición alta existe una diáfana vista al mismo. El claroscuro azulado que proyecta la luna nueva, que emerge bellísima tras las estribaciones más altas de Sierra Nevada, mancha las lápidas de blanco mármol y dibuja un espectáculo magnífico que disfruto con delectación toda vez que ya estoy llegando a mi destino y he tenido unas sensaciones magníficas. Se trata de uno de esos momentos de dicha que solemos tener los corredores cuando estamos acabando un entrenamiento agradable.
Cuando llego al coche, la calle, quizá por respeto al vecino cementerio, se encuentra en completo silencio interrumpido tan sólo por algún que otro vehículo que accede a la población. El negro manto de la noche me sorprende cambiándome las zapatillas técnicas por las de descanso y estirando, mientras saboreo una manzana. Percibo que ya es completamente de noche gracias a la presencia cada vez más notoria de la mortecina luz de las farolas adosadas junto a la tapia del cementerio. Miro al mismo y observo cómo los negruzcos cipreses recortan sus inquietantes formas en el cielo, que posee un extraño color azul cada vez más oscuro. La luna ya se ha apoderado de los astros de la noche y el sol ya se ha ido hacia otras latitudes. Estoy inmerso en esos pensamientos y no percibo que a pocos metros de donde estoy estirando se encuentra una persona que me mira fijamente. Se trata de un hombre de mediana edad, de estatura media y complexión delgada. Me sorprende la blancura de su tez y sus ojos cóncavos. Viste ropa ajada y sus movimientos son lentos. Me mira con fijeza y con cierta curiosidad, pero es algo a lo que estoy acostumbrado porque a mucha gente le resulta curioso ver a un tipo en paños menores cambiándose junto al maletero de su coche. Entonces, de pronto, el individuo comienza a hablar conmigo. En un primer momento no comprendo lo que me dice porque posee una pronunciación algo extraña, pero estoy muy acostumbrado a hablar con gente desconocida cuando corro e inmediatamente atiendo a lo que quiera que me esté diciendo. ¿Cuántos kilómetros has hecho? me pregunta, como si me conociera de toda la vida. No me sorprendo, porque esa pregunta también me la hacen con frecuencia. Pero ocurre que ya me he acostumbrado a contestar de una manera u otra si quien pregunta es corredor o no lo es. Creo que éste no lo es y le contesto que he hecho nueve, un buen trote, añado, para no mostrar prepotencia. 'No me parece mucho', dice ante mi sorpresa, y añade enseguida: 'yo fui corredor en otro tiempo, pero no pude seguir corriendo porque tuve un grave accidente'. Yo seguía cambiándome y estirando, pero me interesó lo que decía y alcé la vista para decirle que lamentaba que no pudiera seguir corriendo. Pero el individuo ya no estaba allí. Me extrañó mucho que desapareciera de golpe; es más, me pareció una falta de consideración, toda vez que fue él el que inició la conversación. Rodeé el coche y llegué hasta la misma puerta del cementerio, pero no lo vi por ninguna parte. Eso me pareció irreal, incomprensible, pero intenté no darle más importancia. 
Acabé de cambiarme y me dispuse a entrar en el coche para marcharme a casa. El negro manto de la noche ya había caído por completo, por lo que los faros del coche son la única luz que me permite ver la cerrada y ajada cancela negra de hierro que da acceso al cementerio. Al maniobrar para dar la vuelta al coche y enfilar en dirección contraria a donde estaba aparcado, el halo de luz del faro derecho penetró directamente en el interior del cementerio, pudiendo observar con nitidez las primeras cruces y tumbas; y fue entonces cuando vi de nuevo a aquel individuo que había hablado conmigo minutos antes junto a una de esas primeras tumbas. No comprendía cómo había entrado dentro sin que yo lo hubiera advertido. Se encontraba de pie, quieto como una estatua y con la tez aún más lívida e inexpresiva, mirándome fijamente como había hecho minutos antes. Incluso, a pesar del desagravio anterior, alcé la mano para despedirme pero no devolvió el saludo.
Y aunque en ningún momento le vi portar herramienta alguna, decidí considerar que debía tratarse de un operario municipal haciendo algún trabajo urgente que no podía esperar, a pesar de las horas tan intempestivas.            

18 septiembre 2013

RELATO: NO DES LA ESPALDA A LAS SOMBRAS

L, paseaba a su perro como cada noche cerca del descampado sempiterno frente a su casa. Ya no hacía calor, pero tampoco frío. El otoño ya había entrado y eso era visible por las primeras hojas caídas de los árboles del parque, pero aún había regusto a verano. Pero ya era tarde y las calles ya habían perdido la alegría de unas semanas antes, todo el mundo había vuelto a sus obligaciones y por las ventanas se observaba el reflejo de los aparatos de televisión o algún flexo encendido por los estudiantes más previsores. 
L., pensaba en todo eso mientras que el perro iba olisqueando para hallar su lugar favorito en el que comenzaría su letanía diaria de decesos y orina, pero esta noche el animal, de natural pacífico, se encontraba algo más inquieto. Miraba constantemente a izquierda y derecha al mismo tiempo que estiraba las orejas como queriendo agudizar el oído. Pero todo estaba silencioso alrededor; tan sólo el animal podía escuchar lo que fuere que escuchara. 
Fue en ese momento cuando L., percibió una leve sombra y no le dio al hecho la menor importancia. Es cierto que por allí no pasaba nadie en ese momento y tampoco había ningún otro animal suelto, por lo que, con toda seguridad, se trataría de alguna nube o un pájaro que volara a rasante bajo. Pero el perro estaba cada vez más inquieto. Percibió otra sombra, más cercana en esta ocasión. Se podría decir que si la sombra hubiera sido corpórea le habría rozado. No obstante, siguió andando con su perro dándole la espalda a lo que fuera aquello. Intentó no darle importancia, aunque sintió un extraño escalofrío en la zona de la médula ósea. En ese momento no lo sabía -no lo podía saber-, pero al dar la espalda a la sombra estaba alimentándola y ésta no hacia más que aumentar. No quiso mirar atrás, a pesar de que el perro ya no dejaba de ladrar e intentar furiosamente desatarse de la correa que su dueño llevaba fuertemente asida a su mano izquierda. Pero a pesar de no volver la cabeza, pudo comprobar a ambos lados de su cuerpo cómo por mor de la luz mortecina de la farola de la calle se reflejaban en el suelo unas sombras de lo que parecían ser unas garras de felino muy desarrolladas. Instintivamente aceleró el paso cada vez con más miedo, pero eso tan sólo servía para que esa sombra fuera en aumento. Entonces fue cuando la sombra pronunció una palabra en forma de orden que le dejó helado: ¡Mírame! No se trataba de una voz humana en absoluto. Una voz que tan sólo había escuchado en algunas películas, amplificada y distorsionada por algún medio de reproducción acústica, pero en esta ocasión esa voz la tenía justo detrás de él y surgía de una sombra cada vez más gigantesca, amorfa e inabarcable. Obviamente, no se atrevió a mirar en ningún momento haciendo caso omiso a esa voz que tan sólo sonó en una ocasión. 
A día de hoy naufraga sin salida en una sombra inmensa que no deja de crecer. 

LAS LÁGRIMAS DE IRINA (RELATO SELECCIONADO EN EL CONCURSO DE RELATOS DE INVIERNO DEL DIARIO IDEAL)

 Amigos, inserto a continuación fotografía con el relato Las lágrimas de Irina, seleccionado en el concurso de Relatos de Invierno del diari...