05 agosto 2013

TODO TIENE SU CICLO

Hace poco tiempo, una buena mañana de sábado entrenaba plácidamente. La mañana era bonita en la Vega, iba muy cómodo y me gustaba el ritmo que llevaba, más que nada por las sensaciones, así que hice un pequeño calculo sobre los kilómetros que podía llevar recorridos. Acababa de atravesar la pedanía santaferina de Pedro Ruíz y me dirigía a Fuente Vaqueros. Entonces fue cuando consulté el Forerunner y comprobé con estupor que la pantalla se había apagado. Me extrañó porque aunque en ocasiones he olvidado ponerlo a cargar en el ordenador, en aquella ocasión estaba totalmente seguro que cuando lo desperté de su base aparecía la leyenda 'batería cargada'. Lo intenté conectar de nuevo pero ya no fue posible, así que hice todo el recorrido sin conocer exactamente el ritmo ni la distancia. Por suerte era una ruta que conocía bien y podía ir calculando los kilómetros recorridos con poco margen de error. No tenía por qué aflorar la tragedia. No ese día. 

Cuando llegué a casa lo volví a acostar en su base de carga pero el dispositivo no era reconocido por el ordenador y me dije: tienes un problema. Extraño porque tan sólo llevaba con la nueva batería un año. Lógicamente, como hacemos todos, busqué las causas de la avería en Internet. 
Lógicamente, encontré averías y soluciones de todos los colores y en algún caso la avería -que no la solución- era similar a la de mi aparato. Lo reseteé siguiendo las instrucciones de la marca, pero el Forer continuaba dormido. Lo siguiente que hice fue pedir un RMA a Garmin, que me contestó en pocas horas dándome un presupuesto aproximado. Lo dejé estar y me fue de vacaciones. Lo meditaré en estos días, me dije. 
Y lo medité. Nada más llegar a casa ya había adoptado una decisión: buscaría en el mercado, otras marcas a ser posible y fue así como me topé con mi nueva adquisición, que llegará mañana y eso mereceré una nueva y floreciente entrada.
¿Que he hecho con los restos del mio, es decir, con el Forer bloqueado, la cinta cardíaca y demás accesorios? Puse un anuncio en Internet; y como no he sido particularmente lucrativo en el precio y he sido totalmente sincero con la situación en la que se encuentra el aparato, rápidamente alguien que necesitaba una cinta cardíaca -y probablemente, la intención de repararlo (hay gente manitas por ahí. No es mi caso)-, se ha hecho con él. 
El importe por él obtenido supone tan sólo un 22% de lo que cuesta el nuevo, pero estoy satisfecho con el trabajo realizado por el Forer en estos últimos años. Ha cumplido su misión sobradamente y lo considero plenamente amortizado. Además, no se ha ido dando un portazo.
¿Se van las personas, por qué no se iban a ir los aparatos? Todo tiene su ciclo, su principio y su final. Es algo que conviene entenderlo lo más antes posible.        

03 agosto 2013

UN ENTRENO MAL CALCULADO

Es fácil despistarse en un mar de olivos

Reconozco que puede haber algunos ligeros gramos de locura en la ruta hecha en la mañana del sábado, en tal terreno y por estas fechas, porque los 18 kilómetros propuestos de olivo-trail por una ruta que ya había hecho a finales de junio se han convertido en casi 23. 
Un despiste en uno de los cruces me ha llevado a hacer 5 kilómetros más no previstos, algo que no sería más que anécdota si no se tratara de un terreno de esta dificultad y un 3 de agosto, en mitad de una alerta amarilla por ola de calor.  
Cuando llegué al final de la primera parte de la ruta ya se habían cumplido 9 kilómetros. Era lo previsto. Estaba casi en la mitad de la nada y a pesar de que eran las 10 y media de la mañana el calor ya comenzaba a percibir y la chicharra ya había comenzado su monótona lenatía, a pesar de que de vez en cuando -algo propio también en los días de fuerte calor- el sol se cobijaba en alguna nube y aparecía un leve frescor que inmediatamente desaparecía. Así que me refugié debajo de un olivo y me dediqué a hidratarme lo mejor que pude, calculando que debía dejar el suficiente líquido para el regreso de otros 9 kilómetros, pero en este caso aún con más calor al ser más tarde. El sol cada vez estaba más alto y presente. 
No quería pensar en esos nueve kilómetros que me faltaban, tan sólo en qué momento debía de detenerme de nuevo para volver a hidratarme. En realidad, tampoco me sentía mal de forma para volver a un ritmo adecuado.
No recuerdo en qué momento me despisté y no cogí el desvió que me volviera a llevar a Pinos Puente entre ese mar de olivos. Tal vez iba pensando en exceso en el calor que aún me esperaba. Desde luego no ayuda que los caminos entre olivos sean practicamente idénticos. 
Al fondo de una recta, a lo lejos, percibí una fuerte subida que consideré no sería por la que debía pasar. Me parecía una subida excesiva y pensé que podría tratarse de un carril auxiliar, que suelen ser abiertos por los olivareros para poder entrar con su maquinaria. Pero pasaban los metros y no había ningún cruce que me permitiera alejarme de esa subida. Así que cuando menos lo esperaba ya me encontraba subiendola, de la cual no tenía referencia alguna en la ida. Estaba claro que me había despistado.
Cuando con mucho esfuerzo llegué a lo alto de esa especie de otero, comprendí definitvamente que no estaba en el camino correcto. Es más, al ver a lo lejos el campo de golf cercano al Pantano del Cubillas,  ya clausurado por la estulticia de la fiebre del ladrillo (algo similar los aeropuertos de Castilla-La Mancha y Castellón), sabía que me encontraba en una ruta que había descubierto a través de Google Earth. Ya no merecía la pena desandar lo andado erróneamente y seguí. 
No conocía ese trayecto pero sí sabía muy bien adonde saldría, por ser una ruta habitual en mis entrenamientos, pero ese cálculo tenía trampa: serían al menos cinco kilómetros más y eso significaba que tendría que estar corriendo hasta casi las 12 del mediodía. No llevaba apenas líquido pero sabía que en Caparacena, a 4 kilómetros de Pinos Puente, podría beber y rellenar todo el agua que quisiera gracias al activo pilar de la coqueta plaza de la aldea. Por suerte, tras esa dura subida, casi todo el terreno a su paso por el aeródromo era en descenso, o bien, en recta. Eso ayudó. 
Cuando llegaba a la pequeña aldea, a pesar de lo benigno del terreno, comprendí que ya no iba tan entero como hacía un rato. Me detuve en el pilar de Caparacena, bebí, me esparcí agua por casi todo el cuerpo -principalmente por la nuca, cuello, frente y muñecas-, rellené las pequeñas cantimploras de la correa de hidratación y a paso muy tranquilo me dispuse a hacer mis últimos cuatro kilómetros que, probablemente, hayan sido los más complicados en esa ruta que tanto conozco. En eso cuatro kilómetros también había alguna dificultad llegando a Pinos Puente, pero conocía el terreno y no preocupaba demasiado.
Finalmente fueron casi 23 kilómetros (medidos posteriormente porque el Forerunner lleva unos días inactivo, algo de lo que hablaré en otra entrada), terminados tal y como presumía cerca de las 12. No llegué para el arrastre en absoluto, pero sí reconocí que había utilizado unos gramos de locura que no vienen mal si el cuerpo lo resiste.
Cuando llegué al coche aparcado en la puerta de las instalaciones deportivas de Pinos Puente, me dije que el test serio para la prueba de trail de Fonelas de 18,5 kms. del próximo día 18 ya estaba hecho. 
A estas alturas de la tarde-noche no miento si afirmo que entre agua, isotónico, cerveza, zumos, granizada de limón y soja habré ingerido alrededor de tres litros de líquido. Queda mucha noche y aún tengo mucha sed pero, eso sí, no siento las piernas cansadas.     
      

01 agosto 2013

AGOSTO

Agosto es un mes huérfano. No se le conoce padre ni madre; si acaso el hermano menor julio y su pariente cercano septiembre. Por tanto, ajeno a procelosas relaciones familiares circula por la vida con la impronta de quien no tiene futuro ni pasado.
Agosto es un mes solitario e incomprendido. No tiene apenas parangón entre sus restantes once congéneres y ese hecho también le confiere un carácter especial. Lo despoblado de sus días apenas si se compensa con la pereza en la labor. Un mes nacido para ser vivido y ser deglutido en largas verbenas. Un mes de usar y tirar, pero muy querido o al menos muy solicitado por todo aquel que anhela prosaicos paraísos de placer y descanso en las horas de vigilia de la oficina.Un mes querido y odiado a partes iguales, como suele ser común entre los seres huérfanos.
Pero Lorenzo, el sol, sí lo aprecia. Es más lo busca de manera obsesiva de entre sus congéneres hasta que por fin lo convence para que marchen juntos de la mano. Y como es de natural solitario, agosto se dejar mimar con gusto y dicha. 
Agosto baña las calles y plazas de las ciudades de amarillo a mediodía y de cálidas sombras en la noche, pero también sabe estar cuando se lo propone en esas otras calles y plazas ribereñas o montaraces, inundando todos esos rincones soplidos frescos nocturnos. Y cuando en la noche logra zafarse de su amigo el sol, como si fuera un niño travieso, baila con las olas y la luna hasta que Lorenzo vuelve a encontrarlo y recogerlo.  
Un incomprendido, sin duda. Un mes que llegar sin avisar y se va con estrépito. Un mes que como si fuera un reptil hiberna para cargar las pilas durante once meses y, así, de manera callada resurgir de ese hiberno con energías renovadas para ir decreciendo poco a poco, dejando paso a su pariente cercano, mucho más timorato y taimado.            

31 julio 2013

RELATOS DE VERANO

EL ESPECTRO DE A.M.


A.M. era sacristán de la iglesia de mi pueblo. Una de esas personas que poseen una marcada fe religiosa pero que por las circunstancias que fueran jamás pudieron ser curas. Así que era sacristán. Además, era soltero y dicen las lenguas viperinas que afeminado. Pero es muy probable que eso no fuera cierto, porque hasta no hace mucho en los pueblos -más en los pequeños- ser soltero y no andar con hembra era sinónimo de ser afeminado.    
Además, su fe cristiana o lo que fuere le inspiraba más buenas obras. Una de ellas era ayudar a las familias más humildes con la mortaja del finado. Así que se podría decir que era un buen hombre.
Le recuerdo alto, algo desgarbado y muy vital. Andaba a pasos grandes y verlo atravesar raudo la plaza de la iglesia en dirección a la iglesia, en dirección a la sacristía, era una imagen muy cotidiana en el pueblo. Al parecer todo el mundo le apreciaba, pero un buen día los vecinos de la localidad se levantaron con la noticia de que A.M  se había tirado desde el campanario de la torre de la iglesia y se había matado. Lógicamente, todo el mundo pensó que se había suicidado porque otro misterio no cabía. No estamos hablando de la novela de Umberto Eco y, posterior proverbial película cuyo protagonista no era otro que un tal Guillermo de Ockhan. 
Como es lógico, ese hecho luctuoso consternó a medio pueblo, pero otro medio comentó que su suicidio se debió a la murmuración de la población gitana sobre su condición sexual. 
No se sabe cómo, pero a los pocos días, cuando comenzaba a anochecer en el otoño recién llegado, época de castañas y braseros, aparecía por la zona del Puente de la Virgen un 'marimanta'. Así era denominada la figura que en las calles oscuras andaba con parsimonia cuando anochecía y que muchos perjuraban haber visto; una especie de espectro de la noche que aterrorizaba a la población gitana, que es la que vivía por esa zona, generalmente. 
Nadie sabe cómo ni por qué, pero el terror se apoderó de esta etnia y era palpable la escasa presencia de miembros de ésta en la calle cuando el cielo comenzaba a cubrirse con el oscuro manto. Se dice que era el espectro de A.M. que venía de ultratumba para vengarse de aquellos que provocaron en él tal confusión y depresión que le condujeron al suicidio. 
Nadie supo realmente qué era o quién era aquella marimanta que tuvo al pueblo en vilo durante unas semanas y que, al parecer, se aparecía de manera alternativa en varias calles de la zona, pero cuentan que en alguna conversación furtiva de taberna algunos amigos del finado reían de sus probables bien conseguidas fechorías.

29 julio 2013

LEER EN VERANO

Leer es una experiencia única, qué duda cabe y, por lo general, nos enriquecemos si ejercemos esa acción de manera habitual, pero está claro que no todas las épocas del año aconsejan el mismo tipo de lectura.
En ese aspecto no soy demasiado selectivo y si algo me parece interesante o está esperando desde hace tiempo en los anaqueles, lo leo sin más, con independencia de la época del año. Pero aún así, intento evitar lecturas demasiado densas para esta época estival y relajada.
Sin embargo, acabo de leer un ensayo que a pesar de ser un género denso, es de lectura muy amena e interesante ya que está escrito de una manera directa y sencilla. Se trata de 'Todo lo que era sólido', el último y aclamado libro del ubetense Antonio Muñoz Molina,  un escritor que lleva camino de récord en cuanto a consecución de premios y galardones. Pero al contrario de lo que ocurre con otra gente, Muñoz Molina -en mi opinión- es merecedor de todos ellos porque tiene un discurso muy coherente y honesto y es un excelente escritor. Probablemente mejor articulista y ensayista que novelista, no obstante, a mí sus novelas si me gustan porque su escritura es muy literaria y profunda. 
En 'Todo lo que era sólido', el escritor andaluz dice verdades como puños y razona de manera brillante sobre todo ese bacanal que ha barrido este país en los años densos del ladrillo y que ahora sangra por sus heridas. Son reflexiones que de alguna manera u otra todos hemos abordado, pero que en palabras de un buen escritor todo parece más claro. Y, lógicamente, cuando leemos los fundamentos y esas verdades nos sentimos un poco culpables todos por no haber alzado la voz o, en el peor de los casos, haber sido tan condescendientes o, incluso, partícipes. Una lectura muy amena para verano que recomiendo.
Posteriormente me enrolé con otro libro -una relectura en este caso-. Se trata de la novela corta del británico Sillitoe 'La soledad del corredor de fondo'. Tenía ganas de volver a leer esas excelentes reflexiones del corredor protagonista. No ha sido en vano porque nada más acabarlo -y se acaba pronto- surgió un artículo que publicó el diario Ideal el día 25 de julio como seguramente habéis podido ver en la entrada anterior a ésta. 
Nada más acabar esta novela corta, le hinqué el diente a un libro que estaba esperando de forma ansiosa. Se trata de la recreación de viaje a la Alcarria (Nuevo viaje a la Alcarria)  de Camilo José Cela,  39 años después de aquel primero de 1946. Un libro que aún no he acabado y que estoy disfrutando mucho, entre otras cosas porque siempre me ha gustado la forma de escribir de Cela y porque adoro la literatura de viajes. Un viaje estrafalario que hizo el excéntrico nobel ya fallecido en Rolls-Royce y con chóferesa- como a él le gusta llamarla- negra, una extravagancia muy propia de su cosecha. Se da la circunstancia que yo hice un viaje a la Alcarria hace un par de años, nada más leer el primer libro y de esa manera todo tiene más sentido porque muchos lugares que él describe tuve ocasión de visitar. 

No soy muy dado a alternar la lectura de libros -sobre todo si son de un mismo género- pero la voracidad lectora de estos meses me ha hecho perder la paciencia y estoy -peligrosamente- alternando tres o cuatro, lo cual es mucho. Unidos a este último, estoy leyendo un ameno libro muy de verano, también de Muñoz Molina, 'Los milagros de Madrid', un libro que recoge un folletín diario durante el mes de agosto de 1992 en el diario 'El País'; es muy ameno y aconsejable. Sobre todo si os gusta Madrid como a mí. 




Y, por supuesto, le hinco el diente cuando puedo a IQ84 de Murakami, y aunque me está gustando menos que otros suyos, se trata de una apuesta muy seria del autor; una literatura de muchos kilates. Esa gran obra que siempre tienen pendiente de escribir los escritores ya consagrados. Seguramente podré decir mucho más de él cuando acabe su lectura.  

27 julio 2013

LA SOLEDAD DEL CORREDOR DE FONDO (IDEAL, 25/7/2013)

El pasado jueves, Ideal publicó un artículo por mí firmado de título 'La soledad del corredor de fondo', una reflexión a raíz de leer la novela corta de Sillitoe. Como estaba fuera y no lo pude subir a tiempo, lo hago ahora.
Se trata, como decía, de una reflexión de la que creo podemos participar quienes hacemos del fondo una forma de vida, o bien, hacemos una forma de vida del fondo. Nunca se sabe.
Porque cuando uno se dedica a correr, casi siempre en soledad y a lo largo de muchos kilómetros, algo cambia en nosotros y a nuestro alrededor... Espero que podáis identificaros con estas reflexiones.  Os dejo con el articulo por si no fue posible leer en edición impresa: 

LA SOLEDAD DEL CORREDOR DE FONDO

Acabo de leer 'La soledad del corredor de fondo', la conocida novela corta de  Alan Sillitoe (excelente también la película de 1962, basada en la novela), tal vez, uno de los alegatos literarios más inquietantes y brillantes sobre el mundo del corredor de larga distancia. Aunque, obviamente, se trata de literatura y en este arte el juego de las metáforas y las  lecturas paralelas ocupa un lugar destacado. De ahí que no podamos leer este libro tan sólo desde la óptica atlética ya que en sus pocas palabras hay toda una amalgama de reflexiones que van más allá del mero correr como actividad deportiva. Porque el correr como forma de comprender el mundo está muy presente en esta obra de 1959.
               Para quienes somos corredores de fondo o pretendemos a duras penas serlo, este libro ocupa un lugar importante en nuestros anaqueles -como ocurre actualmente con uno de los últimos títulos de Haruki Murakami, 'De qué hablo cuando hablo de correr'- por varios motivos. Las cerradas y contundentes frases de su protagonista sobre las sensaciones que se experimentan cuando se corre en soledad han dejado su impronta en muchos corredores, pero si algo es destacable en esta novela es la brillantez con la que el autor transporta esas sensaciones atléticas a la solitaria y errática vida del protagonista, un joven corredor que concibe el correr como una prolongación de su credo diario, o bien,  concibe su credo diario como una prolongación del correr, nunca se sabe.  
               Porque resulta que mucho de eso hay en la vida del corredor de fondo que esté entregado a esta disciplina, es decir, del corredor que habitualmente suela correr largas distancias. De hecho, cuando eres corredor de fondo pasas muchas horas en soledad y la actividad que realizas entre el cielo y la tierra ha de estar, necesariamente, conectada a la manera de interpretar la vida y la existencia. Adentrarte en caminos solitarios bajo el sol, la lluvia o el frío con más frecuencia de la habitual no puede ser ajeno a cómo sueles percibir el mundo. Porque llega un momento en todo corredor de fondo en el que se produce una síntesis entre la actividad que realiza casi a diario y su forma de sentir y pensar, por muy huera que pudiera tener la cabeza. Y eso es así porque la soledad inherente a la acción de correr genera tiempo y espacio  para pensar y sentir, un hábito que se convierte en estructural y que poco a poco va configurando el carácter del ser corredor. Como vino a decir el escritor Javier García Sánchez, un corredor de fondo durante el transcurso de un maratón puede cambiar hasta tres veces de religión. Eso podría ser una exageración pero doy fe que mientras se corre las neuronas están más vivas que nunca. De hecho, este artículo surgió mientras corría una gran distancia.
               Además, todo lo bueno o malo que aporta el correr al corredor que se aventure en el fondo ocurre en los terrenos mental y emocional. Una huella que va asentando su poso con el mero transcurrir del tiempo. Por eso no es extraño que la persona que se dedica a correr muchos kilómetros en soledad perciba que la percepción que tenía de las cosas y las personas se va transmutando, al tiempo que esas personas que le rodean aprecien en éste un drástico cambio, circunstancia ésta que no siempre conlleva una fácil adaptación.  De ahí que la temática que aborda la novela corta de Sillitoe, al estar bien escrita y contada, haya dejado esa impronta tan profunda en buena parte de los corredores de fondo que la han leído. Porque ser comprendido y sentirse identificado no es tarea fácil. 

26 julio 2013

CUANDO ACABA EL ENTRENAMIENTO...



 Es jueves y ya está anocheciendo en la pequeña villa de Caparacena. He acabado mi entrenamiento de olivo-trail de unos 14 kilómetros y cuando llego la bucólica villa ya ha iluminado su tenue alumbrado público. A lo lejos se dibuja el perfil negruzco de uno de los picachos más altos de la sierra que rodea Caparacena, perteneciente al escueto sistema montañoso de Sierra Elvira, lugar famoso por sus aguas termales antiquísimas y zona de influencia que fue de la antigua ciudad de Iliberri y, posteriormente, Medina Elvira. 
La brisa nocturna ya comienza a hacer su aparición mientras estiro y me cambio de atuendo. El silencio en ese momento es sobrecogedor. No se ve un alma, pero sé que en pocos minutos los vecinos y resientes del lugar comenzarán a sacar sus sillas y se sentarán en sus puertas para beberse el sano fresco que baja de la sierra. 
Justo debajo es posible imaginarse el sinpar río Cubillas, el principal afluente del Genil, que tras nacer en Sierra Arana, depositará sus breves aguas en el municipio de Fuente Vaqueros, muy cerca ya de el de Láchar. Ese río obligó a hacer dos interesantes puentes a dos civilizaciones importantes que poblaron esta zona: el puente romano de Iznalloz y el visigodo de Pinos Puente. 
Se trata, sin lugar a dudas, de un entorno recóndito y precioso; lugar de encuentro de muchas culturas antiguas y que sigue siendo fiel y respetuoso con su entorno. Es uno de los lugares fijos en mis entrenamientos.

CUENTOS Y RELATOS DE NAVIDAD

  La Navidad. Cada año llega queramos o no. Tengamos más ánimo o menos. Nos haya ido bien o mal el año. Haya desaparecido algún ser querido....