jueves, 31 de julio de 2014

IRISH, EL PAÍS DE LOS CELTAS (I)

Los impresionantes acantilados de Moher en la costa atlántica, cerca de Galway. (Foto de
J.A Flores)
              
       




  





          'Un trozo verde y llano rodeado de un azul inmenso'. Eso me dijeron.  Y es cierto.
          Esa es la primera visión que tienes de Irlanda desde el avión. Eso sí, si tienes suerte y no está completamente encapotada por las nubes, cosa harto probable. Pero no lo estaba, por lo que finalmente fue posible ver esa pieza, como de puzle, rodeada de ese azul inmenso que componen el océano Atlántico al oeste, el Irish sea al este y el Celtic sea al sur. Las mismas aguas para tres denominaciones, dos de ellas de alto contenido nacionalista. 
          Tras contemplar el primer trozo de esta gran isla verde desde la escueta ventana del incómodo avión, te sorprendes de que exista tierra tras la inmensidad del océano. Un rato antes, el trozo suroeste de la gran isla imperial británica, justo enfrente, ya había hecho presencia, pero aún así me sorprendió ver esa otra isla más pequeña a la que nos dirigíamos, como perdida en la mitad de la nada. Más perplejo te quedas cuando recuerdas que mucho más al norte hay otra, mucho más perdida: Islandia, pero eso ya es otra historia. De todas formas, me pregunté, qué cosas son los continentes e islas, por grandes que sean si no trozos de tierra, ante la inmensidad de los océanos y los mares.
         Haciendo abstracción de su cerveza, sus típicos pubs y su güisqui, Irlanda nos hace recordar a todos básicamente dos cosas: el controvertido asunto del IRA y el no menos controvertido del rescate por parte de la UE, el segundo país rescatado tras Grecia. Después vino Portugal y, España, que no lo fue en la práctica, pero me temo que sí en la teoría. Pero ambas cosas son muy distintas cuando te las explican desde dentro; muy distintas a cuando te las explican desde fuera.
Lugar de nacimiento de Kevin Barry
primer republicano Irlandés ejecutado
por los británicos en 1920. Actualmente
hay una sede y tienda del Sinn Féin
.
(Foto de J.A. Flores)
          El Ejercito de la República Irlandesa, que responde a las siglas IRA -Irish Republican Army, en inglés-, es algo que está aún muy presente en la historia de las 'Irlandas' -mucho más en la del norte, lógicamente, de soberanía británica- y a todos nos suena a algo así como ETA, pero la historia es mucho más compleja me temo. No entraré ahora en ella, pero sí pincelaré algo.
          Fue creado en 1919 por el parlamento secesionista irlandés para preparar la lucha nacionalista contra los detentadores antiguos de la actual República de Irlanda, que no es otra que la corona británica. Por tanto, fue clave en la independencia de este país. Otra cosa es lo que ahora nos conminan a pensar las siglas IRA -y del que todas las facciones se autoproclaman herederas- tras los abundantes episodios terroristas tan sangrientos llevados a cabo en la segunda mitad del siglo XX y primeros años del XXI . Esos actos terroristas acabaron por atomizar el grupo en múltiples escisiones muy complejas y que sería arduo explicar aquí. Lo importante es que el IRA, el denominado provisional, se cuente como se cuente, es considerado el brazo armado del Sinn Féin, partido que busca la unidad de Irlanda -la República con la del Norte- y, lógicamente, también la independencia total de Irlanda del Norte, actualmente bajo la corona británica. No obstante, se trata de un partido muy representativo, mucho más en el norte, pero que también cuenta con catorce diputados en el parlamento -Oireachtas- de la República de Irlanda. En fin, todo bastante complejo.
          Tanto como la historia del país. O las leyendas, porque es probable que las leyendas en este país estén a la par, si no por encima, de la propia historia. Seguramente se deba a que los primeros textos escritos sobre la historia no llegan hasta el siglo V de nuestra era, gracias a la introducción de la escritura por los monjes druidas, una especie de sabios que lideraron la comunidad y que fueron respetados por ésta. Y eso se debe, en gran parte, a que no es una país romanizado. El genio de Roma empleó violencia para someter allá por donde iba, porque llegaban para explotar los recursos y apoderarse de ellos, pero también supuso avance y civilización. Por ejemplo, en países fuertemente romanizados como España, la impronta cultural, lingüística, jurídica e infraestructural se debe a esa invasión. Acabaron con tradiciones nativas de fuerte valor antropológico, pero a cambio introdujeron la modernidad allá por donde fueron. Gracias a eso en España contamos con múltiples y buenas vías -antiguas calzadas- infraestructuras acuíferas, instituciones consolidadas a pesar de la corrupción que siempre ha reinado, un idioma de calidad de raíz latina y todos los demás avances que todos conocemos. En cambio, Irlanda no experimentó esos avances al importarle muy poco a Roma lo que allí se pudiera encontrar. Nulos recursos naturales -carbón, entre los primeros- y un territorio climatológicamente hostil. De ello le llamaron Hibernia. Le pusieron el nombre y a continuación se fueron y esa ida-fuga se aprecia en la actualidad. De hecho, no existen vestigios romanos ni en el plano lingüístico, monumental, infraestructural o genético. De ahí que muchos se afanen en considerar a la República de Irlanda como los verdaderos detentadores -junto a la hermana Escocia- de la historia, tradición y raza celta, la cual tiene una origen indoeuropeo, pensando muchos investigadores que su origen se encuentra en el norte de la península ibérica, anterior a la romanización. 
          El segundo asunto por el que nos viene Irlanda a la cabeza -además de la Guinness, el Jameson, su música y danzas, su extraño fútbol gaélico y potente rugby- es por el asunto del rescate, del que ya se han desenganchado. Pasó de denominarse como  'tigre celta'  a 'gatito celta'. Fueron muy prósperos, uno de los países con más crecimiento del mundo, pero un buen día las cuentas no le salían y necesitaron euros y una reestructuración bancaria feroz.
          Y es que básicamente no es un país que cuente con industria -la mayoría está en la zona de Belfast, bajo la corona británica-, pero sí con mucho asentamiento de grandes multinacionales, sobre todo pertenecientes a la industria farmacéutica. La clave me la contaron allí mismo: una enorme disminución del impuesto de Sociedades y mucha facilidad para la implantación de éstas, las cuales están básicamente en su capital Dublín. Esa política ha creado y sigue creando mucho empleo, que es algo que muchos jóvenes españoles sin oportunidades aquí han sabido aprovechar.
           El resto del país vive sobre todo de la agricultura y la enorme ganadería. La República de Irlanda cuenta con más cabeza de vacas que número de personas. Eso lo aprecias en cuanto das un paseo por sus zonas rurales. Hay tantas vacas que no te imaginas el paisaje sin ellas.
          Otra cosa que el observador atento apreciará es la cantidad de mujeres jóvenes embarazadas y/o con hijos. Parece haber ansia en ese afán procreador. De hecho es habitual ver por la calle de Dublín a una mujer arrastrando a un par de niños que apenas saben andar, otro en un carrito y de nuevo embarazada, una imagen que en España ya apenas se ve y parece más propia de la época del 'baby-boom' que se instaló en España y otros países europeos hace bastantes lustros. Muchas de estas mujeres son corpulentas y con el cuerpo asimétrico de tanta procreación en tan poco margen de tiempo. Por tanto, es inevitable presumir que existen programas sociales que favorezcan a tantas madres. Y sí, así es. Sobre todo para las madres que lo son en plena adolescencia. A éstas el Estado las protege sobremanera dándoles piso, dinero y costeándoles los estudios. Una mala política, me dicen, que acabará creando parasitismo, sobre todo cuando el resto de la población ha de pagar caro por el acceso a la atención sanitaria. De hecho, es habitual que los padres de adolescentes con embarazos no deseados se desentiendan de las hijas al saber que el estado se encarga de su manutención; y no sería extraño suponer que muchas jóvenes que quieren emanciparse opten por la vía rápida del embarazo. Políticas sociales peligrosas, sin duda. Me dije que si todos los programas sociales van en esa línea no sería extraño que en un par de años la República de Irlanda necesite un nuevo rescate económico, algo similar a la feliz ideal del infame Zapatero con aquellos dos mil quinientos euros por hijo nacido. Pero aún así, la República de Irlanda no cuenta con demasiada población -algo más de cuatro millones y medio- y un tercio de ella está congregada en Dublín y su área de influencia. Debemos considerar que llegó a tener ocho millones de habitantes muchos años atrás y se dice que descendientes de éstos puede haber en torno a los ochenta millones en todo el mundo, más de la mitad en EE.UU., lugar en el que la comunidad irlandesa es muy importante, sobre todo en New York y Boston. (SEGUIR LEYENDO)  

sábado, 19 de julio de 2014

UN ENTRENAMIENTO ESTIVAL (Y CONTUNDENTE)

Se repiten las opciones. El año pasado por estas fechas ya me encontraba entrenando a través de los duros e irregulares carriles entre olivos, preparándome para esa prueba de Fonelas, que vuelve a la agenda este agosto.
Y es que las opciones que me planteo o impongo suelen funcionar casi siempre de la misma forma. El año de la subida al Veleta, la decisión fue rápida e inmediatamente comencé a hacer test de subida para ir comprobando mi estado de forma e ir acostumbrándome a las fuertes rampas. Con cada test bien hecho ganaba en confianza y eso me posibilitó presentarme en la linea de salida. Ocurrió más o menos igual cuando decidí participar en dos ocasiones en la Media Maratón de Montaña de la Ragua. Y el año pasado se presentó la opción de correr en Fonelas e intuí que esa prueba -a pesar de que se anunciaba como trail- me iba a gustar. Inmediatamente me compré las Brooks Cascadia y a sumergirme por terrenos pedregosos con subidas y bajadas. Todo salió mejor de lo que esperaba.
Pero no tenía muy claro que este año pudiera repetir en condiciones similares, dado el comienzo de año tan atroz por el que he atravesado y del que estoy recuperándome mejor de lo que esperaba. Así que el pasado jueves me dije que este sábado debía sumergirme de nuevo por el mar de olivos, por esa ruta de dieciocho kilómetros, con fuertes subidas y carriles destartalados e inestables. Porque lo que estaba intentando decirme es que este año también tengo el propósito de correr en Fonelas en agosto. 
Y no lo pensé demasiado. Este sábado, 19 de julio, minutos antes de las diez de la mañana, ya estaba comenzando mi entrenamiento que tienen su salida y llegada en el campo de fútbol de Pinos Puente. Y aquí está expuesto para mayor conocimiento:


UN ENTRENAMIENTO CONTUNDENTE  

Para intentar que el hipotético lector -corredor o no- pueda sumergirse en la crónica de entrenamiento estival que voy a relatar, nada mejor que imaginarse un terreno seco totalmente plagado de olivos, con un carril principal y cientos de carriles que salen por todas partes. Un terreno en altura, que va elevándose hacia la zona de los Montes Orientales, porque será hasta esa zona hacia la que me dirigiré, la zona de la provincia de Granada con más número de olivos y unas de las más de Andalucía. Eso lo explica todo.
En total, nueve kilómetros de ida y nueve de vuelta, siendo los primeros seis los más duros con diferencia. 
Y aunque es cierto que no hace el calor de los días previos -parece que la ola ha remitido bastante-, no hay que olvidar que estamos en mitad del verano, en julio, quizá el mes más caluroso. Así que hay que protegerse de alto factor y llevar hidratación suficiente porque no va a ser posible encontrarla en ningún momento de la ruta: no se pasa por cortijo alguno y, por lo general, en estas fechas no se ve un alma. Ni tan siquiera se escuchan los pájaros, como mucho, reptiles agazapados debajo de rocas, a los que espero no ver.
Escondido en las gafas de sol deportivas y todo dispuesto, comienzo a dar las primeras zancadas.
Instalaciones deportivas, cementerio viejo, cementerio nuevo, campo de fútbol ya abandonado y, de pronto, el camino a la derecha, el cual va ascendiendo poco a poco. Ya no dejará de hacerlo durante los primeros seis kilómetros.
No se trata de una cuesta ininterrumpida, sino una constante subida que va fatigando las piernas, con la presencia de dos o tres subidas fortísimas pero cortas, a lo que hay que añadir la dificultad de pisar por el destrozado carril, obra de las torrenteras de invierno y los tractores que por allí transitan. 
De todas formas, no encuentro demasiadas dificultades para pisar y en esa labor ayudan sobremanera las Cascadia, gracias a su aguerrida suela. Es más, apenas noto las piedras cuando las piso. De ahí que tan sólo piense en superar la cuesta que toca subir y no pensar en la siguiente.
Compruebo que el terreno se va elevando bastante cuando miro para atrás y observo el pueblo y la Vega bastante abajo. Es más, estoy al mismo nivel, si no más alto que la explanada más alta del Cerro de los Infantes, lugar de civilizaciones remotas que me parece aún más maravilloso y misterioso desde esa inusual posición. 
Miro el GPS no tanto para saber el ritmo, sino para ver cuántos kilómetros llevo ya hechos ya que quiero detenerme a hidratarme en el kilómetro cinco, con independencia de que tenga sed o no. Eso es básico.
Así lo hago. Llego al kilómetro cinco de la ruta y me refugio bajo las sombras del olivo más grande que encuentro. Bebo poca agua ya que hay que dosificarla. Quedan trece kilómetros aún. 
Reanudo la ruta y advierto que he cometido un error táctico. Al detenerme en el cinco no reparo que los siguientes quinientos metros son de subida. Hubiera sido más inteligente haber parado en la cota más alta y no tener que subir esos quinientos metros 'en frío'. Pero ya puedo hacer poco. Como mucho no detenerme demasiado tiempo y subir esa rampa. Percibo cansancio en las piernas por lo que lamento haberme detenido. 
Cuando llego a arriba ya el terreno es muy otro. No existe un descenso en toda regla, pero el terreno es más suave. Posteriormente, sobre el kilómetro siete a nueve habrá algo de subida, pero no es equiparable a la de los primeros seis kilómetros. Así que voy tranquilo, por debajo incluso de los cinco el mil. Me encuentro bien y no me ha pasado demasiada factura subir esa rampa 'en frío'. 
A partir del kilómetro siete debo extremar la atención. Por no haberla extremado el año pasado acabé en un lugar en el que no quería acabar, tal y como conté hace poco y en su día. Acabé haciendo cinco kilómetros más, sin agua y sufriendo más calor. Así que cuando paso por el punto kilométrico en el que se penetra en otro carril que parece más principal, fijo la referencia kilométrica, pera no perderme en la vuelta: siete kilómetros y cuatro cientos metros. Con una sencilla operación sabré en la vuelta qué carril tomar. Y es que dentro del mar de olivos todos los carriles parecen idénticos y yo jamás he sido un prodigio de ubicación. Reconozco que me he perdido en lugares tremendamente fáciles.
Atravieso dos rampas largas y llanas, desde las que hay una bonita vista del Castillo de Moclín, para, finalmente, alcanzar, en el kilómetro nueve, tal y como ya sabía, el lugar en el que me detendría y me daría la vuelta, justo en el cruce de la pequeña carretera que une Olivares y Colomera, en el mismo cruce del Cortijo Berbe Bajo. 
No hace demasiada calor, a pesar de que sin las gafas de sol, el camino posee un color amarillo que da miedo. Me hidrato con isotónico, que está fresquísimo, gracias a que ha pasado toda la noche en el congelador. También refresco con agua, fresquísima también, distintas zonas fundamentales del cuerpo para evitar un golpe de calor: frente, nuca, cuello y muñecas. Soy generoso y también refresco las piernas, que son las que están trabajando más. 
Me deleito con el atractivo paisaje de olivos y disfruto de las sensaciones, así como de la importancia que tiene para mí haber podido llegar -y espero regresar- hasta aquí. Me voy percatando que este año se parece mucho al anterior en cuanto a forma física, a pesar de la discontinuidad. 
Regreso. Y regreso con la alegría de saber que la vuelta es mucho más fácil. Eso será si no me pierdo. Pero no lo hago. Miro el GPS y compruebo que el punto kilométrico está donde calculé debía estar: kilómetro diez y seiscientos metros. Compruebo también que alguien ha anudado una tira de plástico a la rama del olivo que está justo en el cruce de caminos. Algún ciclista, supongo, harto de extraviarse.
Subo una pequeña cuesta y otra corta pero con más dificultad y observo que ya estoy en un punto en el que ya casi todo es bajada o terreno llano. Si es así, ya debo estar en el kilómetro trece más o menos. Miro el GPS y así es. El silencio es hiriente y disfruto con ello. Ya habrá tiempo de escuchar toda la tarde y toda la noche a los vociferantes nenes y a sus permisivos padres en los múltiples parquecitos infantiles de mi moderna calle que te cagas. 
Voy bien, bastante bien. No tengo las piernas cansadas y mi respiración es buena. En definitiva, no estoy cansado. Pero eso no quiere decir que no deba hidratarme. Lo hago en el kilómetro catorce y setecientos metros, a poco menos de tres kilómetros y medio para llegar a mi destino. Agoto todo el líquido isotónico y vuelvo a refrescarme con agua las zonas corporales antes indicadas y observo que al reanudar la marcha voy mucho más ligero, o al menos tengo esa sensación. Se debe tanto al terreno como a llevar las cantimploras vacías en la correa de hidratación adosada a mi cintura. Voy feliz, disfrutando del paisaje. El ritmo ya lleva tiempo que está entre 4'30'' a 4'45'' el mil. Por tanto, los kilómetros cunden mucho. Cuando vuelvo a consultar el GPS ya estoy casi en el diecisiete, a tan sólo un kilómetro de la llegada. 
A esa llegada se accede por el conocido camino que suelo utilizar cuando hago un Caparacena-Pinos Puente. Es el mismo por el que he entrado en la ida. El camino, de no más de 600 metros, desemboca de nuevo en el campo de fútbol abandonado. Segundo cementerio, primer cementerio e instalaciones deportivas. Ya veo a lo lejos el coche, bajo un sol de órdago y me digo: bueno, esto ya está acabado, sabiendo que no apostaba demasiado por hacerlo. El test fuerte, digamos, ya está hecho. Me iré de viaje y volveré con la convicción que demasiado mal debo de venir para no asumir bien esa prueba de Fonelas. No obstante, aún tendré tiempo en agosto para volver a esa ruta.     

Espero que hayáis 'disfrutado' del entreno, tanto como yo lo he hecho.              

jueves, 17 de julio de 2014

LA DECADENCIA DE LOS MITOS (IDEAL, 17/7/2014)

              Se podría decir que la decadencia es al mito como la temida senectud a la diva del cine. En su apogeo, el tiempo parece detenerse de forma permanente, sin vocación de continuidad. De ahí que el mito sólo pueda caer de manera estrepitosa y definitiva. No hay otra solución para ese final.
          Si el mito es humano, toda explicación sobre él no hace otra cosa que hundirlo y todo conocimiento intrínseco lo sitúa en algo demasiado vulgar al tiempo que vulnerable. Y eso es así porque el mito no nace para ser comprendido, ni tan siquiera para ser conocido. Eso es lo que explica que en la actualidad cada vez caigan más mitos, como si se tratara de un attrezzo de cartón piedra de un modesto estudio de películas de bajo coste. Tampoco resisten esas duras pruebas los mitos materiales e inmateriales.
          En tiempos de poca o nula interconexión, las máscaras, las caretas, lo artificial, lo impostado, encontraban su mejor caldo de cultivo en el desconocimiento, pero en los tiempos en los que vivimos, en lo que todo se quiere -y se puede- explicar y conocer al detalle, en gran parte por la irrupción de las redes sociales y esa necesaria interconexión diabólica denominada Internet, caen a diario muchas máscaras, muchos mitos.       
          En la Grecia antigua la tradición mitológica decidió que los dioses habitaban cómodamente ubicados en el Olimpo y esa creencia era tan oficial y válida que nadie, que no quisiera jugarse la vida, se atrevía a cuestionar que los dioses vivieran en mansiones de cristal allí en las alturas. El mito no admitía explicación y tan sólo el tiempo se encargaría de desmoronarlo, pero para ello ha debido transcurrir tiempo, mucho tiempo. Hoy día, al margen de los excelsos valores literarios y poéticos del lugar, el Olimpo no es otra cosa que la montaña más alta de Grecia, además de un parque natural protegido por las leyes. Sin embargo, en su época cumplió su función y sirvió para alimentar muchos espíritus a la vez que para poner a raya a poderosos y a ejércitos, por no hablar del populacho, siempre tan irascible.
          Los mitos nacen para esos fines. Se adaptan tanto a una cosa como a su contraria y cuentan con la ventaja de parecer auténticos en el momento histórico en el que nacen. Pensemos, por ejemplo, en los mitos religiosos -de cualquier confesión-, nacidos y alimentados tanto para justificar guerras, hacer fortuna o amedrentar al pueblo. La historia está repleta de ellos.
          Por ello el mejor aliado del mito siempre va a ser la contemporaneidad. En ésta se apoyan para evitar ser cuestionados. Básicamente porque forman parte del ideario colectivo y cuentan con la ventaja de ser alimentados a diario por instituciones, entidades o personas, en teoría, creíbles y serias. Con el tiempo esos mitos -como todos- caerán pero para entonces ya habrán cumplido con creces con la función para la que nacieron. Posteriormente, ya llegará su correspondiente decadencia, que dará paso al nacimiento de otros.


          Sin embargo, y contra todo pronóstico, en la actualidad estamos asistiendo a la caída de muchos mitos de nuestro tiempo, ya sean deportivos, económicos, sociales, políticos o monárquicos. Caídas que de forma inexplicable se están adelantando a su tiempo estipulado de inevitable decadencia.     

                                                                     Por José Antonio Flores Vera

martes, 15 de julio de 2014

EL CALOR: TU AMIGO, TU ENEMIGO

Por mucho que lo intente, no puedo evitar envolverme en el calor de los caminos y correr bajo el encendido astro de fuego en estos meses. Es algo que sin saber por qué me aporta energía al tiempo que sensaciones épicas.
Cuando el pasado sábado, a bastante más de treinta grados y rebasadas las once de la mañana, ese lagarto de proporciones generosas se me atravesaba en el soleado camino de la Vega, me dije: sin duda hace mucha calor. El reptil se encontraba plácidamente detenido -con esa inquietante inmovilidad que características a estos bichos- tomando su merecido baño de sol tras un invierno para olvidar y yo hube de frenarme un poco hasta que él se percatara que estaba sobrando allí en medio de la nada. En cuestión de segundos desapareció y yo pude seguir mi ruta sin más. También me ha pasado con pequeñas serpientes de agua y jamás hemos tenido conflicto alguno. Pero he de reconocer que a esas infaustas horas de color, su derecho de presencia es mayor que el mío, pero no puedo evitar invadirlo.
Aunque no suelo hacerlo durante mucho tiempo porque no es prudente. No obstante, hay temporadas que suelo entrenar con fuerte calor de manera consciente si de lo que se trata es de aclimatarme para alguna prueba que así lo exija. Eso ocurrió hace unos años cuando hice la subida al Veleta y ocurrió el año pasado cuando decidí inscribirme en el trail de Fonelas, que se celebra a mitad de agosto. Entonces, en esos casos, suelo hacer rutas con fuerte calor y por terrenos agrestes. 

Una ruta habitual de entrenamiento entre olivos

El año pasado -lo conté aquí- semanas antes de correr en Fonelas, hice varias rutas a través de descarnados carriles de olivos a horas en la que la prudencia aconseja estar en casa bajo el aire acondicionado o en una buena piscina a la sombra. Entonces me sumergí por este terreno y percibí que correr por estos lugares y a estas horas es algo especial, pero también peligroso. Principalmente, cuando en uno de esos entrenos, perdido en un mar de olivos, en el que todos los carriles eran idénticos, me perdí y acabé haciendo ocho kilómetros más de los estipulados, es decir, a los dieciséis previstos hube de añadirle ocho más, acabando en pleno agosto a más de la una del mediodía y habiendo agotado el líquido que aportaba en la correa de hidratación.
Pero supongo que eso me hizo fuerte para afrontar esa prueba en Fonelas, en la cual sufrí pero que también disfruté. 
Este año el reto, aunque en condiciones físicas peores, será similar y el próximo fin de semana volveré a esa ruta seca y dura de los olivos. Que las fuerzas me acompañen y, como dice la leyenda ordenó S. Patricio en Irlanda,  los reptiles se aparten de mí.     
   

viernes, 11 de julio de 2014

MÚSICA: WarCRY ( ASTURIAS, 2001-ACTUALIDAD)

Cuando escuché por primera vez cantar a un tipo llamado Victor García, comprendí que era una de las voces claves del metal español. Eso fue a finales de los noventa y estaba en un buen grupo que fue popular durante su existencia en los escenarios metaleros españoles, su nombre 'Avalanch'. Eran bastantes buenos, en parte, gracias a la voz de este asturiano. 
Posteriormente. como suele ser habitual en la estética de estos grupos, salió de manera bastante atormentada de 'Avalanch' y junto a otro amigo miembro también de 'Avalanch' montó el grupo al que ahora me refiero. Su nombre WarCRY. 
Ahora escuchar a WarCRY es escuchar a aquel 'Avalanch' ya que la concepción vocal de estos grupos es básica en cuanto a su definición. Sin embargo, no sólo hay voz -considerada de las mejores del género en España-, también hay enormes instrumentalistas: guitarra principal -en ocasiones dos-, guitarra-bajo, teclados y batería. La única diferencia de unos grupos con otros del género Power metal y Progresivo, como es el caso de WarCRY, es poca en cuanto a instrumentación; de ahí que sea tan importante una voz personal. En cambio, cuando hablamos de Trash nos referimos mucho más a una labor de conjunto (véase el caso de Metallica). 
Victor García, por lo escuchado, sigue fiel a sus letras épicas, epopeyas antiguas y medievales, que es algo que se le da bastante bien como ya demostró con su grupo anterior. Ahora con WarCRY parece contar con músicos más sólidos y, verdaderamente, se disfrutan bastantes sus temas y el instrumentalismo por separado y en conjunto.
Es un grupo que abarrota los espacios en los que actúa, es muy seguido. Y lo es tanto en España como en muchos países hispanosamericanos, además, de ser uno de los grupos españoles -hay pocos- que más actúan en los difíciles escenarios europeos, donde hay tantas bandas míticas y existe tanta cultura metalera. Por tanto, celebro que este buen vocalista con su estilo tan particular y registros tan medievales, pueda seguir haciendo lo que tanto le costó con el desaparecido 'Avalanch'. 
Inserto un corte de Youtube, quizá uno de los mejores: 'El guardián de Troya', perteneciente al multitudinario concierto denominado 'Omega', que ofrecieron en el Palacio 'Vistalegre' de Madrid en 2012 y que se convirtió en un trabajo de DVD y CD del grupo. Sugiero escuchar a este grupo y este tema con interés porque tienen mucha calidad, tanto en música como en letra.           

lunes, 7 de julio de 2014

MICRORRELATO-FÁBULA (RATA COMÚN): LA PRIMA REMOTA

Alejandra no soportaba ver esa fotografía, la cual guardaba como paño en oro en su baúl de la esperanza, pero al mismo tiempo era tal la fascinación por ella que no podía evitar contemplarla un par de veces al día. 
En la misma aparecía su prima Indira, su prima hindú que ella no conocía en persona. Le fascinaba comprobar su suave y limpio peaje blanco, sus bigotes perfectamente alineados y armoniosos, sus finas uñas limpias y pulcramente tratadas con la más delicada manicura, su delicada cola, su mirada cándida y limpia..., pero lo que más admiraba de su remota prima era la ternura que se adivinaba en la fotografía. 
Sabía por sus padres que Indira había triunfado en la difícil y clásica sociedad de la India, donde la buena casta -si no se poseía- tenía por fuerza que ser suplida por la belleza. Y de ese último aspecto, Indira, estaba más que sobrada.
Sin embargo, la fascinación que sentía por su prima no hacía más que acrecentar su tristeza y desdicha, sobre todo cuando tras contemplar por enésima vez la fotografía, pasaba ante cualquier espejo y apreciaba cómo su triste y deslucido pelaje gris, sus tiesos y arrugados bigotes y su descarnada y rectilínea cola, le anunciaban con severidad y contundencia el lugar tan insignificante que ocupaba entre el común de los roedores.  



LEE LOS ANTERIORES MICRORRELATOS FÁBULA: 

CUCARACHA

HIENA

SERPIENTE

ELEFANTE

LORO

LOBO

BUITRE

LEÓN


sábado, 5 de julio de 2014

MÚSICA: MAGO DE OZ (Madrid, 1988-Actualidad)

Un grupo muy apropiado de escuchar en esta época es Mago de Oz. Su metal folk es alegre, desenfadado y cuentan con una espectacular puesta en escena. Además, utilizan muchos músicos e instrumentos, muchos de éstos, por lo general, no utilizados por bandas adscritas al heavy metal: violín, distintas tipos de flauta (travesera, dulce..), acordeón, buen número de sintetizadores, teclados y las siempre imprescindibles dos guitarras, bajo y batería. Todo eso les convierte en un grupo muy seguido, pero no siempre ha sido así.
Comenzaron a funcionar con mucho esfuerzo en 1988 y tras varias idas y venidas de miembros, se consolidaron en torno al grupo principal, encabezado por el batería Txus, que pasa por ser el mentor de la banda. También fue muy carismática la figura de su cantante José Andrea -doy fe que buen conversador- hasta su marcha hace unos años. Un cantante venido del conservatorio que es capaz de asumir diversos registros de voz y tonos. Eso era muy importante en la banda y está claro que tras marcharse 'Mago de Oz' no es lo que era.
También recibieron muchas malas críticas de sus aguerridos y fieles seguidores cuando un tema suyo 'Fiesta pagana' acabó formando parte de la lista de los 40 principales, asunto que se lleva muy mal en este sector musical.
Pero aún así, han hechos cosas de mucho mérito y han creado escuela con su estilo, música y letras. Probablemente el grupo de heavy metal español con más proyección internacional, sobre todo en hispanoamérica donde son seguidos por legiones de seguidores, principalmente, en México.
En España comenzaron haciendo bolos, como todos, y acabaron ofreciendo en 2004 un famoso concierto en Las Ventas, lugar que no todo el mundo llena ni se atreve a actuar y donde convirtieron el escenario en un enorme galeón de estética pirata. Profetas en su tierra. Con el conceptual 'Jesús de Chamberí' -probablemente su mejor disco, el Mago de Oz más heavy y auténtico-, se abrieron mucho camino y se consagraron con la trilogía, -sobre todo con el primero- 'Gaia', otro conceptual muy elaborado y esplendido. También brillaron con 'La leyenda de la Mancha' -un disco conceptual excelente- y Finisterra, en el que se acercaron a sus raíces musicales. Después, en mi opinión, no han hecho grandes cosas o, al menos, no con el nivel de estos cuatro trabajos.  
Cuando en 1995, mi amigo Pepe López, colaborador mío, me sugirió que los contratara en aquel incipiente 'Piorno-Rock' (lo que se hace ahora no tiene nada que ver con aquello), ya comenzaban a ser conocidos, pero aún su proyección era modesta. Meses antes habían actuado con mucho éxito en aquel fallido 'Barbarian' de Pinos Puente. Ahí los conocimos.   Volvieron a los dos años muchos más endiosados porque ya iban vendiendo discos, llenando conciertos y abarcando fama. En las tres ocasiones dieron conciertos memorables. 
Aún siguen arriba, pero la ida de su cantante les ha hecho caer bastante. Ocurre siempre que se va alguien carismático, sobre todo si se trata de la voz, que es una seña de identidad de este tipo de bandas y muy particularmente de ésta. 
Por tanto, si en el lugar de vacaciones os enteráis de que actúan por la zona, yo os sugeriría que fuerais al concierto, a pesar de que ya no es el mismo cantante. No os vais a arrepentir. 

Inserto aquí el concierto completo de las Ventas en 2004 por gentileza de YouTube, que nunca nos falte: 



      

martes, 1 de julio de 2014

COMO UN NOVATO

VEGA
El sábado pasado salí a entrenar por la tarde. Ya eran las siete y media de la tarde, pero el calor en la Vega a esas horas aún era desmesurado. Suelo salir más tarde en verano, pero las circunstancias impidieron que pudiera hacerlo: habíamos quedado con unos amigos. 
Y me deshidraté. No esperaba que ocurriera, pero era probable porque se daban todas las circunstancias. Tracé un itinerario de doce kilómetros y no había ninguna fuente en el mismo. Par acceder a alguna había que extender el kilometraje y no tenía tiempo para ello. Tampoco llevé correa de hidratación porque consideré que si bebía suficiente agua antes de salir, sería suficiente. Para colmo la ruta apenas tenía sombras, apenas vegetación alta.
O sea, que actúe como un novato. 
Comencé a sentir los síntomas pronto, sobre el kilómetro seis, pero pensé que sería una pájara pasajera. Sin embargo, ésta fue en aumento y me forzó a detenerme en varios puntos de la ruta, entre otras cosas para reflexionar sobre qué me estaba pasando. Además, iba demasiado rápido. Fue un mal presagio que se atravesara un lagarto de veinte centímetros en mi camino, pero no quería reconocer que había cometido un error. Estaba en la mitad de la nada, y el único agua a la que podía acceder era la de las acequias, pero no quería arriesgarme a cambiar la deshidratación por una gastroenteritis. Así que cuando llegué al kilómetro ocho de la ruta, opté por una ruta en la que pudiera encontrarme algún cortijo y deseché la ruta cercana a las obras de AVE, tal como había previsto, toda vez que es una ruta totalmente desierta. Me detendría en alguno de los varios cortijos de esa zona que lleva a Torreabeca y pediría un poco de agua. Entonces fue cuando vi un coche que venía en mi dirección y le pedí que se detuviera. Todo un riesgo para los tiempos que corren y que no suelo hacer jamás, pero mi estado era lamentable y el escenario no era peligroso: un tipo corriendo que te pide que te detengas no parece ser que sea un asesino en serie. Se trataba de una pareja que había rebasado la mediana edad y no parecieron sorprenderse. Cuando el hombre detuvo el coche y bajó la ventanilla, inmediatamente, sin dilación, le pedí por favor si llevaba un poco de agua. Es habitual que así sea en la Vega. La mujer, presta, confió que aún pudiera estar la botella que llevaba en el coche desde hacía un par de días. Yo creo que va a estar muy caliente, dijo algo preocupada. No se preocupe por eso, le dije. Buscó en el asiento de atrás y sacó una botella de plástico medio llena e me invitaron a que me quedará con ella. Bebí y les dije que me vendrá mal llevármela porque es una molestia para correr (intenté ser amable, pero no sé si lo conseguí). Por mantener alguna conversación de agradecimiento les dije: me he deshidratado. Llevo nueve kilómetros pero aún me quedan tres, por tanto, me han salvado la vida. Sonrieron satisfechos. Muchas gracias. No hay de qué, pero aún estás a tiempo de llevarte la botella, dijo el hombre a modo de despedida. Negué con la mano cuando comencé a correr.
Ese agua, en realidad, me salvo, tal vez no la vida, pero sí que pudiera concluir los tres kilómetros que me quedaban. El calor era infernal. Además, al tratarse de agua con gas, las sales minerales me vinieron de maravilla. 

Pero lo más curioso de este entrenamiento no sólo fue la deshidratación. Lo sé, se trata de algo que un corredor veterano como yo debería evitar, pero jamás aprendemos. Lo más curioso decía es que tenía muchas ganas de correr. Lo hacía con facilidad y aun ritmo que me costaba fuera superior a los cinco minutos el mil, por mucho que intentara frenanrme. Lo normal, pensé, es que en ese estado hubiera ido arrastrando las piernas, pero no. Por tanto, había una total disociación entre la mente y el resto del organismo. Aquélla quería correr y se encontraba muy bien con esas buenas sensaciones, pero a éste la faltaba una materia prima básica: el agua.    
Pero aún me sorprendió mal que la media de los doce kilómetros no hubiera superado los cinco minutos el mil. Son días extraños que a veces se cruzan. 

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Si nadie le cuenta al hipotético lector nada sobre el pueblo de Rothenburg no habrá forma de imaginarlo a pesar de haber llegado...