lunes, 29 de agosto de 2016

EL TEBEO DE ENRIQUE. (ideal, 29/8/2016)

EL TEBEO DE ENRIQUE   

                                                                       Por José Antonio Flores Vera
                                                                                                   
                                                                                  



   

    Mi corazón reposa
    Junto a la fuente fría.
    Llénalo con tus hilos
    araña del olvido.                                                                 
                                                                                         

Así denomino a este artículo porque sé que, a su autor, Enrique Bonet Vera, le gusta utilizar el término tebeo. A mí también. Luego, ¿a qué me refiero con el tebeo de Enrique? Lo diré rápido y breve: una obra enorme. Una obra mayor. Pocos se atreven a tratar en un cómic una temática tan honda como ésta, pero él sí se ha atrevido y ha salido más que airoso. Diría más, mucho más consagrado de lo que ya lo estaba como exitoso autor de cómic.                                                                                                                          Además, es granadino, por mucho que haya nacido en Málaga. Pero no hablaré aquí de Enrique (al que conocí por medio de un amigo común, Paco Cid, en la presentación de mi primer libro), a pesar de que podría dedicar diez artículos a ese menester, dada su calidad como persona y como escritor y dibujante. Hablaré de ‘La araña del olvido’, su última obra, cuyo prólogo, a cargo del escritor granadino Juan Mata, es muy clarificador.
            El escritor norteamericano de origen español, Agustín Penón vivió dos años en Granada (1955-1956) para tratar de conocer el cómo y el porqué del asesinato de Federico García Lorca, un mes después de la sublevación militar que provocó el estallido de la Guerra Civil española, y el sitio exacto de su enterramiento, en algún lugar entre Víznar y Alfacar. Intentar conocer tan solo eso ya resulta fascinante, pero la fascinación no queda ahí. Sobre todo, cuando uno se pregunta cómo sería esa Granada cerrada de mediados del siglo pasado que encontró el escritor norteamericano, aún marcada por una cruenta guerra -como toda España- y estigmatizada por el asesinato del poeta universal y la incertidumbre del lugar de enterramiento.
            Marta Osorio, fallecida hace pocos días, fue testigo de excepción de aquella Granada cerrada y muda como actriz que iba a protagonizar el papel de alcahueta en la representación de la versión que hizo Martín Recuerda de La Celestina y que fue prohibida por el gobernador civil de Granada a instancia del obispado. Por tanto, a excepción del escritor e investigador, ya fallecido, nadie mejor que ella pudo contar en su libro ‘Miedo, olvido y fantasías. Crónica de la investigación de Agustín Penón sobre Federico García Lorca (1955-1956)’, todo ese legado construido por Agustín Penón y que le fue entregado por Willian Layton, el gran amigo del escritor, una vez muerto éste. Legado que fue durante años guardado en esa maleta cada vez más abultada de documentos, fruto de la investigación que el escritor apasionado en la obra de Lorca cosechó en esa difícil Granada de los años cincuenta. Posteriormente, la autora granadina publicó también ‘El enigma de una muerte’, que recoge la correspondencia mantenida entre Agustín Penón y Emilia Llanos, que es un episodio que tiene gran protagonismo en el cómic de Enrique Bonet.
            Las obras literarias cuentan con la virtud de ser únicas y por eso la recreación que hace el escritor y dibujante granadino de los días vividos por Agustín Penón en Granada, basándose principalmente en la obra de Marta Osorio, es única también. En esos dibujos surge una nueva historia, o al menos, una nueva forma de contar las peripecias vividas por el escritor norteamericano en Granada. Sumergirse en estas historietas es regresar a la ciudad de mediados del siglo pasado. Lo será para quien la haya vivido, pero también para quienes no la hayamos vivido por razón de la edad. Lugares comunes que conocemos -o incluso ya desaparecidos- visionados a través la magia del cómic o tebeo. Sin embargo, no es solo eso. Es mucho más. Se trata de la recreación de ese ambiente granadino con el trasfondo de la muerte del poeta menos de veinte años atrás, cuando aún la herida supuraba por todas partes. Se trata de conocer de primera mano a personajes reales relacionados directa o indirectamente con ese cruel asesinato y su posterior enterramiento.

            Hay en ese ejercicio un equilibro perfecto. Una perfección que tiene mucha más importancia al tratarse de un asunto tan delicado que se desarrolla en pleno apogeo de la dictadura franquista, con las heridas aún demasiado abiertas, en una ciudad en la que todo corrillo, toda conversación, por velada que fuera, todo exabrupto anormal, podía ser visto y perseguido. En ese ambiente hostil y cerrado se conduce la intensa investigación de Agustín Penón a lo largo de dos años y que ha sabido recrear perfectamente Enrique Bonet en esta obra.          

miércoles, 10 de agosto de 2016

USTED PUEDE SER PROPIETARIO, Y LO SABE (IDEAL 10/8/2016)

USTED PUEDE SER PROPIETARIO, Y LO SABE

                                                                       Por José Antonio Flores Vera



A poco que observemos, llegaremos a la conclusión que nos va la propiedad, sentirnos dueños de las cosas que nos rodean. Es probable que no sea culpa nuestra sino de nuestros orígenes, nuestra forma ancestral de organizar y entender la sociedad. Desde siempre ha existido esa inclinación, si bien fue el genio jurídico romano quién asentó las bases legales de las distintas formas de adquirir la propiedad. De hecho, el brillante jurista romano Gayo supo ver que una de esas formas -fuera la propiedad pública o privada- podía darse si existía la suficiente voluntad y la paciencia necesaria. A esa institución jurídica se le denominó usucapio, que se conceptúo como una forma legal de adquirir la propiedad mediante la posesión continuada en el tiempo. Una institución que nuestro Código Civil -artículos 1930 a 1960- recoge bajo el nombre de usucapión, también llamada, prescripción adquisitiva o positiva.
            Y de todo ese mecanismo jurídico somos muy conscientes. Quizá no sea tan conocido el concepto jurídico-técnico, más centrado en el ambiente judicial, pero sí existe entre las gentes ese saber antiguo e innato que les indica que hay cosas que jamás podrán cambiar. Son las leyes de la lógica y el sentido común. Es algo que observas en la calle, en el comportamiento de todos nosotros. Hay como una especie de conocimiento impreso en los genes que nos dice que la posesión de algo de manera continuada y sin que nadie reclame su propiedad, con el paso del tiempo, pasa a la nuestra. Se intenta casi siempre, si bien no siempre se consigue porque se han de dar ciertos requisitos jurídicos, claro está. En la antigua Roma era aconsejable que esta institución existiera, porque las largas ausencias de muchos de los propietarios -soldados involucrados en invasiones de otras naciones- aconsejaba que la propiedad pudiera pasar a manos de otro si el propietario no regresaba (de hecho, muchos no lo hacían y creaban ciudades como Emérita Augusta), propiedad que también incluía a la propia esposa, la cual se postulaba con su símbolo fálico anudado – o no- al cuello.
            Pero, aunque pudiera parecer poco lógico que esta institución aún exista en los tiempos actuales, lo sigue haciendo porque la condición humana no ha cambiado demasiado en los últimos dos mil años. Hay infinidad de ejemplos de esa condición. Uno muy sonado en estos meses veraniegos y de playa: la propiedad del espacio de arena que mucha gente se arroga, bien clavando el palo de la sombrilla, como si se tratara de poner una pica en Flandes o demostrando una constancia diaria en el uso y disfrute a prueba de bombas. Nada más gráfico que la anécdota que me contaba hace poco un amigo sobre el hábito de una amplia familia que desde hace lustros instala sus reales siempre en el mismo espacio de una playa granadina a primeras horas de la mañana. Los demás conocen esa práctica y nadie osa ya ocupar ese espacio, ni tan siquiera si un buen día los usufructuarios no hacen uso del mismo. Es la costumbre; y la costumbre es una fuente de creación jurídica.
También es común en estas fechas el abuso excesivo que hacen las terrazas de los bares del espacio público, que lejos de adecuarse al número de mesas pactado con el respectivo ayuntamiento, alargan su frontera hasta el infinito. De hecho, ese achicamiento hace que muchos ciudadanos desistan de pasar por ese espacio público al existir tan solo un intimidante pasillo que para sí lo quisiera la pasarela Cibeles, lo que conlleva que proliferen aún más mesas. Con relación a esto último, convencido estoy que los locales situados en calles con anchas aceras o plazas cotizan mucho más, sabedores del uso de ese espacio público abusivo.

Pero no se trata tan solo de esos dos ejemplos. Los hay por doquier. Desde el comerciante que baliza un par de aparcamientos junto a su comercio hasta la ocupación de bancos de las plazas públicas, en los que apenas hay alternancia de sujetos; o la lectura prolongada de periódicos, como éste, en los bares; o el aparcamiento en el espacio común de la moto o el coche en cualquier comunidad de vecinos que se precie. Pero observen y encontrarán muchos más.

lunes, 1 de agosto de 2016

¿QUÉ ES PROGRESO? (IDEAL 1/8/2016)



¿QUÉ ES PROGRESO?

 Por José Antonio Flores Vera

¿Qué es en realidad progreso? Es la pregunta que me hacía hace unos días cuando, desolado, veía que mi soñada vega, en el entorno de Pinos Puente, era fraccionada por un enlace de autovía. Un año antes, cuando comenzaron las obras, aun no queriendo creer lo que estaba por venir, las excavaciones de cimentación de un puente dejaron al descubierto lo que, al parecer, fue un amplio taller de cerámica tardorromano, según pude informarme. Me gustaba pasar corriendo por allí e imaginar cómo sería todo aquello dieciséis o diecisiete siglos atrás. Pero nada queda ya de todo eso. Tan solo la estructura de un robusto puente que elevará la autovía para dejar existir un camino asfaltado que comunica con los cortijos y hazas de la zona. Todo lo demás, el territorio fértil por el que pasará el enlace de la autovía, será arrasado por esa gran lengua de hormigón que creará dos bandos diferenciados. Una especie de muro de Berlín para la fauna, flora y las muchas personas que por allí pasean, hacen deporte o trabajan sus campos. Me pregunto si habrá habido algún estudio de impacto ambiental que aconsejara elevar todo el tramo de autovía por medio de puentes para evitar arrasar ese vergel que es la vega. A eso le denominan progreso.
La Real Academia Española de la Lengua en su primera acepción define el progreso como ‘Acción de ir hacia adelante’; y en su segunda acepción como ‘Avance, adelanto, perfeccionamiento’. Conceptos demasiado genéricos que, entiendo, no sirven para comprender en su integridad qué puede significar el progreso que, se supone, se ha de entender como mejora en la calidad de vida de las personas a las que, en teoría, va dirigido. Sin éste, nuestras vidas no hubieran mejorado tanto como lo han hecho en los últimos siglos. Eso no es discutible. Pero afirmado esto, es necesario reflexionar acerca de si llegado a un punto ese progreso no es más que involución, un ir hacia atrás. Por ejemplo, en el caso que citaba del enlace de la autovía. Las preguntas que levitaban sobre mi cabeza al ver ese leviatán de hierro y cemento eran las siguientes: ¿es necesario un enlace de autovía que posibilitará que pasen más coches y que conllevará dentro de pocos años la necesidad de otra autovía, que también propiciará más coches? ¿Es más importante la implantación de la obra pública que lo que destruye? Es probable que no nos hagamos esas preguntas con demasiada frecuencia tan mediatizados como estamos por el buen nombre del progreso, pero es necesario reflexionar sobre ello, porque un progreso excesivo y embrutecido podría suponer a la larga dar muchos pasos hacia atrás. Porque progreso también es preservar lo que nos ha regalado la naturaleza, la cultura o la historia.
Similares preguntas debemos hacernos cuando -otro ejemplo real- una superficie comercial da al traste con unos importantes restos romanos, perdiendo para siempre la oportunidad de saber qué fue y cómo fue el origen de una determinada ciudad. Para muchas personas unos restos arqueológicos no deben impedir ese progreso, pero me pregunto también qué seríamos, en realidad, si no conocemos lo que la historia nos ha legado. Porque poder presenciar los restos de hace dos mil años de una determinada ciudad es cultura; y la cultura -insisto- también es progreso. En este caso que comento, ni siquiera se han molestado en construir una estructura de cristal en el suelo que permita recordar esos restos, una formula bastante usada en ciudades históricas, incluida, Granada.
No se me escapa que para muchos sectores el progreso es tan solo construir y construir (lo que conlleva casi siempre destruir y destruir) sin mirar atrás, si bien, siempre serán los mismos sectores de siempre los que opinen así: los económicos y, en gran parte, también los políticos. Ambos se amparan -y mienten, en la mayoría de las ocasiones- en la creación de empleo y riqueza. Y, lógicamente, cuando se pronuncian esos términos tan absolutistas, que no admiten opinión en contra, poca gente se atreve a cuestionarlos, a pesar de que en muchas ocasiones ni ha habido creación de empleo ni, por lo tanto, riqueza. Solo ha quedado la excusa que ha permitido llevar a cabo el proyecto; megalómano, la mayoría de las veces.

   Pero, ¿y los ciudadanos? ¿Qué papel representan en todo esto? Ciudadanos a los que jamás se les pregunta sobre si consideran necesaria una autovía o un centro comercial o, bien, preservar un espacio de vega o unos restos romanos. Se supone que el voto cada cuatro años (últimamente cada seis meses) lo valida todo, pero no debería ser así. De hecho, hay ejemplos de países, como es el caso de Suiza, en los que antes de acometer alguna obra pública de calado lo suelen consulta al pueblo. Aquí, en cambio, solo sabemos de ella cuando comienzan a atronar las máquinas sobre nuestras indefensas cabezas.

BREVES COMENTARIOS NO ESPOILEADOS DE OPERACIÓN U.N.C.L.E, ABSOLUTAMENTE TODO Y CIEN AÑOS DE PERDÓN.

OPERACIÓN U.N.C.L.E (EE.UU. 2015) 

Excelente película ésta dedicada al espionaje y a la guerra fría de los años 60. Hemos visto muchas películas sobre estas temáticas, pero Operación U.N.C.L.E es bastante atípica y rompe los moldes preestablecidos en este tipo de películas. Repleta de acción -pero acción comedida- con una antiguo conocido: Napoleón solo. Además, no está exenta de humor. Recrea muy bien la estética vintage de los años que retrata y cuenta con una BSO, a cargo del joven compositor Daniel Pemberton que, particularmente, me ha encantado. 
Con esta película el buen director, el ex de Madonna Guy Ritchie, nos vuelve a deleitar con su buen cine, si bien poco o nada que haga en el futuro podrá superar a la mítica Snatch, cerdos y diamantes. 
Por tanto, una buena película que nos hará pasar un buen rato, si lo que queremos es ver una peli que nos divierta y nos haga pasar una mejor tarde de sopor y calor.     




ABSOLUTAMENTE TODO (U.K. 2015)

Cambiamos por completo de registro y comento esta película británica Absolutamente todo, que, creo, merece la pena, siempre y cuando sepamos qué vamos a ver.
Me gusta todo lo que hace Simon Pegg, uno de los comediantes cinematográficos británicos de cabecera, el cual ya parece desligado de su álter ego cómico por naturaleza: Nick Frost, con el que parece no trabaja desde aquella irregular Bienvenidos al fin del mundo. De todas formas, siempre tendremos en la retina la mítica Zombies Party. 
Simon Pegg tiene la virtud de no hacer solo papeles cómicos sino que se pone serio también, tal y como ha demostrado en las últimas Star Treck y Misión Imposible. No obstante, siempre le veremos su lado cómico, tal vez, porque es a lo que estamos acostumbrados en él. 
Por tanto, ¿qué vamos a ver en Absolutamente todo? Pues nada más y nada menos que una película muy divertida, con guión disparatado y un tanto friki. De hecho, algunos de sus gags son realmente deliciosos. Una peli que sienta muy bien ver en una noche de fin de semana cuando el día ya nos haya apartado de otras obligaciones más onerosas y tengamos solamente ganas de abrir una cerveza fresca, dejar la habitación a oscuras y disfrutar de las ocurrencias del bueno de Pegg y su perro parlanchín. 



CIEN AÑOS DE PERDÓN (ESPAÑA, 2016)

Cien años de perdón está dentro de esa hornada de películas de género negro españolas de los últimos años, que sin estar a la altura de otras como la Isla Mínima, Grupo 7, Celda 2011 o, incluso, No habrá paz para los malvados, se trata de una gran película 'Made Spain'. 
Cuenta con los ingredientes necesarios para estar a la altura o superar a muchas con mucho más presupuesto del otro lado del charco, a pesar de que se trata de una temática muy recurrente en el cine de medio mundo: el robo de un banco. Es lo que pensé. Creí ver al principio de la misma que nada iba a variar y que era una película que habíamos visto mil veces. Pero no. Hay matices en ella e historias internas que la hacen distinta y especial. Hay que decir que además de contar con un guión coherente y de una pieza, hay una excelente fotografía y buena BSO, además de buenas interpretaciones. En ese sentido, contar con Luis Tosar es siempre una garantía. 
Uno de los elementos más especiales que hace que esta película de habituales robos de bancos sea peculiar es la introducción de la corrupción. Y si hablamos de Valencia y corrupción es fácil que veamos una fuente de inspiración muy importante de la vida real de los últimos años: el PP valenciano y, por añadidura, el nacional. Por tanto, ese elemento, sumado a otros relacionados con las relaciones entre los protagonistas hace que este film español sea harto aconsejable, pudiendo convertirse en lo mejor que se pueda ver a lo largo de 2016. Porque sigue vigente el refrán -y más en los tiempos que corren-, que dice que 'Quien roba a un ladrón, tiene cien años de perdón'.

EBOOK: RELATOS Y ARTÍCULOS DE VIAJES: ROTHENBURG

Si nadie le cuenta al hipotético lector nada sobre el pueblo de Rothenburg no habrá forma de imaginarlo a pesar de haber llegado...