viernes, 31 de julio de 2009

RUIDO


El ruido. Es un problema aunque no lo parezca. Resulta que es tan frondoso el bosque que ni siquiera nos deja ver los árboles. Pero están ahí. Igual que el ruido, que también está ahí, afectándonos a diario.
La sociedad de la opulencia es también la sociedad del ruido. Es curioso comprobar cómo todo lo que es caro y socialmente aceptado es al mismo tiempo ruidoso.
En nuestro país, el ruido está socialmente aceptado. Al contrario de lo que ocurre en otros países de la Europa más civilizada. Países en los que el ruido está más denostado y legislado. En España, las actividades humanas o mecánicas que producen ruido están comenzando a entrar en los órganos legisladores. De hecho, Granada ya ha aprobado una ordenanza que intenta atajar, entre otros aspectos convivenciales, el asunto del ruido, principalmente, a horas intempestivas.
De todo esto y de algo más escribo en el artículo que publica Ideal hoy, estrenando columna nominativa, que coincide con el nombre de este blog.
Si no es posible que hayáis leído el artículo en papel, os lo reproduzco aquí para obtener vuestros seguros comentarios que tanto me placen.


RUIDO

Cuando el legislador español de todos los ámbitos territoriales asumió por primera vez la función legislativa que le corresponde derivada del derecho comunitario, hubo de revisar doctrina y costumbre jurídica nacional e intentar implementarla con otra muy distinta en cuanto a tradición jurídica. Lógicamente, el legislador estatal fue el más afectado por ser el que mayor protagonismo recibe de la Constitución para asumir competencias exclusivas. Una tarea ardua, decía, si tenemos en cuenta que el derecho no puede ser algo aislado, sino que obedece a costumbres sociales muy arraigadas en los pueblos.

Si esa tarea ya es difícil en el interior de un país como España, plagado de derechos históricos, imaginemos qué dificultad no podrá existir cuando se trata de derechos que provienen de ramas jurídicas completamente antagónicas. Además, elaborar una norma nunca es tarea fácil por poca dificultad que se plantee.

Toda esta pesada introducción viene a cuento de lo complicado que está siendo que en España –en algunas zonas más que en otras- calen determinadas medidas que inciden directamente en nuestra decimonónica forma de ser y actuar. Medidas relacionadas con la convivencia, por ejemplo, que derivan en gran parte del derecho comunitario.

Normas que en buena parte de los países de la Unión Europea son lógicas y aceptadas socialmente, en España producen un fuerte debate interno. Por ejemplo, las normas que nacen para regular la convivencia en un sentido amplio, que engloba aspectos como el ruido, el botellón o la prostitución callejera.

Hablemos por ejemplo del ruido, uno de los principales caballos de batalla de los entes locales. Inmediatamente que algún ayuntamiento, respetuoso con la buena convivencia –suponiendo que lo hubiera-, dicta alguna ordenanza, que es la máxima potestad reglamentaria de la que gozan los entes locales, para combatir el ruido o las actividades anormalmente ruidosas, surgen grupos, grupúsculos y apóstoles de los derechos humanos, contrarios a esa ordenanza alegando que coartan libertades. Pero olvidan la premisa mayor ya típica y tópica que postula que la libertad de alguien acaba donde comienza la de otra. En fin, que para este tipo de colectivos hacer ruido y convivir de forma desordenada fastidiando al individuo respetuoso está en el vasto baúl de los derechos humanos.

Un individuo en nuestro país –mucho más en Andalucía- antes de irse a descansar probablemente haya tenido que soportar motores con escape libre a cualquier hora del día o de la noche, críos jugando en parques públicos hasta las dos de la madrugada con la aprobación de sus padres, personas dando gritos hasta la hora que les plazca, aberrantes sonidos enlatados que salen de tuneados coches, castillos de fuegos artificiales de barrios en fiestas –ese dato merecería una atención especial-, vecinos celebérrimos en exceso, estruendos vomitados por la caja tonta. En suma, el individuo que pretenda descansar lo tiene complicado, a no ser que se fabrique una habitación proustiana, acolchada por todos sus flancos, similar a aquella de la que se dotó el genio francés para comenzar a escribir en serio.

Pero ocurre que una norma no vencerá si no existe con anterioridad una aceptación social del contenido de la misma. De hecho, el mejor derecho es siempre el que se admite en la calle sin necesidad que lo sancione el poder público. Y eso es algo que no se contempla en gran parte de España en relación el ruido, entre otras cosas porque está socialmente aceptado que el ruido inunde nuestra existencia. Ser ruidoso es – o ha sido- en España sinónimo de poderío económico. Resulta increíble comprobar la cantidad de cosas caras que existen en el mercado que tienen como principal atributo el ruido: desde un coche de potente motor hasta equipos de sonido para coche, pasando por motos de alta cilindrada para la tierra o para el agua. Y es que el ruido es tan inherente al carácter latino que difícilmente aceptaremos normas que impongan cesación de éste a determinadas horas del día y de la noche.

No obstante, en mi opinión, estas normas habrán de prevalecer antes o después porque no hay nada más ignominioso que la perturbación del descanso de personas sensatas por parte de personas insensatas.

lunes, 27 de julio de 2009

ESOS CAMINOS











Me motivan sobremanera esos caminos. Perennes, inalterables todo el año, soportando la lluvia, la nieve -en ocasiones, el sol, el viento, inalterables siempre-. Por eso me gusta atravesarlos, comprobar que cada una de sus piedras, de sus imperfecciones, siguen ahí, inasequibles al desaliento.
Si el tiempo es frío, se percibe la dureza del invierno en cada metro; pero si ha llegado la primavera, no será difícil encontrar pétalos de alguna rosa caída; en otoño se visten de hojas, adquiriendo un color inédito; en verano brillan por el efecto del sol, y si corres por ellos en una hora de calina, su aspecto amarillento y seco casi te deja sin aliento. Pero son los mismos caminos de siempre. Ya sean de la Vega, del entorno del Pantano o de cualquier otra zona, siempre están ahí, pacientes, como aguardando que las Asics, las Saucony o las Brooks revoten en ellos y hagan avanzar las piernas.
La filiación que tengo con esos caminos es intensa. Forman parte de mi historia personal, de la época de travesuras, corriendo por ellos raudamente tras apoderarnos de una buena mata de habas; o de los tiempos en que Paco y yo, junto a otros amigos comenzábamos a dar los primeros torpes pasos, por rutas que no alcanzaban más de cinco kilómetros, distancia que para nosotros era toda una hazaña. O bien, cuando degustábamos nuestra particular fiesta anual que llamamos "La romería", a pesar de que no existan ni romeros ni santos que homenajear. Pero ahí estaban también presentes esos caminos, testigos de nuestras locuras adolescentes y no tan adolescentes, con Emilio, con Fernando, y con tantos otros que ahora están dispersos.
Y, ahora, sigo visitando esos caminos, casi a diario, como dos viejos amigos que nunca se separan, a pesar del incierto transcurrir del tiempo. Trotando a través de ellos con independencia de la climatología, feliz de poder seguir encontrándomelos inalterables, de poder visitarlos siempre, comprobar que siguen ahí.
Caminos solitarios las más de las veces, frecuentados principalmente por quienes están en la obligación de hacerlo por motivos profesionales: los agricultores. Aunque también ellos palpan a diario su esencia y para mí tengo que muchos de estos agricultores buscan en la compañía de las acequias y las huertas la soledad que necesitan. De hecho, siempre veo a los mismos agricultores por la Vega, ya haga frío o calor, bebiéndole el tiempo lentamente, concentrados en sus labores de riego o recolecta. A muchos les saludos y me saludan como si existiera un pacto tácito entre ellos y yo mismo: ellos se congratulan con sus tareas y yo dando zancadas. En invierno les veo recolectando la aceituna y en verano las patatas y los ajos. Están siempre allí, estamos siempre allí. A veces pienso que lo que buscan ellos en estos privilegiados lugares es muy similar a lo que yo busco: como si fueran las dos caras de una misma moneda.
Probablemente quien lea esto no pueda imaginar el privilegio que supone para mí tener a tiro de piedra estos caminos para correr.
Como decía, ahora en verano esos caminos rezuman un color amarillento de sol inmisericorde y los encuentras familiarmente extraños. La sequedad de alrededor en algunos de ellos, como es el caso de la zona del Pantano del Cubillas-Caparacena, y el clamor de la Chicharra, que comienza su cantar cuando aparecen los primeros rayos del sol; la sequedad, decía, me produce una emoción especial. Correr por esos caminos, secos y polvorientos, rodeados de una sequedad inaudita y con ese característico sonido de la Chicharra anunciando el calor, es algo grande. Pero igualmente es estimulante atravesar la Vega y comprobar el rumor de las acequias y esa mezcla de intenso calor y frescor de las alamedas. Por eso decía el otro día en la Bitácora que me agrada correr cuando ya existe un calor apremiante, precisamente para no perderme todo ese espectáculo salvaje que ofrece el verano.
O como ocurre en invierno cuando percibes a cada paso la insufrible dureza de los caminos exentos de polvo, como antes decía; cuando compruebas que los charcos repletos de barro están rígidos por el frío y cada kilómetro te parece una odisea. También en esas circunstancias la emoción por correr por esos lugares es fuerte.
O en otoño. La languidez de las tardes; las hojas caducas alfombrando la tierra y ese lento transitar por los caminos, sin que sea posible cruzarte con un alma.
O bien la primavera, época en la que los caminos y sus alrededores parecen vestidos de fiesta, siempre engalanados por los rosales y las adelfas de las orillas y ese sordo rugir de grupos de mujeres con las que te cruzas, que alejadas de los rigores del frío hacen de estos lugares su particular "ruta del colesterol", ahora que las prendas más ligeras delatan.
Un privilegio amigos y amigas. Así vivo el poder correr por estos lugares: un permanente regalo de la naturaleza.

lunes, 20 de julio de 2009

ANATOMÍA DE UN INSTANTE de Javier Cercas



Entre mis actuales lecturas de estos días se encuentra el último libro de Javier Cercas, "Anatomía de un instante", editado por Mondadori.
Me gusta la literatura de Javier Cercas. Me gustó la apuesta literaria que hizo en "Soldados de Salamina" y soy lector habitual de sus artículos que publica en "El País Semanal". Su literatura es fresca, personal y atrevida, rezumando calidad en cada línea.
Por eso estoy disfrutando sobremanera con "Anatomía de un instante". Asimismo, estoy aprendiendo sobre el suceso más fatídico perpetrado en los albores de nuestra democracia. Aquel 23 de febrero de 1.981 pudo cambiar la vida de los españoles: de los de aquel momento y de los que estaban por venir.
En esta novela-ensayo (no es fácil catalogar el estilo que ha impregnado Cercas en este obra) se hace una precisa disección -una anatomía- de los tensos momentos ocurridos durante las inciertas horas del golpe. Y esa disección se hace a través de sus principales personajes, hasta el punto que la disección es tan profunda, a la vez que sutil, que no es fácil encontrar filiación o desdén del autor hacia los mayores protagonistas del golpe, levitando sobre todos ellos, siempre, la figura, imagen y obra del entonces presidente del gobierno, Adolfo Suárez.
De todo lo dicho, escrito, visionado y publicado sobre el golpe bebe el autor, para, habilmente, eliminar todo rastro y vestigio y reiventar la historia a través de ese fino bisturí en que se convierte su pluma.
No escribiré nada más sobre esta obra, entre otros motivos porque aún faltan muchas páginas por desbrozar, pero quiero anunciar aquí que su posición entre las obras más vendidas de las últimas semanas es justa -sin que eso sirva de precedente ni sea aplicable a otras-.
"Anatomía de un instante" de Javier Cercas, un original libro al que hay buscar un rincón en la maleta en estas fechas.

martes, 14 de julio de 2009

MOHAMED VI: POPULISMO GROSERO



La muerte nos iguala, y por eso hay que hilar muy fino para analizar el asunto del "Gregorio Marañón".
Nos encontramos con que en este hospital una joven marroquí embarazada fallece a causa de la gripe A, algo que produce estruendo en Marruecos y produce amenazas de demanda judicial al citado hospital por parte de la familia de la fallecida.
A los pocos días, a todos nos ha sorprendido la muerte del hijo de la fallecida, al que, inicialmente, con mucha pericia médica, pudieron salvar tras la muerte de la madre.
Al parecer, un error en el tratamiento administrado ha producido la muerte del bebé.
Inmediatamente, las autoridades del hospital reconocen, sin fisuras, un error por parte de una enfermera.
En pocas horas el "demócrata" jefe los marroquíes fleta un avión para trasladar el cuerpo del bebe, demostrando un olfato político cínico. Es decir, un rey absolutista que no garantiza los servicios básicos a sus súbditos lleva a cabo un acto groseramente populista y desde su diezmado país sobrevuela el país que está posibilitando que muchos de sus súbditos posean sanidad y educación gratuita, y con grandes gestos grandilocuentes nos restriega en el morro que el cadáver es suyo, ante el silencio cómplice de nuestro gobierno.
Y, claro, se trata del rey de uno de los países con más derechos sociales y sanitarios del mundo y hemos de admirarnos ante ello. Que renuncia a sus enormes posesiones, lujos y oropeles, en favor de su pueblo. Dios, qué cinismo.
¿ Qué está pasando en España ? ¿ Por qué siendo un país que ofrece servicios sociales y sanitarios gratuitos tiene que sufrir el bochorno de ver cómo el avión de un reyerzuelo divino sobrevuela nuestro país para retirar el cadáver de uno de sus súbditos, que seguramente en su país hubiera tenido menos posibilidades de vivir?
España es uno de los pocos países del mundo que ofrece sanidad gratuita sin mirar pasaporte alguno, situación ésta que a la larga va a deteriorar el sistema público sanitario. De hecho, ya lo está deteriorando aunque nadie quiera reconocerlo.
El emigrante lógicamente sale de su país para mejorar su calidad de vida. Por lo general, viene a trabajar, pero no obviemos que también busca un sistema gratuito de sanidad y educación -yo en esa situación también lo haría-. Y España lo tiene.
Por tanto, me parece repugnante que se haga demagogia de todo esto. Ha habido un error médico. Le ha tocado a un bebé extranjero, como podría haberle tocado a un español. Se ha reconocido el error y nada hay que objetar. Ahora las autoridades sanitarias o judiciales depurarán responsabilidades, como ha de ser. Pero no se ha de cortar madera del árbol caído.
España tiene un sistema sanitario universal. Y tiene errores, lógicamente. Marruecos no tiene un sistema sanitario. Y, por lo pronto, no puede aspirar ni tan siquiera a tener errores.
Por lo pronto es lo que hay. Hacer demagogia fletando aviones o sojuzgando un sistema sanitario como el español me parece demencial, sobre todo cuando quien lo hace no es ejemplo de nada.
Los derechos humanos son universales y hay que reclamarlos, pero hay que actuar con coherencia en esa reivindicación y utilizar las mismas varas de medir: no podemos solicitar derechos en un país y plegarnos al mandato divino de su rey en otro.

viernes, 10 de julio de 2009

EL EQUILIBRIO EN EL CORREDOR



Venía a hablar mi buen amigo Paco Montoro en su última entrada sobre la relación existente entre el estado anímico y el correr. Y a consecuencia de su entrada, le comentaba que hace poco una compañera de trabajo, buena corredora, me venía a comentar que determinadas circunstancias relacionadas con un cambio importante en su trabajo le habían mermado las ganas de entrenar. La causa principal: la posibilidad de no poder competir algunos domingos por mor de ese cambio laboral, ya que ella es guardia de seguridad.
Y, efectivamente, tal y como también le comentaba a Paco, existe una estrechísima relación entre el estado de ánimo y el correr. Por lo menos esa es mi apreciación y, entiendo, que en eso coincidimos muchos corredores.
Pero ocurre que, paradójicamente, también el deficiente estado de ánimo se combate corriendo, estableciéndose una especie de círculo vicioso difícil de romper.
Cualquier causa que afecte a la psique del individuo, ya sea de tipo personal o colectivo, puede detraer fuerzas para entrenar y para competir. De ahí que el estado ideal del corredor deba ser el equilibrio y la templanza, elementos éstos que no siempre son fáciles de conseguir.
En mi caso particular, la ilusión que me produce correr, pensar con anticipación qué rutas voy a hacer en los próximos días, cuántos kilómetros correré o, incluso, que ropa y calzado deportivo llevaré; esa ilusión, decía, es el complemento perfecto de mi existencia. Pero sé positivamente que para que esa ilusión aflore necesito tener un mínimo de estabilidad emocional y una vida ordenada. De lo contrario, no tengo el suficiente empuje para planificar rutas o kilómetros y acabas postergando la actividad de correr. Y esa postergación es la antesala de la inanidad. De ahí que necesite cierto orden y equilibrio para poder llevar a cabo mis entrenos y participar en las carreras que elija.


Por ejemplo, pensemos en el maratón. Probablemente, apreciados lectores, quienes nos hayáis corrido aún ninguna -algo que ya tenéis que enmendar-, tal vez, no hayáis experimentado lo que ahora expondré. Pero seguramente sí os identificaréis con lo que digo quienes hayáis corrido el maratón.
Me refiero a la estrecha relación que existe entre la disposición a correr una maratón y el equilibrio personal. Ese equilibrio ya es necesario en la fase embrionaria, es decir, cuando tomamos la primera determinación de correr la prueba reina del atletismo. Imaginemos, pues, el enorme equilibrio y estabilidad, por no hablar del estado de ánimo, que se ha de poseer cuando planificamos los monstruosos entrenos necesarios para poder rendir mínimamente el día de la prueba. La necesidad de correr, en soledad casi siempre, entre 70 y 90 kilómetros a la semana, con independencia del estado anímico, los agobios laborales o familiares, con independencia de la lluvia, el frío, la nieve, el calor, la necesidad de comer lo adecuado, descansar lo necesario, y tener que alternar todo eso con trabajo, familia y todo lo que conlleva la imprevisible existencia en el día a día. Sin equilibrio, sin estabilidad, sin un estado de ánimo positivo, sin una fuerte determinación y una férrea voluntad, llevar a cabo esa empresa sería poco menos que imposible. Lo sé por experiencia.

miércoles, 8 de julio de 2009

UN ARTÍCULO CON UN PAR



No sé si habéis -permitidme que os tutee, porque aunque a muchos os conozco, a quienes no, tengo la sensación que también- leído el último artículo de Arturo Pérez Reverte en el El Semanal, que es donde habitualmente escribe. Porque no tiene desperdicio.
Os voy a poner el enlace, pero antes me gustaría comentarlo y que vosotros-as lo hagáis después de leerlo.
Ya conocemos la labia y la pluma que gasta el amigo cartaginés. Que no tiene pelos en la lengua y que dispara con la misma pólvora que utiliza su personaje Alatriste.
Yo no lo había leído, pero me lo fotocopió un compañero de trabajo y lo deveré de un tirón en el autobús urbano cuando regresaba a casa.
Resulta que escribe -muy bien, por cierto- lo que pensamos muchos -yo diría que casi todos- sobre esa gentuza -ese es su título- que despilfarra el dinero público, que utiliza coches oficiales, que comen y viajan como nuevos ricos a costa del erario público. Una clase dirigente que se ha procurado un estatus, con independencia del color que defiendan y que para colmo pertenecen a una generación más que mediocre -excepto raras excepciones- de dirigentes muy alejados de la verdadera vocación pública y totalmente apegados a privilegios y favores materiales, esos que ellos mismos se han dado. Pero no diré más. Mucho mejor leer el artículo de Pérez Reverte pinchando en este enlace y luego comentáis:


domingo, 5 de julio de 2009

XXI PRUEBA DE FONDO "RÍO DÍLAR" (5/7/2009)




Correr la prueba de Dílar significa correr en una prueba humana. Una prueba muy dura pero que está en este lado de la razón, que hay que distinguir de aquellas otras más inhumanas e irracionales, como es el caso de La Ragua y tal vez el Conjuro, de entre las que conozco.
Pero esa humanidad no la hace fácil ni asequible. Principalmente por las altas temperaturas que se padecen a lo largo de la mayor parte del recorrido.
La de esta mañana ha sido una prueba en la que he llevado en todo el momento el asfalto pegado a los pies, sin un atisbo de buenas sensaciones, que parecieron asomar en la última rampa, ya en pleno pueblo de Dílar, faltando doscientos metros para la llegada. Hipotéticas sensaciones que ya no me servían en absoluto porque los quince kilómetros anteriores habían sido todo un mosaico de cansancio y piernas exentas de frescura. La que es necesaria para afrontar una de las pruebas más duras del circuito.
Pero había que correr. Para seguir estando ahí; para seguir recordando que uno es corredor y poder seguir ratificando que esta actividad es una buena idea. Una de las mejores ideas.


A 20 metros de la meta, junto a otro corredor. Foto debida a Paqui (esposa de Roberto).

Tras el disfrute en la anterior prueba del Valle de Lecrín, mucho estuve tentado de repetir ese viaje plácido en esta prueba e incluso esas fueron las primeras inquietudes de la salida: departiendo y hablando con conocidos en los primeros kilómetros, con Santi, por ejemplo, del club de los Trotanoches, al que saludo. Pero no, finalmente decidí arremangarme el pantalón y afianzar el paso. Pero éste no iba. Lo comprobé en las primeras rampas que llevan al pueblo de Gójar.
Me decía Mario que en los primeros kilómetros iba clavado, y aunque no era esa mi situación exacta, sí compruebo que me costaba un mundo coger un ritmo adecuado. Ni siquiera en las bajadas, que también las hubo. Y, claro, en esas circunstancias las mejor opción es intentar confabular con la fuerza que posees y esperar la llegada de las buenas sensaciones.
Sin embargo, en esta prueba la dificultad va de menos a más. Advertí - no sin cierto terror- que lo que nos esperaba desde la bajada de Ogijares hasta la tortuosa vía de servicio y desde ahí de nuevo hasta Dílar, no era otra cosa que la verdadera esencia de la carrera.
Comentaba Alejandro, compañero del club, que la vía de servicio que transcurre paralela a la autovía de la Costa es un suplicio. Y, efectivamente, lo es. Lo es en el plano psicológico más que en el físico. Pero para mejor comprenderlo recompongamos la situación: 5 de julio en el sur de Andalucía. Cerca de las 11 de la mañana de uno de los días de más calor del año y todo un trozo de asfalto por recorrer, sin un mínimo de sombra, sabiendo, además, que lo que esperaba no era nada fácil. Esas vastas circunstancias convierten, sin duda, este tramo en duro y pesado. Tanto, que pude ver cómo se detenían los primeros corredores en el cruce de Otura, al final de esta vía.
Nada indicaba que mi situación fuera a mejorar: las buenas sensaciones no llegaban. Sin embargo, en honor a la verdad, haciendo abstracción de los primeros kilómetros de viaje turístico, iba en mi sitio y no veía corredores que me adelantaran, estando ya en torno al kilómetro 10 de carrera.

¡AGUA POR FAVOR!

El agua que faltó a muchos corredores de la parte final del pelotón (vuelve a fallar la organización de esta prueba en varios aspectos), estuvo a punto de faltarme en un avituallamiento. Los voluntarios responde a su denominación sobradamente. Ocurre en todas las carreras. Se desviven. Se multiplican para que poseamos el líquido elemento, pero en uno de los avituallamientos pasé sólo, perdido en uno de esos raros cortes que se producen en ruta. Y no observaron mi paso. Poder aferrarme al botellín del agua "in extremis" gracias a la pericia del voluntario se convirtió en la certeza de que llegaría a Dílar, aunque cada vez en peores condiciones. De lo contrario, la película de la carrera podría haber cambiado. Si Alfonso X, el El Sabio, afirmó que por una herradura de caballo se puede perder toda una batalla, en nuestro caso, una mera ausencia de agua en carreras de este tipo, provistas de altas temperaturas, puede ser el punto de inflexión de nuestro rendimiento.
Ni siquiera el paso por el frondoso parque a la entrada de Otura sirvió para refrescarme. No conseguía recuperar. Y con ese equipaje vas llegando a Otura.
Entre Otura y Dílar siempre se produce el desconcierto. Esa carretera local no tiene vocación competitiva, a tenor del vergonzante espectáculo del tránsito de coches en ambas direcciones. Así que volvamos a imaginar esta nueva situación: cuatro kilómetros para llegar a Dílar, precisamente la parte más dura de la prueba, por una carretera inmisericorde, donde el sol se ceba con los corredores, que además van inquietos por esa permanente circulación de vehículos. Que sirva, por tanto, este texto como denuncia formal y que de una vez por todas se solucione ese problema -junto a la escasez de agua-, o bien, que estos pueblos dejen de participar en el Circuito, que con sus miserias y sus grandezas suele tener aciertos organizativos. Siempre habrá localidades que acogan con más entusiasmo alguna de las pruebas, como ya ha ocurrido en esta edición.
Ese desconcierto organizativo coincide con el anímico del corredor. Y el ánimo y la voluntad comienzan a lanzar mensajes para que nos detengamos. De hecho, muchos corredores acaban haciéndolo, mientras que otros minoran visiblemente el paso.
Mi calvario particular sigue estando presente. Sin dejar de beber agua en ningún avituallamiento sabía que llegaría, pero que el precio sería bajar el ritmo. No encontraba otras opciones.
El entrenamiento en cuestas en las últimas fechas posibilitó que éstas las afrontara con menos respeto, pero aún así la sensación de ir pegado al asfalto continuaba. Y temía ya, a falta de cuatro kilómetros, que nada fuera a cambiar.
Y nada cambió. No sufrí en exceso las subida iniciales de entrada a Dílar, así como tampoco la corta pero dura cuesta de la calle que da acceso a la meta, en la que, burlonamente, aparecieron las primeras y únicas buenas sensaciones. Mi problema era otro distinto: ¿falta de fuerza? ¿Cansancio? ¿Falta de descanso? Por ahí deben ir las razones. Empleé un tiempo de 1 hora y 13 minutos, según la organización, algunos segundos más que los reales, a una media de 4´43", según reza el mensaje enviado al móvil.
Pero es una prueba que había que hacer, que quería hacer, para seguir sintiendo ese embrujo de correr, para seguir afrontando pruebas duras. Lo más secundario: el por qué y el cómo del estado físico. Soy un corredor aficionado.
Cuatrocientos fueron los corredores que atravesaron la línea de meta y a todos y cada uno de ellos y ellas, les quiero dedicar esta entrada. En primer lugar, porque es una prueba muy dura. En segundo, porque el calor es un claro hándicap. En tercero, porque lucharon por llegar a meta en una época en la que mayoría de los mortales ya está eligiendo la tumbona de la playa. Y de entre todos-as los que llegaron a meta, especial referencia a quienes se quedaron sin agua, a falta de cinco kilómetros, los más duros y los más calurosos. Con algunos hablé y, lógicamente, estaban indignados.

Bastante presencia de compañeros del club, la siempre incombustible presencia de Roberto al que saludo desde aquí, y el arrojo de Mario -con el que acudí a la prueba- por participar en esta dura prueba tras una noche toledana, como diría Jesús Lens. Enhorabuena a Francis Rodriguez Tovar por su segundo puesto, en un gran año para él.

En síntesis, una prueba alejada de mis propósitos más ambiciosos, pero realizada con gran satisfacción y sentimiento de estar donde debía de estar.

miércoles, 1 de julio de 2009

UN CIRCUITO DE PELÍCULA

























Cuando el pasado domingo, a eso de las 10,15 de la mañana completé la ruta del Torreón árabe de Albolote, me dije que tenía que inmortalizar ese trayecto. Así que tras ducharme, enristré la cámara digital y repetí en coche la casi totalidad del recorrido -excepto la llegada última al torreón, muy complicado para un coche-, con la idea de ir haciendo instantáneas de la ruta.
El resultado ha sido curioso, ya que tenía muy fresco el recorrido en la mente y tan sólo debía ir deteniendo el coche en los puntos que considero más importantes, tanto por la dificultad como por la particularidad del paisaje.
Y salió una película, algo que aún no había ensayado en los varios años que llevo de bloguero. Una experiencia muy novedosa, que espero todos podamos cumplimentar con nuestros recorridos preferidos. Os comento.

La primera instantánea muestra el camino de entrada a la carretera que dará acceso a la tremenda cuesta inicial del Torreón. Ese camino, que no conocía hasta hace unas semanas, nos fue mostrado a mí y a Juan Carlos por Mario, un experto en lugares recónditos. Ese camino arranca dos kilómetros antes de la zona urbanizada dramáticamente -denunciada por los ecologistas, por cierto-, alrededor del nuevo campo de Golf que hay en las inmediaciones del Pantano del Cubillas, perteneciente esa zona - no el pantano- al municipio de Atarfe. Arrancamos, por tanto, de un edificio estéticamente mejorable que albergará un colegio denominado C.U.M.E., si no recuerdo mal. También es posible penetrar por una vereda serpenteante que nos dio a conocer Mario.
Ese camino es curioso, principalmente por su ubicación. Se va subiendo, pero no es dura la subida, a pesar de que sabes que subes. Lo sabes, principalmente, cuando regresas en bajada. Por tanto, esa primera foto es la parte última del camino que enlaza con la carretera local de Albolote, que conecta a su vez con el camino de monte -inicialmente asfaltado- del Torreón, tal y como podemos vez en la segunda foto.
En la tercera ya se anuncia la dirección del Torreón, el cual se puede vislumbrar al fondo, si observamos detenídamente.
Inmediatamente, sin tregua, comienza la tortuosa subida inicial de aproximádamente 1200 metros, como se puede apreciar en la cuarta foto, hasta llegar a la zona del merendero, adornado por una suerte de mesas y bancos de piedra, incluyendo una barbacoa también hecha de piedra, tal y como vemos en la siguiente foto. A partir de ese momento estamos en una zona de pinar, tal y como muestra una foto posterior.
A partir de ese lugar de descanso acaba el asfalto para dar paso al camino. Ese camino que vemos emerger en la siguiente instantánea.
Particularmente considero que a partir del merendero, la cuesta es más llevadera, pero todo dependerá de cómo hayamos recuperado en esa subida inicial.
Las siguientes fotos siguen el trazado del camino y se reflejan las vistas que vamos alcanzando desde la parte de arriba. Sin duda, una de las panorámicas más impresionante antes de llegar al Torreón es el Pantano del Cubillas.
Se podrá comprobar que el camino preside toda la subida y que las señalizaciones van apareciendo paulatinamente.
Obsérvese, asimismo, trozos de camino de monte muy empinados pertenecientes a la subida por la cara oeste, cuando accedemos desde la zona más cercana a Caparacena.
Cuando llegamos a una pequeña vaguada, que apenas nos permite coger algo de aliento, se observa que aparece una nueva señalización indicando la dirección del Torreón, para lo cual no tendremos más remedio que asumir una corta pero durísima cuesta asfaltada de nuevo en la que es posible ver "clavadas" las bicicletas de montaña, muy frecuentes en esa ruta. En algunas fotos, asimismo contemplamos algunos momentos de la bajada.
Superada esa cuesta el Torreón ya no es obstáculo alguno, aunque haya que subir un carril incómodo todavía.
Finalmente nos esperarán unas vistas de Granada y varios pueblos de alrededor, que difícilmente podremos contemplar desde otros lugares. Además, tendremos el privilegio de comprender el vasto sistema defensivo árabe, ya que es muy visible el Castillo de Moclín, la Alhambra y alguna que otra torre vigía árabe repartidas en pequeños montículos lejanos.
¿ Ha merecido la pena la subida ?

EBOOK: RELATOS Y ARTÍCULOS DE VIAJES: ROTHENBURG

Si nadie le cuenta al hipotético lector nada sobre el pueblo de Rothenburg no habrá forma de imaginarlo a pesar de haber llegado...