domingo, 2 de diciembre de 2018

EBOOK: RELATOS Y ARTÍCULOS DE VIAJES: ROTHENBURG



Si nadie le cuenta al hipotético lector nada sobre el pueblo de Rothenburg no habrá forma de imaginarlo a pesar de haber llegado ya a su pequeña estación de tren, de presencia tan poderosa en cualquier rincón de Alemania. Una estación correcta, ni nueva ni vieja, y un paisaje a su alrededor que le dice poco al viajero. Y aunque nada sepa de esta población, de casi once mil habitantes, es posible que alguien le pueda filtrar que se trata, quizá, de la urbe alemana más visitada por turistas japoneses. Ese dato lo pondrá en guardia porque es conocido que nuestros lejanos vecinos de la tierra del sol naciente eligen los rincones del planeta, por muy recónditos que estén, en función de su atractivo fotografiable. Por tanto, el viajero se dirá que debe estar ante un lugar verdaderamente singular.
Y lo está.
El viajero ya iba arengado por la singularidad del sitio, pero eso no fue suficiente. Es una población que, quizá, ya se haya soñado y, tal vez, no se sepa (porque de todos es conocido que la mayoría de los sueños se olvidan al despertar). Una población que ya se ha visto en la imaginación o en alguna película o se ha imaginado leyendo algún cuento medieval. Pero nada será comparable a ese elixir que correrá por sus sentidos cuando el viajero alcance a contemplarla con sus propios ojos. Lógicamente, ayuda mucho el hecho de verla totalmente ataviada de adornos navideños, pero según le contó su acreditada acompañante, también en primavera es una ciudad-espectáculo. Probablemente, lo sea todo el año.
La mayor parte de pueblo —es posible que todo—, está dentro de una antigua fortificación, que conserva sus murallas y su exquisita puerta de entrada, que también existe en la parte suburbial. Ambas puertas —ignora el viajero si habrá una tercera— son tanto de entrada como de salida y al contemplarlas es posible imaginarse, en tiempos ancestrales, el acceso o la salida de los carruajes medievales tirados por caballos pecherones propios de Baviera. No cuesta mucho hacerlo. Incluso, por muy poco desarrollada que esté la imaginación del visitante que mire con ojos asombrados.
Quiso el destino –o su belleza— que Rothenburg no fuera destruido por los países aliados durante la liberación de la Segunda Guerra Mundial, gracias —le cuentan al viajero— al parentesco de un señor de la guerra norteamericano con alguien de la ciudad. Es un privilegio del que gozaron muy pocas ciudades alemanas. Pero también mucho habrá que deber a sus gestores, los cuales han sabido conservar su estado primigenio, hasta el punto de parecer detenido en el tiempo.  Por tanto, sumergirse en ese entorno es vivir como en una especie de cuento; es como vivir dentro de un pueblo de juguete y durante toda la visita el viajero, su pareja y su acompañante no dejan de preguntarse por el momento de sus vidas en el que ya han creído ver este lugar, aunque tan solo fuera en visión onírica (el viajero insiste mucho en ese hecho, pero esas fueron las notas que tomó in situ). Lógicamente, no es tarea fácil saberlo, como nunca lo es acordarse de todo lo que se ha soñado, como ya se ha comentado.
Una vez traspasada la puerta amurallada de entrada, presidida por dos coquetos tejados terminados en punta, que le recuerdan a los que coronan muchos de los edificios del Madrid de los Austrias mayores, una empedrada calle repleta de comercios, elegantemente ataviados con sus productos y motivos navideños, los deposita en su curiosa plaza central, la cual está presidida por un enorme árbol natural de Navidad, repleto de pequeñas guirnaldas de diversos colores. Además, para la ocasión, la plaza está rodeada por pequeños puestos navideños, en los que se venden artículos y productos propios de la época, y se dispensan salchichas cocinadas al estilo bávaro, licores y el siempre presente vino caliente, que tan bien sienta a los helados cuerpos e impresionados espíritus de los visitantes.
La plaza mayor o principal, enclavada en una leve pendiente, no es circular pero tampoco rectangular. Se podría decir que no tiene una forma geométrica definida. El aspecto que presenta invita—consideró el viajero— a embriagarse del ambiente y de paso iniciar el ritual que cientos de personas a esas horas de la tarde ya están llevando a cabo: tomar un vino caliente y alguno de esos fuertes licores bávaros, líquidos contenidos en unas pintorescas jarras decorativas —que pueden ser adquiridas como recuerdo o recuperar el dinero que se deja a tipo de fianza—. Por tanto, bien abrigados y con las jarritas en sus manos, el viajero y sus acompañantes comienzan a deambular por todas y cada una de las calles que surgen desde la misma plaza. En esos momentos, no son las piernas las que caminan: es la imaginación y la infinita capacidad de asombro. Todo lo que ven los atrapa. Se detienen ante el escaparate de una repostería y cuando aún no lo han decidido ya están dentro del comercio comprando alguno de sus exquisitos dulces con forma de bola; se detienen ante el escaparate de motivos navideños y cuando aún no está decidido ya están dentro guiados por sus sentidos y sus ojos, asombrándose con todo lo que ven: figuras de madera de todo tipo, adornos de belenes y árboles navideños inimaginables e infinitos, relojes cucús de todos los tamaños y formas.... Nada parece faltar en las abigarradas y decoradas tiendas. Pero, aun así, todavía no sospechan lo que se van a encontrar a continuación, algo que supera con creces a todo lo que han visto hasta ahora en cuanto a decoración y motivos navideños. Se trata de la fastuosa tienda museo Käthe Wohlfahrt. Advirtamos previamente que el disfrute de este sitio conlleva poseer, al menos, unos gramos de espíritu navideño. Y si esos se poseen, dejarse llevar por sus laberínticos pasillos, perfecta e inimaginablemente decorados, puede ser una de las mejores experiencias propias de esta época jamás vivida. Un pasillo conduce a una sala enorme, y de esa sala enorme salen nuevos pasillos que desembocarán en otro gran espacio en el que se podrá contemplar un árbol de Navidad gigantesco, abigarrado de todos los motivos y luces navideñas posibles junto al cual se señorea un trineo a escala real repleto de regalos en el que se sienta una figura de Papá Noel también a escala real y que es arrastrado por renos de tamaño natural que parecieran labor de taxidermista.
Por tanto, a estas alturas del recorrido el viajero ya se encuentra tan atrapado y embebido por el espíritu navideño que se plantea quedarse a vivir allí. Hasta ese momento creía que este tipo de cosas tan solo se veían en las películas navideñas hollywoodienses de alto coste que inundan nuestras pantallas en estas fechas.
Cuando salen de aquel sitio, aún con los ojos repletos de la infinita plasticidad que acaban de ver, les aguarda el espectáculo de la noche en las empedradas y coquetas calles de Rothenburg. Y, entonces, se abre ante ellos una nueva perspectiva. Las luces de las calles, las guirnaldas de sus árboles y la exquisitez de sus comercios los invitan a patear de nuevo los lugares que ya habían visto a pleno luz del día, sin que a ninguno se les ocurriera ni tan siquiera referirse al momento de despedirse de ese mágico pueblo de la Baviera alemana.
Pero había que hacerlo si querían llegar a buena hora para apurar sus últimas horas en Würzburg y dar buena cuenta de una inolvidable última cena. Así que cuando salían por el arco por el que habían entrado unas horas antes, el instinto les decía que era mejor que no miraran atrás, como suele ocurrir en las sentidas despedidas. O quizá, en los mismos sueños. Una vez en el tren de regreso comprendieron que ese lugar ya iba a formar parte de sus recuerdos más selectos. Probablemente, para el resto de sus vidas.  

El viaje a Würzburg está incluido en Cuatro ciudades bávaras del ebook: Artículos y relatos de viajes, disponible en Amazon

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