sábado, 24 de febrero de 2018

CINE: ADICTO (EEUU, 2011)

Adicto     La apariencia de leyenda urbana del egoísmo y control de la industria farmacéutica norteamericana no es tal. O, al menos, no lo es en esta película que comento, por una sencilla razón: es fidedigna a lo que verdaderamente ocurrió. En este caso, de finales de los noventa, una enorme corporación farmacéutica tenía el monopolio de la distribución de jeringuillas reutilizables en los hospitales de Estados Unidos y eso provocaba cada año que miles de trabajadores de la sanidad se pincharan y acabaran contagiándose de Hepatitis C, Sida y demás enfermedades contagiosas, muchas de ellas mortales. Pero nadie movía un dedo, hasta que lo hizo una enfermera y un amigo de ésta que era ingeniero, que acabó patentando unas jeringuillas con un sofisticado sistema que evitaba el pinchazo al manipularla. Además no reutilizable. Como era de esperar en las buenas causas, no las quería comprar nadie. Las primeras, además, provocaban cada vez más casos de contagio de Sida y Hepatitis C en África, sobre todo, por su reutilización. Hasta ahí la sinopsis que podría servir para ver esta película. Todo lo demás en ella tienen como base un trhiller judicial de esos que enganchan a tanta gente, desde que Atticus Finch nos deleitara con su ética y honestidad, si bien no hay demasiados planos de vistas ante los solemnes y honorables jueces norteamericanos. Pero un trhiller judicial con elementos distintos, sobre todo el principal que, además, se deduce del título de la película: Adicto. Como adicto es uno de los abogados defensores, ese que lucha desde un pequeño despacho contra la gran corporación y su propia adicción a las drogas.
       En suma, gente idealista contra gente corrupta y ambiciosa. Un poco la historia de siempre. Una historia que no es solo cine, sino una realidad muy palpable en un mundo capitalista sin piedad y en el que como postuló Hobbes "Homo homini lupus". Porque la industria farmacéutica, más allá, de lo que cuente la película no es más que un negocio. Empresas que investigan y obtienen unos resultados que venden al mejor postor, siendo ese mejor casi siempre algún gobierno que pueda pagarlo, quedándose los que no con los residuos o lo que realmente no sirve. Y es ahí cuando uno se pregunta si no sería justo que existiera una norma que obligara a esa industria a ceder su producto a los gobiernos a cambio de un precio justo; o mejor, que fueran los propios gobiernos los que se hicieran cargo de esa industria. Son dudas que surgen cuando se ven películas como Adicto y que me temo no tienen respuesta.   
       Aconsejable su visionado.
        

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