domingo, 22 de octubre de 2017

CORRIENDO ENTRE LÍNEAS (EDITORIAL LEIBROS, 2017): PRIMER CAPÍTULO ÍNTEGRO



Amigos, es para mi un placer poner a vuestra disposición lectora el capítulo I íntegro de Corriendo Entre Líneas", el cual está dividido en CINCO textos independientes:
         ·         No hay tiempo para el deporte
         ·     Soy corredor
         ·         Hasta donde el correr te lleve (o la magia de correr)
         ·         El “oficio” de corredor
        ·         El correr y su grandeza

               ¡ Espero que sea de vuestro interés!



NO HAY TIEMPO PARA EL DEPORTE

     Cuando llega el momento de los reconocimientos médicos en mi centro de trabajo, en ocasiones, aparece el pánico, la decepción o la frustración. En esos días todo el mundo sale algo tocado e, invariablemente, los médicos aconsejan ejercicio, dieta hipocalórica y vida sana en general. No estoy rodeado de obesos o dilapidadores de salud ─aunque alguno que otro hay─ pero, sí, en muchos casos ésta deja mucho que desear. Y es, entonces, cuando llegan las inquietudes, las propuestas e intenciones de hacer más ejercicio y llevar una vida más saludable, aunque, lamentablemente ese impulso no dura más de una o dos semanas. Y, claro, al año siguiente vuelven las malas noticias, aderezadas además de más alarmismo porque se es un año mayor y, en ocasiones, se está algo más ancho.
     Al poco tiempo de iniciar un plan sano, casi todo el mundo vuelve a su rutina diaria y si se anduvo durante unos días o se nadó e, incluso, ─en el menor de los casos─ corrió, todo eso pasa pronto al olvido, justificando la mayoría no tener tiempo para hacer deporte. Es decir, ¡que no se dispone de media hora diaria y una hora los fines de semana! Ésa es una frase preconcebida que cada día creo menos. Todo el mundo dispone de tiempo para hacer deporte si su motivación es alta y su hábito estable, pero ocurre que siempre se posterga ese rato dedicado al mismo y, en cambio, se da prioridad a lo más ínfimo, entre lo que se incluye estar haciendo zapping durante más de media hora o lo que es peor, incluso, deteniéndose un rato en Tele5, por aludir tan sólo a los casos más extremos.
     Se piensa ─o al menos a mí me lo dicen─ que los que corremos por afición lo hacemos porque estamos dedicados a ello. Pero no es verdad. Ni estamos dedicados a ello por obligación o profesión alguna, ni nadie nos obliga. Nos obligamos nosotros mismos. Es más, en ocasiones, ─suelo decir─, en mi caso, para poder sacar una hora para correr tengo que salir a horas intempestivas o no habituales y renunciar a otras cosas importantes. De hecho, sin ir más lejos, hace poco, sabedor de la complicación de la agenda, corrí durante once kilómetros a las tres de la tarde, no bajando el termómetro de los treinta grados. Pero lo más curioso es que corriera esa distancia en menos tiempo del previsto, a pesar del fuerte calor. Si yo puedo, todo el mundo puede hacerlo o al menos intentarlo, aunque me temo que eso debe formar parte del libre albedrío de cada persona, de su debate interior. Es lo que siempre me decía cuando me encontraba en los albores atléticos. 

SOY CORREDOR
     Comentaba en algún sitio que lo importante es que llegue el día en el que digas sin fisuras y con convicción espartana: soy corredor. Pero ese momento no llega ni de manera automática, ni como resultado de una metamorfosis mental inmediata. Ese día llega porque así lo has experimentado y así lo sientes como consecuencia de un proceso continuado. Antes de eso, todos hemos jugueteado en alguna ocasión con esa presunción, afirmando en la primera ocasión que se nos ha presentado: “soy corredor”; probablemente porque haciéndoselo saber a nuestros interlocutores nos reafirmamos más en ese papel que anhelamos. En otras ocasiones, cuando aún estamos en esa fase indiciaria previa a ser corredor, nos hemos acercado a alguna tienda especializada y nos ha elevado sobremanera vernos inmersos en viva charla con otros corredores que sí lo son. Hemos preguntado por una marca y modelo de zapatilla técnica y cuando nos ha sido entregada, nuestras cejas se han enarcado como queriendo transmitir criterio y conocimiento acerca de la mercancía solicitada. Incluso, es posible que a la primera de cambio nos hayamos sorprendido intercambiando opiniones sobre carreras que, en algunos casos, no hemos corrido pero que pretendemos hacerlo en breve. Hemos escuchado a dos corredores hablar de la última maratón en la que han participado y en nuestro fuero interno nos hemos sincerado con nosotros mismos diciendo que aún estamos lejos de esas metas.
     En otras ocasiones hemos acudido a comprar algún producto idóneo a algún herbolario, de esos que a veces solemos comprar los corredores, y no hemos dudado un segundo en decir al dependiente o dependienta que nos dedicamos a correr. O, incluso, en ese afán de convertirnos en corredores rápidamente hemos sido presuntuosos con nuestra delgadez cuando alguien nos ha comentado que nos ve más delgado. “Es porque soy corredor”, solemos responder. Son fanfarronadas inocentes e útiles que ayudan a crecer, como siempre mantengo.
     Y qué decir cuando nos hemos ido apartando de manera voluntaria de fastos y farras, ante la extrañeza de nuestros amigos o pareja por nuestra decisión de prescindir de aquella fiesta o esta boda, esbozando una sonrisa, al tiempo que diciendo aquello de que “no voy a ir porque no bebo y, además, me es muy molesto el humo del tabaco. Es más, mañana tengo que entrenar”. Y eso no es ficción, ya que a todos los corredores (o a casi todos) tarde o temprano nos ocurre. Un conocido mío, gran corredor, incluso pactó con una hermana si habría sala de no fumadores en un evento familiar.
       Y también ocurre otro tanto con las comidas. Lo perciben tus compañeros de trabajo en los desayunos o en las cervezas del mediodía. Del suizo mixto que pedías habitualmente pasas a la media tostada de pan integral con aceite; y del tubo de cerveza pasas a la cerveza sin alcohol. Y claro, ellos que aún no saben que corres de manera cada vez más regular acaban por preguntarte el porqué de tus nuevos hábitos alimenticios.
      Y toda esa travesía del desierto es la que, sin tu saberlo, paso a paso, te va convirtiendo en corredor, así que cuando ya lo eres todos esos hábitos inusuales, que quienes te rodean a veces censuran, son tu mejor carta de presentación.
     Es con el movimiento, la dedicación y el ejemplo cuando todos comprenden y acaban por respetar que eres corredor, con todo lo que eso conlleva. 


HASTA DONDE EL CORRER TE LLEVE (O LA MAGIA DE CORRER)


Hasta donde el correr te lleve. Esa es la frase que mi mente buscó la otra tarde cuando me disponía a recorrer mi ruta de diez kilómetros. Y no es porque haya leído ─ni creo vaya a leer─ la exitosa novela de Susana Tamaro: “Donde el corazón te lleve”, sino porque hay días en los que correr se convierte en algo extraño y misterioso. Es como si un hipotético disco duro interno perdiera de pronto su memoria y se pusiera a cero. Tal vez una siesta demasiado extensa, una noche corta por mor del buen cine y la buena lectura o el calor propio del duro verano, que te golpea como un mazo. Fuere el motivo que fuere, lo cierto es que correr en condiciones tan adversas se convierte en un duelo titánico. En estas circunstancias, corres porque debes, no porque quieres. Las piernas pesan casi tanto como el alma, duelen las rodillas ─algo que en mi caso pocas veces ocurre─, sientes pinchazos en los gemelos ─algo que en mí caso sí es frecuente─, duele hasta el cuello y, probablemente, hasta las cejas. Es entonces cuando pongo el piloto automático (piloto automático: dícese cuando eres consciente de que tu cuerpo y tu mente no funcionan y dejas llevarte con voluntad nula por un mecanismo invisible) y delegas en el camino para que él guíe tus pasos (delegar que el camino guíe tus pasos: dícese cuando consciente de que tu voluntad es nula y ya has accionado el piloto automático, dejas que el camino sea el que te lleve a su manera). Y es eso lo que hice. O eso o detenerme y dar la vuelta, porque en estos días te sientes el corredor en ciernes que fuiste y como el disco duro se ha reseteado ya no recuerdas ni lo que has corrido ni durante cuántos años lo llevas haciendo. Y, claro, correr en estas circunstancias donde el olvido se apodera de todo es una tarea casi imposible. 
     En días así, mis pasos son torpes y no alzo apenas las piernas; de hecho, voy arrastrando cualquier piedra del camino por poco protuberante que sea y comienzo a comprender que el paso de los kilómetros no va a solucionar nada, mientras que el Forer[1], que tienes programado para que emita un agudo sonido cuando vas por encima de los cinco minutos y cuarenta segundos el mil[2], comienza su particular banda sonora. Definitivamente, te sientes el corredor más miserable sobre la tierra. Hasta que movido por una necesidad fisiológica ─en verano siempre me detengo a hacerla a los dos o tres kilómetros de iniciada la ruta, porque me atiborro de isotónico para hidratarme cuando no llevo correa de hidratación─, te detienes en la mitad de la nada, con más ánimo de reflexionar que de cumplir con la necesidad fisiológica. Observas el paisaje a tu alrededor, en el que las altas alamedas y los campos de cultivo de la Vega[3]  se arremolinan en torno a las frescas y correosas acequias de trazado nazarí, y saciada la necesidad fisiológica vuelves al camino. Detectas entonces que la mente ya va rigiendo y que las piernas se van alzando. Van desapareciendo los micro dolores de rodillas y gemelos y el piloto automático se desconecta por su cuenta; y la tarde que es oscura porque el sol ya casi ha perdido el pulso con el ocaso, de pronto se vuelve resplandeciente. Llegan las buenas sensaciones y con ellas la reconciliación. El sonido agudo del GPS desaparece de pronto y pareciera que ya no existieran piedras en el camino. Ya no pesan las cejas ni el alma. Quedan tan sólo cuatro kilómetros de ruta, pero éstos se convierten en deliciosos. Una vez más la magia de correr se ha impuesto. Y renuevas tu pacto con este deporte.
  
EL “OFICIO” DE CORREDOR

     Llega un momento en la vida del corredor en el que la actividad de correr casi forma parte de su ADN y lleva a cabo su cometido de manera tan espontánea como cepillarse los dientes. En mis inicios, tuve la ocasión de entrenar algunas veces con un corredor que atesoraba mucho oficio en sus piernas. Mientras corría llevaba a cabo varios ritos simultáneos: sacaba un pañuelo para enjugarse la nariz, conectaba su aparato de audio portátil como lo haría estando cómodamente sentado en un transporte público, se ajustaba la cintilla del pantalón técnico; y todo ello al mismo tiempo que hablaba conmigo, como si estuviera dando un plácido paseo, de manera que mientras yo iba algo más que tocado tras ocho o diez kilómetros recorridos, él estaba tan fresco que pareciera comenzara a rodar. Así que me pregunté con sinceridad descarnada si algún día podría yo llegar a interpretar esa forma de correr, que es muy similar a una forma determinada de interpretar la vida.
     Y pensaba en ello en la tarde de ayer por las circunstancias que ahora me dispongo a contar. La idea era llevar a cabo entre quince y dieciséis rocosos kilómetros en una ruta previamente elegida, pero lo cierto es que me encontraba bastante cansado y me quedé dormido como un lirón tras comer frugalmente, de manera que cuando desperté a las seis menos cuarto de la tarde constaté que ya no sería posible hacer esa ruta porque mientras me preparaba e iba desde mi domicilio en Granada hasta Pinos Puente[4] transcurriría más de media hora. Así que, casi vistiéndome por el camino, opté por hacer otra más corta, la que transcurre entre Pinos Puente y Caparacena[5], con una distancia entre ida y vuelta de nueve duros kilómetros. Posteriormente, sí aún clareaba el día, podría añadir un par de kilómetros más, incluyendo un irregular y roto camino entre olivos. Y fue en esas circunstancias cuando comprobé que ya este corredor va atesorando algo de oficio porque sin él es muy difícil soportar la presión psicológica de pasar de la nada más absoluta, y aún adormilado, a hacer casi once kilómetros, teniendo en cuenta que ya sería de noche alrededor de las siete horas y diez minutos de la tarde en esa época del año. Probablemente sería por ese motivo por el que sentía las piernas livianas y la energía intacta, a pesar de que la digestión no había acabado de hacerse por completo. Así que cuando volvía de Caparacena, en el kilómetro cinco, aún veía en el horizonte los últimos rayos de sol porfiando con su brillo y remisos a abandonar el día, valoré que con suerte aún podría añadir esos dos kilómetros por entre medio de los olivos que tantas satisfacciones me dieron en su día cuando los descubrí y aún creía que correr consistía en rodar algo más de cuatro o cinco kilómetros, dos o tres veces por semana.
     Por lo tanto, al comprobar que la tarde había sido provechosa, a pesar que pintaba mal al principio, me sumí en una amalgama de excelentes sensaciones y disfruté enormemente de esta faceta que supone correr, y a pesar de que rodaba a un ritmo bastante vivo, incluso, por debajo de cuatro minutos treinta segundos el kilómetro en muchos tramos, agradecí la visión que me ofrecía la puesta de sol, por detrás de las casas más altas de Pinos Puente, al tiempo que pensaba en aquella milenaria tierra que se abría ante mi paso. Desde luego que ayudó y estimuló el excelente trabajo del grupo español de heavy metal, Avalanch, que en ese momento tronaba en el iPod.
     Y así se lo conté a mi amigo Paco[6]  ─que su afición futbolera le está apartando por ahora de las carreras dominicales─, sabedor que estas sensaciones y estos lugares que elegimos para correr le son tan próximos y queridos como a mí.
     Cuando volvía en coche hasta Granada, mientras escuchaba la BSO de la tercera película de la trilogía de “El Señor de los Anillos”, pensaba que los corredores contamos con un preciado don, que estando tan al alcance de la mano de todos nosotros resulta increíble que la mayoría de la gente no lo aprecie, por desconocimiento o por inanición.
     Mañana estaré en Loja[7] y será una carrera dura de unos trece kilómetros, si bien a estas alturas de la tarde tengo dudas de cómo la plantearé. Lo más importante es que sirva para el entrenamiento planificado que estoy llevando a cabo para el Maratón de Madrid, pero qué duda cabe que si percibo buenas sensaciones la abordaré competitivamente, intentando bajar algo la marca de la edición anterior, si bien las cuestiones sobre marca y crono están siempre en un segundo plano cuando hay tanto disfrute de por medio. 

EL CORRER Y SU GRANDEZA

     No sé si somos de otra pasta, como decía Rafa Bootello[8]. Pero, sí, es cierto que no somos demasiado normales. Una persona normal ─que también lo somos en esencia en casi todo lo demás─, por lo general, no suele madrugar un domingo, haga calor o frío, y coger el coche para desplazarse a otra ciudad o pueblo con el fin de correr a lo largo y ancho de cuarenta y dos, veintiún, quince o diez kilómetros. De hecho, tampoco es muy común hacer esos kilómetros sin que ni siquiera exista la necesidad de desplazarse. 
     Cuando compraba pan y unas tortas en Guadix[9] tras recuperarme de su exigente Medio Maratón del Melocotón, recién acabada, la dependienta que me atendía reconoció en mí que venía de correr y se interesó por la carrera. “¿Cuántos kilómetros son?”, fue la pregunta que me hizo desde el mostrador de su tranquilo comercio. “Veintiuno” le contesté. “Desde El Bejarín[10] al cruce de Benalúa,[11] debe ser duro”, aseveró la dependienta. “Sí, en esta prueba y en estas fechas aún calurosas de mediados de septiembre todo es duro, pero entrenamos para esto”, ratifiqué finalmente. No era más que una breve conversación entre una persona que no se dedica a correr y otra que sí, aunque sea por mera afición. 
     Paseé un rato por la bella ciudad de la Alcazaba[12] de origen musulmán, de la Catedral[13] barroca, del recuperado teatro romano, del buen pan y de los buenos churros, y pensé en aquella breve conversación; una ciudad que apenas acababa de despertarse, una panadera que vende su pan aún caliente y unos cientos de corredores y corredoras que corren veintiún duros kilómetros. Pero no todos habían acabado aún de hacerlo. Mientras me dirigía al coche a dejar la bolsa de pan y las tortas caseras que había comprado, se daba el hecho casual que junto a donde estaba aparcado mi vehículo se ubicaba el kilómetro veinte de la prueba y que por él aún pasaban con cuentagotas algunos corredores. Eran los que iban a acabar en torno a las dos horas y quince minutos o treinta minutos. Lógicamente, se les veía cansados, muy cansados, pero ilusionados por llegar, ajenos al dios Cronos y a otras cuestiones menores. Animé a cada uno de ellos, y cada uno de ellos me lo agradeció. En particular, recuerdo a una chica bastante gruesa. La observé dando sus agónicos pasos, sin apenas levantar las piernas del suelo y le dije que ni tan siquiera le faltaba un kilómetro ─ocultándole que era uno de los más duros─. Esa chica, con bastante sobrepeso, pero consciente de ello ─de hecho, estaba allí corriendo, tal vez por ese poderoso motivo─, me inspiró heroicidad y convicción, pero también ternura. A esa hora, casi las doce y media de una mañana de domingo y con más de treinta grados, la mayoría de la gente estaba recién levantada, probablemente acicalándose para desayunar tardíamente, o bien, tomarse las primeras cañas, coger relajadamente la prensa del día y sentarse en una vistosa terraza de un bar y ver pasar la mañana dominical. Sin embargo, ella ya llevaba levantada varias horas y allí estaba luchando contra la onerosidad de su cuerpo y su durísimo último kilómetro. Me pareció algo entrañable. Al poco, reconocía a un corredor que vestía la equipación de mi club Esquí-Atletismo Caja Rural de Granada[14]. Se trataba de un conocido, con una edad aproximada a los setenta años, que con paso firme y estiloso se dirigía a culminar su enésimo medio maratón. El crono no importaba. Le saludé y me devolvió el saludo alegremente. A lo lejos les vi a ambos. La chica ya subía en dirección a la Catedral y el compañero de mi club iniciaba la curva hacía la derecha para enfilar los últimos ochocientos metros. Dos héroes silenciosos, que en una calurosa mañana de domingo y por un terreno duro estaban a punto de culminar una gesta.  
     Mientras tanto, en algún lugar, alguien sin mérito alguno ─un político, un monarca o algún otro parásito del sistema─, probablemente a esa hora, ante una cámara de televisión, se bañaba en multitudes a cambio de contar mentiras y hundir aún más el país. Y pensé con tristeza lo injusta que es, en ocasiones, la vida.









[1] Dispositivo GPS denominado Forerunner de la marca Garmin.
[2] En el mundo del corredor es muy habitual utilizar estos parámetros, tipo: cinco minutos, cuarenta segundos el mil. Significa que es el promedio de tiempo necesario para correr a lo largo de un kilómetro dentro de una ruta establecida.  
[3] La Vega de Granada es una amplia comarca de la provincia de Granada. Limita al norte con otra comarca denominada Los Montes Orientales, al este con la comarca de Guadix, al sureste con la Alpujarra granadina, al sur con la comarca del Valle de Lecrín, al suroeste con la comarca de Alhama de Granada y al oeste con la comarca de Loja. Está formada por 41 municipios, incluido el de Granada capital. La mayoría de ellos forman parte de la concentración urbana de Granada (futura área metropolitana).
     En el plano agrícola, se trata de una zona de regadío en la que se ha cultivado tradicionalmente tabaco, lino y cáñamo, si bien sus fértiles tierras han sido válidas para cultivos de patatas, ajos, cebollas, y una amplia variedad de legumbres y frutales.   

[4] Pinos Puente es un municipio de la provincia de Granada de 10.605 (Datos del Instituto de Estadística de Andalucía. Año 2015) habitantes, con una extensión superficial de 92,9 kilómetros cuadrados y con una altitud sobre el nivel del mar de 576 metros. Ubicado a 16 kilómetros al Noroeste de la capital. Su término municipal se encuentra en la comarca de la Vega de Granada, justo en el límite con la comarca de los Montes Orientales. La localidad principal -Pinos Puente- es la capitalidad del municipio y además cuenta con los siguientes núcleos de población: Casanueva, Zujaira, Fuensanta, Trasmulas, Ánzola, Cantarrana-Buenaviesta, Alitaje, Torrehueca-Torreabeca y Búcor. En 2014, el antiguo anejo de Valderrubio, que poseía el estatus de Entidad Local Autónoma, se convirtió en municipio, dejando así de formar parte del término municipal de Pinos Puente.  Su patrimonio arqueológico es antiguo y se concreta en los escasos restos de la ciudad y necrópolis ibero-romana de Ilurco, ubicada en el Cerro de los Infantes, en algunos restos prehistóricos aparecidos en el hoy denominado Polígono Industrial La Molaina y los distintos restos de origen romano y árabe aparecidos en distintos puntos de su término municipal. Lo más reciente ha sido el descubrimiento de, al parecer, un taller de alfarería del Siglo IV o V de nuestra era (en el momento de escribir esta nota aún no hay datos concretos), descubierto con ocasión de la construcción de la conexión de la autovía de Córdoba, en plena vega, junto al conocido como Puente de Alitaje.  
                En el Cerro de Los Infantes, tuvo lugar en el año 1319, la batalla entre las tropas castellanas de Alfonso XI de Castilla y las del rey musulmán de Granada, Ismail I.
                El monumento más importante de la ciudad es el puente árabe sobre el río Cubillas, el cual podría tener origen visigodo y romano. Este lugar también entra en la historia debido al encuentro en este sitio de un emisario de los Reyes Católicos con el navegante Cristóbal Colón. El emisario tenía como misión comunicar al descubridor que Isabel de Castilla y Fernando de Aragón (los cuáles se encontraban a pocos kilómetros, en el lugar que hoy ocupa la localidad de Santafé,  apostados junto a sus tropas a la espera de la rendición y entrega del Reino de Granada por parte de Boabdil, último rey nazarí, también conocido  como el Rey Chico), habían reconsiderado su negativa inicial a capitular en cuanto al viaje que el navegante tenía proyectado hacer para llevar a cabo el descubrimiento de un nuevo mundo que, como sabemos, consistió en el descubrimiento y colonización del continente americano.   
                Es en este pueblo donde nace y vive durante bastantes años el autor de este libro.
[5] Caparacena es un núcleo de población pequeño, dependiente del municipio de Atarfe. A lo largo de su historia ha sido municipio independiente y también ha pertenecido al de Pinos Puente del que dista tan sólo cuatro kilómetros. También a cuatro kilómetros, en dirección norte se encuentra el Embalse del Cubillas.
                Caparacena ha sido un lugar relevante a lo largo de su historia, tanto por tomar el nombre de un título nobiliario, el Vizcondado de Caparacena, otorgado por el Rey Felipe IV en el año 1624 a Antonio Álvarez de Bohórquez y Girón como por su estratégica situación en la Guerra Civil española al estar junto a las elevaciones que forman parte de Sierra Elvira (Cordillera Bética), situada en la comarca de la Vega de Granada. También existen referencias de la existencia de un caudillo árabe de nombre Sawwár h. Hamdún al-Muháribí, natural de esta población durante el auge de la antigua Madinat Elvira (S. VII-X), capital de la Cora de Elvira, cuyos restos arqueológicos se han hallado en los términos municipales de Atarfe y Pinos Puente, no lejos de la propia Caparacena. 
[6] Francisco Cid Alcalá, amigo personal del autor, también natural de Pinos Puente, con el que comenzó a rodar en los comienzos y con el que ha compartido, comparte y compartirá multitud de cosas, ésas que sólo se comparten con los mejores amigos. Aparecerá en varias ocasiones, porque este libro se sustenta en la memoria y es en ésta donde están presentes las personas que rodean al que evoca.
[7] Municipio de la comarca del Poniente granadino. Su amplio término municipal cuenta con más de 20.000 personas censadas y es una de las ciudades más históricas de la provincia de Granada. Patria chica del intelectual e historiador musulmán del Siglo XIV Ibn-Al- Jatib. Localidad ubicada, a mitad de camino de las ciudades de Granada y Málaga. Su prueba de fondo, que es organizada cada año, es de las más apreciadas por los corredores de Granada y provincias limítrofes, pero también una de las más exigentes.
[8] Corredor veterano granadino enamorado de este deporte, a la par que del Granada C. de F.  Buen amigo del autor.
[9] Municipio granadino de 18.928 habitantes (datos del Instituto de Estadística de Andalucía de 2015), ubicado en la parte centro-norte de la provincia de Granada, en la comarca Accitana. Se trata de un enclave con un enorme protagonismo en la historia ya que ha sido lugar habitado por diversos pueblos antiguos a lo largo de la historia. En su suelo se han hallado restos de distintas civilizaciones, siendo de vital importancia la recuperación del Teatro Romano. Posee una enorme riqueza monumental, destacando su Catedral Barroca y su Alcazaba de origen musulmán, además del recuperado teatro romano.   
[10]  Localidad perteneciente al municipio de Purullena (Granada) por la que cual transcurre la prueba.
[11]  Municipio de Granada, a escasos kilómetros Guadix, enclavado en la Hoya del mismo nombre y en la confluencia del Río Fardes.
[12]  Alcazaba de Guadix, construida en torno al S.XI, en pleno periodo de dominio musulmán.
[13] Catedral de Guadix, cuya construcción se inició en el S.XVI y se culminó a mediados del S. XVIII. Estilo barroco.
[14] Club al que perteneció el autor de este libro durante bastantes temporadas. 


El libro está disponible en bastantes sitios. Algunos de ellos son: 


LIBRERIAS PICASSO

CARREFOUR ONLINE

AGAPEA

Y si vives en Granada lo tienes en las siguientes librerías:  

NUEVA GALA

LIBRERÍAS PICASSO

LIBRERÍAS BABEL 




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