domingo, 13 de diciembre de 2015

ACERCA DE LA UTILIZACIÓN DE LAS PALABRAS EN LAS REDES SOCIALES (UNA REFLEXIÓN A VUELAPLUMA)

Es muy importante cómo se dicen las cosas, pero mucho más cómo se escriben. Principalmente en este momento histórico en el que las redes sociales protagonizan a diario nuestras vidas (en muchos casos con más protagonismo aún que en la vida real). He conocido casos de gente que ha querido comentar algo en un blog, en Twitter o en Facebook, y le ha salido completamente lo contrario de lo que quería decir. Una coma mal puesta, una interjección a destiempo, un adjetivo mal empleado, una preposición que sobra, un verbo mal conjugado, un artículo que falta...en fin, que es tremendamente peligroso esto de juntar palabras, sobre todo si se hace con la premura y precipitación que imponen las redes.
Y lo digo porque hay mucha gente que es crítica en éstas con colectivos, situaciones sociales políticas o económicas o culturales, crítica con un sin fin de cosas (y yo me cuento entre ellos), pero en más ocasiones de las normales se hace una mala utilización de la crítica, ya que ésta jamás debe ser personal, pero sí es lícito criticar a colectivos, sin individualizar. Yo lo hago con frecuencia. Si digo, como hace poco, que 'los políticos lo enmierdan todo', me refiero al colectivo, pero en absoluto a ningún político en concreto; o al menos, a ninguno en concreto que conozca o que, incluso sea amigo o conocido. Defiendo que se pueda criticar al colectivo y personaje, pero no a la persona, sobre todo cuando se trata de personajes con cargos muy importantes y mediáticos (por ejemplo, un presidente de un gobierno de un país). En en ese sentido, recuerdo cuando yo era un modesto concejal de cultura de un modesto pueblo (Pinos Puente) y cada dos por tres le leía a Pérez Reverte que los concejales de cultura eran unos analfabetos. No sólo lo compartía, sino que me reía con esas ocurrencias, porque sabía que en el colectivo había muchos que respondían a ese calificativo, pero jamás me daba por aludido. Distinto hubiera sido que Pérez Reverte hubiera dicho 'José Antonio Flores Vera, Concejal de Cultura de Pinos Puente es un analfabeto'.  Llevo muchos años escribiendo en prensa y sé lo que me digo; he publicado y sé lo que me digo. Creo saber dónde está la frontera de la crítica personal y de la crítica general. 
Me ocurre igual con otros colectivos a los que critico ferozmente porque soy defensor de los animales. Dos ejemplos: los toreros y los cazadores. Por suerte, no tengo ningún amigo torero, pero sí muchos conocidos y es posible que amigos que le gustan las corridas de toros. Ese dato no me frena para criticar esta práctica e, incluso, podré decir cosas no agradables de los seguidores de esta barbaridad. Podré criticar esa afición parcial, pero jamás menospreciaré a nadie en concreto. Parecido ocurre con los cazadores, algunos de los cuales conozco. 
Porque resulta que en este mundo asimétrico y tan dimensional, nadie es nada en concreto, sino muchas cosas buenas y malas al mismo tiempo; y esas cosas buenas y malas, no lo serán para todo el mundo por igual. De ahí que jamás haya apostado por la inmovilidad de ideas u opiniones. Todo es cambiante. Lo que hoy es negro, mañana es blanco. Para ejemplo yo mismo, que es el caso más cercano que conozco. Ahora soy vegetariano y no comparto -y tampoco comprendo ya- que la gente coma carne, pero no puedo obviar que hasta hace siete meses yo mismo era carnívoro, pero eso sí, siempre comprendí y acepte las críticas de los vegetarianos a quienes comíamos carnes.
En ese sentido, leí hace tiempo un opúsculo escrito por Mao Zedong, el famoso dirigente chino. Se llamaba 'Las contradicciones' y hacía alusión a cómo hay personas con las que coincidimos en muchas cosas y con las que no coincidimos en otras muchas. De hecho, escribí un artículo en Ideal sobre este asunto (artículo que está incluido en el libro de próxima aparición 'Opiniones intempestivas' -aprovecho para hacerme publicidad-). Y es sorprendente que podamos coincidir con un mismo individuo, que es nuestro amigo, en muchas cosas y ser totalmente contrarios en otras. Igual ocurre con los miembros de tu propia familia.     
Amigos y amigas, todo es muy complejo y muy dinámico en este mundo que nos ha tocado vivir. Y si ya era complejo en la realidad física, la realidad virtual ha incrementado aún más esa complejidad.           

domingo, 6 de diciembre de 2015

LIBRO: LAS FUENTES DEL ALMA ( Bohodón Ediciones). Autor: Pedro Ruiz-Cabello Fernández.

Libro: Las fuentes del alma.
Editorial: Bohodón
Páginas: 272
1ª Edición: 2014 
Autor: Pedro Ruiz-Cabello Fernández




   La novela que reseño, de un autor granadino, atarfeño para más señas,  'Las fuentes del alma', es un ejercicio novelado de la memoria. De esa memoria que todos guardamos más o menos solapada en algún pliegue de nuestra mente. Un ajuste de cuentas con el tiempo que un día vivimos y que no podemos ni queremos olvidar. Y, como bien dice el autor, en el último capítulo, contar es la mejor manera de recordar.
    Recordar para que nada se quede en el olvido, porque todo lo que somos es gracias a lo que fuimos y a lo que se quedó grabado en algún momento de nuestra memoria, sobre todo, en esa memoria del paso de la infancia a la pubertad, que son los años en los que se sumerge el autor, para contar, lo que va descubriendo ese niño -que todos aún llevamos dentro- de los adultos y de sí mismo, a través de la plácida y cómoda vida arropado entre sus amigos en esa plaza de la iglesia que tanto se invoca, que no es otra que la plaza de la iglesia en la que todos nosotros hemos despertado al mundo en compañía de nuestros compañeros de juegos, aquéllos con los que nos sentíamos los seres más fuertes y poderosos del mundo y en compañía de los cuales íbamos despertando a los misterios que nos iba ofreciendo cada día la vida. 
   El autor juega con la memoria, creando un mundo real e imaginado, sin que sea posible conocer hasta dónde llegar la realidad y hasta dónde la imaginación. Porque de eso se nutre la buena literatura. Tal y como el mismo autor desgrana en ese preclaro capítulo último, que, a mi parecer, hace la función de epílogo, 'la labor del novelista no es otra que introducir cambios en los materiales que maneja...", una afirmación que debemos compartir todos los que nos dedicamos de vez en cuando a crear historias. La realidad en la literatura se convierte en ficción gracias a que aderezamos aquélla con las imposturas de nuestra memoria o de nuestra imaginación. 
  Lo que describe el autor en esta novela, a quien esto suscribe le coge cercano, porque cercanos son los pueblos en los que ambos hemos desarrollado nuestra infancia y similares han sido los años en los que ésta ha transcurrido. Ese sentimiento compartido por la vega y la estructura rural y agrícola de nuestros pueblos nos ha dejado un material en la memoria, que Ruiz-Cabello Fernández desgrana con la precisión de un cirujano de las palabras, usando todo un torrente de términos, adjetivos, sensaciones y sentimientos transmutados a lenguaje literario con un poso muy poético. 
   Desde luego, todos deberíamos hacer ese ajuste con la memoria para seguir viviendo; pero sobre todo, para ''regresar a las verdaderas fuentes que sustentan mi alma,, a los sentimientos profundos que en ella hay albergados..', tal y como nos indica el autor en las últimas líneas de la novela. 
   Como decía más arriba, la visión de ese niño, -de esos niños-, que va despertando a la vida real, se asombra con lo que observa y ve en la vida de los adultos que le rodean, ya sean sus propios padres o vecinos y conocidos del pueblo. Un pueblo que el lector que conozca la zona puede identificar perfectamente, a pesar de que en ningún momento se alude a su nombre, que es quizá una opción que ha elegido el autor con el fin de que sean las palabras, los sentimientos y las descripciones las que lo retraten en la mente del lector, más que el nombre del lugar en sí. 
    Una novela densa, que se necesita leer con concentración, porque en cada palabra, en cada adjetivo, en cada descripción, hay un nuevo argumento que se entrecruza con otros. Una novela literaria, si se me permite el concepto; una novela seria que consigue arrastrarte al terreno y al tiempo que el autor describe; una novela que a pesar de ser grave, seria y concienzuda, es amena. Y eso es así, porque hay historias entrecruzadas y eso provoca en el lector la necesidad de seguir leyendo para conocer la conclusión de todo lo que se comienza a narrar de manera independiente, pero al mismo tiempo conectado, a lo largo de los veintiún capítulos. 
   Por tanto, el lector encontrará en esta novela una obra que le conectará con la buena literatura, una novela imprescindible de escribir para todo escritor que se precie y de leer para todo lector que así se considere. Porque la memoria es la verdadera fuente de la literatura, la verdadera fuente del alma.     

                                                              
                                                                        José Antonio Flores Vera


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Si nadie le cuenta al hipotético lector nada sobre el pueblo de Rothenburg no habrá forma de imaginarlo a pesar de haber llegado...