jueves, 29 de noviembre de 2018

EBOOK: RELATOS Y ARTÍCULOS DE VIAJES: NÙREMBERG


La ciudad bávara de Núremberg está marcada por la historia reciente. Citar a Núremberg conlleva, necesariamente, referirse al largo proceso judicial que allí tuvo lugar entre el veinte de noviembre de 1945 y el uno de octubre de 1946 contra funcionarios, responsables y colaboradores del régimen nacionalsocialista dirigido por Adolf Hitler.
El Derecho Penal Internacional no estaba todavía asentado, pero aún así las naciones aliadas, vencedoras de la Segunda Guerra Mundial (EE. UU., URSS, Gran Bretaña y Francia), decidieron juzgar a quienes cometieron crímenes contra la humanidad, basándose en un documento jurídico denominado la Carta de Londres que posibilitaba la creación de un Tribunal Militar Internacional compuesto por avalados juristas de estos cuatro países. Porque, para asegurar la futura convivencia, no era posible ignorar este tipo de crímenes.
Sin embargo, la segunda ciudad más importante del länder bávaro es mucho más que eso. Es innegable que su protagonismo, antes, durante y posterior a la Segunda Guerra Mundial le añadió una impronta que antes no poseía, pero también lo es que esta ciudad atesora una historia propia que se remonta al año mil cincuenta de nuestra era (año en el que aparece el nombre de la ciudad citado por primera vez documentalmente), pero que data desde la existencia del Imperio Romano de Occidente, dato fundamental para comprender el porqué de la elección de esta ciudad como uno de los puntos geográficos fundamentales de la obsesión hitleriana.
El hecho de que la urbe, verdaderamente, florezca a partir del Siglo XI conlleva que su trazado histórico aún conserve el diseño medieval, a pesar de la devastación infligida por la aviación aliada. Sin embargo, el tesón alemán y las grandes sumas invertidas por las naciones vencedoras de la Segunda Gran Guerra permitieron que resurgiera de sus cenizas basándose en los planos originales del Medievo. Ciudad también marcada por la Reforma Luterana, conserva aún su creencia protestante a la vez que la católica, ambas en perfecta armonía. No en vano el contribuyente alemán auspicia con sus impuestos a ambas confesiones de forma generosa.
Cuando el viajero contempla Núremberg por primera vez comprende que está ante una ciudad que cuida su pasado, su historia y sus tradiciones. Y si esa visión coincide durante el periodo del Adviento todo puede convertirse en mágico. Eso sí, se ha de estar dotado de un saneado espíritu navideño o, al menos, no estar en conflicto con este periodo. Y si se cumplen esos requisitos básicos, el disfrute de las calles, plazas, monumentos y comercios es máximo. No en vano, su Christkindlesmarkt (mercado de Navidad) pasa por ser el más famoso del mundo y uno de los más antiguos que aún permanece. Lógicamente, ayuda que el entorno esté tan cuidado y que posea uno de los cascos históricos peatonales más grandes de Europa.
Pero pongámonos en situación: el español celebra la Navidad aupado por la tradición. Decora su vivienda, sus espacios comerciales, sus calles, plazas y edificios, pero eso no bastará para comprender la impronta navideña que se respira en cualquier ciudad alemana. El ciudadano español, por lo general, cuida los detalles navideños, no lo duda el viajero, pero eso no bastará para pugnar con cómo los cuida el ciudadano alemán.
Se observa claramente en sus calles, en sus comercios, en sus casas. No sabe el viajero bien por qué, pero tiene la sensación de que pocos países en el mundo interpretan la Navidad como se interpreta en Alemania. Pero si la imaginación del hipotético lector de este relato —que no haya visitado aún Núremberg en esta época— tuviera a bien realizar un mayor esfuerzo, nada de éste podrá aún ni acercarse a la impronta navideña que sus sentidos captarán cuando se asome a esta ciudad bávara, imaginación que le servirá para guiarse por las distintas ciudades que irán apareciendo en estas crónicas viajeras de este länder. Una Navidad que ya hemos presentido en nuestro subconsciente pero que aún no conocemos; y cuando ya la hemos conocido, sabemos a ciencia cierta que era la que dormitaba en ese subconsciente.
Pero no se trata tan solo de la Navidad. Veamos, por ejemplo, sus bares y restaurantes. No es fácil para el viajero resumir cómo son ni, tan siquiera, le es fácil hacer una somera exposición del servicio que en ellos se recibe. Tan solo podría decir algo que, tan solo de forma atribulada, podría acercarse a una definición torpe: tradición. Tradición en la comida, en la cerveza, en sus diversas viandas servidas de forma especial. En la propia configuración de las —por lo general— amplias estancias. Pero ya habrá lugar de hablar de estos templos gastronómicos, aprovechando esas visitas a las cuatro ciudades que integrarán estas crónicas.
O, por poner otro ejemplo de tradición y amor a sus raíces, la renovada y permanente memoria de uno de sus hijos más dilectos: el pintor y escultor Alberto Durero. De hecho, su Casa-Museo parece haberse detenido en el tiempo, tanto como el entorno. Y no sería exagerado afirmar que el espíritu de su figura eminente aún transita por las calles y plazas de Nùremberg —su querida ciudad, en la que nació, vivió y murió—, y que esto se concibe como un orgullo pequeñopatrio para el ciudadano.
Definitivamente, una frase vino a la mente del viajero cuando paseaba por la ciudad: verdaderamente esta ciudad parece de juguete. Sin duda, una apreciación torpe, que en una exposición más amplia podría significar que se patea por una ciudad recién sacada de un cuento; una ciudad de esas en la que no se concibe que haya suciedad, excrementos varios, coches y ni tan siquiera avances modernistas. Una ciudad que podría ser un decorado y, a la vez, un lugar para vivir en sí, porque el diseño de sus muchas calles empedradas, sus medievales puentes y edificios y su calmado río Pegnitz, que rompe en dos su casco histórico, así lo manifiestan al cielo. De ahí que saltar de esa ciudad ensoñadora a la terrible realidad que atesora no sea un ejercicio fácil, aunque sea inevitable. Porque inevitable es conocer la megalomanía nazi de su colosal sede congresual a imagen y semejanza del gran circo romano y su ajada tribuna del Campo Zeppelin. Y es en ese aspecto en el que hay que loar la compleja y meritoria objetividad teutona a la hora de abordar en sus museos tanto la documentación que se baraja de la presencia nazi en la ciudad como la exposición detallada de lo acaecido en los procesos celebrados en su aún vigente Palacio de Justicia. Un chute de historia sin parangón.

El viaje a Würzburg está incluido en Cuatro ciudades bávaras del ebook: Artículos y relatos de viajes, disponible en Amazon

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