lunes, 29 de agosto de 2011




Verano, tiempo de lecturas. Leer debe ser un hábito, de lo contrario los días pasan raudos y la lectura escasea. Un hábito que debemos imponernos si nadie lo ha hecho por nosotros en nuestra infancia; y si lo ha hecho, un hábito que no debemos perder. Pero, claro, existe una premisa principal: ha de gustar, porque no a todo el mundo le gusta la lectura -no hablo de cualquier lectura-, en definitiva, esa que te aporta, te enriquece, te emociona, te hace un poco más erudito, y más humilde ante la avalancha de saberes. Por tanto, hay que excluir mucha lectura que nada de eso aporta; es más, embrutece más que otra cosa.

Pero dentro de esa premisa principal, cada uno se ha de diseñar sus gustos lectores. En mi caso particular, frecuento mucho la novela, pero no olvido la historia ni los ensayos e, incluso, de vez en cuando me adentro en algo de poesía, pero, sin embargo, jamás leo teatro, por poner un sólo ejemplo y apenas tengo hábito de leer comics -excepto mi dedicación semanal a la revista satírica El Jueves-, a pesar de que siempre me lo reprocho. Pero veamos ese desorden lector en qué se ha concretado en las últimas fechas:


"Memorias de un preso", de Mario Conde



Me interesaba de este libro, no ya la particular existencia en los últimos años de este ídolo caído de las finanzas españolas, sino ese cambio antropológico sufrido por una de las personalidades más controvertidas de los últimos años en este dolorido Estado. Conocer cómo se interpreta estar en lo más alto y en lo más bajo. Lógicamente, no nos encontramos ante una prosa exquisita, pero sí ante reflexiones y puntos de vista interesantes. En absoluto se puede menospreciar la talla intelectual de este ex-banquero.

"Lanzarote", de Michele Houellebecq



Escrita en el más puro estilo ácido y agrio a que nos tiene acostumbrados el escritos francés, prácticamente afincado en España. Lanzarote no podría pasar la prueba de sátira porque es agria pero existe ironía descarnada y pasiones humanas encontradas.

"Madrid", de Luis Carandell



Nadie mejor que el ya fallecido cronista del Congreso de los Diputados para escribir curiosidades sobre un Madrid que tan bien conocía, a pesar de ser catalán.

Un delicioso librito que para quienes gustamos de la capital de España nos muestra y nos enseña.


"El Castillo de Velillos", de Mariano Martín García y José María Martín Civantos.

El mítico Castillo de Velillos, que según la historia, la arqueología y literatura de guerra, estuvo situado a la salida de Pinos Puente en un paraje que llamamos Cerro de los Infantes. El primero que habló de esta fortaleza fue el monarca nazarí Abd Allah, que en sus memorias se refiere a este enclave construido por el poderoso Rey de Sevilla al-Mu'tamid para intentar tomar el Reino de Granada, allá por el siglo XI.

De este Castillo apenas quedan restos porque es una zona que ha sido muy expoliada, pero se sabe que estaba construido sobre una fortaleza romana, tropas éstas que tomaron la antigua ciudad íbera de Ilurco, allí situada.

He disfrutado con esa pequeña obra a mitad de camino entre la historia y la arqueología. La tenía pendiente.

En este lugar fallecieron el Infante Juan de Castilla, hijo de Alfonso X el Sabio y el Infante Pedro de Castilla, hijo de Sancho IV el Bravo, en su intento de tomar el Reino de Granada al. Eso ocurrió a principios del siglo XIV y desde entonces el cerro es llamado "Cerro de los Infantes".

"La Prueba" de Carmen Gurruchaga.


Me llamó la atención que que esta novela fuera el primer galardón del Premio Abogados de Novela, convocado por el Consejo General de la Abogacía y la Mutualidad de la Abogacía. Una novela entretenida pero también repleta de tópicos que habría que englobar en el concepto de novela negra y novela de abogados, estilo poco frecuente en España. Se lee bien.

Volumen 10 de la "Historia de España", de Historia 16



En mi afanado reto por conocer la Historia de España desde un ámbito académico más que ensayístico, acabo el volumen dedicado al enorme predominio de Castilla. sobre todo a partir del S. XV. Ahora me adentro en el volumen 11 dedicado a los Edificios e Imágenes Medievales, que pinta muy sugerente.

"Viaje a la Alcarría", de C.S. Cela.



Probablemente el libro con el que más he disfrutado en el último año, ahora que visitaré esa desconocida zona de España.

Cela se adentra en una Alcarria del año 1946 y nos relata con maestría un viaje por los pueblos más señeros de esta parte de la provincia de Guadalajara: Brihuega, Pastrana, Cifuentes, Tendillas, Trillo, Sacedón. A ver si me organizo y me da tiempo de verlos todos antes de llegar a Sigüenza. Imprescindible será ver Pastrana, patria chica de la controvertida Princesa de Éboli y Brihuega, pueblo con un enorme pasado histórico.

Y seguidor como soy de la literatura de viajes me he enfrascado ahora en un libro inspirado en el clásico "Viaje de España", del escritor y viajero valenciano Antonio Ponz, una ambiciosa obra de 20 tomos escrita en el último tercio del S. XVIII que retrató una parte importante del patrimonio histórico español -principalmente religioso-, sus gentes y sus costumbres, aunque dejó incompleta porque le sobrevino su fallecimiento.

Esa obra fue una respuesta, digamos, patriótica, a la avalancha de críticas y sarcasmos sobre nuestro país y el lamentable estado de conservación de nuestro patrimonio histórico, por parte de prestigiosos viajeros europeos. Pero no contento, Antonio Ponz, también escribió un obra denominada "Viaje fuera de España", en la que demostraba que en todas partes se cuecen habas y ofrecía gráficas descripciones de cómo estos paises también descuidaban sobremanera su patrimonio histórico.

Lo que fue nuestro patrimonio en aquella época y lo que es ahora nada tiene que ver. La vorágine de la restauración aún no estaba en boga y muy probablemente los monumentos antiguos que hoy contemplamos en todas las ciudades españolas, tal vez, tengan más de artificioso que de real, por no mencionar el patrimonio ya desaparecido o expoliado. Sin embargo, otros muchos monumentos -y sobre todo obras de arte pictórico y escultural- siguen mostrando sus rasgos originales.

De todas formas, los viajeros actuales, aún, somos agraciados por poder contemplar el legado histórico a pesar de la invasión agresiva de nuevas construcciones y vías de comunicación que, con toda seguridad, son los mayores elementos destructivos de ese patrimonio y lo más triste es que detrás de toda esa destrucción se encuentran en la mayoría de los casos quienes tendrían que estar destinados a conservarlo: las administraciones públicas.

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