miércoles, 23 de junio de 2010

POCAS COSAS EN EL ZURRÓN



Siempre llego a la conclusión que hay que intentar correr siempre, sin postergaciones, sin mezquindades de agenda, sin abulias varias u otras cuitas de diverso pelaje. Sólo una cosa nos impedirá correr: las lesiones.
Soy consciente que si afirmo todo esto de forma categórica es porque la inmensa mayoría de vosotros, que seguís graciablemente estas líneas, la mayoría de vosotros, decía, sois corredores y corredoras, de lo contrario no podría afirmarlo de forma categórica en otros ámbitos distintos al correr. No sin que me tomarán por un loco de atar.
Porque creo que hablamos un lenguaje común y porque sé que hay poquísima gente que habiendo corrido de manera regular se ha visto privada de experimentar las sensaciones que ofrece el correr.
Sensaciones que no sólo nos asaltan cuando corremos, también cuando no lo hacemos. Y es a lo que me quería referir en esta entrada.
Como sabéis llevo casi un mes sin correr por la única causa que impide hacerlo, pero en todo ese tiempo no he dejado de pensar ni un sólo día en correr. He recorrido mentalmente mis circuitos amados, he visualizado caminos y veredas, y en más de una ocasión no me he podido evitar abrir el armario y hacer una visitar ocular a las zapatillas y ropa técnica. Y como he tenido tiempo para pensar en el correr, he ratificado una vez más que correr es una religión, una forma de vida. Y que a medida que pasa el tiempo -supongo que nos pasa a todos- hay muchas cosas que no me interesan y voy dejando por el camino, pero entre esas cosas con las que me quedo y que aligeran cada vez más mi zurrón siempre estará el correr, siempre habrá lugar para unas zapatillas.
Podría en el futuro no interesarme la competición, podrían no interesarme las marcas ni los kilómetros recorridos, pero jamás dejará de interesarme el correr. Y a estas alturas ya tengo claro que envejeceré corriendo.

3 comentarios:

Sin tu comentario, todo esto tiene mucho menos sentido. Es cómo escribir en el desierto.

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