jueves, 18 de marzo de 2010

DOS HISTORIAS DE PERROS


La relación del hombre con el perro ha sido intensa desde siempre, hasta el punto de calificársele como su mejor amigo. Pero hay algo que no funciona entre el corredor y el perro. Tal vez se trate de una simple cuestión mecánica o, quizá, cierta falta de entendimiento sobre el territorio que ocupa cada cuál. El caso es que nuestra actividad provoca en nuestros amigos del alma una extraña mutación.
La reacción de este animal cuando te observa corriendo es algo totalmente imprevisible y totalmente alejada del estereotipo de raza y confianza o desconfianza que nos inspire el "bicho", algo que comprendí un buen día y que comprenderéis cuando leáis las dos historias que me dispongo a contaros.
Sobre los avatares con perros todos los corredores podemos dar alguna versión, por lo que permitidme que teorice sobre dos de los encuentros más inverosímiles con un par de ellos.

La cruz la tengo con un perro en Caparacena, que ha provocado que evite pasar por una determinada zona del centro de la aldea cuando voy para Pinos Puente o vuelvo del Pantano del Cubillas. Observo un verdadero peligro en este perro, he de admitir.
Pero lejos de tener el aspecto de un can fiero, fuerte, sabueso, y con ínfulas de cabreado, se trata de todo lo contrario. Su aspecto nada haría pensar que estamos ante un animal terrible y totalmente decidido a saborear mi talón de Aquiles cuando la ocasión se tercie. Le tengo verdadero pánico a ese perro. Pero decía que para nada responde a esos atributos a los que hacía alusión líneas arriba. Todo lo contrario. La descripción sería más o menos ésta: no alza más de treinta centímetros de altura y probablemente su cuerpo no vaya más allá de los sesenta centímetros de largo. Además, su pelaje lanudo y su flequillo cubriéndole los ojos es bucólico y amable, uno de esos perros que uno ve por la calle junto a una señora mayor y que espontáneamente acaricia sin que le asalte la menor inquietud ante su ferocidad.

Éste de la foto, de aspecto amable y raza para mí desconocida, podría pasar por ser la fiera que quiere merendarse mi talón de Aquiles.

Pero es una fiera salvaje, creedme. Además, tengo la sospecha que, al contrario que la mayoría, éste viene tras de mí no con la intención de asustarme con su ladrido, nada de eso, viene con la intención de morder; de hecho me ha rozado con sus fauces el calcetín y sólo he podido salvarme a última hora gracias a plantarle cara jugándome el pellejo e intentando sorprenderle ante la desigualdad física.
Pero no queda ahí el asunto. Zaheridos por él, surge de todas partes una miríada de perros de todo tipo, que envalentonados por su iniciativa y liderazgo buscan también mi talón de Aquiles aunque, sinceramente, sospecho que todos éstos buscan más asustarme que morderme y sospecho, asimismo, que su envalentonamiento se debe al liderazgo del enano lanudo y no tanto a iniciativas propias.
Decía que nada es lo que parece en este mundo de canes y todo es imprevisible.
Un buen día, por un camino de la Vega se me plantó un perro de esos de color oscuro, con el hocico arrugado y negro y tórax prominente y musculado, dotado de fuertes piernas musculosas y cara de estar permanentemente cabreado; además creí vislumbrar que le colgaban dos prominentes colmillos y sus acuosos ojos se confundía con un hocico húmedo, completamente dispuesto a atacar y morder. Es decir, una verdadera máquina de matar si se lo propusiera.

Un bulldog francés, muy similar a mi amigo de la Vega.

Al verle plantado en mitad del camino y comprobar que no movía un músculo, atento y concentrado en mi llegada bajé el ritmo y miré a un lado y otro para buscar un atajo o esquivar su presencia. Pero se trataba de la Vega y a ambos lados tan sólo existían hazas y acequias y no había ruta alternativa. Así que ante mi desesperación el perro se fue aproximando lentamente hacia mí, con esa cara de estar permanentemente cabreado y esos músculos henchidos por el movimiento y cuando ya me disponía a defenderme con piernas y brazos el animal, sin cambiar un ápice su gesto cabreado (yo creo que estos animales son incapaces de mostrar un rostro relajado y amable dada la morfología de su rostro) comenzó a dar graciosos saltitos juguetones a mi alrededor y a restregarse amablemente entre mis piernas como esperando que le dejara caer un azucarillo. Tardé algunos segundos en salir de mi perplejidad y finalmente le acaricié su voluminosa cabeza. Y creedme si os cuento que el kilómetro largo que me acompañó fue uno de los más divertidos de mi etapa de corredor. Cuando decidió dar la vuelta -probablemente su casa estaría por los alrededores- sentí cierta tristeza y melancolía. Quien me lo iba a decir minutos antes.
Lo curioso es que antes de haber experimentado las sin par escenas no hubiera dudado ni un sólo segundo en adoptar al primero y rechazar al segundo.
Es decir, que como en la vida misma, las apariencias nos pueden llevar al mayor de los engaños.

1 comentario:

Sin tu comentario, todo esto tiene mucho menos sentido. Es cómo escribir en el desierto.

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